El terremoto político que sacudió a la sociedad alemana tras la contundente victoria de la ultraderecha en las elecciones de Sajonia-Anhalt (que Tiempo adelantó 15 días atrás) tuvo dos elementos centrales. El primero fue el anuncio que hizo el pequeño partido BSW (al que muy precipitadamente se tildó de ultraizquierda) de estar dispuesto a facilitar que el ganador AfD (Alternative für Deutschland; Alternativa para Alemania) forme gobierno. El titular es ganchero, incluso hubo quienes se aventuraron a retomar la teoría de la herradura: «los extremos siempre se tocan”. Pero también es inexacto. La segunda clave, quizás más dramática, es la revelación de la extrema debilidad del canciller democristiano Friedrich Merz, de quien se duda que logre llegar a fin de año.
El 5,3% de los votos que sacó en estas elecciones -y la consecuente chance de terciar en las negociaciones- le devolvió al BSW la centralidad política que había perdido en los últimos comicios federales al quedar afuera del Bundestag (Parlamento). Ese 23 de febrero de 2025, el partido conducido por la carismática Sahra Wagneknecht no había llegado al piso del 5% mientras que la Unión Demócrata Cristiana (CDU/CSU), pese a obtener el segundo peor resultado de su historia, se proclamó vencedora e impuso a Merz como titular del Ejecutivo.
Quién es esa chica
Sahra Wagenknecht es un figura central de la política alemana de los últimos 20 años y un recorrido por su trayectoria permite entender las dificultades que ofrecen sus posiciones para un encasillamiento automático. Nació en Jena, en la Alemania comunista, en 1969. Dueña de una belleza que se convirtió en ícono, Wagenknecht exhibió también un curioso sentido de la oportunidad: se afilió al SED (el partido único de la RDA) pocos meses antes de la caída del Muro. En 1992 fue una de las fundadoras de Plataforma Comunista, la línea dura que se negaba a renunciar al marxismo en la interna.
En 2007 fue cofundadora del frente Die Linke (La Izquierda) y con 35 años fue eurodiputada, en una jugada que la militancia entendió como un intento del partido de alejarla de la política local por su alto perfil. Pero su elocuente oratoria tuvo en Bruselas el escenario ideal para denunciar a la UE como “máquina neoliberal” y al final de ese mandato era una dirigente de tanta influencia que asumió la titularidad del bloque de Die Linke en el Bundestag.
En octubre de 2023, Wagenknecht y sus nueve diputados renunciaron a Die Linke para fundar BSW. La ruptura estaba cantada. Hacía años que Die Linke no podía sentar posiciones claras sobre ningún tema por el debate interno. BSW se burla de la agenda LGTBQ (a la que llama “woke” igual que AfD), minimiza el cambio climático y centra su discurso en la defensa de la industria nacional, mientras que Die Linke se afirma en las banderas de inclusión de género y medioambiental y se enfoca en disputarle a la socialdemocracia su histórico liderazgo en los sindicatos.
El BSW no es un partido normal, con afiliados y militantes. Cada nuevo miembro debe ser propuesto, sortear una serie de entrevistas, y luego la cúpula federal de Berlín decide. La Fundación Konrad Adenauer lo calificó en un informe de 2024 como un regreso al Kaderpartei, (partido de cuadros) de tradición leninista. Sin embargo, con humor alemán, la militancia de Die Linke bromea en redes que más que un partido de cuadros es un partido de gerentes o una consultora que se presenta a elecciones porque selecciona personal según necesidades. Este “casting” es defendido por BSW como un modo de mantener la calidad de la dirigencia y parte de ese concepto aplica también a su posición respecto de la inmigración, un gran indicador de la complejidad del personaje de Sahra.
Parecido pero…
Filósofa y doctora en Economía, Wagenknacht sostiene que la política de fronteras abiertas que impulsan con diferencias la democracia cristiana y la socialdemocracia es neoliberal; el Estado, dice, debe gestionar la inmigración como gestiona la energía o el acero. Ahí aparecen similitudes con la ultraderecha, aunque parten de ideas diametralmente distintas. AfD quiere cerrar la frontera porque entiende que los extranjeros amenazan la identidad alemana y BSW dice que la economía del país necesita trabajadores calificados. Al viejo estilo de la RDA, Wagenknecht argumenta que si Alemania incorporó a un médico sirio o a un ingeniero angoleño, le está robando a ese país no sólo la reproducción de la fuerza de trabajo sino también la inversión en formación.
En Sachsen Anhalt, AfD ganó por paliza pero no le alcanza para formar gobierno. Obtuvo la misma cantidad de diputados que la Socialdemocracia, Die Linke, y los Verdes juntos. Pero tampoco es que BSW esté dispuesto a darle los cinco diputados locales para formar gobierno. Tras las elecciones, tanto Claudia Wittig, la candidata local de BSW, como Wagenknecht dijeron que no van a votar al extremista Ulrich Siegmund ni al democristiano Sven Schulze como titular del ejecutivo local. Proponen un Überparteilich (alguien por encima de todos los bloques) que gobierne por proyectos y con mayorías cambiantes. El truco está en que, si en las dos primeras rondas de elección no surge un candidato de consenso por mayoría absoluta, en la tercera se gana por mayoría simple… Y Wagenknecht adelantó que le parece ridículo aislar a AfD. El BSW está en un dilema: si habilita el gobierno de AfD, quedará como aliado de la ultraderecha en un pais que todavía sobrelleva la culpa de haber parido a Adolf Hitler. Y si se alía con los demás partidos se le diluye la retórica antisistema.
El nuevo Landtag (parlamento local) de Sajonia-Anhalt tiene que reunirse por primera vez a más tardar el 6 de octubre de 2026. Quedan tres semanas de rosca y, en el medio, las decisivas elecciones en Berlín y en Mecklenburg-Vorpommern. Tres pruebas de fuego para una Alemania arrinconada entre darle continuidad al seguidismo a Donald Trump o retomar el liderazgo del bloque europeo. «
La «explicación emocional» de Merz
Al lunes siguiente de las elecciones, el canciller democratacristiano Friedrich Merz hizo una involuntaria confesión de impotencia: «Rendirse no es una opción para mí». Semejante grandilocuencia ante el resultado de unas elecciones muy menores reveló un golpe duro. AfD más que duplicó sus votos respecto de los ultimos comicios mientras que el oficialista CDU, con 17,2%, cayó casi 20. Infratest Dimap confirma que el 15% del voto de extrema derecha vino de votantes desencantados y un 30% viene de quienes no votaron en los últimos comicios. Otro dato para pensar la capacidad de movilización de las nuevas derechas.
El gobierno está en un callejón sin salida. Buena parte del castigo de los votantes viene por su política de ajuste sobre el Estado de Bienestar, orgullo del pueblo alemán. Pero no puede dar marcha atrás: todo su discurso se centra en cubrir el déficit fiscal. Otra frase poco agraciada del canciller: “Tenemos que explicar mejor las reformas en términos emocionales”.
Esta vulnerabilidad que se revela brutalmente está en el origen del gobierno de Merz, que nació con bajísima legitimidad: en febrero de 2025, la CDU/CSU ganó solo porque el socialismo democrático se derrumbó. Fue la primera vez en la historia de la República Federal que un canciller designado pierde la primera vuelta, es decir que hubo diputados de su propia coalición que no lo votaron. Merz asumió humillado por su socio ultraconservador, la CSU de Baviera, y su jefe político, Markus Söder.
Los analistas especulan sobre la fecha de vencimiento de Merz. Puede pedirle al Parlamento el voto de confianza, el Vertrauenfrage. Pero hoy lo pierde. La Constitución prevé también el Konstruktives Misstrauensvotum, (censura): la destitución. En posguerra, solo sucedió en 1982, cuando la CDU volteó al socialdemócrata Helmut Schnidt y colocó a Helmut Kohl.
El 5,3% que sacó en Sajonia-Anhalt hace fuerte a Sahra Wagenknecht. Es lo que necesita la AfD para armar gobierno, a pesar de la contundente victoria. Una historia de renuncias y cambios.
El terremoto político que sacudió a la sociedad alemana tras la contundente victoria de la ultraderecha en las elecciones de Sajonia-Anhalt (que Tiempo adelantó 15 días atrás) tuvo dos elementos centrales. El primero fue el anuncio que hizo el pequeño partido BSW (al que muy precipitadamente se tildó de ultraizquierda) de estar dispuesto a facilitar que el ganador AfD (Alternative für Deutschland; Alternativa para Alemania) forme gobierno. El titular es ganchero, incluso hubo quienes se aventuraron a retomar la teoría de la herradura: «los extremos siempre se tocan”. Pero también es inexacto. La segunda clave, quizás más dramática, es la revelación de la extrema debilidad del canciller democristiano Friedrich Merz, de quien se duda que logre llegar a fin de año.
El 5,3% de los votos que sacó en estas elecciones -y la consecuente chance de terciar en las negociaciones- le devolvió al BSW la centralidad política que había perdido en los últimos comicios federales al quedar afuera del Bundestag (Parlamento). Ese 23 de febrero de 2025, el partido conducido por la carismática Sahra Wagneknecht no había llegado al piso del 5% mientras que la Unión Demócrata Cristiana (CDU/CSU), pese a obtener el segundo peor resultado de su historia, se proclamó vencedora e impuso a Merz como titular del Ejecutivo.
Quién es esa chica
Sahra Wagenknecht es un figura central de la política alemana de los últimos 20 años y un recorrido por su trayectoria permite entender las dificultades que ofrecen sus posiciones para un encasillamiento automático. Nació en Jena, en la Alemania comunista, en 1969. Dueña de una belleza que se convirtió en ícono, Wagenknecht exhibió también un curioso sentido de la oportunidad: se afilió al SED (el partido único de la RDA) pocos meses antes de la caída del Muro. En 1992 fue una de las fundadoras de Plataforma Comunista, la línea dura que se negaba a renunciar al marxismo en la interna.
En 2007 fue cofundadora del frente Die Linke (La Izquierda) y con 35 años fue eurodiputada, en una jugada que la militancia entendió como un intento del partido de alejarla de la política local por su alto perfil. Pero su elocuente oratoria tuvo en Bruselas el escenario ideal para denunciar a la UE como “máquina neoliberal” y al final de ese mandato era una dirigente de tanta influencia que asumió la titularidad del bloque de Die Linke en el Bundestag.
En octubre de 2023, Wagenknecht y sus nueve diputados renunciaron a Die Linke para fundar BSW. La ruptura estaba cantada. Hacía años que Die Linke no podía sentar posiciones claras sobre ningún tema por el debate interno. BSW se burla de la agenda LGTBQ (a la que llama “woke” igual que AfD), minimiza el cambio climático y centra su discurso en la defensa de la industria nacional, mientras que Die Linke se afirma en las banderas de inclusión de género y medioambiental y se enfoca en disputarle a la socialdemocracia su histórico liderazgo en los sindicatos.
El BSW no es un partido normal, con afiliados y militantes. Cada nuevo miembro debe ser propuesto, sortear una serie de entrevistas, y luego la cúpula federal de Berlín decide. La Fundación Konrad Adenauer lo calificó en un informe de 2024 como un regreso al Kaderpartei, (partido de cuadros) de tradición leninista. Sin embargo, con humor alemán, la militancia de Die Linke bromea en redes que más que un partido de cuadros es un partido de gerentes o una consultora que se presenta a elecciones porque selecciona personal según necesidades. Este “casting” es defendido por BSW como un modo de mantener la calidad de la dirigencia y parte de ese concepto aplica también a su posición respecto de la inmigración, un gran indicador de la complejidad del personaje de Sahra.
Parecido pero…
Filósofa y doctora en Economía, Wagenknacht sostiene que la política de fronteras abiertas que impulsan con diferencias la democracia cristiana y la socialdemocracia es neoliberal; el Estado, dice, debe gestionar la inmigración como gestiona la energía o el acero. Ahí aparecen similitudes con la ultraderecha, aunque parten de ideas diametralmente distintas. AfD quiere cerrar la frontera porque entiende que los extranjeros amenazan la identidad alemana y BSW dice que la economía del país necesita trabajadores calificados. Al viejo estilo de la RDA, Wagenknecht argumenta que si Alemania incorporó a un médico sirio o a un ingeniero angoleño, le está robando a ese país no sólo la reproducción de la fuerza de trabajo sino también la inversión en formación.
En Sachsen Anhalt, AfD ganó por paliza pero no le alcanza para formar gobierno. Obtuvo la misma cantidad de diputados que la Socialdemocracia, Die Linke, y los Verdes juntos. Pero tampoco es que BSW esté dispuesto a darle los cinco diputados locales para formar gobierno. Tras las elecciones, tanto Claudia Wittig, la candidata local de BSW, como Wagenknecht dijeron que no van a votar al extremista Ulrich Siegmund ni al democristiano Sven Schulze como titular del ejecutivo local. Proponen un Überparteilich (alguien por encima de todos los bloques) que gobierne por proyectos y con mayorías cambiantes. El truco está en que, si en las dos primeras rondas de elección no surge un candidato de consenso por mayoría absoluta, en la tercera se gana por mayoría simple… Y Wagenknecht adelantó que le parece ridículo aislar a AfD. El BSW está en un dilema: si habilita el gobierno de AfD, quedará como aliado de la ultraderecha en un pais que todavía sobrelleva la culpa de haber parido a Adolf Hitler. Y si se alía con los demás partidos se le diluye la retórica antisistema.
El nuevo Landtag (parlamento local) de Sajonia-Anhalt tiene que reunirse por primera vez a más tardar el 6 de octubre de 2026. Quedan tres semanas de rosca y, en el medio, las decisivas elecciones en Berlín y en Mecklenburg-Vorpommern. Tres pruebas de fuego para una Alemania arrinconada entre darle continuidad al seguidismo a Donald Trump o retomar el liderazgo del bloque europeo. «
La «explicación emocional» de Merz
Al lunes siguiente de las elecciones, el canciller democratacristiano Friedrich Merz hizo una involuntaria confesión de impotencia: «Rendirse no es una opción para mí». Semejante grandilocuencia ante el resultado de unas elecciones muy menores reveló un golpe duro. AfD más que duplicó sus votos respecto de los ultimos comicios mientras que el oficialista CDU, con 17,2%, cayó casi 20. Infratest Dimap confirma que el 15% del voto de extrema derecha vino de votantes desencantados y un 30% viene de quienes no votaron en los últimos comicios. Otro dato para pensar la capacidad de movilización de las nuevas derechas.
El gobierno está en un callejón sin salida. Buena parte del castigo de los votantes viene por su política de ajuste sobre el Estado de Bienestar, orgullo del pueblo alemán. Pero no puede dar marcha atrás: todo su discurso se centra en cubrir el déficit fiscal. Otra frase poco agraciada del canciller: “Tenemos que explicar mejor las reformas en términos emocionales”.
Esta vulnerabilidad que se revela brutalmente está en el origen del gobierno de Merz, que nació con bajísima legitimidad: en febrero de 2025, la CDU/CSU ganó solo porque el socialismo democrático se derrumbó. Fue la primera vez en la historia de la República Federal que un canciller designado pierde la primera vuelta, es decir que hubo diputados de su propia coalición que no lo votaron. Merz asumió humillado por su socio ultraconservador, la CSU de Baviera, y su jefe político, Markus Söder.
Los analistas especulan sobre la fecha de vencimiento de Merz. Puede pedirle al Parlamento el voto de confianza, el Vertrauenfrage. Pero hoy lo pierde. La Constitución prevé también el Konstruktives Misstrauensvotum, (censura): la destitución. En posguerra, solo sucedió en 1982, cuando la CDU volteó al socialdemócrata Helmut Schnidt y colocó a Helmut Kohl.
Mundo – Tiempo Argentino