El 4 de julio se cumplieron diez años del ataque a la redacción del diario Tiempo Argentino por una patota que acaudillaba un tal Mariano Martínez Rojas. El tipo era un estafador polimorfo que se atribuía su propiedad, después de que –según él– su dueño original se lo vendiera. Éste era Sergio Szpolski, otro hombre de frágil honorabilidad, que ya entonces había puesto los pies en polvorosa. De modo que, al final, este medio quedó bajo control de sus trabajadores.
Ya gobernaba Mauricio Macri y no era la mejor época para el ejercicio del periodismo. Pero, ahora, bajo el régimen libertario, tampoco lo es, debido a la aversión casi atávica que su líder, Javier Milei, le profesa a la prensa. Una patología que él exhibe sin un ápice de pudor.
Por tal razón, no está de más escrutar sus acciones al respecto.

Ya se sabe que la voz de Milei es un semillero de frases memorables. Hay una en particular, declamada el 1 de marzo de 2024, durante la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso, que marcó el inicio de esta trama; a saber:
–Vamos a cerrar Télam, que ha sido usada en las últimas décadas como agencia de propaganda kirchnerista
Pocos días después, sus tres sedes en el barrio de San Telmo amanecieron valladas por la policía con chapones de hierro azul. En ese momento, ya había sido suspendida la plataforma para acceder a la cablera de fotos y noticias, junto con su archivo completo. Todo estaba tapiado con el escudo nacional, arriba de la siguiente leyenda: “Página en reconstrucción”.
O sea, el registro completo de hechos sucedidos durante 79 años acababa de ser liquidado de un plumazo.
En este punto, bien vale retroceder a 1852, cuando alguien –cuyo nombre se mantendrá en reserva para evitar suspicacias– escribió en un libro titulado El 18 brumario de Luis Bonaparte, que la historia se repite, primero como tragedia y luego como farsa.
Pues bien, el caso que nos ocupa merece ahora remitirnos a la Alemania nazi, a partir del 10 de mayo de 1933, cuando empezaron las quemas de libros. Una cruzada purificadora, que desde Berlín se extendió a otras 20 ciudades para amputar del planeta todo vestigio político, filosófico, religioso y literario, entre otros campos del pensamiento, que se opusiera a los ideales disciplinantes y civilizatorios del Tercer Reich. Esa campaña fue bautizada “Acción contra el espíritu no alemán”. Y así, con una tanda inicial de 25.000 volúmenes arrojados al fuego, se oficializó lo que fue considerada una “batalla cultural”.
¿Acaso era esa tragedia histórica que repetiría –ya en clave herbívora– el apagón informativo de Télam?
Cabe resaltar que, en cuanto a los medios privados, el régimen libertario les impuso una mordaza de lo más simple: la llamada “Pauta Cero”. Es decir, la anulación definitiva de publicidad oficial en sus páginas, como así también en radio y televisión. Se trata de una medida catastrófica, puesto que la mayoría de las empresas periodísticas se financia con esa fuente de recursos; en especial, los medios gráficos del interior. “¡Se les acabó el curro!”, es la respuesta que Milei siempre esgrime a los gritos cuando se refiere a este asunto.
En términos de medición, Milei dedica gran parte de su vida a denostar a la prensa. Incluso, hay estudios al respecto. El Foro de Periodismo Argentino (FOPEA) da cuenta de ello; tanto es así que –según sus relevos estadísticos –, incurrió, desde diciembre de 2023 a la fecha, en 16.800 insultos distribuidos en 113.000 tuits, a los que se suman los reposteados por su falange digital,
Por otro parte, los epítetos más usuales que dedica a los periodistas son: “burro”, imbécil”, “sorete”, “mandril”, “corrupto” y “ensobrado”. También, a modo de consigna, acostumbra a abusar de la siguiente sigla: NOLSALP (“No odiamos lo suficiente a los periodistas”). Tampoco es un dato menor que –tal como suele repetirlo cada vez que puede–, “el 95%” del gremio integra la casta” periodística que él abomina.
De hecho, la gesta presidencial contra el “cuarto poder” también abarca las querellas por “calumnias e injurias”. No es una exageración afirmar que los abogados del gobierno trabajan a destajo.
Entre sus acusados resaltan Carlos Pagni, Ari Lijalad, Jorge Rial, Mauro Federico, Julia Mengolini, y Fabian Doman.

Los casos de violencia física contra periodistas, especialmente durante movilizaciones, también exhiben una curva ascendente. Lo más usual es que los uniformados se ensañen con ellos mediante gases lacrimógenos o alguna bala de goma, no sin descartar el primitivo recurso del bastonazo, cuando de apurar una desconcentración se trata.
Tales situaciones se han tornado tan habituales, que los cronistas que cubren actos y marchas han optado últimamente por efectuar su trabajo sin cascos y chalecos que los identifique como tales.
Obviamente, el caso más extremo en la materia fue el del fotógrafo Pablo Grillo. Ocurrió el 12 de marzo de 2025, frente al Congreso, durante una marcha de jubilados, cuando el gendarme Héctor Jesús Guerrero le disparó un cartucho de gas en medio del cráneo. Mientras Grillo luchaba por su vida, el victimario fue indagado por la jueza federal María Servini y el fiscal Eduardo Taiano. Éste, sin solicitar la prisión preventiva, elevó rápidamente la causa a juicio oral.
Lo cierto es que la tirria de Milei hacia la prensa no excluye el uso de Inteligencia a través de escuchas, seguimientos y filmaciones. Clasicismo puro. Pero a veces se nota. El affaire de la Sala de Periodistas lo demuestra.
Fue el 23 de abril, cuando un presunto informe de la Casa Militar derivó en una denuncia por “espionaje ilegal” contra dos periodistas de TN: Ignacio Salerno y Luciana Geuna. Se los acusaba de filmar, mediante anteojos dotados con camaritas, ciertas imágenes non sanctas, como la del exjefe de Gabinete, Manuel Adorni, al ofrecer una conferencia de prensa. Sin embargo, nada se dijo sobre la anulación, por ese motivo, de 60 acreditaciones.
La causa quedó radicada en el juzgado federal de Ariel Lijo. Y el escrito habla de la divulgación de “secretos políticos y militares». Siempre según la presentación realizada por la Casa Militar, esas imágenes habrían “vulnerado la seguridad de las instalaciones y expuesto información considerada estratégica para el funcionamiento del Poder Ejecutivo”.

Recién el 4 de mayo, la Sala de Periodistas volvió a abrir sus puertas y sus abonados regresaron a Balcarce 50. Pero allí nada volvió a ser igual, puesto que ahora impera un estado de sitio con restricciones de ingreso, tránsito y permanencia que, incluso, anuló la huella digital; ahora hay que mostrar el DNI, pasar por un scanner y un detector manual, algo que lleva casi diez minutos por ingresante. Además, está prohibido el acceso a despachos de funcionarios y entre los sitios vedados hasta resalta el Patio de las Palmeras.
La situación es casi surrealista: los acreditados tuvieron que improvisar salas de prensa en los bares cercanos a la Casa Rosada. Y allí –ante la extrañeza de los parroquianos comunes– se mueven como si estuvieran en una redacción.
Los pocos funcionarios y empleados que visitan semejante campamento informativo insisten en jurar que la veda en la Rosada fue una iniciativa nacida en el despacho del presidente de la Nación.
¿Qué diablos sentiría Martínez Rojas al respecto? «
El ataque a la redacción de Tiempo fue la señal de que en la Argentina volvía a habilitarse la violencia contra el periodismo. El presidente lo transformó en uno de sus enemigos centrales.
El 4 de julio se cumplieron diez años del ataque a la redacción del diario Tiempo Argentino por una patota que acaudillaba un tal Mariano Martínez Rojas. El tipo era un estafador polimorfo que se atribuía su propiedad, después de que –según él– su dueño original se lo vendiera. Éste era Sergio Szpolski, otro hombre de frágil honorabilidad, que ya entonces había puesto los pies en polvorosa. De modo que, al final, este medio quedó bajo control de sus trabajadores.
Ya gobernaba Mauricio Macri y no era la mejor época para el ejercicio del periodismo. Pero, ahora, bajo el régimen libertario, tampoco lo es, debido a la aversión casi atávica que su líder, Javier Milei, le profesa a la prensa. Una patología que él exhibe sin un ápice de pudor.
Por tal razón, no está de más escrutar sus acciones al respecto.

Foto: Diego Martínez
Ya se sabe que la voz de Milei es un semillero de frases memorables. Hay una en particular, declamada el 1 de marzo de 2024, durante la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso, que marcó el inicio de esta trama; a saber:
–Vamos a cerrar Télam, que ha sido usada en las últimas décadas como agencia de propaganda kirchnerista
Pocos días después, sus tres sedes en el barrio de San Telmo amanecieron valladas por la policía con chapones de hierro azul. En ese momento, ya había sido suspendida la plataforma para acceder a la cablera de fotos y noticias, junto con su archivo completo. Todo estaba tapiado con el escudo nacional, arriba de la siguiente leyenda: “Página en reconstrucción”.
O sea, el registro completo de hechos sucedidos durante 79 años acababa de ser liquidado de un plumazo.
En este punto, bien vale retroceder a 1852, cuando alguien –cuyo nombre se mantendrá en reserva para evitar suspicacias– escribió en un libro titulado El 18 brumario de Luis Bonaparte, que la historia se repite, primero como tragedia y luego como farsa.
Pues bien, el caso que nos ocupa merece ahora remitirnos a la Alemania nazi, a partir del 10 de mayo de 1933, cuando empezaron las quemas de libros. Una cruzada purificadora, que desde Berlín se extendió a otras 20 ciudades para amputar del planeta todo vestigio político, filosófico, religioso y literario, entre otros campos del pensamiento, que se opusiera a los ideales disciplinantes y civilizatorios del Tercer Reich. Esa campaña fue bautizada “Acción contra el espíritu no alemán”. Y así, con una tanda inicial de 25.000 volúmenes arrojados al fuego, se oficializó lo que fue considerada una “batalla cultural”.
¿Acaso era esa tragedia histórica que repetiría –ya en clave herbívora– el apagón informativo de Télam?
Cabe resaltar que, en cuanto a los medios privados, el régimen libertario les impuso una mordaza de lo más simple: la llamada “Pauta Cero”. Es decir, la anulación definitiva de publicidad oficial en sus páginas, como así también en radio y televisión. Se trata de una medida catastrófica, puesto que la mayoría de las empresas periodísticas se financia con esa fuente de recursos; en especial, los medios gráficos del interior. “¡Se les acabó el curro!”, es la respuesta que Milei siempre esgrime a los gritos cuando se refiere a este asunto.
En términos de medición, Milei dedica gran parte de su vida a denostar a la prensa. Incluso, hay estudios al respecto. El Foro de Periodismo Argentino (FOPEA) da cuenta de ello; tanto es así que –según sus relevos estadísticos –, incurrió, desde diciembre de 2023 a la fecha, en 16.800 insultos distribuidos en 113.000 tuits, a los que se suman los reposteados por su falange digital,
Por otro parte, los epítetos más usuales que dedica a los periodistas son: “burro”, imbécil”, “sorete”, “mandril”, “corrupto” y “ensobrado”. También, a modo de consigna, acostumbra a abusar de la siguiente sigla: NOLSALP (“No odiamos lo suficiente a los periodistas”). Tampoco es un dato menor que –tal como suele repetirlo cada vez que puede–, “el 95%” del gremio integra la casta” periodística que él abomina.
De hecho, la gesta presidencial contra el “cuarto poder” también abarca las querellas por “calumnias e injurias”. No es una exageración afirmar que los abogados del gobierno trabajan a destajo.
Entre sus acusados resaltan Carlos Pagni, Ari Lijalad, Jorge Rial, Mauro Federico, Julia Mengolini, y Fabian Doman.

Los casos de violencia física contra periodistas, especialmente durante movilizaciones, también exhiben una curva ascendente. Lo más usual es que los uniformados se ensañen con ellos mediante gases lacrimógenos o alguna bala de goma, no sin descartar el primitivo recurso del bastonazo, cuando de apurar una desconcentración se trata.
Tales situaciones se han tornado tan habituales, que los cronistas que cubren actos y marchas han optado últimamente por efectuar su trabajo sin cascos y chalecos que los identifique como tales.
Obviamente, el caso más extremo en la materia fue el del fotógrafo Pablo Grillo. Ocurrió el 12 de marzo de 2025, frente al Congreso, durante una marcha de jubilados, cuando el gendarme Héctor Jesús Guerrero le disparó un cartucho de gas en medio del cráneo. Mientras Grillo luchaba por su vida, el victimario fue indagado por la jueza federal María Servini y el fiscal Eduardo Taiano. Éste, sin solicitar la prisión preventiva, elevó rápidamente la causa a juicio oral.
Lo cierto es que la tirria de Milei hacia la prensa no excluye el uso de Inteligencia a través de escuchas, seguimientos y filmaciones. Clasicismo puro. Pero a veces se nota. El affaire de la Sala de Periodistas lo demuestra.
Fue el 23 de abril, cuando un presunto informe de la Casa Militar derivó en una denuncia por “espionaje ilegal” contra dos periodistas de TN: Ignacio Salerno y Luciana Geuna. Se los acusaba de filmar, mediante anteojos dotados con camaritas, ciertas imágenes non sanctas, como la del exjefe de Gabinete, Manuel Adorni, al ofrecer una conferencia de prensa. Sin embargo, nada se dijo sobre la anulación, por ese motivo, de 60 acreditaciones.
La causa quedó radicada en el juzgado federal de Ariel Lijo. Y el escrito habla de la divulgación de “secretos políticos y militares». Siempre según la presentación realizada por la Casa Militar, esas imágenes habrían “vulnerado la seguridad de las instalaciones y expuesto información considerada estratégica para el funcionamiento del Poder Ejecutivo”.

Foto: @embajadaeua
Recién el 4 de mayo, la Sala de Periodistas volvió a abrir sus puertas y sus abonados regresaron a Balcarce 50. Pero allí nada volvió a ser igual, puesto que ahora impera un estado de sitio con restricciones de ingreso, tránsito y permanencia que, incluso, anuló la huella digital; ahora hay que mostrar el DNI, pasar por un scanner y un detector manual, algo que lleva casi diez minutos por ingresante. Además, está prohibido el acceso a despachos de funcionarios y entre los sitios vedados hasta resalta el Patio de las Palmeras.
La situación es casi surrealista: los acreditados tuvieron que improvisar salas de prensa en los bares cercanos a la Casa Rosada. Y allí –ante la extrañeza de los parroquianos comunes– se mueven como si estuvieran en una redacción.
Los pocos funcionarios y empleados que visitan semejante campamento informativo insisten en jurar que la veda en la Rosada fue una iniciativa nacida en el despacho del presidente de la Nación.
¿Qué diablos sentiría Martínez Rojas al respecto? «
Política – Tiempo Argentino