A medida que desarrolla puntillosamente la política del grito como forma de comunicarse con el mundo, y no vacila en sacrificar la inteligencia para imponer lo que a su manera son los pilares de la libertad, Donald Trump aguarda con tanta impaciencia como temor el día que, votando, los norteamericanos le digan cómo deberá actuar en los dos años que le quedan de este segundo mandato. Será con los modales acotados o será con vía libre para lo que venga. A lo que teme es a lo primero y parecería que el olfato no le falla. Faltan dos semanas y entre los manotazos de ahogado que lo hicieron atar un difuso acuerdo petrolero con el enemigo ruso y el desconocimiento institucional de los fueros de una legisladora, parece no importarle que está degradando los principios básicos del modelo imperial.
Entre uno y otro –el pacto con Vladimir Putin y el allanamiento parapolicial a la casa de una diputada opositora que corre con ventaja para renovar su banca el 3 de noviembre–, son los mismos prohombres del establishment los que le quitan las calzas al modelo. Ya dejaron al desnudo, y sin posibilidades visibles de emparchar, las deficiencias democráticas diseñadas desde el origen, la primera mitad del siglo XIX, por los pilares del bipartidismo norteamericano, el Partido Demócrata y el Republicano de Trump.
La semana pasada, el senador Bernie Sanders, un octogenario demócrata que se define como socialista y cuenta con el respeto de todos, dijo, y sonó a denuncia, cómo se financian las multimillonarias campañas partidarias que impiden la aparición de un tercero en discordia.
Día tras día las encuestas avisan que en los feudos republicanos del sur los demócratas van ganando terreno y, lo más novedoso, en los actos de campaña se atreven a usar un lenguaje inusualmente confrontativo. Da mejores réditos. En la Texas fascista del gobernador Greg Abbott, el seminarista demócrata James Talarico podría acceder al Senado quitándole la banca al conservadurismo por primera vez en 38 años. De ser nadie irrumpió con un habla dura para un demócrata que es, además, un hombre de los templos. Por caso, enrostrándole a Elon Musk que “la razón de que exista la pobreza en el país más rico de la Tierra no es porque no podamos alimentar a los pobres, sino porque no podemos saciar a los ricos”. Propone, y así gana votos, que “hay que gravar a los multimillonarios hasta que desaparezcan”.
Si bien desde que inició la inhumana cacería de inmigrantes no cuidó las formas y atropelló contra todos, Trump se había autoimpuesto un mínimo bozal. Esta semana rompió con todos los modales y pasó por encima de los fueros que amparan las tareas legislativas. Armados a guerra, y de noche, los parapoliciales allanaron la vivienda de la diputada Ilhan Omar, forzaron muebles y se llevaron las computadoras y hasta un teléfono celular. Ante semejante tropelía, después optaron por devolver lo robado. Los principales líderes demócratas del Congreso denunciaron: “Durante años Trump y sus extremistas de ultraderecha han atacado a la congresista Omar, violando sus derechos y degradando su condición legislativa con acusaciones infundadas. Ahora sobrepasaron todas las fronteras”.
El desconocimiento de los derechos y garantías con los que cuentan diputados y senadores para llevar adelante sus tareas legislativas es un paso más hacia el terrorismo de Estado impuesto por Trump a medida que se acercan las elecciones y sus mayorías peligran. Ahora dirige sus políticas de odio al propio Congreso al que define como “cuna de la democracia”. La semana pasada el presidente acusó al candidato por Michigan, Abdul El-Sayed, que es musulmán, de ser un “extremista radical, simpatizante del terrorismo, al que hay que echar a patadas en el culo”. Días antes había amenazado a la diputada Rashida Tlaib con “atraparla y devolverla al país basura del que vino”. Tlaib, como Omar, son oriundas de Somalía y están radicadas legalmente desde que eran niñas, a fines del siglo XX.
La brutalización de la democracia norteamericana avanza indisimuladamente. Al expreso deseo de Trump de violar la Constitución y postularse para un tercer mandato, se agregan otras “mañas” orientadas a borrar la representación de las minorías. Como la alteración de los padrones electorales con el objetivo de diluir el voto demócrata en distritos de mayoría republicana. O el más repugnante traslado de listados completos de barrios de mayoría negra o latinoamericana para también desdibujarlas en zonas dominadas por blancos racistas o bajo el poder religioso de pastores pentecostales o presbiterianos. Ya surgieron, además, grupos ultranacionalistas vinculados al partido nazi español Vox que buscan eliminar el voto femenino y cuentan con el apoyo encubierto del trumpismo.
Los dueños del circo lo saben, para los electores es cosa naturalizada y para los de afuera es una novedad. La legislación, Sanders lo recordó, autoriza expresamente a los poderosos a invertir en las elecciones –a comprar favores a futuro– como si se trataran de un activo financiero, bajo anonimato y sin tope. El senador, que propone una reforma del sistema de financiamiento electoral, citó sólo a los más conocidos de los donantes identificados entre 2024 y 2026. En orden decreciente, Elon Musk con 650 millones de dólares, las empresas de criptomonedas con más de 500 millones, el Comité Estadounidense-Israelí de Asuntos Públicos con 230 millones y los grupos afines a la inteligencia artificial con unos 200 millones. Ellos son los que animan a Trump a llevarse el mundo por delante.
La multimillonaria israelí Miriam Adelson es un caso aparte. Viuda de Sheldon Adelson, el más poderoso magnate de Las Vegas, de la timba, es una conocida aportante, desde su viudez, de toda causa conservadora. En las presidenciales de 2024 donó 100 millones al fondo de campaña de Trump y ahora se apuntó con la promesa de otros 250 millones si el presidente viola la Constitución y se postula para un tercer mandato. A principios de mes Trump volvió a sus redes, tomó nota de la oferta golpista de la señora Miriam, agradeció y prometió a los adultos norteamericanos que les regalaría 5000 dólares a cada uno (244 millones habilitados) si los republicanos ganan las elecciones y le aseguran conservar la mayoría legislativa. Dicen que la fortuna saldrá de las arcas de la viuda de Las Vegas.
Financiamientos espurios, compra de voluntades, odio, guarangadas, migrantes, derechos vulnerados, guerra y otros ingredientes de una rara ensalada de cara a las legislativas del 3 de noviembre.
A medida que desarrolla puntillosamente la política del grito como forma de comunicarse con el mundo, y no vacila en sacrificar la inteligencia para imponer lo que a su manera son los pilares de la libertad, Donald Trump aguarda con tanta impaciencia como temor el día que, votando, los norteamericanos le digan cómo deberá actuar en los dos años que le quedan de este segundo mandato. Será con los modales acotados o será con vía libre para lo que venga. A lo que teme es a lo primero y parecería que el olfato no le falla. Faltan dos semanas y entre los manotazos de ahogado que lo hicieron atar un difuso acuerdo petrolero con el enemigo ruso y el desconocimiento institucional de los fueros de una legisladora, parece no importarle que está degradando los principios básicos del modelo imperial.
Entre uno y otro –el pacto con Vladimir Putin y el allanamiento parapolicial a la casa de una diputada opositora que corre con ventaja para renovar su banca el 3 de noviembre–, son los mismos prohombres del establishment los que le quitan las calzas al modelo. Ya dejaron al desnudo, y sin posibilidades visibles de emparchar, las deficiencias democráticas diseñadas desde el origen, la primera mitad del siglo XIX, por los pilares del bipartidismo norteamericano, el Partido Demócrata y el Republicano de Trump.
La semana pasada, el senador Bernie Sanders, un octogenario demócrata que se define como socialista y cuenta con el respeto de todos, dijo, y sonó a denuncia, cómo se financian las multimillonarias campañas partidarias que impiden la aparición de un tercero en discordia.
Día tras día las encuestas avisan que en los feudos republicanos del sur los demócratas van ganando terreno y, lo más novedoso, en los actos de campaña se atreven a usar un lenguaje inusualmente confrontativo. Da mejores réditos. En la Texas fascista del gobernador Greg Abbott, el seminarista demócrata James Talarico podría acceder al Senado quitándole la banca al conservadurismo por primera vez en 38 años. De ser nadie irrumpió con un habla dura para un demócrata que es, además, un hombre de los templos. Por caso, enrostrándole a Elon Musk que “la razón de que exista la pobreza en el país más rico de la Tierra no es porque no podamos alimentar a los pobres, sino porque no podemos saciar a los ricos”. Propone, y así gana votos, que “hay que gravar a los multimillonarios hasta que desaparezcan”.
Si bien desde que inició la inhumana cacería de inmigrantes no cuidó las formas y atropelló contra todos, Trump se había autoimpuesto un mínimo bozal. Esta semana rompió con todos los modales y pasó por encima de los fueros que amparan las tareas legislativas. Armados a guerra, y de noche, los parapoliciales allanaron la vivienda de la diputada Ilhan Omar, forzaron muebles y se llevaron las computadoras y hasta un teléfono celular. Ante semejante tropelía, después optaron por devolver lo robado. Los principales líderes demócratas del Congreso denunciaron: “Durante años Trump y sus extremistas de ultraderecha han atacado a la congresista Omar, violando sus derechos y degradando su condición legislativa con acusaciones infundadas. Ahora sobrepasaron todas las fronteras”.
El desconocimiento de los derechos y garantías con los que cuentan diputados y senadores para llevar adelante sus tareas legislativas es un paso más hacia el terrorismo de Estado impuesto por Trump a medida que se acercan las elecciones y sus mayorías peligran. Ahora dirige sus políticas de odio al propio Congreso al que define como “cuna de la democracia”. La semana pasada el presidente acusó al candidato por Michigan, Abdul El-Sayed, que es musulmán, de ser un “extremista radical, simpatizante del terrorismo, al que hay que echar a patadas en el culo”. Días antes había amenazado a la diputada Rashida Tlaib con “atraparla y devolverla al país basura del que vino”. Tlaib, como Omar, son oriundas de Somalía y están radicadas legalmente desde que eran niñas, a fines del siglo XX.
La brutalización de la democracia norteamericana avanza indisimuladamente. Al expreso deseo de Trump de violar la Constitución y postularse para un tercer mandato, se agregan otras “mañas” orientadas a borrar la representación de las minorías. Como la alteración de los padrones electorales con el objetivo de diluir el voto demócrata en distritos de mayoría republicana. O el más repugnante traslado de listados completos de barrios de mayoría negra o latinoamericana para también desdibujarlas en zonas dominadas por blancos racistas o bajo el poder religioso de pastores pentecostales o presbiterianos. Ya surgieron, además, grupos ultranacionalistas vinculados al partido nazi español Vox que buscan eliminar el voto femenino y cuentan con el apoyo encubierto del trumpismo.
Los dueños del circo lo saben, para los electores es cosa naturalizada y para los de afuera es una novedad. La legislación, Sanders lo recordó, autoriza expresamente a los poderosos a invertir en las elecciones –a comprar favores a futuro– como si se trataran de un activo financiero, bajo anonimato y sin tope. El senador, que propone una reforma del sistema de financiamiento electoral, citó sólo a los más conocidos de los donantes identificados entre 2024 y 2026. En orden decreciente, Elon Musk con 650 millones de dólares, las empresas de criptomonedas con más de 500 millones, el Comité Estadounidense-Israelí de Asuntos Públicos con 230 millones y los grupos afines a la inteligencia artificial con unos 200 millones. Ellos son los que animan a Trump a llevarse el mundo por delante.
La multimillonaria israelí Miriam Adelson es un caso aparte. Viuda de Sheldon Adelson, el más poderoso magnate de Las Vegas, de la timba, es una conocida aportante, desde su viudez, de toda causa conservadora. En las presidenciales de 2024 donó 100 millones al fondo de campaña de Trump y ahora se apuntó con la promesa de otros 250 millones si el presidente viola la Constitución y se postula para un tercer mandato. A principios de mes Trump volvió a sus redes, tomó nota de la oferta golpista de la señora Miriam, agradeció y prometió a los adultos norteamericanos que les regalaría 5000 dólares a cada uno (244 millones habilitados) si los republicanos ganan las elecciones y le aseguran conservar la mayoría legislativa. Dicen que la fortuna saldrá de las arcas de la viuda de Las Vegas.
Mundo – Tiempo Argentino