Seis meses después del inicio de la invasión a Irán y en plena campaña genocida en Gaza, todavía, las fuerzas armadas del país militarmente más poderoso del mundo se precipitan por un sendero de degradación. Como en tiempos de Vietnam, Irak y Afganistán, Estados Unidos hace agua, el poder imperial vuelve a desintegrarse. El presidente Donald Trump descree ya de su ministro de Guerra, Pete Hegseth. El Pentágono persigue a quienes lo denuncian, ya vació sus arsenales y deberá esperar dos años para reequipar la maquinaria bélica. Sus otrora temibles marines empezaron a flaquear, ya no matan, se quejan, pasan hambre, reciben comida podrida y agua helada para bañarse y contaminada para beber. No se sabe cuántos, pero ya son muchos los que optaron por el suicidio.
La degradación cobró forma a finales de agosto, cuando el The Washington Post y la web especializada MS Now revelaron que en la última reunión de gabinete del mes Trump había recriminado a Hegseth por no haberle dicho que se habían agotado las reservas de misiles interceptores y de precisión. Sin embargo, no es la situación en la casa matriz lo que más preocupa al presidente. El problema está en el teatro de la guerra, donde en el contexto de las habituales incoherencias presidenciales, y en vísperas de unas elecciones legislativas cada vez más críticas, en el Pentágono suponían que la invasión a Irán era “pan comido” (Trump dixit) y que en dos o tres semanas los miles de soldados y la fenomenal flota marítima y aérea desplegados en el área del Golfo volverían triunfales.
Mientras las noticias que llegan desde el Oriente son cada vez peores, Trump ensaya cómo zafar de la derrota militar. Presionado, y hasta hay quienes dicen que mandado por Israel, el Pentágono bombardeó a Irán –sus hospitales y sus escuelas– con dos fines. Primero, ponerle punto final a un desarrollo nuclear que Teherán asegura que sólo tiene objetivos pacíficos. Luego, aprovechar un supuesto malestar interno para provocar un cambio de régimen, nada menos que acabar con los ayatolas. Todo se le fue al diablo y el paseo trumpiano de fin de semana resultó un viaje al infierno. El lunes, el ministro de Energía, Chris Wright, dijo a la ABC News que “para el desarme nuclear habrá que esperar, quizás a un próximo gobierno” y que “el cambio de régimen todavía no está a la vista”. La derrota es lo único visible.

Las peores noticias las dieron las tripulaciones de los dos mayores portaviones nucleares, el Abraham Lincoln y el Gerald Ford, de la Quinta Flota. Que tengan el casco tapado de herrumbre por falta de mantenimiento es lo de menos. Ya los repararán. Lo grave es lo que los tripulantes –unos 11.000 marines entre ambos– contaron a Priya Sridhar, una corresponsal de guerra de MS Now. Comida escasa y podrida, inodoros tapados, duchas por las que sale agua oxidada y camas impregnadas de vómitos. Faltan dentífrico y servicio de limpieza de la ropa, zapatos apropiados. “Todos los días se registra algún caso de intento de suicidio o crisis de violencia”. En los portaviones y el Pentágono denuncian que el personal pasó 286 días en ultramar, una locura, hasta que esta semana tocó tierra en Pattaya, un paraíso sexual de Tailandia creado en su momento para satisfacer a los desquiciados de Vietnam.
Algo similar había sido reportado en marzo pasado por la tripulación y los mandos del Gerald Ford. Muchos temen que la situación derive en lo que llaman “un enorme efecto en las tasas de retención de la armada”, especialmente entre los marines de menor rango, que reciben sueldos mínimos y sufren un enfermizo acoso religioso de pastores ultraderechistas invitados por Hegseth semana tras semana. La situación no es nueva. En los últimos tres años las distintas ramas de las fuerzas armadas sufrieron una aguda crisis de reclutamiento. Un estudio de la Georgetown University lo adjudicó no sólo al rechazo que provoca la vida militar –a lo que se agrega el temor a morir, sufrir lesiones graves o desarrollar estrés postraumático–, sino a que muchos de esos jóvenes no cumplen con los requisitos mínimos de peso y salud mental y manifiestan consumo de drogas.
Trump reprendió a Hegseth como quien reta a un niño, escribió el Post, porque las reservas de misiles interceptores y de precisión se redujeron drásticamente sin avisarle al presidente. La escasez es especialmente notable en misiles guiados de largo alcance e interceptores de defensa aérea, y es una de las razones por las que Trump se queda en sus bravuconadas y en las últimas semanas debe abstenerse de lanzar nuevos ataques masivos contra Irán. Si bien se anunciaron varios acuerdos de producción para algunas de las municiones más críticas, como los misiles Patriot, la fabricación de estos productos puede llevar hasta dos años, por lo que no se prevé una solución inmediata a la escasez.
Solo en el primer mes de ataques a Irán, aviones y barcos dispararon más de 850 misiles de crucero Tomahawk y unos 1000 proyectiles de los sistemas Patriot y THAAD (Defensa de Área de Gran Altitud). También se emplearon más de 1300 misiles balísticos tácticos del ejército. Las reservas de ATACMS, un misil de corto alcance, se agotaron, ya no quedan existencias señalaron fuentes del Pentágono a la agencia Reuters. La falta de misiles interceptores modifica la forma en que Estados Unidos decide emplear municiones contra una amenaza entrante, basándose en la trayectoria prevista de la amenaza y en si esta representa o no un factor de riesgo.

La salud mental del «gran dictador»
Mientras Trump juega con los mapas, como el patético Hitler parodiado por Chaplin en El gran dictador jugaba con un globo terráqueo, en Estados Unidos lo que más preocupa es la decadente salud mental del presidente. Mary Trump, psicóloga doctorada en Manhattan, dice que su tío Donald “es un caso clínico peligroso”. Para no ser tildada de subjetividad, pues lleva una causa judicial en la que lo acusa por estafa en el reparto de una herencia, citó un trabajo de profesionales británicos en salud mental, publicado en mayo por el ahora discontinuado British Medical Journal. Allí, un equipo médico señaló que Trump da signos de grave preocupación: “daños en el juicio y el control de impulsos, creencias delirantes de infalibilidad”.
Por otro lado, 30 psiquiatras y especialistas en salud mental firmaron un diagnóstico en el que señalaron que Trump no está mentalmente apto para ejercer el cargo, y advierten que su capacidad para ordenar el lanzamiento de armas nucleares representa un peligro para el mundo. Los profesionales sostienen que el comportamiento de Trump durante el último año mostró «signos de grave preocupación médica». Citaron: «deterioro del juicio y del control de impulsos» y una «pérdida significativa de autocontrol», así como «creencias delirantes, incluidas afirmaciones de infalibilidad y una imagen de sí mismo como de un Papa, que sugiere una misión divina». Los médicos pidieron su destitución inmediata.
En abril, Tiempo había publicado un fulminante diagnóstico de la psiquiatra forense Bandy Lee, directora de World Mental Health Coalition y autora de El peligroso caso de Donald Trump, una norteamericana de raíces coreanas siempre citada en los foros académicos de Yale y Harvard. Se rodeó de una corte de obsecuentes incapaz de comprender que está a expensas de un enfermo mental, sentenció. No son palabras textuales, pero resumen sus investigaciones. Para ella y su equipo Trump es un caso de estudio, porque el presidente, dice, no es cualquiera, “es un peligroso sujeto que dispone de un arsenal de 5000 ojivas nucleares que le permitiría destruir siete veces al mundo”.
La crisis de su histórica maquinaria de matar. Falta de mantenimiento de los mayores portaviones nucleares de la Quinta Flota. Trump descree de su ministro de Guerra, Hegseth. Escándalos en el Pentágono.
Seis meses después del inicio de la invasión a Irán y en plena campaña genocida en Gaza, todavía, las fuerzas armadas del país militarmente más poderoso del mundo se precipitan por un sendero de degradación. Como en tiempos de Vietnam, Irak y Afganistán, Estados Unidos hace agua, el poder imperial vuelve a desintegrarse. El presidente Donald Trump descree ya de su ministro de Guerra, Pete Hegseth. El Pentágono persigue a quienes lo denuncian, ya vació sus arsenales y deberá esperar dos años para reequipar la maquinaria bélica. Sus otrora temibles marines empezaron a flaquear, ya no matan, se quejan, pasan hambre, reciben comida podrida y agua helada para bañarse y contaminada para beber. No se sabe cuántos, pero ya son muchos los que optaron por el suicidio.
La degradación cobró forma a finales de agosto, cuando el The Washington Post y la web especializada MS Now revelaron que en la última reunión de gabinete del mes Trump había recriminado a Hegseth por no haberle dicho que se habían agotado las reservas de misiles interceptores y de precisión. Sin embargo, no es la situación en la casa matriz lo que más preocupa al presidente. El problema está en el teatro de la guerra, donde en el contexto de las habituales incoherencias presidenciales, y en vísperas de unas elecciones legislativas cada vez más críticas, en el Pentágono suponían que la invasión a Irán era “pan comido” (Trump dixit) y que en dos o tres semanas los miles de soldados y la fenomenal flota marítima y aérea desplegados en el área del Golfo volverían triunfales.
Mientras las noticias que llegan desde el Oriente son cada vez peores, Trump ensaya cómo zafar de la derrota militar. Presionado, y hasta hay quienes dicen que mandado por Israel, el Pentágono bombardeó a Irán –sus hospitales y sus escuelas– con dos fines. Primero, ponerle punto final a un desarrollo nuclear que Teherán asegura que sólo tiene objetivos pacíficos. Luego, aprovechar un supuesto malestar interno para provocar un cambio de régimen, nada menos que acabar con los ayatolas. Todo se le fue al diablo y el paseo trumpiano de fin de semana resultó un viaje al infierno. El lunes, el ministro de Energía, Chris Wright, dijo a la ABC News que “para el desarme nuclear habrá que esperar, quizás a un próximo gobierno” y que “el cambio de régimen todavía no está a la vista”. La derrota es lo único visible.

Foto: U.S. Marine Corps / Press
Las peores noticias las dieron las tripulaciones de los dos mayores portaviones nucleares, el Abraham Lincoln y el Gerald Ford, de la Quinta Flota. Que tengan el casco tapado de herrumbre por falta de mantenimiento es lo de menos. Ya los repararán. Lo grave es lo que los tripulantes –unos 11.000 marines entre ambos– contaron a Priya Sridhar, una corresponsal de guerra de MS Now. Comida escasa y podrida, inodoros tapados, duchas por las que sale agua oxidada y camas impregnadas de vómitos. Faltan dentífrico y servicio de limpieza de la ropa, zapatos apropiados. “Todos los días se registra algún caso de intento de suicidio o crisis de violencia”. En los portaviones y el Pentágono denuncian que el personal pasó 286 días en ultramar, una locura, hasta que esta semana tocó tierra en Pattaya, un paraíso sexual de Tailandia creado en su momento para satisfacer a los desquiciados de Vietnam.
Algo similar había sido reportado en marzo pasado por la tripulación y los mandos del Gerald Ford. Muchos temen que la situación derive en lo que llaman “un enorme efecto en las tasas de retención de la armada”, especialmente entre los marines de menor rango, que reciben sueldos mínimos y sufren un enfermizo acoso religioso de pastores ultraderechistas invitados por Hegseth semana tras semana. La situación no es nueva. En los últimos tres años las distintas ramas de las fuerzas armadas sufrieron una aguda crisis de reclutamiento. Un estudio de la Georgetown University lo adjudicó no sólo al rechazo que provoca la vida militar –a lo que se agrega el temor a morir, sufrir lesiones graves o desarrollar estrés postraumático–, sino a que muchos de esos jóvenes no cumplen con los requisitos mínimos de peso y salud mental y manifiestan consumo de drogas.
Trump reprendió a Hegseth como quien reta a un niño, escribió el Post, porque las reservas de misiles interceptores y de precisión se redujeron drásticamente sin avisarle al presidente. La escasez es especialmente notable en misiles guiados de largo alcance e interceptores de defensa aérea, y es una de las razones por las que Trump se queda en sus bravuconadas y en las últimas semanas debe abstenerse de lanzar nuevos ataques masivos contra Irán. Si bien se anunciaron varios acuerdos de producción para algunas de las municiones más críticas, como los misiles Patriot, la fabricación de estos productos puede llevar hasta dos años, por lo que no se prevé una solución inmediata a la escasez.
Solo en el primer mes de ataques a Irán, aviones y barcos dispararon más de 850 misiles de crucero Tomahawk y unos 1000 proyectiles de los sistemas Patriot y THAAD (Defensa de Área de Gran Altitud). También se emplearon más de 1300 misiles balísticos tácticos del ejército. Las reservas de ATACMS, un misil de corto alcance, se agotaron, ya no quedan existencias señalaron fuentes del Pentágono a la agencia Reuters. La falta de misiles interceptores modifica la forma en que Estados Unidos decide emplear municiones contra una amenaza entrante, basándose en la trayectoria prevista de la amenaza y en si esta representa o no un factor de riesgo.

Foto: The Pentagon Washington
La salud mental del «gran dictador»
Mientras Trump juega con los mapas, como el patético Hitler parodiado por Chaplin en El gran dictador jugaba con un globo terráqueo, en Estados Unidos lo que más preocupa es la decadente salud mental del presidente. Mary Trump, psicóloga doctorada en Manhattan, dice que su tío Donald “es un caso clínico peligroso”. Para no ser tildada de subjetividad, pues lleva una causa judicial en la que lo acusa por estafa en el reparto de una herencia, citó un trabajo de profesionales británicos en salud mental, publicado en mayo por el ahora discontinuado British Medical Journal. Allí, un equipo médico señaló que Trump da signos de grave preocupación: “daños en el juicio y el control de impulsos, creencias delirantes de infalibilidad”.
Por otro lado, 30 psiquiatras y especialistas en salud mental firmaron un diagnóstico en el que señalaron que Trump no está mentalmente apto para ejercer el cargo, y advierten que su capacidad para ordenar el lanzamiento de armas nucleares representa un peligro para el mundo. Los profesionales sostienen que el comportamiento de Trump durante el último año mostró «signos de grave preocupación médica». Citaron: «deterioro del juicio y del control de impulsos» y una «pérdida significativa de autocontrol», así como «creencias delirantes, incluidas afirmaciones de infalibilidad y una imagen de sí mismo como de un Papa, que sugiere una misión divina». Los médicos pidieron su destitución inmediata.
En abril, Tiempo había publicado un fulminante diagnóstico de la psiquiatra forense Bandy Lee, directora de World Mental Health Coalition y autora de El peligroso caso de Donald Trump, una norteamericana de raíces coreanas siempre citada en los foros académicos de Yale y Harvard. Se rodeó de una corte de obsecuentes incapaz de comprender que está a expensas de un enfermo mental, sentenció. No son palabras textuales, pero resumen sus investigaciones. Para ella y su equipo Trump es un caso de estudio, porque el presidente, dice, no es cualquiera, “es un peligroso sujeto que dispone de un arsenal de 5000 ojivas nucleares que le permitiría destruir siete veces al mundo”.
Mundo – Tiempo Argentino