Brasil, entre el “Eu fico” y el “Eu vou”

Unos 150 millones de brasileños acudirán a las urnas para decidir el destino de su país. Será la continuidad de Lula o la vuelta de la derecha a través de Flávio Bolsonaro, el hijo de Jair. Una definición en primera vuelta parece una posibilidad remota, más allá que el actual presidente ronda el 47% de la intención de voto —tras haber superado el 48% en 2022— y que las encuestas de voto espontáneo le muestran una tendencia favorable. La contienda se definirá en segunda vuelta, el 25 de octubre: el resultado es incierto ya que al día de hoy, todo indica un empate técnico.

Así, Brasil queda expuesto a una moneda de dos caras: una que propone sostener una nación soberana con desarrollo inclusivo, y otra que impulsa la subordinación explícita a los designios de EE UU. Esta última opción implicaría cambiar el “Eu fico” —aquel grito a orillas del Ipiranga que marcó la independencia brasileña— por el “Eu vou” con el que la familia Bolsonaro se rinde ante Trump para entregarle los destinos del país.

La disputa actual se enmarca en un proceso histórico articulado desde los años ’70, cuando la industrialización consolidó el desarrollo económico e impulsó un avance democratizador cuyo epicentro fue el Partido dos Trabalhadores (PT) bajo el liderazgo de Lula. Desde 1989, esta corriente se enfrenta a quienes buscan garantizar las ganancias de unos pocos con la promesa de que «derramen» sobre los demás. Frente a ello, Lula ha defendido una propuesta sencilla: desarrollo con distribución del ingreso, un proyecto humanista volcado a garantizar las cuatro comidas diarias a toda la ciudadanía.

Brasil, entre el “Eu fico” y el “Eu vou”

Este proyecto fue bloqueado por el establishment político mediante el golpe de Estado de 2016 y la proscripción de Lula en 2018, sustentada en la falsa acusación de haber recibido un dúplex como soborno —una propiedad que jamás poseyó ni utilizó— y que lo mantuvo encarcelado durante 580 días.

Con el objetivo de profundizar su legado, Lula busca su cuarto mandato. Es el candidato que más elecciones presidenciales ha disputado en la historia del país: cayó en 1989, 1994 y 1998, y triunfó en 2002, 2006 y 2022. Su huella quedará marcada por sus logros y por la coherencia con su ideal desarrollista de crecimiento con distribución de la renta. Durante sus gestiones, Brasil atravesó una fase expansiva marcada por un fuerte crecimiento del mercado interno y un incremento sostenido de las exportaciones, lo que generó empleo y mejoras salariales. A contramano de los dogmas libertarios, estos aumentos no provocaron desempleo; por el contrario, llevaron al país a niveles cercanos al pleno empleo.

Brasil, entre el “Eu fico” y el “Eu vou”

Al asumir en 2003, Lula invitó al pueblo brasileño a sumar el programa «Hambre Cero» (fome zero) a las grandes gestas históricas del país, al nivel de la independencia (eu fico), la proclamación de la República o la conquista de la soberanía económica (“O petróleo é nosso”). Junto con Bolsa Família, estas políticas públicas sacaron a más de 30 millones de personas de la pobreza y dinamizaron la movilidad social. En el plano educativo, la matrícula universitaria pasó de 2,5 millones a casi 10 millones gracias al programa Pro-UNI, democratizando el acceso a la educación superior. Todo esto permitió que Brasil saliera del mapa del hambre y se consolidara entre las diez economías más grandes del mundo.

Esa dinámica interna fortaleció la inserción internacional del país. La Cancillería brasileña amplió su perspectiva soberana y multilateral al incorporar un enfoque latinoamericanista centrada en la inclusión social, los derechos humanos y la paz mundial, posicionando a Brasil como un actor clave en la geopolítica global.

Asimismo, Lula ratificó la autonomía soberana frente a las pretensiones injerencistas de Washington. Ante los intentos de imponer sanciones arancelarias por parte de Donald Trump, la respuesta brasileña consistió en fortalecer su independencia económica. Ejemplo de ello fue el impulso a sistemas propios como la red de pagos instantáneos PIX, que liberó a los ciudadanos de las comisiones leoninas impuestas por la banca estadounidense.

Brasil, entre el “Eu fico” y el “Eu vou”
Foto: Xinhua

Como contrapeso, el gobierno brasileño estableció alianzas estratégicas con potencias emergentes bajo un trato igualitario, promoviendo un desarrollo cooperativo junto a líderes como Xi Jinping. Para sostener este esquema, se están proyectando infraestructuras clave como el tren transamazónico —que unirá el nordeste brasileño con el Perú para conectar con el Pacífico— y el corredor bioceánico, que vinculará el sur de Brasil con Paraguay, Argentina y Chile. Estas rutas permitirán comerciar con Asia sin necesidad de descender hasta el Estrecho de Magallanes ni pagar peajes en el Canal de Panamá. En este contexto, un cuarto mandato de Lula representaría un polo de desarrollo y un contrapeso frente a la influencia de Estados Unidos sobre los gobiernos de ultraderecha de la región.

Por todo esto, el desafío de Lula no concluye en las urnas: consiste en consolidar un marco de continuidad estructural y regional, tanto para su propia sucesión como para los recambios políticos en América Latina. Ante cualquier contingencia dada su edad, la presencia de su vicepresidente Geraldo Alckmin —clave para recomponer el apoyo del sector industrial y empresarial— garantiza la continuidad institucional. A este esquema se suma Simone Tebet, figura proveniente del tradicional Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB). Juntos articularon una coalición de interés nacional destinada a respaldar el proyecto de desarrollo liderado por Lula y el PT, en abierta oposición al neofascismo de la familia Bolsonaro, hoy representada por el hijo del expresidente. «

 El desafío de Lula es consolidar un marco de continuidad estructural y regional.  

Unos 150 millones de brasileños acudirán a las urnas para decidir el destino de su país. Será la continuidad de Lula o la vuelta de la derecha a través de Flávio Bolsonaro, el hijo de Jair. Una definición en primera vuelta parece una posibilidad remota, más allá que el actual presidente ronda el 47% de la intención de voto —tras haber superado el 48% en 2022— y que las encuestas de voto espontáneo le muestran una tendencia favorable. La contienda se definirá en segunda vuelta, el 25 de octubre: el resultado es incierto ya que al día de hoy, todo indica un empate técnico.

Así, Brasil queda expuesto a una moneda de dos caras: una que propone sostener una nación soberana con desarrollo inclusivo, y otra que impulsa la subordinación explícita a los designios de EE UU. Esta última opción implicaría cambiar el “Eu fico” —aquel grito a orillas del Ipiranga que marcó la independencia brasileña— por el “Eu vou” con el que la familia Bolsonaro se rinde ante Trump para entregarle los destinos del país.

La disputa actual se enmarca en un proceso histórico articulado desde los años ’70, cuando la industrialización consolidó el desarrollo económico e impulsó un avance democratizador cuyo epicentro fue el Partido dos Trabalhadores (PT) bajo el liderazgo de Lula. Desde 1989, esta corriente se enfrenta a quienes buscan garantizar las ganancias de unos pocos con la promesa de que «derramen» sobre los demás. Frente a ello, Lula ha defendido una propuesta sencilla: desarrollo con distribución del ingreso, un proyecto humanista volcado a garantizar las cuatro comidas diarias a toda la ciudadanía.

Brasil, entre el “Eu fico” y el “Eu vou”

Este proyecto fue bloqueado por el establishment político mediante el golpe de Estado de 2016 y la proscripción de Lula en 2018, sustentada en la falsa acusación de haber recibido un dúplex como soborno —una propiedad que jamás poseyó ni utilizó— y que lo mantuvo encarcelado durante 580 días.

Con el objetivo de profundizar su legado, Lula busca su cuarto mandato. Es el candidato que más elecciones presidenciales ha disputado en la historia del país: cayó en 1989, 1994 y 1998, y triunfó en 2002, 2006 y 2022. Su huella quedará marcada por sus logros y por la coherencia con su ideal desarrollista de crecimiento con distribución de la renta. Durante sus gestiones, Brasil atravesó una fase expansiva marcada por un fuerte crecimiento del mercado interno y un incremento sostenido de las exportaciones, lo que generó empleo y mejoras salariales. A contramano de los dogmas libertarios, estos aumentos no provocaron desempleo; por el contrario, llevaron al país a niveles cercanos al pleno empleo.

Brasil, entre el “Eu fico” y el “Eu vou”

Al asumir en 2003, Lula invitó al pueblo brasileño a sumar el programa «Hambre Cero» (fome zero) a las grandes gestas históricas del país, al nivel de la independencia (eu fico), la proclamación de la República o la conquista de la soberanía económica (“O petróleo é nosso”). Junto con Bolsa Família, estas políticas públicas sacaron a más de 30 millones de personas de la pobreza y dinamizaron la movilidad social. En el plano educativo, la matrícula universitaria pasó de 2,5 millones a casi 10 millones gracias al programa Pro-UNI, democratizando el acceso a la educación superior. Todo esto permitió que Brasil saliera del mapa del hambre y se consolidara entre las diez economías más grandes del mundo.

Esa dinámica interna fortaleció la inserción internacional del país. La Cancillería brasileña amplió su perspectiva soberana y multilateral al incorporar un enfoque latinoamericanista centrada en la inclusión social, los derechos humanos y la paz mundial, posicionando a Brasil como un actor clave en la geopolítica global.

Asimismo, Lula ratificó la autonomía soberana frente a las pretensiones injerencistas de Washington. Ante los intentos de imponer sanciones arancelarias por parte de Donald Trump, la respuesta brasileña consistió en fortalecer su independencia económica. Ejemplo de ello fue el impulso a sistemas propios como la red de pagos instantáneos PIX, que liberó a los ciudadanos de las comisiones leoninas impuestas por la banca estadounidense.

Brasil, entre el “Eu fico” y el “Eu vou”

Foto: Xinhua

Como contrapeso, el gobierno brasileño estableció alianzas estratégicas con potencias emergentes bajo un trato igualitario, promoviendo un desarrollo cooperativo junto a líderes como Xi Jinping. Para sostener este esquema, se están proyectando infraestructuras clave como el tren transamazónico —que unirá el nordeste brasileño con el Perú para conectar con el Pacífico— y el corredor bioceánico, que vinculará el sur de Brasil con Paraguay, Argentina y Chile. Estas rutas permitirán comerciar con Asia sin necesidad de descender hasta el Estrecho de Magallanes ni pagar peajes en el Canal de Panamá. En este contexto, un cuarto mandato de Lula representaría un polo de desarrollo y un contrapeso frente a la influencia de Estados Unidos sobre los gobiernos de ultraderecha de la región.

Por todo esto, el desafío de Lula no concluye en las urnas: consiste en consolidar un marco de continuidad estructural y regional, tanto para su propia sucesión como para los recambios políticos en América Latina. Ante cualquier contingencia dada su edad, la presencia de su vicepresidente Geraldo Alckmin —clave para recomponer el apoyo del sector industrial y empresarial— garantiza la continuidad institucional. A este esquema se suma Simone Tebet, figura proveniente del tradicional Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB). Juntos articularon una coalición de interés nacional destinada a respaldar el proyecto de desarrollo liderado por Lula y el PT, en abierta oposición al neofascismo de la familia Bolsonaro, hoy representada por el hijo del expresidente. «

 Mundo – Tiempo Argentino

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