La absurda ceguera de Estados Unidos frente a los Institutos Confucio

La decisión del Departamento de Defensa de Estados Unidos de incluir a los Institutos Confucio en su lista de instituciones que amenazan la seguridad nacional, anunciada recientemente por el secretario Pete Hegseth, provocó un rápido repudio en el gobierno chino, pero también abrió las puertas a un análisis que permite entender una medida que muestra menos sobre China, de lo que revela sobre el desconcierto estratégico de Washington.

China enfrenta la profundización de una campaña de estigmatización y difamación, cuyos resultados pueden medirse en la caída del número de Institutos Confucio en universidades estadounidenses, que pasó de un centenar en 2019 a menos de cinco, producto de las presiones de funcionarios y legisladores, y la posible pérdida de financiamiento federal, según lo reconoció un informe de la propia Oficina de Responsabilidad Gubernamental de Estados Unidos (GAO).

Frente a este regreso a la lógica de la Guerra Fría, la pregunta que planteó Beijing desde la China Military Bugle, la cuenta de prensa oficial de las fuerzas armadas chinas, es tan simple como difícil de eludir: “Si aprender mandarín, kung fu, caligrafía china y danza en los Institutos Confucio supone una amenaza para Estados Unidos, ¿cuántos años y con qué gravedad ha sido China amenazada por Estados Unidos? ¿Acaso tantos chinos aprenden y hablan inglés, ven películas de Hollywood y Disney y beben café de Starbucks?”.

Cuando Estados Unidos difunde sus valores a través del cine, los medios y la educación, lo llama libertad. Cuando China introduce su idioma por canales institucionales, lo llama infiltración. La asimetría no sorprende a los sinólogos: es la lógica de quien se arroga la potestad de influir y niega el derecho a opinar a los demás.

Estados Unidos ha construido durante décadas una red de diplomacia pública y difusión cultural a través de la bautizada American Spaces, que administra el Departamento de Estado; y jamás consideró problemáticas las políticas impulsadas desde el British Council, el Goethe-Institut o la Alliance Française. Pero cuando la República Popular China hace algo similar, la etiqueta cambia y el Pentágono habla de adoctrinamiento donde no lo hay.

Para el académico Chen Hong, de la Universidad Normal del Este de China, las acusaciones de Hegseth resultan absurdas, “como si el hecho de aprender mandarín o explorar la cultura china pudiera someter a los estudiantes estadounidenses a un control mental chino”, según declaró al medio oficial chino Global Times. Lo que Washington teme, sostiene, no es una amenaza real a la seguridad nacional, sino que los estadounidenses se formen una idea propia de China a través del contacto directo, una idea que contradiga el relato que prefiere EE.UU.

Esta crítica no exime a los Institutos Confucio de ser observados bajo una lupa. Cualquier institución que reciba financiamiento de un Estado extranjero —sea un Instituto Confucio, un centro cultural europeo o un programa de becas de una fundación privada— está obligada a rendir cuentas sobre su gobernanza, sus contenidos y sus criterios de contratación. La autonomía académica es un bien que merece vigilancia, y plantear esa discusión no equivale a suscribir la paranoia del Pentágono.

El escrutinio legítimo se apoya en la evidencia: examina casos concretos, distingue entre un taller de caligrafía y una operación de influencia, y da a las universidades criterios verificables. El anuncio del Departamento de Defensa no ofrece nada de eso. Se limita a pegar una etiqueta y, con ella, clausura el debate antes de haberlo abierto.

Leída en frío, la medida retrata antes a Washington que a Beijing. Una potencia que confía en su atractivo cultural no necesita prohibir que sus estudiantes aprendan un idioma extranjero, ni debe presionar a sus universidades para que corten lazos académicos. Competir con China con lucidez exigiría, en cambio, empezar por comprenderla. Pero la política de EE.UU. se construye, cada vez más, sobre lo que ya no sabe de China.

 China enfrenta la profundización de una campaña de estigmatización y difamación, cuyos resultados pueden medirse en la caída del número de Institutos Confucio en universidades estadounidenses, que pasó de un centenar en 2019 a menos de cinco.  

La decisión del Departamento de Defensa de Estados Unidos de incluir a los Institutos Confucio en su lista de instituciones que amenazan la seguridad nacional, anunciada recientemente por el secretario Pete Hegseth, provocó un rápido repudio en el gobierno chino, pero también abrió las puertas a un análisis que permite entender una medida que muestra menos sobre China, de lo que revela sobre el desconcierto estratégico de Washington.

China enfrenta la profundización de una campaña de estigmatización y difamación, cuyos resultados pueden medirse en la caída del número de Institutos Confucio en universidades estadounidenses, que pasó de un centenar en 2019 a menos de cinco, producto de las presiones de funcionarios y legisladores, y la posible pérdida de financiamiento federal, según lo reconoció un informe de la propia Oficina de Responsabilidad Gubernamental de Estados Unidos (GAO).

Frente a este regreso a la lógica de la Guerra Fría, la pregunta que planteó Beijing desde la China Military Bugle, la cuenta de prensa oficial de las fuerzas armadas chinas, es tan simple como difícil de eludir: “Si aprender mandarín, kung fu, caligrafía china y danza en los Institutos Confucio supone una amenaza para Estados Unidos, ¿cuántos años y con qué gravedad ha sido China amenazada por Estados Unidos? ¿Acaso tantos chinos aprenden y hablan inglés, ven películas de Hollywood y Disney y beben café de Starbucks?”.

Cuando Estados Unidos difunde sus valores a través del cine, los medios y la educación, lo llama libertad. Cuando China introduce su idioma por canales institucionales, lo llama infiltración. La asimetría no sorprende a los sinólogos: es la lógica de quien se arroga la potestad de influir y niega el derecho a opinar a los demás.

Estados Unidos ha construido durante décadas una red de diplomacia pública y difusión cultural a través de la bautizada American Spaces, que administra el Departamento de Estado; y jamás consideró problemáticas las políticas impulsadas desde el British Council, el Goethe-Institut o la Alliance Française. Pero cuando la República Popular China hace algo similar, la etiqueta cambia y el Pentágono habla de adoctrinamiento donde no lo hay.

Para el académico Chen Hong, de la Universidad Normal del Este de China, las acusaciones de Hegseth resultan absurdas, “como si el hecho de aprender mandarín o explorar la cultura china pudiera someter a los estudiantes estadounidenses a un control mental chino”, según declaró al medio oficial chino Global Times. Lo que Washington teme, sostiene, no es una amenaza real a la seguridad nacional, sino que los estadounidenses se formen una idea propia de China a través del contacto directo, una idea que contradiga el relato que prefiere EE.UU.

Esta crítica no exime a los Institutos Confucio de ser observados bajo una lupa. Cualquier institución que reciba financiamiento de un Estado extranjero —sea un Instituto Confucio, un centro cultural europeo o un programa de becas de una fundación privada— está obligada a rendir cuentas sobre su gobernanza, sus contenidos y sus criterios de contratación. La autonomía académica es un bien que merece vigilancia, y plantear esa discusión no equivale a suscribir la paranoia del Pentágono.

El escrutinio legítimo se apoya en la evidencia: examina casos concretos, distingue entre un taller de caligrafía y una operación de influencia, y da a las universidades criterios verificables. El anuncio del Departamento de Defensa no ofrece nada de eso. Se limita a pegar una etiqueta y, con ella, clausura el debate antes de haberlo abierto.

Leída en frío, la medida retrata antes a Washington que a Beijing. Una potencia que confía en su atractivo cultural no necesita prohibir que sus estudiantes aprendan un idioma extranjero, ni debe presionar a sus universidades para que corten lazos académicos. Competir con China con lucidez exigiría, en cambio, empezar por comprenderla. Pero la política de EE.UU. se construye, cada vez más, sobre lo que ya no sabe de China.

 Mundo – Tiempo Argentino

Te puede interesar