Lula fue reelecto después de perder la primera vuelta y de ir abajo en todas las encuestas. Lo que le torció el brazo a la derecha fue que el pueblo tomó la campaña en sus manos. El domingo, Lula obtuvo el 51,8% contra el 48,2% del hijo del miliciano, Flávio Bolsonaro: 4,4 millones de votos de diferencia, el doble que en 2022. Tres semanas antes, Flávio le había ganado la primera vuelta y en la víspera las principales encuestadoras le daban 51 a 49. Lula sumó 10,3 millones de votos; Flávio, apenas 3,7. Creció en los 27 estados y dio vuelta Minas Gerais, el estado que suele anticipar al ganador, que había perdido por cinco puntos en la primera vuelta.
Una parte de esta impresionante virada se explica porque el hoy fugado Flavio ya había absorbido el voto útil de la derecha en la primera vuelta y le quedaba poco por sumar. Pero además creció la participación y retrocedieron los apáticos y los descreídos: fueron a votar 2,9 millones de personas más y casi 1,8 millones dejaron de votar en blanco o de anular. No fue solo miedo al bolsonarismo lo que hizo que esos millones se sientan motivados a votar por Lula. Hubo un combustible más poderoso que el espanto: desde las últimas semanas antes de la primera vuelta, el PT conectó con demandas populares concretas, y eso le dio un aire de radicalidad a la campaña que generó una ola de entusiasmo.
Algunas medidas operaron como estímulo a la participación y el apoyo al PT: Lula prohibió las apuestas online que se comían el salario de las familias, amplió la exención de ganancias y, entre las dos vueltas, promulgó el fin de la escala 6×1, la jornada de seis días de trabajo por uno de descanso. Además sumó el programa Desenrola para renegociar deudas familiares y aumentó un 15% el Bolsa Familia. Más que un movimiento defensivo contra el retorno de la derecha autoritaria, hubo una ofensiva popular por una agenda: un voto por el cambio. El mérito es doble, porque el lulismo logró algo dificilísimo en política: que el oficialismo fuera visto como el vector del cambio en favor de las mayorías. Poder comprender y mensurar correctamente este aspecto es de vital importancia para otros procesos políticos del continente, en particular para el caso de nuestro país.
El reflejo del liderazgo sin dudas que es imprescindible en situaciones como la que se vivieron apenas conocido el resultado de la primera vuelta. Sin ese elemento quizá no hubiera sido posible salir del abatimiento. Para quienes estuvimos presentes esa noche en el bunker lulista, fue muy notorio el cambio del estado de ánimo después del discurso de Lula al asumir la derrota. Lo dio vuelta todo con una frase: «Que los bolsonaristas se preparen, porque los vamos a derrotar». Fue el shock de adrenalina necesario para encarar la remontada. En esas actitudes se miden los liderazgos. Al día siguiente convocó a los diputados y dirigentes más jóvenes y organizó la campaña en torno a ellos. Aún así lo decisivo vino de abajo: el PT se vio desbordado por un pueblo que tomó la campaña en sus propias manos.

Ya había señales de que la calle se estaba calentando. El sábado previo a la primera vuelta, unas cien mil personas marcharon por la calle Augusta, en São Paulo, donde en 2022 apenas hubo unas pocas decenas de miles. Desde entonces, Brasil vivió una fiesta popular de veinte días en la calle, en la que cada movilización alimentó a la siguiente. El diputado André Janones reactivó su canal de WhatsApp el «Exército do Lula», que llegó a más de diez millones de personas. Millones de ciudadanos pasaron a ser militantes activos con misiones diarias que combinaban tareas de redes con objetivos callejeros. Una lógica estimulante, casi de videojuegos. A esto se sumaron además clubes de fans de bandas pop como Beyoncé, Taylor Swift, Paco y Catriel o de grupos de K-pop: pibes y pibas que no venían de la militancia se hicieron carne de la campaña y permitieron romper el algoritmo. Recuperaron el sentimiento soberano, definieron al enemigo y se reapropiaron de la camiseta de la Selección. Con eso y la «L» en la mano, recuperaron mística y símbolos que parecían en manos del bolsonarismo.
El lulismo se plantó ante los poderosos de toda laya: frente a la injerencia de Trump -le había impuesto a Brasil un arancel del 50% para defender a Jair Bolsonaro-, y frente a los tecnomagnates que tenían un candidato a su medida, emergió una acción de masas que unió las redes y la calle, con la verdeamarela como estandarte. Una auténtica quijotada inesperada.
La derecha quedó descolocada ante ese escenario y apeló a maniobras durante la elección, que tampoco le alcanzaron. En Salvador, capital de Bahía, el estado que más votos le da a Lula, la intendencia aliada de Flávio redujo los colectivos a menos de la mitad y la justicia ordenó detener al secretario de Movilidad. Lo mismo ocurrió en otros estados. El Supremo extendió la votación hasta las 19 en todo el país. El bolsonarismo acompañó el pedido de prórroga porque en estados del sur donde ellos son fuertes hubo intensas lluvias. Hasta hoy, el candidato no reconoce el resultado y su partido realizó un tímido reconocimiento.
El bolsonarismo quedó como aquella novela de Soriano: triste, solitario y final. Once partidos, varios de los que lo habían apoyado, ya saludaron el triunfo de Lula.
Gobernar con la gente
La novedad de la noche fue un gesto de autocrítica. «Vamos a hacer que el pueblo participe más de nuestras decisiones», dijo Lula, y prometió hablarle directamente al pueblo varias veces por día. Anunció jornada completa en la secundaria, una inteligencia artificial brasileña, la regulación de las plataformas, más salud pública, economía verde y un rol federal en la seguridad.
Ese programa tendrá que pasar por un Congreso adverso y por la resistencia de los gobernadores, de los dueños de las big tech, de Trump y de Marco Rubio. Pero la lección más importante que deja este proceso es clara: sin participación no habrá avance posible. La movilización le torció el brazo a la derecha y, como dijo Lula, también hará falta para gobernar. Después de una batalla decisiva, el «ejército» se despidió diciendo que era eterno. Que lo sea es la condición para que el cuarto mandato de Lula pueda cumplir lo que prometió el domingo.

El verdadero ejército de Lula fue el que hizo propia la campaña para revertir el resultado de la primera vuelta. Fue algo más que un movimiento defensivo ante el eventual retorno de la derecha autoritaria.
Lula fue reelecto después de perder la primera vuelta y de ir abajo en todas las encuestas. Lo que le torció el brazo a la derecha fue que el pueblo tomó la campaña en sus manos. El domingo, Lula obtuvo el 51,8% contra el 48,2% del hijo del miliciano, Flávio Bolsonaro: 4,4 millones de votos de diferencia, el doble que en 2022. Tres semanas antes, Flávio le había ganado la primera vuelta y en la víspera las principales encuestadoras le daban 51 a 49. Lula sumó 10,3 millones de votos; Flávio, apenas 3,7. Creció en los 27 estados y dio vuelta Minas Gerais, el estado que suele anticipar al ganador, que había perdido por cinco puntos en la primera vuelta.
Una parte de esta impresionante virada se explica porque el hoy fugado Flavio ya había absorbido el voto útil de la derecha en la primera vuelta y le quedaba poco por sumar. Pero además creció la participación y retrocedieron los apáticos y los descreídos: fueron a votar 2,9 millones de personas más y casi 1,8 millones dejaron de votar en blanco o de anular. No fue solo miedo al bolsonarismo lo que hizo que esos millones se sientan motivados a votar por Lula. Hubo un combustible más poderoso que el espanto: desde las últimas semanas antes de la primera vuelta, el PT conectó con demandas populares concretas, y eso le dio un aire de radicalidad a la campaña que generó una ola de entusiasmo.
Algunas medidas operaron como estímulo a la participación y el apoyo al PT: Lula prohibió las apuestas online que se comían el salario de las familias, amplió la exención de ganancias y, entre las dos vueltas, promulgó el fin de la escala 6×1, la jornada de seis días de trabajo por uno de descanso. Además sumó el programa Desenrola para renegociar deudas familiares y aumentó un 15% el Bolsa Familia. Más que un movimiento defensivo contra el retorno de la derecha autoritaria, hubo una ofensiva popular por una agenda: un voto por el cambio. El mérito es doble, porque el lulismo logró algo dificilísimo en política: que el oficialismo fuera visto como el vector del cambio en favor de las mayorías. Poder comprender y mensurar correctamente este aspecto es de vital importancia para otros procesos políticos del continente, en particular para el caso de nuestro país.
El reflejo del liderazgo sin dudas que es imprescindible en situaciones como la que se vivieron apenas conocido el resultado de la primera vuelta. Sin ese elemento quizá no hubiera sido posible salir del abatimiento. Para quienes estuvimos presentes esa noche en el bunker lulista, fue muy notorio el cambio del estado de ánimo después del discurso de Lula al asumir la derrota. Lo dio vuelta todo con una frase: «Que los bolsonaristas se preparen, porque los vamos a derrotar». Fue el shock de adrenalina necesario para encarar la remontada. En esas actitudes se miden los liderazgos. Al día siguiente convocó a los diputados y dirigentes más jóvenes y organizó la campaña en torno a ellos. Aún así lo decisivo vino de abajo: el PT se vio desbordado por un pueblo que tomó la campaña en sus propias manos.

Foto: Lula / Flicker
Ya había señales de que la calle se estaba calentando. El sábado previo a la primera vuelta, unas cien mil personas marcharon por la calle Augusta, en São Paulo, donde en 2022 apenas hubo unas pocas decenas de miles. Desde entonces, Brasil vivió una fiesta popular de veinte días en la calle, en la que cada movilización alimentó a la siguiente. El diputado André Janones reactivó su canal de WhatsApp el «Exército do Lula», que llegó a más de diez millones de personas. Millones de ciudadanos pasaron a ser militantes activos con misiones diarias que combinaban tareas de redes con objetivos callejeros. Una lógica estimulante, casi de videojuegos. A esto se sumaron además clubes de fans de bandas pop como Beyoncé, Taylor Swift, Paco y Catriel o de grupos de K-pop: pibes y pibas que no venían de la militancia se hicieron carne de la campaña y permitieron romper el algoritmo. Recuperaron el sentimiento soberano, definieron al enemigo y se reapropiaron de la camiseta de la Selección. Con eso y la «L» en la mano, recuperaron mística y símbolos que parecían en manos del bolsonarismo.
El lulismo se plantó ante los poderosos de toda laya: frente a la injerencia de Trump -le había impuesto a Brasil un arancel del 50% para defender a Jair Bolsonaro-, y frente a los tecnomagnates que tenían un candidato a su medida, emergió una acción de masas que unió las redes y la calle, con la verdeamarela como estandarte. Una auténtica quijotada inesperada.
La derecha quedó descolocada ante ese escenario y apeló a maniobras durante la elección, que tampoco le alcanzaron. En Salvador, capital de Bahía, el estado que más votos le da a Lula, la intendencia aliada de Flávio redujo los colectivos a menos de la mitad y la justicia ordenó detener al secretario de Movilidad. Lo mismo ocurrió en otros estados. El Supremo extendió la votación hasta las 19 en todo el país. El bolsonarismo acompañó el pedido de prórroga porque en estados del sur donde ellos son fuertes hubo intensas lluvias. Hasta hoy, el candidato no reconoce el resultado y su partido realizó un tímido reconocimiento.
El bolsonarismo quedó como aquella novela de Soriano: triste, solitario y final. Once partidos, varios de los que lo habían apoyado, ya saludaron el triunfo de Lula.
La novedad de la noche fue un gesto de autocrítica. «Vamos a hacer que el pueblo participe más de nuestras decisiones», dijo Lula, y prometió hablarle directamente al pueblo varias veces por día. Anunció jornada completa en la secundaria, una inteligencia artificial brasileña, la regulación de las plataformas, más salud pública, economía verde y un rol federal en la seguridad.
Ese programa tendrá que pasar por un Congreso adverso y por la resistencia de los gobernadores, de los dueños de las big tech, de Trump y de Marco Rubio. Pero la lección más importante que deja este proceso es clara: sin participación no habrá avance posible. La movilización le torció el brazo a la derecha y, como dijo Lula, también hará falta para gobernar. Después de una batalla decisiva, el «ejército» se despidió diciendo que era eterno. Que lo sea es la condición para que el cuarto mandato de Lula pueda cumplir lo que prometió el domingo.

Mundo – Tiempo Argentino