Crisis en el trumpismo periférico

El 16 de julio de este año, Marco Rubio, secretario de Estado de Donald Trump, organizó en Washington una reunión con representantes de extrema derecha de 60 países. El objetivo era “coordinar acciones” contra el “terrorismo político de izquierda” que, según Rubio, ha resurgido. La extrema derecha monta campañas sobre fantasmas inexistentes. Necesita de un enemigo radicalizado para justificar su propia radicalidad. Es como si añoraran ese mundo que se terminó en 1989 con la caída del Muro de Berlín. Ese mundo en el que sí hubo, en América Latina y otras partes, movimientos revolucionarios que apostaban a la lucha armada para cambiar la sociedad.

El bombardeo sobre Caracas y el secuestro de Nicolás Maduro fueron las señales de que la Casa Blanca no tiene problema en cometer todos los delitos que sean necesarios para imponerse. La barbarie está en el menú. A pesar de este contexto, no está claro que la actual situación política regional, con una mayoría de gobiernos de extrema derecha, se pueda estabilizar.

Las encuestas muestran un deterioro de varios de los presidentes que emergieron en esta oleada de trumpismo periférico. En Argentina, que por su peso es uno de los casos emblemáticos, el presidente Javier Milei enfrenta una caída en los índices de respaldo que ha puesto de nuevo en duda sus posibilidades de llegar competitivo a las elecciones del 2027. Una de las señales de este cambio de clima es lo que ocurre con el peronismo. Hace más de dos años que estaba sumergido en una guerra fratricida que sólo sirvió para perder votos. Ahora parece haber encontrado un sendero de solución. Es un proceso incipiente y con obstáculos en el camino, pero la señal de que casi todas las tribus están dispuestas a dirimir sus pujas ancestrales en una primaria equivale a haber ondeado banderas blancas. Esto se explica en parte porque el peronismo olfatea que tiene posibilidades muy concretas de volver al poder. 

Crisis en el trumpismo periférico
Foto: Presidencia / NA

En Chile, José Antonio Kast lleva cinco meses y medio en el gobierno. El defensor de la dictadura de Augusto Pinochet experimenta una caída en el respaldo que podría competir para los Guinness por la velocidad a la que se produjo. Los números de la consultora chilena Criteria, publicados a mediados de agosto, muestran un rechazo a la gestión de Kast del 55% y una aprobación del 35. La medición de la consultora Pulso Ciudadano es más lapidaria. Le otorga 29% de apoyo y 59 de desaprobación.

En Ecuador, la situación de Daniel Noboa es más crítica. El hijo del hombre más rico del país que ganó las elecciones en abril del 2025 tiene 74% de rechazo según las cifras del Centro de Investigación y Estudios Especializados (CIEES). En las dos principales ciudades del país, Quito y Guayaquil, su gestión obtiene solo un 21% de apoyo y casi 80 de rechazo.

En el caso de Perú y Colombia son gobiernos que empezaron hace pocas semanas. No es posible medir sus resultados.

Crisis en el trumpismo periférico

Hay un hilo conductor en la desaprobación que reciben Milei, Kast y Noboa: el deterioro de la situación económica de la población aparece en los tres casos como el motivo principal. En Ecuador, que se ha convertido en uno de los países del mundo con más asesinatos cada 100 mil habitantes, se agrega la seguridad.

Estos gobiernos tienen por delante una fecha clave. El martes 3 de noviembre serán las elecciones de medio término en Estados Unidos. Por ahora Trump parece encaminarse a una derrota. La intención de que China no tenga acceso a los recursos estratégicos de América Latina es una política sistémica, no cambiará por una caída de los republicanos. Sin embargo, un presidente transformado en pato rengo en Washington, más el crecimiento del ala más izquierdista del Partido Demócrata, traerá un maremoto de incertidumbre. Si con el respaldo de la Casa Blanca les está yendo tan mal a estos gobiernos de la región, ¿qué pasará cuando ese soporte entre en crisis? «   

 De la caída en los sondeos de Milei y Kast al desplome histórico de Noboa: el deterioro de las condiciones de vida le pasa factura a la ola conservadora antes de los comicios clave en EE. UU.  

El 16 de julio de este año, Marco Rubio, secretario de Estado de Donald Trump, organizó en Washington una reunión con representantes de extrema derecha de 60 países. El objetivo era “coordinar acciones” contra el “terrorismo político de izquierda” que, según Rubio, ha resurgido. La extrema derecha monta campañas sobre fantasmas inexistentes. Necesita de un enemigo radicalizado para justificar su propia radicalidad. Es como si añoraran ese mundo que se terminó en 1989 con la caída del Muro de Berlín. Ese mundo en el que sí hubo, en América Latina y otras partes, movimientos revolucionarios que apostaban a la lucha armada para cambiar la sociedad.

El bombardeo sobre Caracas y el secuestro de Nicolás Maduro fueron las señales de que la Casa Blanca no tiene problema en cometer todos los delitos que sean necesarios para imponerse. La barbarie está en el menú. A pesar de este contexto, no está claro que la actual situación política regional, con una mayoría de gobiernos de extrema derecha, se pueda estabilizar.

Las encuestas muestran un deterioro de varios de los presidentes que emergieron en esta oleada de trumpismo periférico. En Argentina, que por su peso es uno de los casos emblemáticos, el presidente Javier Milei enfrenta una caída en los índices de respaldo que ha puesto de nuevo en duda sus posibilidades de llegar competitivo a las elecciones del 2027. Una de las señales de este cambio de clima es lo que ocurre con el peronismo. Hace más de dos años que estaba sumergido en una guerra fratricida que sólo sirvió para perder votos. Ahora parece haber encontrado un sendero de solución. Es un proceso incipiente y con obstáculos en el camino, pero la señal de que casi todas las tribus están dispuestas a dirimir sus pujas ancestrales en una primaria equivale a haber ondeado banderas blancas. Esto se explica en parte porque el peronismo olfatea que tiene posibilidades muy concretas de volver al poder. 

Crisis en el trumpismo periférico

Foto: Presidencia / NA

En Chile, José Antonio Kast lleva cinco meses y medio en el gobierno. El defensor de la dictadura de Augusto Pinochet experimenta una caída en el respaldo que podría competir para los Guinness por la velocidad a la que se produjo. Los números de la consultora chilena Criteria, publicados a mediados de agosto, muestran un rechazo a la gestión de Kast del 55% y una aprobación del 35. La medición de la consultora Pulso Ciudadano es más lapidaria. Le otorga 29% de apoyo y 59 de desaprobación.

En Ecuador, la situación de Daniel Noboa es más crítica. El hijo del hombre más rico del país que ganó las elecciones en abril del 2025 tiene 74% de rechazo según las cifras del Centro de Investigación y Estudios Especializados (CIEES). En las dos principales ciudades del país, Quito y Guayaquil, su gestión obtiene solo un 21% de apoyo y casi 80 de rechazo.

En el caso de Perú y Colombia son gobiernos que empezaron hace pocas semanas. No es posible medir sus resultados.

Crisis en el trumpismo periférico

Hay un hilo conductor en la desaprobación que reciben Milei, Kast y Noboa: el deterioro de la situación económica de la población aparece en los tres casos como el motivo principal. En Ecuador, que se ha convertido en uno de los países del mundo con más asesinatos cada 100 mil habitantes, se agrega la seguridad.

Estos gobiernos tienen por delante una fecha clave. El martes 3 de noviembre serán las elecciones de medio término en Estados Unidos. Por ahora Trump parece encaminarse a una derrota. La intención de que China no tenga acceso a los recursos estratégicos de América Latina es una política sistémica, no cambiará por una caída de los republicanos. Sin embargo, un presidente transformado en pato rengo en Washington, más el crecimiento del ala más izquierdista del Partido Demócrata, traerá un maremoto de incertidumbre. Si con el respaldo de la Casa Blanca les está yendo tan mal a estos gobiernos de la región, ¿qué pasará cuando ese soporte entre en crisis? «   

 Política – Tiempo Argentino

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