UNO. Este mes Europa descubrió una verdad que cualquier almacenero conoce desde hace un siglo. El libre comercio es una maravilla hasta que enfrente abre uno que vende el mismo salamín a mitad de precio porque el suegro le paga la luz.
La invasión de plataformas como Temu, Shein y AliExpress desarticuló el mercado. Todos los días aterrizan en los aeropuertos del continente una marabunta de pequeños paquetes postales con un valor declarado inferior a los 150 euros, el techo histórico para ingresar mercadería sin tributar un solo arancel aduanero. Se trata de un torrente superior a los 4000 millones de envíos al año. Ni el más optimista de los empleados de Aduana abre tantas cajitas sin empezar a sospechar de la especie humana.
De pronto, los industriales continentales mascullaron las mismas quejas que antes lanzaban los fabricantes de calzado de San Martín o los metalúrgicos de Avellaneda. Denunciaron la competencia desleal, las tramas del dumping, las facturas por montos ridículos, la falta de controles de seguridad y los subsidios estatales con los que Beijing empuja sus exportaciones.
Así, desde el 1 de julio de 2026, la Unión Europea (UE) puso en marcha un régimen especial que aplica una tasa administrativa fija a cada paquete de escaso valor procedente del comercio electrónico fuera del bloque. Se acabó la exención. Se trata de un pago obligatorio para frenar la sangría mientras la burocracia pule la reforma del Código Aduanero Europeo de julio de 2028.
El objetivo central busca encarecer ese flujo descontrolado, ajustar la lupa en las fronteras y proteger la producción local antes de la ruina definitiva de sus fábricas. «El volumen incontrolado de encomiendas afecta al comercio local y provoca la desolación de los centros urbanos. Europa debe defender su mercado frente a la competencia desleal”, dijo Michael McGrath, Comisario Europeo de Consumo.

DOS. En mayo de 2003, cuando la Argentina juntaba con alfiler y plasticola los vidrios rotos del estallido de 2001, Néstor Kirchner asumía la presidencia. Tras el portazo a la convertibilidad, la economía arrancó una carrera de liebre con tasas de crecimiento chinas. La nave insignia del rescate era la persiana metálica de la fábrica que volvía a levantarse a pura fuerza de trabajo.
En abril de 2006, tras un paso por Comunicaciones, Guillermo Moreno desembarcó en la Secretaría de Comercio Interior para cuidar el rancho. Kirchner lo puso ahí con una convicción simple: un país que consume lo que él mismo remacha, tiene más chances de sostener la olla que uno transformado en un shopping de espejitos de colores.
El establishment encontró rápido un culpable. Siempre es más sencillo señalar al tipo del bigote que admitir que el supermercado empezaba a llenarse de productos hechos a quince mil kilómetros. Las cámaras empresarias extranjeras ponían el grito en el cielo por las trabas en la aduana; la Unión Europea, Estados Unidos y Japón denunciaron a la Argentina ante la Organización Mundial del Comercio por el torniquete de las Declaraciones Juradas Anticipadas de Importación, las célebres DJAI. Mientras que para los diplomáticos de corbata fina aquello destruía las sagradas escrituras del libre mercado.
Para el funcionario argentino, en cambio, eran herramientas elementales para que no se escaparan dólares de las reservas en baratijas. Veinte años después, el viento dio la vuelta entera. Ahora bien, cuando una potencia económica blinda sus fronteras, el movimiento recibe el título de autonomía estratégica. Pero cuando la misma maniobra la ensaya un país del sur global, la etiqueta cambia a proteccionismo o populismo.

TRES. A un mes del inicio de la nueva regulación, la contienda arancelaria ingresó en una fase insólita. Lejos de levantar los bártulos ante el peaje europeo, los gigantes del comercio asiáticos desplegaron una maniobra que descolocó a los predicadores del liberalismo ortodoxo.
Plataformas como Temu decidieron absorber en parte la nueva tasa administrativa para que el comprador final no sienta el garrotazo en el bolsillo. En lugar de trasladar el costo, lanzaron campañas promocionales con descuentos equivalentes al valor del gravamen estatal. Prefieren subsidiar el trámite aduanero con tal de mantener su porción en la UE, la plaza de consumo más jugosa del planeta después de la estadounidense.
Los viejos comerciantes suelen desconfiar de una sola cosa: del tipo que vende más barato de lo que le cuesta fabricar.
Moreno, hoy presidente de Principios y Valores, sostiene desde hace años que ese fenómeno no era casual. Cuenta que durante su gestión envió delegaciones técnicas a China para estudiar la estructura de costos. Según su versión, los números mostraban que el secreto no estaba únicamente en fabricar barato, sino en “una política deliberada de subsidios destinada a ganar mercados aun vendiendo por debajo del precio internacional”.
Ahora, lo que cruje es la arquitectura ideológica con la que el Hemisferio Norte dictó cátedra durante los últimos treinta años. Estados Unidos abrió el fuego con aranceles directos bajo el mandato de Donald Trump, y Europa acelera el paso con barreras propias. La palabra desglobalización dejó de ser un término para simposios académicos y se convirtió en una trinchera cotidiana.
Durante años, Guillermo Moreno fue el hombre del bigote, las DJAI y las herejías económicas. En Europa explicaban que esas cosas no podían hacerse porque atentaban contra el libre comercio. Veinte años más tarde descubrieron que el libre comercio también tiene días malos, sobre todo cuando el que vende enfrente pierde plata para quedarse con todos los clientes.
Lo único que todavía no importó la Unión Europea fue el bigote. Todo lo demás ya pasó por la aduana. «
Diccionario bilingüe de Aduana
DJAI (Declaración Jurada Anticipada de Importación): «Invento populista, salvaje e inconstitucional para frenar baratijas”. Uso: Argentina, 2012.
Tasa de Despacho de Encomiendas Extracomunitarias: «Medida moderna, pragmática y necesaria de autonomía estratégica”. Uso: Unión Europea, 2026.
Conclusión: la diferencia entre un disparate económico y una política de Estado suele ser únicamente el color del pasaporte.
Ante el cambio algunas reglas básicas de la economía cotidiana, Europa abandona la histórica fe ciega en el libre mercado y aplica fórmulas que recuerdan la Argentina de principios de siglo.
UNO. Este mes Europa descubrió una verdad que cualquier almacenero conoce desde hace un siglo. El libre comercio es una maravilla hasta que enfrente abre uno que vende el mismo salamín a mitad de precio porque el suegro le paga la luz.
La invasión de plataformas como Temu, Shein y AliExpress desarticuló el mercado. Todos los días aterrizan en los aeropuertos del continente una marabunta de pequeños paquetes postales con un valor declarado inferior a los 150 euros, el techo histórico para ingresar mercadería sin tributar un solo arancel aduanero. Se trata de un torrente superior a los 4000 millones de envíos al año. Ni el más optimista de los empleados de Aduana abre tantas cajitas sin empezar a sospechar de la especie humana.
De pronto, los industriales continentales mascullaron las mismas quejas que antes lanzaban los fabricantes de calzado de San Martín o los metalúrgicos de Avellaneda. Denunciaron la competencia desleal, las tramas del dumping, las facturas por montos ridículos, la falta de controles de seguridad y los subsidios estatales con los que Beijing empuja sus exportaciones.
Así, desde el 1 de julio de 2026, la Unión Europea (UE) puso en marcha un régimen especial que aplica una tasa administrativa fija a cada paquete de escaso valor procedente del comercio electrónico fuera del bloque. Se acabó la exención. Se trata de un pago obligatorio para frenar la sangría mientras la burocracia pule la reforma del Código Aduanero Europeo de julio de 2028.
El objetivo central busca encarecer ese flujo descontrolado, ajustar la lupa en las fronteras y proteger la producción local antes de la ruina definitiva de sus fábricas. «El volumen incontrolado de encomiendas afecta al comercio local y provoca la desolación de los centros urbanos. Europa debe defender su mercado frente a la competencia desleal”, dijo Michael McGrath, Comisario Europeo de Consumo.

DOS. En mayo de 2003, cuando la Argentina juntaba con alfiler y plasticola los vidrios rotos del estallido de 2001, Néstor Kirchner asumía la presidencia. Tras el portazo a la convertibilidad, la economía arrancó una carrera de liebre con tasas de crecimiento chinas. La nave insignia del rescate era la persiana metálica de la fábrica que volvía a levantarse a pura fuerza de trabajo.
En abril de 2006, tras un paso por Comunicaciones, Guillermo Moreno desembarcó en la Secretaría de Comercio Interior para cuidar el rancho. Kirchner lo puso ahí con una convicción simple: un país que consume lo que él mismo remacha, tiene más chances de sostener la olla que uno transformado en un shopping de espejitos de colores.
El establishment encontró rápido un culpable. Siempre es más sencillo señalar al tipo del bigote que admitir que el supermercado empezaba a llenarse de productos hechos a quince mil kilómetros. Las cámaras empresarias extranjeras ponían el grito en el cielo por las trabas en la aduana; la Unión Europea, Estados Unidos y Japón denunciaron a la Argentina ante la Organización Mundial del Comercio por el torniquete de las Declaraciones Juradas Anticipadas de Importación, las célebres DJAI. Mientras que para los diplomáticos de corbata fina aquello destruía las sagradas escrituras del libre mercado.
Para el funcionario argentino, en cambio, eran herramientas elementales para que no se escaparan dólares de las reservas en baratijas. Veinte años después, el viento dio la vuelta entera. Ahora bien, cuando una potencia económica blinda sus fronteras, el movimiento recibe el título de autonomía estratégica. Pero cuando la misma maniobra la ensaya un país del sur global, la etiqueta cambia a proteccionismo o populismo.

Foto: Edgardo Gómez
@jedgardogomez
TRES. A un mes del inicio de la nueva regulación, la contienda arancelaria ingresó en una fase insólita. Lejos de levantar los bártulos ante el peaje europeo, los gigantes del comercio asiáticos desplegaron una maniobra que descolocó a los predicadores del liberalismo ortodoxo.
Plataformas como Temu decidieron absorber en parte la nueva tasa administrativa para que el comprador final no sienta el garrotazo en el bolsillo. En lugar de trasladar el costo, lanzaron campañas promocionales con descuentos equivalentes al valor del gravamen estatal. Prefieren subsidiar el trámite aduanero con tal de mantener su porción en la UE, la plaza de consumo más jugosa del planeta después de la estadounidense.
Los viejos comerciantes suelen desconfiar de una sola cosa: del tipo que vende más barato de lo que le cuesta fabricar.
Moreno, hoy presidente de Principios y Valores, sostiene desde hace años que ese fenómeno no era casual. Cuenta que durante su gestión envió delegaciones técnicas a China para estudiar la estructura de costos. Según su versión, los números mostraban que el secreto no estaba únicamente en fabricar barato, sino en “una política deliberada de subsidios destinada a ganar mercados aun vendiendo por debajo del precio internacional”.
Ahora, lo que cruje es la arquitectura ideológica con la que el Hemisferio Norte dictó cátedra durante los últimos treinta años. Estados Unidos abrió el fuego con aranceles directos bajo el mandato de Donald Trump, y Europa acelera el paso con barreras propias. La palabra desglobalización dejó de ser un término para simposios académicos y se convirtió en una trinchera cotidiana.
Durante años, Guillermo Moreno fue el hombre del bigote, las DJAI y las herejías económicas. En Europa explicaban que esas cosas no podían hacerse porque atentaban contra el libre comercio. Veinte años más tarde descubrieron que el libre comercio también tiene días malos, sobre todo cuando el que vende enfrente pierde plata para quedarse con todos los clientes.
Lo único que todavía no importó la Unión Europea fue el bigote. Todo lo demás ya pasó por la aduana. «
Diccionario bilingüe de Aduana
DJAI (Declaración Jurada Anticipada de Importación): «Invento populista, salvaje e inconstitucional para frenar baratijas”. Uso: Argentina, 2012.
Tasa de Despacho de Encomiendas Extracomunitarias: «Medida moderna, pragmática y necesaria de autonomía estratégica”. Uso: Unión Europea, 2026.
Conclusión: la diferencia entre un disparate económico y una política de Estado suele ser únicamente el color del pasaporte.
Mundo – Tiempo Argentino