Las elecciones estadounidenses confirmaron que dos de cada tres votantes judíos siguen apoyando al Partido Demócrata. Sin embargo, el conflicto en Medio Oriente, las denuncias de antisemitismo y las diferencias con la política israelí profundizan las divisiones dentro de una comunidad que ya no mantiene una relación uniforme con el Estado de Israel.
Según encuestas a boca de urna de NBC News, el 67% de los votantes judíos respaldó a los demócratas y el 32% a los republicanos. Los resultados confirman una tendencia histórica, pero detrás de esos porcentajes aparece una realidad bastante más compleja.
Durante décadas, la mayoría de los judíos estadounidenses se identificó con el liberalismo político, la defensa de los derechos civiles y las posiciones progresistas en cuestiones sociales. Esa tradición explica, en parte, su cercanía con el Partido Demócrata. Sin embargo, la relación entre identidad, orientación política y respaldo a Israel atraviesa una transformación que se profundizó después de la ofensiva israelí sobre Gaza y de las crecientes críticas internacionales al gobierno de Benjamin Netanyahu.
El interrogante ya no pasa solamente por saber si los judíos estadounidenses seguirán votando a los demócratas, sino por determinar cuánto tiempo podrá mantenerse esa identificación en un partido donde conviven dirigentes históricamente comprometidos con Israel y sectores progresistas que cuestionan la asistencia militar estadounidense y reclaman una revisión de la relación bilateral.
Una encuesta del Jewish Electorate Institute, realizada antes de los comicios, mostraba que el 71% de los judíos tenía previsto apoyar a candidatos demócratas y apenas el 23% a republicanos. Pero el mismo estudio revelaba una contradicción: el 57% consideraba que dentro del Partido Demócrata estaba aumentando el antisemitismo y el 35% reconocía que el crecimiento de candidatos críticos de Israel hacía más difícil su identificación partidaria.
Michigan y una contradicción
El estado de Michigan ofreció uno de los ejemplos más reveladores. Allí, una encuesta realizada entre 482 votantes judíos que habían sufragado anticipadamente encontró que el 78% respaldaba a la candidata demócrata a gobernadora, Jocelyn Benson, mientras apenas el 57% apoyaba al candidato del mismo partido para el Senado, Abdul El-Sayed.
Entre los demócratas judíos que rechazaron a El-Sayed, el 99% manifestó que probablemente habría votado a otro candidato de su partido. El-Sayed, médico de origen egipcio y figura del progresismo estadounidense, había cuestionado duramente las políticas israelíes. Su candidatura puso de manifiesto una tensión que atraviesa al Partido Demócrata: cómo incorporar las demandas de quienes defienden los derechos palestinos sin perder el respaldo de sectores judíos que interpretan algunas de esas críticas como una amenaza a su seguridad o identidad.
Los números de Michigan deben interpretarse con cautela. Proceden de una encuesta encargada por The Jewish Majority, una organización de incidencia política, y representan exclusivamente a votantes anticipados. Sin embargo, muestran que una parte del electorado judío puede mantenerse dentro del Partido Demócrata y, simultáneamente, rechazar a determinados candidatos.
Las diferencias con Israel
La relación de los judíos estadounidenses con Israel también se encuentra atravesada por diferencias generacionales, religiosas e ideológicas. Para los sectores ortodoxos y conservadores, la defensa del Estado israelí suele ocupar un lugar importante en su identidad política. Entre los liberales, reformistas y generaciones más jóvenes aparecen posiciones críticas hacia Netanyahu, los asentamientos en Cisjordania y la política militar israelí.
Un relevamiento de AP-NORC en octubre mostró que entre los adultos judíos religiosos menores de 45 años, menos de la mitad consideraba que apoyar a Israel era un elemento central de su identidad judía. Esto no significa necesariamente un rechazo a la existencia del Estado de Israel. En muchos casos expresa una separación entre la identidad cultural o religiosa, el vínculo histórico con el país y la aprobación de las decisiones de sus gobiernos.
La distinción es fundamental porque permite comprender uno de los debates más intensos dentro de las comunidades judías: hasta qué punto las críticas al sionismo, al gobierno israelí o a la guerra deben interpretarse como expresiones legítimas de disenso político y cuándo pueden convertirse en manifestaciones de antisemitismo.
No existe una respuesta compartida por toda la comunidad. Mientras algunas organizaciones denuncian que el discurso antiisraelí facilita nuevas formas de hostilidad contra los judíos, otras, especialmente vinculadas a sectores progresistas, sostienen que identificar toda crítica a Israel con antisemitismo limita el debate democrático y dificulta cuestionar las políticas hacia los palestinos.
Alianza bajo presión
El resultado electoral también tiene consecuencias para la política israelí. El control demócrata de ambas cámaras modifica el escenario que acompañó a Netanyahu durante buena parte de la presidencia de Trump.
La alianza política entre ambos fortaleció la identificación del gobierno israelí con el Partido Republicano, una relación que produjo beneficios diplomáticos para Netanyahu, pero también riesgos para el histórico respaldo bipartidista estadounidense a Israel.
Según informó la agencia Reuters, dirigentes de la oposición israelí como Gadi Eisenkot, Yair Lapid y Yair Golan cuestionaron la estrategia de Netanyahu y plantearon la necesidad de reconstruir vínculos con los dos partidos estadounidenses.
La nueva composición del Congreso podría aumentar el control sobre la política exterior de Trump y abrir discusiones sobre la asistencia militar a Israel. Sin embargo, sería equivocado considerar que una mayoría demócrata representa automáticamente un cambio de posición estadounidense: dentro del partido continúan teniendo influencia dirigentes que defienden la alianza estratégica con Israel.
Las elecciones dejaron, entonces, una doble señal. La mayoría de los judíos estadounidenses continúa encontrando en el Partido Demócrata su principal representación política, pero una parte manifiesta crecientes desacuerdos con algunos de sus dirigentes y posiciones sobre Israel.
Las elecciones de medio término confirmaron la simpatías de ese electorado por el Partido Demócrata, pero también las diferencias dentro de una comunidad atravesada por el conflicto en Medio Oriente.
Las elecciones estadounidenses confirmaron que dos de cada tres votantes judíos siguen apoyando al Partido Demócrata. Sin embargo, el conflicto en Medio Oriente, las denuncias de antisemitismo y las diferencias con la política israelí profundizan las divisiones dentro de una comunidad que ya no mantiene una relación uniforme con el Estado de Israel.
Según encuestas a boca de urna de NBC News, el 67% de los votantes judíos respaldó a los demócratas y el 32% a los republicanos. Los resultados confirman una tendencia histórica, pero detrás de esos porcentajes aparece una realidad bastante más compleja.
Durante décadas, la mayoría de los judíos estadounidenses se identificó con el liberalismo político, la defensa de los derechos civiles y las posiciones progresistas en cuestiones sociales. Esa tradición explica, en parte, su cercanía con el Partido Demócrata. Sin embargo, la relación entre identidad, orientación política y respaldo a Israel atraviesa una transformación que se profundizó después de la ofensiva israelí sobre Gaza y de las crecientes críticas internacionales al gobierno de Benjamin Netanyahu.
El interrogante ya no pasa solamente por saber si los judíos estadounidenses seguirán votando a los demócratas, sino por determinar cuánto tiempo podrá mantenerse esa identificación en un partido donde conviven dirigentes históricamente comprometidos con Israel y sectores progresistas que cuestionan la asistencia militar estadounidense y reclaman una revisión de la relación bilateral.
Una encuesta del Jewish Electorate Institute, realizada antes de los comicios, mostraba que el 71% de los judíos tenía previsto apoyar a candidatos demócratas y apenas el 23% a republicanos. Pero el mismo estudio revelaba una contradicción: el 57% consideraba que dentro del Partido Demócrata estaba aumentando el antisemitismo y el 35% reconocía que el crecimiento de candidatos críticos de Israel hacía más difícil su identificación partidaria.
Michigan y una contradicción
El estado de Michigan ofreció uno de los ejemplos más reveladores. Allí, una encuesta realizada entre 482 votantes judíos que habían sufragado anticipadamente encontró que el 78% respaldaba a la candidata demócrata a gobernadora, Jocelyn Benson, mientras apenas el 57% apoyaba al candidato del mismo partido para el Senado, Abdul El-Sayed.
Entre los demócratas judíos que rechazaron a El-Sayed, el 99% manifestó que probablemente habría votado a otro candidato de su partido. El-Sayed, médico de origen egipcio y figura del progresismo estadounidense, había cuestionado duramente las políticas israelíes. Su candidatura puso de manifiesto una tensión que atraviesa al Partido Demócrata: cómo incorporar las demandas de quienes defienden los derechos palestinos sin perder el respaldo de sectores judíos que interpretan algunas de esas críticas como una amenaza a su seguridad o identidad.
Los números de Michigan deben interpretarse con cautela. Proceden de una encuesta encargada por The Jewish Majority, una organización de incidencia política, y representan exclusivamente a votantes anticipados. Sin embargo, muestran que una parte del electorado judío puede mantenerse dentro del Partido Demócrata y, simultáneamente, rechazar a determinados candidatos.
Las diferencias con Israel
La relación de los judíos estadounidenses con Israel también se encuentra atravesada por diferencias generacionales, religiosas e ideológicas. Para los sectores ortodoxos y conservadores, la defensa del Estado israelí suele ocupar un lugar importante en su identidad política. Entre los liberales, reformistas y generaciones más jóvenes aparecen posiciones críticas hacia Netanyahu, los asentamientos en Cisjordania y la política militar israelí.
Un relevamiento de AP-NORC en octubre mostró que entre los adultos judíos religiosos menores de 45 años, menos de la mitad consideraba que apoyar a Israel era un elemento central de su identidad judía. Esto no significa necesariamente un rechazo a la existencia del Estado de Israel. En muchos casos expresa una separación entre la identidad cultural o religiosa, el vínculo histórico con el país y la aprobación de las decisiones de sus gobiernos.
La distinción es fundamental porque permite comprender uno de los debates más intensos dentro de las comunidades judías: hasta qué punto las críticas al sionismo, al gobierno israelí o a la guerra deben interpretarse como expresiones legítimas de disenso político y cuándo pueden convertirse en manifestaciones de antisemitismo.
No existe una respuesta compartida por toda la comunidad. Mientras algunas organizaciones denuncian que el discurso antiisraelí facilita nuevas formas de hostilidad contra los judíos, otras, especialmente vinculadas a sectores progresistas, sostienen que identificar toda crítica a Israel con antisemitismo limita el debate democrático y dificulta cuestionar las políticas hacia los palestinos.
Alianza bajo presión
El resultado electoral también tiene consecuencias para la política israelí. El control demócrata de ambas cámaras modifica el escenario que acompañó a Netanyahu durante buena parte de la presidencia de Trump.
La alianza política entre ambos fortaleció la identificación del gobierno israelí con el Partido Republicano, una relación que produjo beneficios diplomáticos para Netanyahu, pero también riesgos para el histórico respaldo bipartidista estadounidense a Israel.
Según informó la agencia Reuters, dirigentes de la oposición israelí como Gadi Eisenkot, Yair Lapid y Yair Golan cuestionaron la estrategia de Netanyahu y plantearon la necesidad de reconstruir vínculos con los dos partidos estadounidenses.
La nueva composición del Congreso podría aumentar el control sobre la política exterior de Trump y abrir discusiones sobre la asistencia militar a Israel. Sin embargo, sería equivocado considerar que una mayoría demócrata representa automáticamente un cambio de posición estadounidense: dentro del partido continúan teniendo influencia dirigentes que defienden la alianza estratégica con Israel.
Las elecciones dejaron, entonces, una doble señal. La mayoría de los judíos estadounidenses continúa encontrando en el Partido Demócrata su principal representación política, pero una parte manifiesta crecientes desacuerdos con algunos de sus dirigentes y posiciones sobre Israel.
Mundo – Tiempo Argentino