Brasil se asoma nuevamente a un abismo constitutivo. La coyuntura geopolítica y socioeconómica del gigante suramericano no admite simplificaciones: el futuro de la mayor potencia de la región somete su destino a una moneda lanzada al aire, cuyo impacto en la superficie habrá de definir no solo el rumbo político del país, sino el prisma ideológico del continente entero.
De un lado de la divisa se acuña la promesa de un Brasil plural y diverso. Es la cara de las mayorías postergadas, de las luchas feministas, de la potencia afrodescendiente que sostiene la base productiva y cultural del territorio, de las disidencias que reclaman el derecho básico a la existencia sin violencia estatal ni social. Del otro lado, agazapada y con una vigencia alarmante, reaparece la ceca de la hegemonía histórica: el Brasil de los varones blancos, la oligarquía terrateniente y los patrones de empresa que conciben la política económica como una prolongación del latifundio y la dominación esclavista y patrimonialista.
Sin embargo, encasillar la contienda electoral en una mera disputa simbólica sería omitir las densas capas tectónicas donde realmente se cocina el poder real. El verdadero dilema político no habita únicamente en los extremos militantes, sino en el voto más complejo y disputado: el de los sectores excluidos y la llamada «nueva clase media». Es allí donde el programa tradicional de izquierda choca de frente contra la cruda materialidad del capitalismo precarizador.
Un ejemplo categórico de esta desconexión radica en las banderas laborales institucionales. La conquista de anular la jornada de 6×1 para establecer un esquema de 5×2 representa una victoria clave para la clase trabajadora formal; pero resulta un triunfo abstracto e indolente para la inmensa masa de trabajadores uberizados. Para quien pedalea 14 horas diarias o conduce a destajo 24/7 sin derechos, aguinaldo ni vacaciones, la regulación del tiempo formal carece de impacto directo. Es en este vacío de representación donde la propuesta de desregulación salvaje que encarna la derecha —con figuras como Flávio Bolsonaro captando la atención de los sectores no registrados— penetra con fuerza, transformando la autoexplotación en una falsa ilusión de autonomía y emprendedurismo.
Por otra parte, la «nueva clase media» vive atravesada por una profunda tensión identitaria. En su anhelo legítimo por dejar atrás la pobreza, estos sectores experimentan una paradoja ideológica: aspiran a identificarse con el consumismo y la estética de los ricos, rechazando cualquier discurso que les recuerde su origen de clase. Esta metamorfosis subjetiva encuentra su catalizador perfecto en el avance del neoconservadurismo evangelista. La teología de la prosperidad opera como una potente red de contención social y resignificación simbólica: el progreso individual ya no es percibido como el resultado de políticas públicas redistributivas o de la solidaridad colectiva, sino como la recompensa divina al esfuerzo personal. «Fue gracias a Dios y a mi trabajo», repiten, mientras la iglesia suple la ausencia del Estado e inculca una ética weberiana implacable, perfectamente funcional al modelo neoliberal.
Mientras la moneda siga girando en el aire, el desafío de las fuerzas populares no será solo confrontar al bloque patriarcal y conservador, sino volver a interpelar a esa masa de precarizados y creyentes que hoy buscan certidumbre en las falsas promesas del mercado y la fe mercantilizada, en definitiva, recuperar a Gramsci para construir una contra hegemonía.
El desafío de las fuerzas populares no será solo confrontar al bloque patriarcal y conservador.
Brasil se asoma nuevamente a un abismo constitutivo. La coyuntura geopolítica y socioeconómica del gigante suramericano no admite simplificaciones: el futuro de la mayor potencia de la región somete su destino a una moneda lanzada al aire, cuyo impacto en la superficie habrá de definir no solo el rumbo político del país, sino el prisma ideológico del continente entero.
De un lado de la divisa se acuña la promesa de un Brasil plural y diverso. Es la cara de las mayorías postergadas, de las luchas feministas, de la potencia afrodescendiente que sostiene la base productiva y cultural del territorio, de las disidencias que reclaman el derecho básico a la existencia sin violencia estatal ni social. Del otro lado, agazapada y con una vigencia alarmante, reaparece la ceca de la hegemonía histórica: el Brasil de los varones blancos, la oligarquía terrateniente y los patrones de empresa que conciben la política económica como una prolongación del latifundio y la dominación esclavista y patrimonialista.
Sin embargo, encasillar la contienda electoral en una mera disputa simbólica sería omitir las densas capas tectónicas donde realmente se cocina el poder real. El verdadero dilema político no habita únicamente en los extremos militantes, sino en el voto más complejo y disputado: el de los sectores excluidos y la llamada «nueva clase media». Es allí donde el programa tradicional de izquierda choca de frente contra la cruda materialidad del capitalismo precarizador.
Un ejemplo categórico de esta desconexión radica en las banderas laborales institucionales. La conquista de anular la jornada de 6×1 para establecer un esquema de 5×2 representa una victoria clave para la clase trabajadora formal; pero resulta un triunfo abstracto e indolente para la inmensa masa de trabajadores uberizados. Para quien pedalea 14 horas diarias o conduce a destajo 24/7 sin derechos, aguinaldo ni vacaciones, la regulación del tiempo formal carece de impacto directo. Es en este vacío de representación donde la propuesta de desregulación salvaje que encarna la derecha —con figuras como Flávio Bolsonaro captando la atención de los sectores no registrados— penetra con fuerza, transformando la autoexplotación en una falsa ilusión de autonomía y emprendedurismo.
Por otra parte, la «nueva clase media» vive atravesada por una profunda tensión identitaria. En su anhelo legítimo por dejar atrás la pobreza, estos sectores experimentan una paradoja ideológica: aspiran a identificarse con el consumismo y la estética de los ricos, rechazando cualquier discurso que les recuerde su origen de clase. Esta metamorfosis subjetiva encuentra su catalizador perfecto en el avance del neoconservadurismo evangelista. La teología de la prosperidad opera como una potente red de contención social y resignificación simbólica: el progreso individual ya no es percibido como el resultado de políticas públicas redistributivas o de la solidaridad colectiva, sino como la recompensa divina al esfuerzo personal. «Fue gracias a Dios y a mi trabajo», repiten, mientras la iglesia suple la ausencia del Estado e inculca una ética weberiana implacable, perfectamente funcional al modelo neoliberal.
Mientras la moneda siga girando en el aire, el desafío de las fuerzas populares no será solo confrontar al bloque patriarcal y conservador, sino volver a interpelar a esa masa de precarizados y creyentes que hoy buscan certidumbre en las falsas promesas del mercado y la fe mercantilizada, en definitiva, recuperar a Gramsci para construir una contra hegemonía.
Mundo – Tiempo Argentino