Juanita Larrauri, la voz de las mujeres en la revolución de Evita

Juana Larrauri nació el 12 de marzo de 1910 en una Buenos Aires que todavía olía al querosén de los faroles y al verdín de los adoquines. De niña nomás, entendió que la radio era el espejo donde los humildes escuchaban sus dolores, pero también sus ilusiones: música e historias de amor.

Juanita cantaba en la vereda, cantaba en la escuela, cantaba en las reuniones familiares de los domingos. Cuando apenas tenía 16, un guitarrista del barrio -hombre de confianza de su padre- la llevó a que le tomen una prueba en Radio Nacional. La contrataron en el acto. Su voz era un torrente capaz de contener la respiración agitada de los enamorados.

Ella misma contaba cómo fue transformarse en cantante de tango en los años treinta. “Estaba mal visto que una muchacha fuera artista. Todo el mundo pensaba que sólo una cualquiera podía dedicarse a las tablas. Por eso algunos se creían con derecho a afilarme, y yo, muchas veces, tenía que salir del paso a trompada limpia. Por ejemplo, una vez le di un tremendo golpe en la mandíbula a un famoso director, en presencia de don Jaime Yankelevich. No puedo decir el nombre de la persona, porque es muy conocida»

Juanita Larrauri, la voz de las mujeres en la revolución de Evita

Ya Juanita perfumaba el aire desde los estudios radiales. Su modo de cantar era un bandoneón: rasposo en las orillas y tierno en el centro. Era una artista talentosa y se hizo muy amiga de Azucena Maizani, Agustín Magaldi, Mercedes Simone y Carlos Gardel. “Si Gardel viviera, le aseguro que sería peronista porque sentía un gran amor por los humildes y por su pueblo”, arriesgó sin titubeos en una entrevista con la revista Siete Días en 1973. Para sostener su pálpito, Larrauri solía rescatar una escena ocurrida durante un banquete de gala organizado en homenaje al Zorzal Criollo: “Gardel había pedido que dejaran una silla libre. Cuando todo el mundo estaba pendiente de quién sería la dama a la que concedería semejante honor, apareció el portero de su edificio y lo invitó a sentarse a su lado. Así era Carlitos”.

Pero no toda era cantar. El bautismo político de Juanita Larrauri ocurrió en el barro de la lucha sindical profunda, a mediados de 1937. En el apogeo de su carrera, una huelga obrera despertó su fibra social. Los trabajadores de una fábrica textil cercana a su casa, expuestos a la insalubridad de las cámaras de ácido que les destruían los pulmones, exigían la reducción de una hora en su jornada laboral y ganar un mango más. La mayoría eran empleadas mujeres, mano de obra barata. La cantante se involucró cuando su propio hermano, policía bonaerense, recibió la orden oficial de la represión: «Disuelva la huelga, a palos o a tiros». Larrauri decidió actuar. Pergeñó una audaz estrategia de resistencia estética junto a las mujeres trabajadoras para visibilizar el reclamo. «Habíamos arreglado todo de tal manera que yo iba a la fábrica con otras compañeras y les cortábamos el pelo al ras hasta dejarlas peladas», rememoraba la cantora. El impacto visual de la protesta funcionó como un escudo y una proclama: «Por eso siempre digo que me inicié en la política haciendo de peluquera».

Evita Capitana

Las muchachas peronistas / con Evita triunfaremos / y con ella brindaremos / nuestra vida por Perón/ ¡Viva Perón! ¡Viva Perón!/ Eva Perón, tu corazón/ nos acompaña sin cesar / te prometemos nuestro amor / con juramento de lealtad


El destino le tenía reservado un escenario más grande a Juana Larrauri. En 1946, cuando el país era un terremoto de norte a sur, no dudó. Ella, que conocía el hambre porque lo había entonado en cada letra de canillita y percanta, transformó el micrófono de la artista en el megáfono de la militante. La aparición de Eva Perón en su vida fue decisiva para tomar la decisión de abandonar el tango y convertirse en una de las arquitectas del Partido Peronista Femenino.

Se conocieron en el despacho de Evita, quien la convocó como a tantas referentes sociales con un objetivo ambicioso y complejo: ser la delegada censista en Entre Ríos, un territorio dominado por el radicalismo y los conservadores. Ante la sorpresiva propuesta, Juanita intentó excusarse con honestidad: «Señora, yo de esto no entiendo nada, en mi vida me ocupé de la política…». Evita fue fulminante y no dejó margen: «¿Usted es argentina, es patriota y quiere al pueblo?». Al recibir la respuesta afirmativa de Larrauri, selló la discusión con una orden clara: «Bueno, entonces yo le voy a explicar y usted lo va a hacer». El asombro aumentó cuando Perón interrumpió el encuentro. «Mirá, Juan, quería mandarla a Entre Ríos a Juanita. ¿Qué te parece?». Entre risas, el General bendijo la designación con su estilo: «Uuuuyyyy, pobre… Pero no importa, porque ella agarra la guitarra y los derrota cantando». La anécdota la contó cientos de veces la propia Larrauri.

Juanita Larrauri, la voz de las mujeres en la revolución de Evita

Los muchachos ya tenían su marcha y las mujeres necesitaban la suya. Así como Hugo del Carril se transformó en el cantor del General, Juanita le puso el cuerpo y el alma a «Evita Capitana». Su sonoridad, filosa como una navaja y ancha como una plaza colmada, se grabó para siempre en el corazón de las trabajadoras.

Si la identidad del movimiento obrero se había fundado sobre los compases de una marcha tradicional, la irrupción de las mujeres exigía su propia letra. Allí es donde la figura de Larrauri emerge con una centralidad mucho más disruptiva. Hugo le cantaba al despliegue colectivo desde el foco de la escena masculina; Juanita, en cambio, se convirtió en la garganta viva de una revolución dentro de la revolución. Interpretar «Evita Capitana» no fue para ella un mero ejercicio de acompañamiento orquestal, sino el acto fundacional de ponerle música al protagonismo político de las trabajadoras. Mientras la marcha tradicional ordenaba las filas masculinas, la voz de Juanita planteó un poder nuevo, demostrando que la mitad de la patria ya no iba a cantar bajito ni a pedir permiso para marchar en la primera línea de su propia lucha.

El Congreso, la cárcel y los rosales

La capacidad, el talento y la mística de Juana Larrauri la llevaron a las bancas del Congreso. En las históricas elecciones de 1951, donde las mujeres votaron por primera vez, ella fue elegida senadora nacional. En aquel recinto más machista y con menos códigos que la noche arrabalera , se movía como un duende.

El golpe de Estado del 55 la despojó de su cargo, pero jamás de su dignidad. Juanita pasó de la luz del Senado a la sombra de la penitenciaría de Humberto Primo. En los pabellones, junto a otras compañeras, su voz seguía sonando bajito, como un faro en medio de la niebla. Al salir, se convirtió en uno de los motores fundamentales de la Resistencia Peronista. Durante los diecisiete años de proscripción y silencio, cuando nombrar a Perón o a Evita era un delito, Larrauri fue uno de los tantos correos móviles secretos, puentes de carne y hueso que unían el exilio de Madrid con las bases de los gremios y las unidades básicas de los barrios del conurbano. En 1972, canosa pero con los ojos encendidos por el mismo fuego, integró la comitiva consagrada que acompañó a Perón en el avión del retorno definitivo. Entre tantos otros, compartió aquel vuelo con Hugo del Carril.

Juanita Larrauri, la voz de las mujeres en la revolución de Evita

Al año siguiente, el voto popular la regresó al Senado, hasta que la fatalidad histórica de la Argentina volvió a cruzarse en el trágico marzo de 1976. Otra vez depuesta, otra vez perseguida.

Sus últimos años, hasta su muerte en febrero de 1990, los pasó en el ostracismo voluntario de su casa de Ezpeleta, frente a las vías del tren, donde el golpeteo constante de los vagones contra los rieles le sonaba parecido al piano de Pugliese marcando el compás de La Yumba. Allí levantó un santuario doméstico a Evita, donde le rezaba todos los días: “No sé cómo explicarlo… es como si la señora en mi casa fuera un mensaje de Dios”.

Quizá de lo último que se jactó Juanita Larrauri fue de sus rosales, que crecían más sanos y perfumados que los de cualquier vecino. El secreto, decía ella con ternura, era que cada 26 de julio se tomaba el colectivo hasta Avenida del Libertador y Austria, la esquina del Palacio Unzué donde murió Evita, para recoger un puñado de tierra y alimentar sus plantas. Así, las rosas de Juanita florecían como ningunas en su pequeño jardín de los milagros.

 Dejó su carrera como cantante de tango tras un encuentro decisivo con Eva Perón. Se convirtió en una de las primeras senadoras nacionales y sufrió la cárcel y la persecución tras los golpes de Estado del 55 y del 76. Pieza clave de la rama femenina del peronismo, es, fue y será la intérprete definitiva de «Evita Capitana»  

Juana Larrauri nació el 12 de marzo de 1910 en una Buenos Aires que todavía olía al querosén de los faroles y al verdín de los adoquines. De niña nomás, entendió que la radio era el espejo donde los humildes escuchaban sus dolores, pero también sus ilusiones: música e historias de amor.

Juanita cantaba en la vereda, cantaba en la escuela, cantaba en las reuniones familiares de los domingos. Cuando apenas tenía 16, un guitarrista del barrio -hombre de confianza de su padre- la llevó a que le tomen una prueba en Radio Nacional. La contrataron en el acto. Su voz era un torrente capaz de contener la respiración agitada de los enamorados.

Ella misma contaba cómo fue transformarse en cantante de tango en los años treinta. “Estaba mal visto que una muchacha fuera artista. Todo el mundo pensaba que sólo una cualquiera podía dedicarse a las tablas. Por eso algunos se creían con derecho a afilarme, y yo, muchas veces, tenía que salir del paso a trompada limpia. Por ejemplo, una vez le di un tremendo golpe en la mandíbula a un famoso director, en presencia de don Jaime Yankelevich. No puedo decir el nombre de la persona, porque es muy conocida»

Juanita Larrauri, la voz de las mujeres en la revolución de Evita

Ya Juanita perfumaba el aire desde los estudios radiales. Su modo de cantar era un bandoneón: rasposo en las orillas y tierno en el centro. Era una artista talentosa y se hizo muy amiga de Azucena Maizani, Agustín Magaldi, Mercedes Simone y Carlos Gardel. “Si Gardel viviera, le aseguro que sería peronista porque sentía un gran amor por los humildes y por su pueblo”, arriesgó sin titubeos en una entrevista con la revista Siete Días en 1973. Para sostener su pálpito, Larrauri solía rescatar una escena ocurrida durante un banquete de gala organizado en homenaje al Zorzal Criollo: “Gardel había pedido que dejaran una silla libre. Cuando todo el mundo estaba pendiente de quién sería la dama a la que concedería semejante honor, apareció el portero de su edificio y lo invitó a sentarse a su lado. Así era Carlitos”.

Pero no toda era cantar. El bautismo político de Juanita Larrauri ocurrió en el barro de la lucha sindical profunda, a mediados de 1937. En el apogeo de su carrera, una huelga obrera despertó su fibra social. Los trabajadores de una fábrica textil cercana a su casa, expuestos a la insalubridad de las cámaras de ácido que les destruían los pulmones, exigían la reducción de una hora en su jornada laboral y ganar un mango más. La mayoría eran empleadas mujeres, mano de obra barata. La cantante se involucró cuando su propio hermano, policía bonaerense, recibió la orden oficial de la represión: «Disuelva la huelga, a palos o a tiros». Larrauri decidió actuar. Pergeñó una audaz estrategia de resistencia estética junto a las mujeres trabajadoras para visibilizar el reclamo. «Habíamos arreglado todo de tal manera que yo iba a la fábrica con otras compañeras y les cortábamos el pelo al ras hasta dejarlas peladas», rememoraba la cantora. El impacto visual de la protesta funcionó como un escudo y una proclama: «Por eso siempre digo que me inicié en la política haciendo de peluquera».

Evita Capitana

Las muchachas peronistas / con Evita triunfaremos / y con ella brindaremos / nuestra vida por Perón/ ¡Viva Perón! ¡Viva Perón!/ Eva Perón, tu corazón/ nos acompaña sin cesar / te prometemos nuestro amor / con juramento de lealtad


El destino le tenía reservado un escenario más grande a Juana Larrauri. En 1946, cuando el país era un terremoto de norte a sur, no dudó. Ella, que conocía el hambre porque lo había entonado en cada letra de canillita y percanta, transformó el micrófono de la artista en el megáfono de la militante. La aparición de Eva Perón en su vida fue decisiva para tomar la decisión de abandonar el tango y convertirse en una de las arquitectas del Partido Peronista Femenino.

Se conocieron en el despacho de Evita, quien la convocó como a tantas referentes sociales con un objetivo ambicioso y complejo: ser la delegada censista en Entre Ríos, un territorio dominado por el radicalismo y los conservadores. Ante la sorpresiva propuesta, Juanita intentó excusarse con honestidad: «Señora, yo de esto no entiendo nada, en mi vida me ocupé de la política…». Evita fue fulminante y no dejó margen: «¿Usted es argentina, es patriota y quiere al pueblo?». Al recibir la respuesta afirmativa de Larrauri, selló la discusión con una orden clara: «Bueno, entonces yo le voy a explicar y usted lo va a hacer». El asombro aumentó cuando Perón interrumpió el encuentro. «Mirá, Juan, quería mandarla a Entre Ríos a Juanita. ¿Qué te parece?». Entre risas, el General bendijo la designación con su estilo: «Uuuuyyyy, pobre… Pero no importa, porque ella agarra la guitarra y los derrota cantando». La anécdota la contó cientos de veces la propia Larrauri.

Juanita Larrauri, la voz de las mujeres en la revolución de Evita

Los muchachos ya tenían su marcha y las mujeres necesitaban la suya. Así como Hugo del Carril se transformó en el cantor del General, Juanita le puso el cuerpo y el alma a «Evita Capitana». Su sonoridad, filosa como una navaja y ancha como una plaza colmada, se grabó para siempre en el corazón de las trabajadoras.

Si la identidad del movimiento obrero se había fundado sobre los compases de una marcha tradicional, la irrupción de las mujeres exigía su propia letra. Allí es donde la figura de Larrauri emerge con una centralidad mucho más disruptiva. Hugo le cantaba al despliegue colectivo desde el foco de la escena masculina; Juanita, en cambio, se convirtió en la garganta viva de una revolución dentro de la revolución. Interpretar «Evita Capitana» no fue para ella un mero ejercicio de acompañamiento orquestal, sino el acto fundacional de ponerle música al protagonismo político de las trabajadoras. Mientras la marcha tradicional ordenaba las filas masculinas, la voz de Juanita planteó un poder nuevo, demostrando que la mitad de la patria ya no iba a cantar bajito ni a pedir permiso para marchar en la primera línea de su propia lucha.

El Congreso, la cárcel y los rosales

La capacidad, el talento y la mística de Juana Larrauri la llevaron a las bancas del Congreso. En las históricas elecciones de 1951, donde las mujeres votaron por primera vez, ella fue elegida senadora nacional. En aquel recinto más machista y con menos códigos que la noche arrabalera , se movía como un duende.

El golpe de Estado del 55 la despojó de su cargo, pero jamás de su dignidad. Juanita pasó de la luz del Senado a la sombra de la penitenciaría de Humberto Primo. En los pabellones, junto a otras compañeras, su voz seguía sonando bajito, como un faro en medio de la niebla. Al salir, se convirtió en uno de los motores fundamentales de la Resistencia Peronista. Durante los diecisiete años de proscripción y silencio, cuando nombrar a Perón o a Evita era un delito, Larrauri fue uno de los tantos correos móviles secretos, puentes de carne y hueso que unían el exilio de Madrid con las bases de los gremios y las unidades básicas de los barrios del conurbano. En 1972, canosa pero con los ojos encendidos por el mismo fuego, integró la comitiva consagrada que acompañó a Perón en el avión del retorno definitivo. Entre tantos otros, compartió aquel vuelo con Hugo del Carril.

Juanita Larrauri, la voz de las mujeres en la revolución de Evita

Al año siguiente, el voto popular la regresó al Senado, hasta que la fatalidad histórica de la Argentina volvió a cruzarse en el trágico marzo de 1976. Otra vez depuesta, otra vez perseguida.

Sus últimos años, hasta su muerte en febrero de 1990, los pasó en el ostracismo voluntario de su casa de Ezpeleta, frente a las vías del tren, donde el golpeteo constante de los vagones contra los rieles le sonaba parecido al piano de Pugliese marcando el compás de La Yumba. Allí levantó un santuario doméstico a Evita, donde le rezaba todos los días: “No sé cómo explicarlo… es como si la señora en mi casa fuera un mensaje de Dios”.

Quizá de lo último que se jactó Juanita Larrauri fue de sus rosales, que crecían más sanos y perfumados que los de cualquier vecino. El secreto, decía ella con ternura, era que cada 26 de julio se tomaba el colectivo hasta Avenida del Libertador y Austria, la esquina del Palacio Unzué donde murió Evita, para recoger un puñado de tierra y alimentar sus plantas. Las rosas de Juanita florecían como ningunas en su pequeño jardín de los milagros.

 Política – Tiempo Argentino

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