Hace unos cuantos meses que la realidad internacional muestra que no cualquiera está en aptitud de jugar unas partidas que exigen poder económico y conocimientos, una cultura que marque dónde está parado cada quien. La semana pasada, Canadá y Estados Unidos rompieron un diálogo en el que negociaban sobre los aranceles con los que Donald Trump pretende acogotar al mundo. Todo apareció presentado como un diferendo de números y productos, con qué porcentaje te gravamos y cuáles de ellos podrían entrar en el rubro de lo negociable. Un terreno perfecto para el más fuerte. Pero resulta que la dignidad, la defensa de la soberanía y la cultura y la situación interna de cada uno también jugaron.
Gracias a la presencia siempre belicosa de Trump, que no asimila la realidad ni ante la derrota que sufre en Irán, los dos países se declararon abiertamente la guerra comercial. Pero para Canadá, en este diferendo hay mucho más que negocios. Considera, como dijo el primer ministro Mark Carney, que los desplantes y las amenazas norteamericanas esconden un ataque contra el idioma y la cultura francesa, que constituyen un aspecto fundamental de la identidad nacional. Cuando las negociaciones entraban en el capítulo de los detalles, el delegado de Estados Unidos, Jamieson Greer, definió las preocupaciones canadienses sobre el francés como “una historia falsa y divertida, un factor irritante”.
Carney ordenó el inmediato retiro de los negociadores canadienses, un gesto pocas veces sufrido por los norteamericanos. En un sonoro y perfecto francés, replicó: “Para ustedes, el idioma francés, la cultura francófona y la cultura canadiense son factores irritantes pero aquí, en Quebec, en Canadá, son derechos”. En realidad, Greer no hizo más que sumarse al estilo Trump, que horas antes había acusado a Canadá de ser “unos estafadores que nos han robado siempre”. El presidente había olvidado que Canadá es un socio comercial de primer nivel, que en 2025 el intercambio entre ambos países llegó a 880 mil millones de dólares, lo que puso a Canadá como segundo socio comercial, después de México.
El inglés y el francés
En lo que al inicio parecían fuegos artificiales dignos del modo farandulesco y escatológico del comandante en jefe norteamericano, el ingreso al debate de las leyes referidas al idioma avivó los recelos y mostró la profunda incultura de los negociadores norteamericanos. Está claro que ignoraban que Canadá es un país bilingüe con precisas normas que protegen a sus dos idiomas oficiales, el inglés y el francés. La lengua gala es la primera de una quinta parte de la población del país (42 millones), incluido el 85% de los habitantes de Quebec, provincia mayoritariamente francoparlante en la que se desarrolla un fuerte movimiento separatista. Son más de medio millón de personas que, sin embargo, viven en perfecta armonía con el resto del país.
Entre las leyes que los canadienses defienden a capa y espada está la que establece que el etiquetado de todos los productos –alimentos, medicamentos, ropas, maquinarias y otros diferentes productos– debe hacerse en los dos idiomas y que las plataformas de streaming norteamericanas están obligadas a apoyar y promover contenidos canadienses que reivindiquen lo indígena y lo francocanadiense.
Sin que nunca se hayan dado argumentos consistentes, los requisitos lingüísticos canadienses han sido tomados por Estados Unidos como una muy particular barrera comercial, pero para los canadienses la cuestión constituyen un límite intocable. Así lo repitió el primer ministro Carney cuando abandonó las negociaciones de un acuerdo que, no precisó, incorporaba “amenazas contra el idioma y la cultura franceses”.
«Dólar por dólar»
El retiro de Canadá de las negociaciones vino acompañado de un discurso oficial duro. Carney acusó a Estados Unidos de usar las relaciones económicas como un instrumento de presión, y aseguró que Canadá no aceptará condiciones que afecten su soberanía o limiten su capacidad de negociación y establecer relaciones con otros países (sanciones a terceros, como en el caso de Cuba). Y prometió una respuesta “dólar por dólar”. La reacción interna fue inmediata. Afloró un fuerte sentimiento del más puro nacionalismo y sectores hasta ahora inconciliables se alinearon con el gobierno.
Todo lo contrario pasó en Estados Unidos, donde a pasos de las primarias clave que se desarrollarán el próximo 3 de noviembre, dentro de apenas dos meses y días, y con malos pronósticos para el gobierno, se desató un fuerte sentimiento anti Trump en las áreas fronterizas.
El jueves, en el marco de la guerra consigo mismo, Trump firmó un decreto de necesidad y urgencia por el que dispuso que “inmediatamente” se cambiara el nombre al Lago Ontario, para llamarlo Lago de América. Fueron casi cinco siglos de tradición indígena pisados por el borceguí imperial. “Si fuese gente de su estirpe diría que pretender cambiarle el nombre a nuestro lago es una estupidez. Pero no vengo de ahí, y si lo pensara no lo diría”. Con un mix de ironía y elegancia, el primer ministro de la provincia de Ontario, Doug Ford, lo dijo todo en una sola frase. Aludió al comportamiento del presidente norteamericano, se refirió a su ignorancia jurídica y cultural y se asombró de la obsecuencia de su equipo de asesores, que aún no le ha dicho al jefe que hay cosas que no se pueden por más que se quieran.
A lo largo de sus 20 meses de gobierno, Trump ha prepoteado o insultado a gobernantes de todas las especies. Amenazó con anexar el canal de Panamá, ocupar por la fuerza militar o comprar la isla dinamarquesa de Groenlandia, convertir a Canadá, Venezuela y México en el estado número 51 de la Unión y, últimamente, con apropiarse del estrecho de Ormuz. Ya había ordenado el cambio de nombre del golfo de México –un espacio compartido por Estados Unidos, México y Cuba– para llamarlo golfo de América. Ahora advierte que le gustaría renombrar a alguno de los océanos, no sabe si el Atlántico o el Pacífico.
Todo lo que disponga en la materia, más allá de que enriquezca su historia clínica, sólo vale en suelo norteamericano. No tiene efecto vinculante ni validez internacional. Tras el golpe de soberbia operado en México, ninguna instancia global, empezando por las agencias de las Naciones Unidas encargadas de coordinar la nomenclatura de los accidentes geográficos, le dio curso al manoseo de la cartografía universal. Entre los editores de mapas sólo Google Maps, y en su versión para Estados Unidos, fue receptivo al caprichito imperial.
El ridículo arrebato contra el idioma y la cultura franceses ya costó la ruptura comercial con un histórico aliado. ¿Cómo seguirá la historia? En la OTAN, la alianza militar occidental que cobija a la vez a Canadá y Estados Unidos, el francés es uno de los dos idiomas oficiales. «
La ruptura del diálogo por los desplantes y amenazas de Trump que exceden la cuestión de los tributos. El primer ministro Mark Carney lo trató como un ataque al idioma y la genealogía francesa.
Hace unos cuantos meses que la realidad internacional muestra que no cualquiera está en aptitud de jugar unas partidas que exigen poder económico y conocimientos, una cultura que marque dónde está parado cada quien. La semana pasada, Canadá y Estados Unidos rompieron un diálogo en el que negociaban sobre los aranceles con los que Donald Trump pretende acogotar al mundo. Todo apareció presentado como un diferendo de números y productos, con qué porcentaje te gravamos y cuáles de ellos podrían entrar en el rubro de lo negociable. Un terreno perfecto para el más fuerte. Pero resulta que la dignidad, la defensa de la soberanía y la cultura y la situación interna de cada uno también jugaron.
Gracias a la presencia siempre belicosa de Trump, que no asimila la realidad ni ante la derrota que sufre en Irán, los dos países se declararon abiertamente la guerra comercial. Pero para Canadá, en este diferendo hay mucho más que negocios. Considera, como dijo el primer ministro Mark Carney, que los desplantes y las amenazas norteamericanas esconden un ataque contra el idioma y la cultura francesa, que constituyen un aspecto fundamental de la identidad nacional. Cuando las negociaciones entraban en el capítulo de los detalles, el delegado de Estados Unidos, Jamieson Greer, definió las preocupaciones canadienses sobre el francés como “una historia falsa y divertida, un factor irritante”.
Carney ordenó el inmediato retiro de los negociadores canadienses, un gesto pocas veces sufrido por los norteamericanos. En un sonoro y perfecto francés, replicó: “Para ustedes, el idioma francés, la cultura francófona y la cultura canadiense son factores irritantes pero aquí, en Quebec, en Canadá, son derechos”. En realidad, Greer no hizo más que sumarse al estilo Trump, que horas antes había acusado a Canadá de ser “unos estafadores que nos han robado siempre”. El presidente había olvidado que Canadá es un socio comercial de primer nivel, que en 2025 el intercambio entre ambos países llegó a 880 mil millones de dólares, lo que puso a Canadá como segundo socio comercial, después de México.
El inglés y el francés
En lo que al inicio parecían fuegos artificiales dignos del modo farandulesco y escatológico del comandante en jefe norteamericano, el ingreso al debate de las leyes referidas al idioma avivó los recelos y mostró la profunda incultura de los negociadores norteamericanos. Está claro que ignoraban que Canadá es un país bilingüe con precisas normas que protegen a sus dos idiomas oficiales, el inglés y el francés. La lengua gala es la primera de una quinta parte de la población del país (42 millones), incluido el 85% de los habitantes de Quebec, provincia mayoritariamente francoparlante en la que se desarrolla un fuerte movimiento separatista. Son más de medio millón de personas que, sin embargo, viven en perfecta armonía con el resto del país.
Entre las leyes que los canadienses defienden a capa y espada está la que establece que el etiquetado de todos los productos –alimentos, medicamentos, ropas, maquinarias y otros diferentes productos– debe hacerse en los dos idiomas y que las plataformas de streaming norteamericanas están obligadas a apoyar y promover contenidos canadienses que reivindiquen lo indígena y lo francocanadiense.
Sin que nunca se hayan dado argumentos consistentes, los requisitos lingüísticos canadienses han sido tomados por Estados Unidos como una muy particular barrera comercial, pero para los canadienses la cuestión constituyen un límite intocable. Así lo repitió el primer ministro Carney cuando abandonó las negociaciones de un acuerdo que, no precisó, incorporaba “amenazas contra el idioma y la cultura franceses”.
«Dólar por dólar»
El retiro de Canadá de las negociaciones vino acompañado de un discurso oficial duro. Carney acusó a Estados Unidos de usar las relaciones económicas como un instrumento de presión, y aseguró que Canadá no aceptará condiciones que afecten su soberanía o limiten su capacidad de negociación y establecer relaciones con otros países (sanciones a terceros, como en el caso de Cuba). Y prometió una respuesta “dólar por dólar”. La reacción interna fue inmediata. Afloró un fuerte sentimiento del más puro nacionalismo y sectores hasta ahora inconciliables se alinearon con el gobierno.
Todo lo contrario pasó en Estados Unidos, donde a pasos de las primarias clave que se desarrollarán el próximo 3 de noviembre, dentro de apenas dos meses y días, y con malos pronósticos para el gobierno, se desató un fuerte sentimiento anti Trump en las áreas fronterizas.
El jueves, en el marco de la guerra consigo mismo, Trump firmó un decreto de necesidad y urgencia por el que dispuso que “inmediatamente” se cambiara el nombre al Lago Ontario, para llamarlo Lago de América. Fueron casi cinco siglos de tradición indígena pisados por el borceguí imperial. “Si fuese gente de su estirpe diría que pretender cambiarle el nombre a nuestro lago es una estupidez. Pero no vengo de ahí, y si lo pensara no lo diría”. Con un mix de ironía y elegancia, el primer ministro de la provincia de Ontario, Doug Ford, lo dijo todo en una sola frase. Aludió al comportamiento del presidente norteamericano, se refirió a su ignorancia jurídica y cultural y se asombró de la obsecuencia de su equipo de asesores, que aún no le ha dicho al jefe que hay cosas que no se pueden por más que se quieran.
A lo largo de sus 20 meses de gobierno, Trump ha prepoteado o insultado a gobernantes de todas las especies. Amenazó con anexar el canal de Panamá, ocupar por la fuerza militar o comprar la isla dinamarquesa de Groenlandia, convertir a Canadá, Venezuela y México en el estado número 51 de la Unión y, últimamente, con apropiarse del estrecho de Ormuz. Ya había ordenado el cambio de nombre del golfo de México –un espacio compartido por Estados Unidos, México y Cuba– para llamarlo golfo de América. Ahora advierte que le gustaría renombrar a alguno de los océanos, no sabe si el Atlántico o el Pacífico.
Todo lo que disponga en la materia, más allá de que enriquezca su historia clínica, sólo vale en suelo norteamericano. No tiene efecto vinculante ni validez internacional. Tras el golpe de soberbia operado en México, ninguna instancia global, empezando por las agencias de las Naciones Unidas encargadas de coordinar la nomenclatura de los accidentes geográficos, le dio curso al manoseo de la cartografía universal. Entre los editores de mapas sólo Google Maps, y en su versión para Estados Unidos, fue receptivo al caprichito imperial.
El ridículo arrebato contra el idioma y la cultura franceses ya costó la ruptura comercial con un histórico aliado. ¿Cómo seguirá la historia? En la OTAN, la alianza militar occidental que cobija a la vez a Canadá y Estados Unidos, el francés es uno de los dos idiomas oficiales. «
Mundo – Tiempo Argentino