Un dron en Leipzig y pruebas endebles para desafiar a Rusia

Leipzig. Madrugada del 4 de agosto. Un aparato del tamaño de una valija de mano sobrevuela el área más celada del aeropuerto —ese que mueve cajas para medio mundo DHL, Amazon, la logística ucraniana rumbo al frente— y aterriza donde no debía, cargado de explosivo y detonador. No estalla. Se queda ahí, mudo, como un chiste que no causa gracia. Los servicios alemanes lo desarman, lo fotografían, se lo llevan a analizar. Durante casi un mes el gobierno federal hace lo que mejor sabe hacer un país serio ante la incertidumbre, que es callarse la boca.

El blanco, dicen después los investigadores, era un Antonov AN-124 Cóndor, una bestia soviética de carga que Ucrania utiliza para mover material militar. Una joda cósmica: un avión diseñado en Kiev, cuando Kiev era de Moscú, apuntado por un dron que Moscú —según Berlín— mandó a volar contra Kiev. La geopolítica tiene esa fantasía repetida en loop.

Un dron en Leipzig y pruebas endebles para desafiar a Rusia

Recién la semana pasada el ministro del Interior, Dobrindt, se paró frente a los micrófonos y dijo: «Los hallazgos policiales, los patrones conocidos y la inteligencia de los servicios, tomados en conjunto, apuntan a la responsabilidad de instancias estatales rusas». Un rompecabezas armado a media luz, pero con veredicto.

Los sabuesos llegaron a dos sospechosos por caminos distintos, casi de novela de Le Carré traducida al alemán. Uno, nacido en Bielorrusia con pasaporte ruso y visa italiana, dejó ADN en la escena y los investigadores lo llaman «agente descartable». El otro, un ruso con pasaporte letón, entró por el aeropuerto de Berlín sin levantar sospechas y se escapó horas antes. Putin calificó el paquete de medidas como «un error grave» y sostuvo que las pruebas fueron “falsificadas”.

Berlín. Como consecuencia, hace horas el Bundestag anunció que Rusia tendrá más sanciones. La estonia Kaja Kallas, Alta Representante europea, lo dijo en una reunión de cancilleres en Irlanda con la tranquilidad de quien lee una lista de compras. En total son unas 1600 personas y empresas ligadas al complejo militar-industrial ruso que van camino a alargar una lista negra como la del Cuarteto de Nos. Puede que se sumen más nombres, aclaró, como quien deja la puerta abierta para cobrar otro penal por si hace falta, en tiempo de descuento.

Macron, desde la red social X, se “solidarizó” y avisó que Francia «acompaña las nuevas sanciones». Y entre las represalias anunciadas, la que tiene nombre de novela de espías con vocación cultural es el cierre de la Casa Rusa.

Un dron en Leipzig y pruebas endebles para desafiar a Rusia

Friedrichstraße. La Casa Rusa es, aún, un palacio de casi 29.000 metros cuadrados en el centro de Berlín. Abrió en 1984, el año preferido de George Orwell. Lo raro del asunto es que el edificio es propiedad de la Federación Rusa, pero el terreno donde se asienta es de la República Federal Alemana. Una metáfora.

Adentro hay salas de exposición y conciertos, cine, librería, hasta una filial del correo ruso y un restorán con pierogis. Como anuncian en su canal de Telegram (@rushaus, con unos 2500 suscriptores) se dictan cursos de idioma, ballet, dibujo. Todo eso existe, pero el Ministerio del Interior francés advirtió que el lugar sirve de tapadera para los servicios de inteligencia rusos, y un diputado verde germano sostuvo que «sabemos que en esta casa pasa más que cursos inofensivos de idioma». ¿Una versión moderna del «algo habrán hecho» made in Argentina?

Al igual que la institución homónima en Buenos Aires (en avenida Rivadavia al 4200), es administrada por la entidad Rossotrudnichestvo, que se encarga de promover la influencia rusa en la Comunidad de Estados Independientes (CEI) y depende directamente de la Cancillería rusa. Un acuerdo bilateral de 2011 regula la actividad de este centro en Alemania, el cual recién podría darse de baja formalmente en junio de 2027. Mientras la letra chica se resuelve, la embajada rusa ya tuiteó que todo el personal de la Casa y del consulado, junto con sus familias, fue instado a abandonar el territorio «en el plazo más breve». No aclararon quién los instó. Cosas de la diplomacia, donde hasta la expulsión se declina con ambigüedad.

Londres. Sheffield Forgemasters (Yorkshire) no fabricaba un cañón desde hacía dos décadas y hoy da laburo a 780 operarios y más de sesenta proveedores. El Gobierno le encajó 1300 millones de libras para recapitalizarla con los intereses de los activos rusos congelados, mientras Starmer le abría la puerta a los 78.000 millones del fondo europeo. Pegarle al rival ruso es la excusa perfecta para mover la máquina.

A todos les gusta el negocio mientras la sangre la ponga otro: India e Irán le comercian a los rusos; la UE y EE UU le venden a Ucrania. Hoy la paz es un deseo que se escribe en redes sociales.

Un dron en Leipzig y pruebas endebles para desafiar a Rusia

Berna. Dentro de tres semanas Suiza vota si blinda en su Constitución una neutralidad «perpetua y armada», que le impediría sumarse a sanciones económicas salvo que las ordene la ONU. La empuja la derecha del Partido Popular Suizo. El instituto Leewas medía en junio un 54% en contra y 34% a favor. Lo curioso es que la neutralidad como principio goza de un consenso del 80 por ciento. Por tanto, lo que se discute no es si Suiza debe ser neutral, sino cuánto puede seguir pareciéndolo mientras aplica las sanciones.

En la última novela de Dostoievski, Los hermanos Karamázov, nadie discute que el viejo apareció con la cabeza rota: lo que ocupa las 500 páginas es de quién es la culpa. Está el hijo que gritó en la taberna que lo iba a matar, el que lo deseó en silencio y se quedó tranquilo con eso, y el bastardo de la cocina que finalmente agarró el fierro mientras los otros discutían honor y filosofía en el salón.

Berlín y Moscú se sientan hoy en bancos opuestos del mismo juicio. Y como en el libro, es probable que el proceso se estire, que las pruebas se discutan hasta el hartazgo, y que al final ningún tribunal alcance a explicar del todo por qué, otra vez, un continente que juró en 1945 no repetir la Historia se pelea por la herencia de un padre que ya nadie recuerda haber querido tanto.

El oro naranja

La noticia llega desde Ámsterdam y es sumamente llamativa: el Banco Central de Países Bajos sacó la plata de un banco y la puso en otro.
Pero, en realidad, fueron lingotes de oro y sin que nadie note la mudanza. Se trata de 86 toneladas, las que pertenecen al estado, unos 12.000 millones de dólares, que salieron de las bóvedas de bancos de Nueva York y de Ottawa. No fundieron un gramo. En realidad, 27 toneladas viajaron físicas hasta Zeist, un pueblito holandés, para ser guardadas en una caja fuerte militar, y las otras 59 se vendieron en Nueva York para comprar el equivalente exacto en Londres.
¿Por qué Londres?
Básicamente porque el Banco de Inglaterra es el supermercado mayorista del oro mundial. Ahí se negocia rápido, sin refundir ni recertificar, algo que Nueva York y Ottawa no garantizan igual.
Si mañana o pasado, tienen que vender oro para pagar algo con cierta urgencia, los británicos lo hacen en un menos de un chasquido.

 Un aparato no tripulado del tamaño de una valija que no estalla pero alcanza para justificar otra ronda de sanciones contra Moscú. Mientras tanto, Alemania, el Reino Unido y Francia se preparan para otra guerra y Suiza busca mantener la neutralidad como sea.  

Leipzig. Madrugada del 4 de agosto. Un aparato del tamaño de una valija de mano sobrevuela el área más celada del aeropuerto —ese que mueve cajas para medio mundo DHL, Amazon, la logística ucraniana rumbo al frente— y aterriza donde no debía, cargado de explosivo y detonador. No estalla. Se queda ahí, mudo, como un chiste que no causa gracia. Los servicios alemanes lo desarman, lo fotografían, se lo llevan a analizar. Durante casi un mes el gobierno federal hace lo que mejor sabe hacer un país serio ante la incertidumbre, que es callarse la boca.

El blanco, dicen después los investigadores, era un Antonov AN-124 Cóndor, una bestia soviética de carga que Ucrania utiliza para mover material militar. Una joda cósmica: un avión diseñado en Kiev, cuando Kiev era de Moscú, apuntado por un dron que Moscú —según Berlín— mandó a volar contra Kiev. La geopolítica tiene esa fantasía repetida en loop.

Un dron en Leipzig y pruebas endebles para desafiar a Rusia

Recién la semana pasada el ministro del Interior, Dobrindt, se paró frente a los micrófonos y dijo: «Los hallazgos policiales, los patrones conocidos y la inteligencia de los servicios, tomados en conjunto, apuntan a la responsabilidad de instancias estatales rusas». Un rompecabezas armado a media luz, pero con veredicto.

Los sabuesos llegaron a dos sospechosos por caminos distintos, casi de novela de Le Carré traducida al alemán. Uno, nacido en Bielorrusia con pasaporte ruso y visa italiana, dejó ADN en la escena y los investigadores lo llaman «agente descartable». El otro, un ruso con pasaporte letón, entró por el aeropuerto de Berlín sin levantar sospechas y se escapó horas antes. Putin calificó el paquete de medidas como «un error grave» y sostuvo que las pruebas fueron “falsificadas”.

Berlín. Como consecuencia, hace horas el Bundestag anunció que Rusia tendrá más sanciones. La estonia Kaja Kallas, Alta Representante europea, lo dijo en una reunión de cancilleres en Irlanda con la tranquilidad de quien lee una lista de compras. En total son unas 1600 personas y empresas ligadas al complejo militar-industrial ruso que van camino a alargar una lista negra como la del Cuarteto de Nos. Puede que se sumen más nombres, aclaró, como quien deja la puerta abierta para cobrar otro penal por si hace falta, en tiempo de descuento.

Macron, desde la red social X, se “solidarizó” y avisó que Francia «acompaña las nuevas sanciones». Y entre las represalias anunciadas, la que tiene nombre de novela de espías con vocación cultural es el cierre de la Casa Rusa.

Un dron en Leipzig y pruebas endebles para desafiar a Rusia

Friedrichstraße. La Casa Rusa es, aún, un palacio de casi 29.000 metros cuadrados en el centro de Berlín. Abrió en 1984, el año preferido de George Orwell. Lo raro del asunto es que el edificio es propiedad de la Federación Rusa, pero el terreno donde se asienta es de la República Federal Alemana. Una metáfora.

Adentro hay salas de exposición y conciertos, cine, librería, hasta una filial del correo ruso y un restorán con pierogis. Como anuncian en su canal de Telegram (@rushaus, con unos 2500 suscriptores) se dictan cursos de idioma, ballet, dibujo. Todo eso existe, pero el Ministerio del Interior francés advirtió que el lugar sirve de tapadera para los servicios de inteligencia rusos, y un diputado verde germano sostuvo que «sabemos que en esta casa pasa más que cursos inofensivos de idioma». ¿Una versión moderna del «algo habrán hecho» made in Argentina?

Al igual que la institución homónima en Buenos Aires (en avenida Rivadavia al 4200), es administrada por la entidad Rossotrudnichestvo, que se encarga de promover la influencia rusa en la Comunidad de Estados Independientes (CEI) y depende directamente de la Cancillería rusa. Un acuerdo bilateral de 2011 regula la actividad de este centro en Alemania, el cual recién podría darse de baja formalmente en junio de 2027. Mientras la letra chica se resuelve, la embajada rusa ya tuiteó que todo el personal de la Casa y del consulado, junto con sus familias, fue instado a abandonar el territorio «en el plazo más breve». No aclararon quién los instó. Cosas de la diplomacia, donde hasta la expulsión se declina con ambigüedad.

Londres. Sheffield Forgemasters (Yorkshire) no fabricaba un cañón desde hacía dos décadas y hoy da laburo a 780 operarios y más de sesenta proveedores. El Gobierno le encajó 1300 millones de libras para recapitalizarla con los intereses de los activos rusos congelados, mientras Starmer le abría la puerta a los 78.000 millones del fondo europeo. Pegarle al rival ruso es la excusa perfecta para mover la máquina.

A todos les gusta el negocio mientras la sangre la ponga otro: India e Irán le comercian a los rusos; la UE y EE UU le venden a Ucrania. Hoy la paz es un deseo que se escribe en redes sociales.

Un dron en Leipzig y pruebas endebles para desafiar a Rusia

Berna. Dentro de tres semanas Suiza vota si blinda en su Constitución una neutralidad «perpetua y armada», que le impediría sumarse a sanciones económicas salvo que las ordene la ONU. La empuja la derecha del Partido Popular Suizo. El instituto Leewas medía en junio un 54% en contra y 34% a favor. Lo curioso es que la neutralidad como principio goza de un consenso del 80 por ciento. Por tanto, lo que se discute no es si Suiza debe ser neutral, sino cuánto puede seguir pareciéndolo mientras aplica las sanciones.

En la última novela de Dostoievski, Los hermanos Karamázov, nadie discute que el viejo apareció con la cabeza rota: lo que ocupa las 500 páginas es de quién es la culpa. Está el hijo que gritó en la taberna que lo iba a matar, el que lo deseó en silencio y se quedó tranquilo con eso, y el bastardo de la cocina que finalmente agarró el fierro mientras los otros discutían honor y filosofía en el salón.

Berlín y Moscú se sientan hoy en bancos opuestos del mismo juicio. Y como en el libro, es probable que el proceso se estire, que las pruebas se discutan hasta el hartazgo, y que al final ningún tribunal alcance a explicar del todo por qué, otra vez, un continente que juró en 1945 no repetir la Historia se pelea por la herencia de un padre que ya nadie recuerda haber querido tanto.

El oro naranja

La noticia llega desde Ámsterdam y es sumamente llamativa: el Banco Central de Países Bajos sacó la plata de un banco y la puso en otro.
Pero, en realidad, fueron lingotes de oro y sin que nadie note la mudanza. Se trata de 86 toneladas, las que pertenecen al estado, unos 12.000 millones de dólares, que salieron de las bóvedas de bancos de Nueva York y de Ottawa. No fundieron un gramo. En realidad, 27 toneladas viajaron físicas hasta Zeist, un pueblito holandés, para ser guardadas en una caja fuerte militar, y las otras 59 se vendieron en Nueva York para comprar el equivalente exacto en Londres.
¿Por qué Londres?
Básicamente porque el Banco de Inglaterra es el supermercado mayorista del oro mundial. Ahí se negocia rápido, sin refundir ni recertificar, algo que Nueva York y Ottawa no garantizan igual.
Si mañana o pasado, tienen que vender oro para pagar algo con cierta urgencia, los británicos lo hacen en un menos de un chasquido.

 Mundo – Tiempo Argentino

Te puede interesar