Ormuz: el estrecho dudoso

Nuestra América es tierra de paradojas. Por ejemplo, Ernesto Cardenal solo fue sacerdote pese al apellido. Sin embargo, por la práctica católica que desarrolló, este nicaragüense será condenado por Juan Pablo II y por eso reivindicado por Francisco.

Además, Cardenal escribió poesía. De las muchas obras evocamos El estrecho dudoso (1966), una relación acerca de los conquistadores que buscaban el camino marítimo entre el Atlántico y el Pacífico, pero como no lo encontraban, se dedicaron a saquear.

Parece que los estrechos son complicados, que existan o no, incluso en la imaginación. Fíjese nomás en Ormuz. ¿Usted le compraría un galeón usado a Donald Trump? Quien sí conocía el paño fue Marco Polo, que al regreso de China allá por finales del siglo XIII describe esa región del golfo Pérsico como el más importante y próspero centro comercial entre China, India y el mundo musulmán, cuyas migajas le llegaban al occidente de la época. Lo que es la envidia, ché.

Hoy el mencionado estrecho de Ormuz es dudoso, y no hay poesía alguna. Antes del ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán estaba abierto para la navegación. Como ninguno de los objetivos fue cumplido -y el “cambio de régimen” era el principal- el conflicto se traslada también a otros ámbitos. Uno es bloqueo financiero contra los activos iraníes, que potencia las sanciones ya impuestas por los Estados Unidos. Según la agencia Reuters, las medidas adoptadas dificultan la triangulación habitual que realizan las naciones bloqueadas, con la consiguiente dificultad para realizar transacciones comerciales. La apuesta de Washington es que el impacto sobre los precios internos y la devaluación de la moneda provoquen el colapso económico de Teheran. Tal vez eso explique los aires de superioridad adoptados por Scott Bessent, el secretario del Tesoro, cuando afirmó en la reciente cumbre de ministros de finanzas del G20 que incluso el estrecho de Ormuz será un insignificante espejo de agua de aquí a dos años, cuando el petróleo fluya por oleoductos previstos a través de la ahora amiga Siria.

Ormuz: el estrecho dudoso
El poeta Ernesto Cardenal.

El problema es que se requieren inversiones, algunos hablan de 15 a 20 mil millones de dólares, para un tráfico que solo podrá suplir una porción menor del crudo que transita Ormuz y eso de aquí a cuatro años.

Pero qué importa la realidad. En el campo de batalla, los iraníes sostienen que las principales bases norteamericanas se han replegado, y lanzan nuevos ataques desde más lejos, por ejemplo desde Jordania, donde también han comenzado a impactar misiles persas. Para estar lejos, ese estrecho que comparten Irán y Omán está demasiado cerca. Cada vez más.

Según HispanTV, la articulación entre estos dos países busca establecer por estos días una ruta de acceso por aguas iraníes y otra de salida por el sector omaní, en un “sistema de gestión controlado”. Tiene un aspecto militar, que es el despliegue de armamento -drones, misiles, minas, lanchas- que mantienen alejada a la la flota norteamericana, que aunque quizás más poderosa que el equipamiento iraní no podría resistir el hundimiento de una nave de guerra norteamericana.

También tiene algunos ardides, como los petroleros o los gasíferos que apagan la identificación propia para entrar en una zona gris. Eso posibilita, por ejemplo, que el crudo pase de un barco de cierto origen a otro de origen distinto, lo que podrá figurar como una exportación de Omán. Eso complica las tareas de bloqueo que practican los estadounidenses, que parecen algo enojados con Omán, un país que sin embargo sindican como aliado.

En todos los casos, aumentan los seguros, arriesgan los fletes, aumentan los precios. Y eso termina por impactar en los precios de las verdulerías de Springfield, Ohio, justo en víspera de elecciones.

En el Estrecho dudoso evocado por Ernesto Cardenal, los invasores europeos encuentran tierra en vez de agua. En el caso que nos ocupa, los Estados Unidos enfrentan agua en vez de tierra.

La duda se convierte en frustración, es cuando caen las certezas. Tal vez sea la razón del frenesí geográfico que cunde en Donald Trump, dedicado a renombrar importantes golfos, ciertos lagos y estrechos dudosos con nombres que le otorguen, al menos, la apariencia de tener aún algún entendimiento y control sobre los acontecimientos.

Vaya paradoja.  «

 A la manera del estrecho dudoso evocado por Ernesto Cardenal, el bloqueo estadounidense en Ormuz tropieza con el agua de la realidad: ni la asfixia financiera ni las promesas de oleoductos logran tapar la erosión del poder militar de Washington, que ya se traslada a los precios en pleno año electoral.  

Nuestra América es tierra de paradojas. Por ejemplo, Ernesto Cardenal solo fue sacerdote pese al apellido. Sin embargo, por la práctica católica que desarrolló, este nicaragüense será condenado por Juan Pablo II y por eso reivindicado por Francisco.

Además, Cardenal escribió poesía. De las muchas obras evocamos El estrecho dudoso (1966), una relación acerca de los conquistadores que buscaban el camino marítimo entre el Atlántico y el Pacífico, pero como no lo encontraban, se dedicaron a saquear.

Parece que los estrechos son complicados, que existan o no, incluso en la imaginación. Fíjese nomás en Ormuz. ¿Usted le compraría un galeón usado a Donald Trump? Quien sí conocía el paño fue Marco Polo, que al regreso de China allá por finales del siglo XIII describe esa región del golfo Pérsico como el más importante y próspero centro comercial entre China, India y el mundo musulmán, cuyas migajas le llegaban al occidente de la época. Lo que es la envidia, ché.

Hoy el mencionado estrecho de Ormuz es dudoso, y no hay poesía alguna. Antes del ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán estaba abierto para la navegación. Como ninguno de los objetivos fue cumplido -y el “cambio de régimen” era el principal- el conflicto se traslada también a otros ámbitos. Uno es bloqueo financiero contra los activos iraníes, que potencia las sanciones ya impuestas por los Estados Unidos. Según la agencia Reuters, las medidas adoptadas dificultan la triangulación habitual que realizan las naciones bloqueadas, con la consiguiente dificultad para realizar transacciones comerciales. La apuesta de Washington es que el impacto sobre los precios internos y la devaluación de la moneda provoquen el colapso económico de Teheran. Tal vez eso explique los aires de superioridad adoptados por Scott Bessent, el secretario del Tesoro, cuando afirmó en la reciente cumbre de ministros de finanzas del G20 que incluso el estrecho de Ormuz será un insignificante espejo de agua de aquí a dos años, cuando el petróleo fluya por oleoductos previstos a través de la ahora amiga Siria.

Ormuz: el estrecho dudoso
El poeta Ernesto Cardenal.

El problema es que se requieren inversiones, algunos hablan de 15 a 20 mil millones de dólares, para un tráfico que solo podrá suplir una porción menor del crudo que transita Ormuz y eso de aquí a cuatro años.

Pero qué importa la realidad. En el campo de batalla, los iraníes sostienen que las principales bases norteamericanas se han replegado, y lanzan nuevos ataques desde más lejos, por ejemplo desde Jordania, donde también han comenzado a impactar misiles persas. Para estar lejos, ese estrecho que comparten Irán y Omán está demasiado cerca. Cada vez más.

Según HispanTV, la articulación entre estos dos países busca establecer por estos días una ruta de acceso por aguas iraníes y otra de salida por el sector omaní, en un “sistema de gestión controlado”. Tiene un aspecto militar, que es el despliegue de armamento -drones, misiles, minas, lanchas- que mantienen alejada a la la flota norteamericana, que aunque quizás más poderosa que el equipamiento iraní no podría resistir el hundimiento de una nave de guerra norteamericana.

También tiene algunos ardides, como los petroleros o los gasíferos que apagan la identificación propia para entrar en una zona gris. Eso posibilita, por ejemplo, que el crudo pase de un barco de cierto origen a otro de origen distinto, lo que podrá figurar como una exportación de Omán. Eso complica las tareas de bloqueo que practican los estadounidenses, que parecen algo enojados con Omán, un país que sin embargo sindican como aliado.

En todos los casos, aumentan los seguros, arriesgan los fletes, aumentan los precios. Y eso termina por impactar en los precios de las verdulerías de Springfield, Ohio, justo en víspera de elecciones.

En el Estrecho dudoso evocado por Ernesto Cardenal, los invasores europeos encuentran tierra en vez de agua. En el caso que nos ocupa, los Estados Unidos enfrentan agua en vez de tierra.

La duda se convierte en frustración, es cuando caen las certezas. Tal vez sea la razón del frenesí geográfico que cunde en Donald Trump, dedicado a renombrar importantes golfos, ciertos lagos y estrechos dudosos con nombres que le otorguen, al menos, la apariencia de tener aún algún entendimiento y control sobre los acontecimientos.

Vaya paradoja.  «

 Mundo – Tiempo Argentino

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