El progreso de nuestro lugar

Hace algunos años fui invitado a un panel sobre economía popular en la Universidad de San Martín.

En un salón con unas 800 personas, gran mayoría militantes del Movimiento Evita, se me ocurrió decir que si los asistentes tuvieran un plan para reemplazar la ropa deportiva de marca que usaban casi todos, por otra generada en los talleres de la propia organización, se podrían conseguir varias horas de trabajo bien remunerado para mucha gente.

Cuando terminé, uno de los referentes se acercó y me dijo al oído: “¿Qué querés, que nos vendamos entre nosotros?”.

Si, era efectivamente lo que yo quería decir y me tomó de sorpresa que ese concepto no solo no fuera compartido, sino que se lo considerara desvalorizador.

Antes y después de ese momento, la discrepancia se repitió.

Alguna vez me enteré de los esfuerzos de la Unión de Trabajadores Sin Tierra (UST) del norte de Mendoza para vender en el Mercado Central de Buenos Aires su papa, a mi juicio la de mejor calidad del país. Sin embargo, cuando los visité en su zona, pude verificar que en la verdulería del pueblo se ofrecía papa de Balcarce, de centenares de kilómetros y de calidad bien inferior. Es que la UST nunca se había ocupado de buscar la ecuación precio y difusión para asegurar que en el pago chico estuvieran orgullosos de ese producto y que además a los comerciantes les diera algún rédito venderlo.

Pasa con buena parte de la industria alimenticia o de indumentaria local, en cualquier rincón de la Argentina.

Podríamos hacer un concurso hoy intentando detectar municipios que tengan una reglamentación que dé prioridad a productos locales, para abastecer los almuerzos en sus escuelas públicas, y es probable que lo declaremos desierto.

¿Por qué todo esto?

Por una combinación de razones.

Ante todo, impera la lógica del consumidor, que acompaña la tendencia dominante en un mercado influenciado por la propaganda. Esto tiene fuerte influencia en la indumentaria, pero también se extiende hacia la alimentación, con aquella famosa cantinela de marcas de primera y de segunda.

Cuando quienes no se pensaron nunca en el rol de productores se encuentran en tal función, se inclinan a generar bienes a los que darían preferencia como consumidores, que han sido orientados por años a comprar lo que los medios de comunicación les presentan.

Esta dinámica de pensar que hay un único camino; que es ingresar como oferentes a un mercado donde los demandantes no son dueños de sus decisiones, deja fuera del análisis el fundamento más elemental del desarrollo, que es el aumento de la prosperidad general por una mayor circulación de dinero en la comunidad.

Eso se refleja en más dinero que cambia de mano con más velocidad.

Comprar más cosas a la vez que articular con gente que vende más cosas.

En estos términos, la lógica más primaria imaginable de la promoción del desarrollo local es comprar en el terruño todo lo que se pueda, producido en ese lugar.

La pregunta aquella de si nos vamos a vender entre nosotros, se contesta obviamente de manera afirmativa, porque quien confeccionara y vendiera aquella prenda podría comprar el queso o la verdura o los muebles ofrecidos por otros miembros de la comunidad, cosa que no sucedería si el pago por la prenda se fuera a otra región.

Esto que vale para los análisis a nivel nacional, como tantos han señalado y Aldo Ferrer popularizó con su famoso “vivir con lo nuestro”, vale también a escala regional o municipal o de cada pueblo.

Francamente, me da cierto pudor releer algunos párrafos anteriores, porque me suenan obvios de toda obviedad.

Sin embargo, hace décadas que vivimos tiempos que nos invitan a pensar nuestras vidas solo como consumidores que deben buscar satisfacer sus necesidades al menor costo posible y eso habilita el derecho de poner en el mercado bienes de cualquier parte del planeta, a condición que sean baratos.

Estimular la producción local se considera negativo en tanto su precio de venta sea mayor que el de otro origen. Y todo tiene tendencia a ser dirimido en pujas de interés para evitar o no el acceso de esa competencia barata.

Se nos habla de especialización. Lo hizo el menemismo, lo repitió Mauricio Macri y lo machacan de nuevo hoy. No solo eso no es cierto en ningún país del mundo, sino que además nos invitan a especializarnos en la producción de bienes extraíbles del suelo o en agricultura, dirigir esas producciones al exterior y luego… seguir con la fábula que ese dinero se repartirá en el país.

Se nos habla de optar por la especialización o por la inflación, que sería el resultado de promover producciones locales aunque sean en pequeña escala. Tan burdo y repetido es este planteo que nadie – especialista o no – puede exhibir estudios detallados que muestren por qué es más caro hacer un pullover o una hortaliza en Formosa que traer esos bienes de China. Solo podríamos demostrar errores en la carga impositiva local o nacional, corregibles, por supuesto, o el poder financiero de quien controla varios segmentos del comercio internacional y consigue estrangular a la producción nacional para luego recuperar el beneficio postergado inicialmente, al actuar sin competencia a la vista.

¿Cómo se pelea con los lugares comunes y se los vence?

Pues pensando de extremo a extremo cadenas de valor que aprovechen recursos naturales o saberes locales, entendiendo como cumplir cada etapa con eficiencia y avanzando.

Hay mil ejemplos. Solo agrego uno: la acuicultura.

La provincia de Formosa tiene una estación experimental del tema; mandó gente a China a informarse y especializarse. Saben cómo intercalar la producción de pacú con la de arroz, aprovechando residuos de las dos actividades en el paso siguiente. Sin embargo, a pesar de una dirección nacional sobre el tema que trabajó hasta 2023 muy tesoneramente en todo el país, es habitual escuchar a algún ministro provincial de Agricultura contando que un amigo lo intentó y le fue mal; que el tema no cierra.

Con métodos así, estaremos presos de nuestra incompetencia de por vida.

Hasta pronto.

 La lógica más primaria imaginable de la promoción del desarrollo local es comprar en el terruño todo lo que se pueda, producido en ese lugar. Lo que Aldo Ferrer llamó «vivir con lo nuestro». El autor invita a salir de los lugares comunes y pensar que el fundamento más elemental del desarrollo es el aumento de la prosperidad general por una mayor circulación de dinero en la comunidad.  

Hace algunos años fui invitado a un panel sobre economía popular en la Universidad de San Martín.

En un salón con unas 800 personas, gran mayoría militantes del Movimiento Evita, se me ocurrió decir que si los asistentes tuvieran un plan para reemplazar la ropa deportiva de marca que usaban casi todos, por otra generada en los talleres de la propia organización, se podrían conseguir varias horas de trabajo bien remunerado para mucha gente.

Cuando terminé, uno de los referentes se acercó y me dijo al oído: “¿Qué querés, que nos vendamos entre nosotros?”.

Si, era efectivamente lo que yo quería decir y me tomó de sorpresa que ese concepto no solo no fuera compartido, sino que se lo considerara desvalorizador.

Antes y después de ese momento, la discrepancia se repitió.

Alguna vez me enteré de los esfuerzos de la Unión de Trabajadores Sin Tierra (UST) del norte de Mendoza para vender en el Mercado Central de Buenos Aires su papa, a mi juicio la de mejor calidad del país. Sin embargo, cuando los visité en su zona, pude verificar que en la verdulería del pueblo se ofrecía papa de Balcarce, de centenares de kilómetros y de calidad bien inferior. Es que la UST nunca se había ocupado de buscar la ecuación precio y difusión para asegurar que en el pago chico estuvieran orgullosos de ese producto y que además a los comerciantes les diera algún rédito venderlo.

Pasa con buena parte de la industria alimenticia o de indumentaria local, en cualquier rincón de la Argentina.

Podríamos hacer un concurso hoy intentando detectar municipios que tengan una reglamentación que dé prioridad a productos locales, para abastecer los almuerzos en sus escuelas públicas, y es probable que lo declaremos desierto.

¿Por qué todo esto?

Por una combinación de razones.

Ante todo, impera la lógica del consumidor, que acompaña la tendencia dominante en un mercado influenciado por la propaganda. Esto tiene fuerte influencia en la indumentaria, pero también se extiende hacia la alimentación, con aquella famosa cantinela de marcas de primera y de segunda.

Cuando quienes no se pensaron nunca en el rol de productores se encuentran en tal función, se inclinan a generar bienes a los que darían preferencia como consumidores, que han sido orientados por años a comprar lo que los medios de comunicación les presentan.

Esta dinámica de pensar que hay un único camino; que es ingresar como oferentes a un mercado donde los demandantes no son dueños de sus decisiones, deja fuera del análisis el fundamento más elemental del desarrollo, que es el aumento de la prosperidad general por una mayor circulación de dinero en la comunidad.

Eso se refleja en más dinero que cambia de mano con más velocidad.

Comprar más cosas a la vez que articular con gente que vende más cosas.

En estos términos, la lógica más primaria imaginable de la promoción del desarrollo local es comprar en el terruño todo lo que se pueda, producido en ese lugar.

La pregunta aquella de si nos vamos a vender entre nosotros, se contesta obviamente de manera afirmativa, porque quien confeccionara y vendiera aquella prenda podría comprar el queso o la verdura o los muebles ofrecidos por otros miembros de la comunidad, cosa que no sucedería si el pago por la prenda se fuera a otra región.

Esto que vale para los análisis a nivel nacional, como tantos han señalado y Aldo Ferrer popularizó con su famoso “vivir con lo nuestro”, vale también a escala regional o municipal o de cada pueblo.

Francamente, me da cierto pudor releer algunos párrafos anteriores, porque me suenan obvios de toda obviedad.

Sin embargo, hace décadas que vivimos tiempos que nos invitan a pensar nuestras vidas solo como consumidores que deben buscar satisfacer sus necesidades al menor costo posible y eso habilita el derecho de poner en el mercado bienes de cualquier parte del planeta, a condición que sean baratos.

Estimular la producción local se considera negativo en tanto su precio de venta sea mayor que el de otro origen. Y todo tiene tendencia a ser dirimido en pujas de interés para evitar o no el acceso de esa competencia barata.

Se nos habla de especialización. Lo hizo el menemismo, lo repitió Mauricio Macri y lo machacan de nuevo hoy. No solo eso no es cierto en ningún país del mundo, sino que además nos invitan a especializarnos en la producción de bienes extraíbles del suelo o en agricultura, dirigir esas producciones al exterior y luego… seguir con la fábula que ese dinero se repartirá en el país.

Se nos habla de optar por la especialización o por la inflación, que sería el resultado de promover producciones locales aunque sean en pequeña escala. Tan burdo y repetido es este planteo que nadie – especialista o no – puede exhibir estudios detallados que muestren por qué es más caro hacer un pullover o una hortaliza en Formosa que traer esos bienes de China. Solo podríamos demostrar errores en la carga impositiva local o nacional, corregibles, por supuesto, o el poder financiero de quien controla varios segmentos del comercio internacional y consigue estrangular a la producción nacional para luego recuperar el beneficio postergado inicialmente, al actuar sin competencia a la vista.

¿Cómo se pelea con los lugares comunes y se los vence?

Pues pensando de extremo a extremo cadenas de valor que aprovechen recursos naturales o saberes locales, entendiendo como cumplir cada etapa con eficiencia y avanzando.

Hay mil ejemplos. Solo agrego uno: la acuicultura.

La provincia de Formosa tiene una estación experimental del tema; mandó gente a China a informarse y especializarse. Saben cómo intercalar la producción de pacú con la de arroz, aprovechando residuos de las dos actividades en el paso siguiente. Sin embargo, a pesar de una dirección nacional sobre el tema que trabajó hasta 2023 muy tesoneramente en todo el país, es habitual escuchar a algún ministro provincial de Agricultura contando que un amigo lo intentó y le fue mal; que el tema no cierra.

Con métodos así, estaremos presos de nuestra incompetencia de por vida.

Hasta pronto.

 Política – Tiempo Argentino

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