Pocas cosas más agradables que caminar por Viena en esta primavera de 1913. A pocas cuadras del Ring quizás podemos ver salir del edificio sito en Bergstrasse 19 a una eminencia médica camino al café Landtmann. Por entonces Sigmund ya era Freud. Con una impresionante cantidad de escritos publicados por entonces, la psiquis humana ya no era una tierra tan incógnita. De todos ellos elegimos a “Tótem y tabú. Algunas concordancias en la vida anímica de los salvajes y de los neuróticos” de reciente publicación. Por supuesto que carecemos de las capacidades de comentar tal obra. Sin embargo, rescatamos el método freudiano que abre nuevas perspectivas al elaborar la antropología desde el psicoanálisis. Veamos qué pasa si trabajamos esa metodología en el campo de las relaciones internacionales.
Para nuestro amigo, parece que el tótem es lo que brida entidad a una comunidad humana, puede ser un elemento natural, las más veces es un animal, que obra como entidad protectora y benéfica de la tribu. Corporiza los comportamientos permitidos dentro del grupo. En el caso del “tabú”, hablamos de una prohibición que aplaca las pulsiones más exacerbadas de los integrantes de la tribu. Hay cosas que no hay que hacer. Como el incesto, diría Sigmund. Violar ese tabú implica un castigo que será infligido por las entidades totémicas, ya sea a través de la naturaleza o mediante las divinidades. Es cierto, con una segunda mirada, podríamos pensar que las constituciones políticas de cada país también funcionan en una situación de tótem y tabú: explican cómo estar juntos y prohíben determinados actos, lesivos de esa unidad. Pero también asistimos al regreso de formas más elementales de la acción política, sin duda consecuencia del pobre debate público que cunde en occidente, más propio de “los salvajes y los neuróticos” evocados por Freud.
En EE UU el establishment local reverencia tótems de larga data, que suelen superponerse en las diferentes prohibiciones que imponen. Si antes fue la “Doctrina Monroe”, luego “el Destino Manifiesto”, “el modo de vida (norte)americano”, el “Mundo Libre” o la “Defensa de la Libertad”, cada cual evocado según el momento que corresponda establece el tabú que reside en el cuestionamiento del sistema, considerado como el mejor que jamás haya existido. Vaya, otro tótem. Por lo tanto los críticos sólo pueden ser antinorteamericanos, sin duda comunistas, acaso narcotraficantes, siempre terroristas. Islámicos. Castigarlos es un deber que exige la divinidad, cuantificado en el mayor presupuesto militar de la historia de los Estados Unidos en más de un trillón de dólares.
En el caso de Medio Oriente encontramos la situación donde el tótem de Israel está esculpido sobre mandatos religiosos. Es un asunto complicado, ya que cualquier acción pública, en especial en el ámbito militar, aparece como la consecuencia de un designo divino. Ese escamoteo de la política favorece las interpretaciones literales de textos antiguos, lo que produce una guerra a muerte, sin tener nunca un final que satisfaga la divinidad o quienes la interpretan. El tabú es la critica a todo lo que se realice, no importa cuán aberrante sea, ni de dónde provenga, ya sea el diario Haaretz, las Naciones Unidas o la Corte Penal Internacional. La marca de poder es considerar al propio tótem como más poderoso que otros tótems, lo que permite violar todos los tabúes de otras religiones. De ese modo Israel autoriza ceremonias religiosas propias en la Mezquita de Al-Aqsa, uno de los lugares sagrados para los musulmanes, o manda profanar santuarios árabes y cristianos. Sin hablar de todo lo demás.
Otro caso es la Unión Europea, donde existe el tabú antes que el tótem. Lo podemos ver con el miedo a la inmigración, alimentado por “teorías del reemplazo” de los blancos por los mestizos, estadísticas sobre empleo en baja por culpa de los ilegales o criminalidad en alza provocada por extranjeros. Por supuesto, ninguna de estas cuestiones tiene el menor correlato con la realidad. Pero eso no importa. Ahora es esencial crear un tótem político y social que pueda hacer operativa esa operación simbólica. Quizás por eso el auge de las extremas derechas en la cuna de la civilización. Todo vale para no discutir la economía del austericidio pregonado desde el tótem del Banco Central Europeo, que queda en Frankfurt. Ese no se discute, hasta parece invisible. Porque violar las reglas de ajuste presupuestario permanente que impone el euro traerá sin duda castigos como la “desconfianza de los mercados” si se transgrede el tabú monetario.
Los países vasallos de occidente desprecian los tótems locales con los tabúes que implican, para adoptar las formas tribales de las naciones que consideran más poderosas. Esos sectores dominantes consideran que los dioses ajenos son más seductores que los propios. Así disfrazan la lucrativa complicidad que ejercen en la dominación colonial con valores que no corresponden a las realidades que enfrentan. Un asunto que sólo trae violencia. También merecen especial mención aquellos que, en el norte, dicen defender los tótems y sin embargo practican los tabúes. El sistema Epstein, por ejemplo. Claro, es una élite. Pero tan atraída por quebrar las prohibiciones civilizadoras que no puede esconder el deseo salvaje de ser ellos en los hechos quienes sean el tótem definitivo, ya sin tabúes.
A partir del método psicoanalítico de Sigmund Freud, una lectura crítica sobre las construcciones dogmáticas, los mitos fundacionales y los tabúes intangibles que rigen la política de Estados Unidos, Israel y la Unión Europea.
Pocas cosas más agradables que caminar por Viena en esta primavera de 1913. A pocas cuadras del Ring quizás podemos ver salir del edificio sito en Bergstrasse 19 a una eminencia médica camino al café Landtmann. Por entonces Sigmund ya era Freud. Con una impresionante cantidad de escritos publicados por entonces, la psiquis humana ya no era una tierra tan incógnita. De todos ellos elegimos a “Tótem y tabú. Algunas concordancias en la vida anímica de los salvajes y de los neuróticos” de reciente publicación. Por supuesto que carecemos de las capacidades de comentar tal obra. Sin embargo, rescatamos el método freudiano que abre nuevas perspectivas al elaborar la antropología desde el psicoanálisis. Veamos qué pasa si trabajamos esa metodología en el campo de las relaciones internacionales.
Para nuestro amigo, parece que el tótem es lo que brida entidad a una comunidad humana, puede ser un elemento natural, las más veces es un animal, que obra como entidad protectora y benéfica de la tribu. Corporiza los comportamientos permitidos dentro del grupo. En el caso del “tabú”, hablamos de una prohibición que aplaca las pulsiones más exacerbadas de los integrantes de la tribu. Hay cosas que no hay que hacer. Como el incesto, diría Sigmund. Violar ese tabú implica un castigo que será infligido por las entidades totémicas, ya sea a través de la naturaleza o mediante las divinidades. Es cierto, con una segunda mirada, podríamos pensar que las constituciones políticas de cada país también funcionan en una situación de tótem y tabú: explican cómo estar juntos y prohíben determinados actos, lesivos de esa unidad. Pero también asistimos al regreso de formas más elementales de la acción política, sin duda consecuencia del pobre debate público que cunde en occidente, más propio de “los salvajes y los neuróticos” evocados por Freud.
En EE UU el establishment local reverencia tótems de larga data, que suelen superponerse en las diferentes prohibiciones que imponen. Si antes fue la “Doctrina Monroe”, luego “el Destino Manifiesto”, “el modo de vida (norte)americano”, el “Mundo Libre” o la “Defensa de la Libertad”, cada cual evocado según el momento que corresponda establece el tabú que reside en el cuestionamiento del sistema, considerado como el mejor que jamás haya existido. Vaya, otro tótem. Por lo tanto los críticos sólo pueden ser antinorteamericanos, sin duda comunistas, acaso narcotraficantes, siempre terroristas. Islámicos. Castigarlos es un deber que exige la divinidad, cuantificado en el mayor presupuesto militar de la historia de los Estados Unidos en más de un trillón de dólares.
En el caso de Medio Oriente encontramos la situación donde el tótem de Israel está esculpido sobre mandatos religiosos. Es un asunto complicado, ya que cualquier acción pública, en especial en el ámbito militar, aparece como la consecuencia de un designo divino. Ese escamoteo de la política favorece las interpretaciones literales de textos antiguos, lo que produce una guerra a muerte, sin tener nunca un final que satisfaga la divinidad o quienes la interpretan. El tabú es la critica a todo lo que se realice, no importa cuán aberrante sea, ni de dónde provenga, ya sea el diario Haaretz, las Naciones Unidas o la Corte Penal Internacional. La marca de poder es considerar al propio tótem como más poderoso que otros tótems, lo que permite violar todos los tabúes de otras religiones. De ese modo Israel autoriza ceremonias religiosas propias en la Mezquita de Al-Aqsa, uno de los lugares sagrados para los musulmanes, o manda profanar santuarios árabes y cristianos. Sin hablar de todo lo demás.
Otro caso es la Unión Europea, donde existe el tabú antes que el tótem. Lo podemos ver con el miedo a la inmigración, alimentado por “teorías del reemplazo” de los blancos por los mestizos, estadísticas sobre empleo en baja por culpa de los ilegales o criminalidad en alza provocada por extranjeros. Por supuesto, ninguna de estas cuestiones tiene el menor correlato con la realidad. Pero eso no importa. Ahora es esencial crear un tótem político y social que pueda hacer operativa esa operación simbólica. Quizás por eso el auge de las extremas derechas en la cuna de la civilización. Todo vale para no discutir la economía del austericidio pregonado desde el tótem del Banco Central Europeo, que queda en Frankfurt. Ese no se discute, hasta parece invisible. Porque violar las reglas de ajuste presupuestario permanente que impone el euro traerá sin duda castigos como la “desconfianza de los mercados” si se transgrede el tabú monetario.
Los países vasallos de occidente desprecian los tótems locales con los tabúes que implican, para adoptar las formas tribales de las naciones que consideran más poderosas. Esos sectores dominantes consideran que los dioses ajenos son más seductores que los propios. Así disfrazan la lucrativa complicidad que ejercen en la dominación colonial con valores que no corresponden a las realidades que enfrentan. Un asunto que sólo trae violencia. También merecen especial mención aquellos que, en el norte, dicen defender los tótems y sin embargo practican los tabúes. El sistema Epstein, por ejemplo. Claro, es una élite. Pero tan atraída por quebrar las prohibiciones civilizadoras que no puede esconder el deseo salvaje de ser ellos en los hechos quienes sean el tótem definitivo, ya sin tabúes.
Mundo – Tiempo Argentino