Juan José Nieto Gil: el presidente colombiano al que quisieron blanquear

En el Palacio de Nariño, sede neurálgica de la presidencia colombiana, existe desde hace décadas una galería solemne con los retratos de quienes han gobernado los destinos del país desde los albores de la República. Sin embargo, durante más de siglo y medio, una ominosa grieta empañó esa pared de la historia: la ausencia deliberada de Juan José Nieto Gil. Nieto no fue solo un gobernante más en la agitada cartografía política del siglo XIX; fue el único hombre negro que ha ocupado la silla presidencial en toda la historia de Colombia. Su exclusión de la memoria colectiva y del panteón institucional no respondió al azar ni al simple descuido del paso del tiempo: fue el resultado directo, calculado y sistemático de un proyecto elitista destinado a borrar cualquier vestigio de su origen afrodescendiente de la narrativa nacional.

De niño pobre a jefe de la República

La vida de Juan José Nieto Gil constituye una hazaña de resistencia y determinación intelectual en medio de una sociedad rígidamente estratificada. Nacido el 24 de junio de 1805 en el humilde poblado de Sibarco —enclavado entre los municipios de Baranoa y Tubará, en el departamento del Atlántico—, creció en el seno de un hogar de escasos recursos dedicado al oficio artesanal de la elaboración de velas. Poco tiempo después, su familia se trasladó a Cartagena de Indias, una ciudad amurallada que no solo definiría el horizonte caribeño del joven Nieto, sino que también serviría como escenario donde se forjaría su convicción política.

Privado del acceso a la educación formal reservada para las élites criollas y adineradas, Nieto adoptó el camino de la autoconstrucción. Devoró volúmenes enteros en la biblioteca de la iglesia local a la que se vinculó en su juventud, convirtiéndose por mérito propio en el primer gran intelectual autodidacta de la historia colombiana. Su sed de conocimiento no conoció fronteras disciplinares: leía filosofía, sociología, historia y teoría política.

Nieto no limitó su genio al foro político o al campo militar; fue también un hombre de letras pionero. Antes de que las grandes figuras del romanticismo andino acapararan los manuales de literatura, él ya figuraba como el primer gran novelista del país. En 1839 publicó un valioso estudio geográfico, histórico y estadístico sobre la provincia de Cartagena, demostrando una visión analítica e integral de su territorio. Años más tarde, dio el salto a la narrativa de ficción con novelas de incuestionable valor fundacional: Rosina (1845), Ingermina o la hija de Calamar (1844) —considerada la primera novela histórica del país, en la que rescata el pasado precolombino y la conquista— y Los moriscos (1845).

Juan José Nieto Gil: el presidente colombiano al que quisieron blanquear

Su ascenso social no fue producto del privilegio, sino de la tenacidad. Escaló peldaños a través del servicio militar y la gestión pública hasta alcanzar la gobernación de la provincia de Bolívar. En 1861, en el marco de una cruenta conflagración civil entre las facciones liberales y conservadoras, se proclamó presidente del Estado Soberano de Bolívar, en rebelión contra el gobierno central e impregnado del ideal federalista. Posteriormente, asumió la jefatura del Ejecutivo de la Confederación Granadina. Gobernó durante seis convulsos meses, entre enero y julio de 1861, antes de ceder el mando al general Tomás Cipriano de Mosquera.

A pesar de la brevedad de su periodo presidencial, la visión político-social de Nieto rebasaba con creces los límites ideológicos de su tiempo. Con un pensamiento marcadamente progresista, decretó la abolición absoluta de la esclavitud en los territorios bajo su jurisdicción directriz. Sus proclamas públicas no apelaban a la caridad burocrática, sino a la fraternidad: se dirigió a aquellos hombres y mujeres que habían permanecido bajo el yugo colonial no como sujetos pasivos, sino como hermanos liberados de una injusta «cadena negra» que había oprimido a sus antepasados durante generaciones.

Un cuadro enviado a París para ser blanqueado

Tras el fallecimiento de Nieto Gil, en Cartagena, en 1866, sus adversarios de la rancia aristocracia criolla no se limitaron a marginar su legado intelectual, periodístico y literario. Llevaron la negación a un nivel de manipulación pictórica y simbólica verdaderamente insólito.

El óleo oficial con su rostro fue descolgado y enviado a la ciudad de París con el propósito explícito de ser «restaurado» y modificado. En los talleres artísticos de la capital francesa, la piel de Nieto fue aclarada artificialmente, sus labios e indumentaria alterados, y los rasgos fenotípicos propios de la negritud fueron matizados hasta conferirle una apariencia más cercana a la de un dignatario blanco europeo. Cuando el lienzo modificado regresó al país, la paradoja de la racista burguesía local no tuvo límites: ni siquiera la pintura blanqueada les pareció suficiente. El cuadro fue relegado, sepultado y olvidado en los sótanos y depósitos oscuros de colecciones públicas, mientras el nombre de Juan José Nieto Gil resultaba sistemáticamente omitido de las cronologías históricas oficiales, los textos escolares de enseñanza obligatoria y las listas formales de mandatarios.

Este episodio no representó un hecho aislado o un exceso puramente anecdotario. Por el contrario, constituyó el reflejo fiel de una ideología imperante en toda la América Latina del siglo XIX y parte del XX: el blanqueamiento. Adoptado por las élites triunfantes de las guerras de independencia, el blanqueamiento no solo promovió el mestizaje endogámico o la atracción masiva de inmigrantes procedentes de Europa occidental; articuló un proyecto cultural profundo tendiente a borrar el componente afro e indígena en el diseño de las identidades nacionales. Se pretendió erigir estados con una fachada blanca, letrada e hispanófila, donde no cabía el retrato de un presidente negro que no encajara en los paradigmas éticos y estéticos de la élite clasista.

Un regreso tardío a la memoria

El rescate del olvido al que fue sometido el mandatario costeño no comenzó a materializarse de manera oficial sino hasta el siglo XXI. En agosto de 2018, en los últimos días de su mandato gubernamental, el presidente Juan Manuel Santos encabezó una ceremonia en el Palacio de Nariño donde se develó oficialmente una réplica del retrato de Nieto Gil y se formalizó su inclusión definitiva en la galería histórica de jefes de Estado colombianos, haciendo explícito su reconocimiento como el primer y único mandatario afrocolombiano del país.

El proceso de restitución simbólica continuó cobrando impulso histórico en años recientes. Durante la administración iniciada en 2022, la vicepresidenta Francia Márquez —la primera mujer afrodescendiente en ocupar la Vicepresidencia de la Nación— encabezó el acto de recepción e instalación del óleo original de Nieto en el Palacio Presidencial. La obra, hallada previamente y sometida a rigurosos estudios de restauración histórica, regresó a las paredes principales de la Casa de Nariño en un acto explícito de reparación histórica hacia el pueblo afrocolombiano y sus luchas ancestrales.

Juan José Nieto Gil: el presidente colombiano al que quisieron blanquear
Foto: Prensa Vicepresidencia Colombia

¿Por qué importa esta historia hoy?

El itinerario vital y el posterior borrado mediático de Juan José Nieto Gil no deben entenderse como una simple curiosidad decimonónica ni como un expediente archivado. Su historia funciona como un espejo crítico de la América Latina contemporánea. A pesar de que decenas de millones de personas en la región poseen ascendencia africana directa, los pueblos negros continúan enfrentando desproporcionadas brechas en la representación política, disparidades socioeconómicas severas y una abrumadora invisibilidad dentro de las narrativas históricas dominantes.

La ideología del blanqueamiento que alteró con pinceles el rostro de Nieto no se extinguió con la llegada de la modernidad; únicamente mutó hacia formas más sofisticadas e implícitas. Persiste en la baja presencia de la población negra en cargos de altísima dirección ejecutiva, judicial o académica; subsiste en la cobertura desigual de los medios de comunicación y en la constante exclusión de las contribuciones afrolatinas dentro de los currículos escolares regionales.

Juan José Nieto Gil: el presidente colombiano al que quisieron blanquear

Por estas razones, desenterrar la memoria de Juan José Nieto Gil implica un acto de justicia historiográfica. Reconocer su vida —de la biblioteca de la iglesia cartagenera a la novela histórica, de la proclamación antiesclavista a la Presidencia de la República— no es un ejercicio de nostalgia, sino una herramienta de transformación presente. Invita a las sociedades latinoamericanas a mirarse de frente en su diversidad real, reescribiendo la historia no como una gesta homogénea de unos cuantos, sino como el tejido plural construido por las manos y las mentes que fueron borradas del lienzo nacional.

 De origen humilde, fue autodidacta y llegó a publicar un estudio histórico de Cartagena y varias novelas. Gobernó entre enero y julio de 1861. Su retrato en la galería de los mandatarios en el Palacio de Nariño fue llevado a Francia para «europeizarlo». El rescate de Juan Manuel Santos  

En el Palacio de Nariño, sede neurálgica de la presidencia colombiana, existe desde hace décadas una galería solemne con los retratos de quienes han gobernado los destinos del país desde los albores de la República. Sin embargo, durante más de siglo y medio, una ominosa grieta empañó esa pared de la historia: la ausencia deliberada de Juan José Nieto Gil. Nieto no fue solo un gobernante más en la agitada cartografía política del siglo XIX; fue el único hombre negro que ha ocupado la silla presidencial en toda la historia de Colombia. Su exclusión de la memoria colectiva y del panteón institucional no respondió al azar ni al simple descuido del paso del tiempo: fue el resultado directo, calculado y sistemático de un proyecto elitista destinado a borrar cualquier vestigio de su origen afrodescendiente de la narrativa nacional.

De niño pobre a jefe de la República

La vida de Juan José Nieto Gil constituye una hazaña de resistencia y determinación intelectual en medio de una sociedad rígidamente estratificada. Nacido el 24 de junio de 1805 en el humilde poblado de Sibarco —enclavado entre los municipios de Baranoa y Tubará, en el departamento del Atlántico—, creció en el seno de un hogar de escasos recursos dedicado al oficio artesanal de la elaboración de velas. Poco tiempo después, su familia se trasladó a Cartagena de Indias, una ciudad amurallada que no solo definiría el horizonte caribeño del joven Nieto, sino que también serviría como escenario donde se forjaría su convicción política.

Privado del acceso a la educación formal reservada para las élites criollas y adineradas, Nieto adoptó el camino de la autoconstrucción. Devoró volúmenes enteros en la biblioteca de la iglesia local a la que se vinculó en su juventud, convirtiéndose por mérito propio en el primer gran intelectual autodidacta de la historia colombiana. Su sed de conocimiento no conoció fronteras disciplinares: leía filosofía, sociología, historia y teoría política.

Nieto no limitó su genio al foro político o al campo militar; fue también un hombre de letras pionero. Antes de que las grandes figuras del romanticismo andino acapararan los manuales de literatura, él ya figuraba como el primer gran novelista del país. En 1839 publicó un valioso estudio geográfico, histórico y estadístico sobre la provincia de Cartagena, demostrando una visión analítica e integral de su territorio. Años más tarde, dio el salto a la narrativa de ficción con novelas de incuestionable valor fundacional: Rosina (1845), Ingermina o la hija de Calamar (1844) —considerada la primera novela histórica del país, en la que rescata el pasado precolombino y la conquista— y Los moriscos (1845).

Juan José Nieto Gil: el presidente colombiano al que quisieron blanquear

Su ascenso social no fue producto del privilegio, sino de la tenacidad. Escaló peldaños a través del servicio militar y la gestión pública hasta alcanzar la gobernación de la provincia de Bolívar. En 1861, en el marco de una cruenta conflagración civil entre las facciones liberales y conservadoras, se proclamó presidente del Estado Soberano de Bolívar, en rebelión contra el gobierno central e impregnado del ideal federalista. Posteriormente, asumió la jefatura del Ejecutivo de la Confederación Granadina. Gobernó durante seis convulsos meses, entre enero y julio de 1861, antes de ceder el mando al general Tomás Cipriano de Mosquera.

A pesar de la brevedad de su periodo presidencial, la visión político-social de Nieto rebasaba con creces los límites ideológicos de su tiempo. Con un pensamiento marcadamente progresista, decretó la abolición absoluta de la esclavitud en los territorios bajo su jurisdicción directriz. Sus proclamas públicas no apelaban a la caridad burocrática, sino a la fraternidad: se dirigió a aquellos hombres y mujeres que habían permanecido bajo el yugo colonial no como sujetos pasivos, sino como hermanos liberados de una injusta «cadena negra» que había oprimido a sus antepasados durante generaciones.

Un cuadro enviado a París para ser blanqueado

Tras el fallecimiento de Nieto Gil, en Cartagena, en 1866, sus adversarios de la rancia aristocracia criolla no se limitaron a marginar su legado intelectual, periodístico y literario. Llevaron la negación a un nivel de manipulación pictórica y simbólica verdaderamente insólito.

El óleo oficial con su rostro fue descolgado y enviado a la ciudad de París con el propósito explícito de ser «restaurado» y modificado. En los talleres artísticos de la capital francesa, la piel de Nieto fue aclarada artificialmente, sus labios e indumentaria alterados, y los rasgos fenotípicos propios de la negritud fueron matizados hasta conferirle una apariencia más cercana a la de un dignatario blanco europeo. Cuando el lienzo modificado regresó al país, la paradoja de la racista burguesía local no tuvo límites: ni siquiera la pintura blanqueada les pareció suficiente. El cuadro fue relegado, sepultado y olvidado en los sótanos y depósitos oscuros de colecciones públicas, mientras el nombre de Juan José Nieto Gil resultaba sistemáticamente omitido de las cronologías históricas oficiales, los textos escolares de enseñanza obligatoria y las listas formales de mandatarios.

Este episodio no representó un hecho aislado o un exceso puramente anecdotario. Por el contrario, constituyó el reflejo fiel de una ideología imperante en toda la América Latina del siglo XIX y parte del XX: el blanqueamiento. Adoptado por las élites triunfantes de las guerras de independencia, el blanqueamiento no solo promovió el mestizaje endogámico o la atracción masiva de inmigrantes procedentes de Europa occidental; articuló un proyecto cultural profundo tendiente a borrar el componente afro e indígena en el diseño de las identidades nacionales. Se pretendió erigir estados con una fachada blanca, letrada e hispanófila, donde no cabía el retrato de un presidente negro que no encajara en los paradigmas éticos y estéticos de la élite clasista.

Un regreso tardío a la memoria

El rescate del olvido al que fue sometido el mandatario costeño no comenzó a materializarse de manera oficial sino hasta el siglo XXI. En agosto de 2018, en los últimos días de su mandato gubernamental, el presidente Juan Manuel Santos encabezó una ceremonia en el Palacio de Nariño donde se develó oficialmente una réplica del retrato de Nieto Gil y se formalizó su inclusión definitiva en la galería histórica de jefes de Estado colombianos, haciendo explícito su reconocimiento como el primer y único mandatario afrocolombiano del país.

El proceso de restitución simbólica continuó cobrando impulso histórico en años recientes. Durante la administración iniciada en 2022, la vicepresidenta Francia Márquez —la primera mujer afrodescendiente en ocupar la Vicepresidencia de la Nación— encabezó el acto de recepción e instalación del óleo original de Nieto en el Palacio Presidencial. La obra, hallada previamente y sometida a rigurosos estudios de restauración histórica, regresó a las paredes principales de la Casa de Nariño en un acto explícito de reparación histórica hacia el pueblo afrocolombiano y sus luchas ancestrales.

Juan José Nieto Gil: el presidente colombiano al que quisieron blanquear

Foto: Prensa Vicepresidencia Colombia

¿Por qué importa esta historia hoy?

El itinerario vital y el posterior borrado mediático de Juan José Nieto Gil no deben entenderse como una simple curiosidad decimonónica ni como un expediente archivado. Su historia funciona como un espejo crítico de la América Latina contemporánea. A pesar de que decenas de millones de personas en la región poseen ascendencia africana directa, los pueblos negros continúan enfrentando desproporcionadas brechas en la representación política, disparidades socioeconómicas severas y una abrumadora invisibilidad dentro de las narrativas históricas dominantes.

La ideología del blanqueamiento que alteró con pinceles el rostro de Nieto no se extinguió con la llegada de la modernidad; únicamente mutó hacia formas más sofisticadas e implícitas. Persiste en la baja presencia de la población negra en cargos de altísima dirección ejecutiva, judicial o académica; subsiste en la cobertura desigual de los medios de comunicación y en la constante exclusión de las contribuciones afrolatinas dentro de los currículos escolares regionales.

Juan José Nieto Gil: el presidente colombiano al que quisieron blanquear

Por estas razones, desenterrar la memoria de Juan José Nieto Gil implica un acto de justicia historiográfica. Reconocer su vida —de la biblioteca de la iglesia cartagenera a la novela histórica, de la proclamación antiesclavista a la Presidencia de la República— no es un ejercicio de nostalgia, sino una herramienta de transformación presente. Invita a las sociedades latinoamericanas a mirarse de frente en su diversidad real, reescribiendo la historia no como una gesta homogénea de unos cuantos, sino como el tejido plural construido por las manos y las mentes que fueron borradas del lienzo nacional.

 Mundo – Tiempo Argentino

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