Marie-Anne Erize: la modelo y militante montonera que entregó la vida por sus ideales

Vivir rápido, con intensidad y darlo todo por un proyecto colectivo. Conjugar la belleza con la solidaridad y el compromiso de entregarlo para alcanzar el anhelo de un pueblo liberado y un mundo más justo. Esos fueron los ideales que guiaron la joven existencia de Marie-Anne Erize, maestra jardinera, estudiante, trabajadora, modelo, chica de tapa y militante montonera, secuestrada hace 50 años en San Juan por un grupo de tareas del Ejército. Desde entonces, esta joven de 24 años, hija de franceses, permanece desaparecida, mientras su familia aún lucha para conseguir justicia.

Tras un largo recorrido judicial, siete represores fueron condenados en 2013 por este caso y otros delitos de lesa humanidad que se analizaron en la Mega Causa San Juan. Entre los sentenciados se encuentra el exmilitar Jorge Antonio Olivera, quien estuvo prófugo, fue recapturado y actualmente se encuentra bajo arresto domiciliario.

No obstante, en Italia, Carlos Malatto, otro militar que evadió durante años el requerimiento de los tribunales de Argentina, aguarda en Roma que una Corte local decida juzgarlo por delitos de lesa humanidad cometidos en perjuicio de ocho víctimas detenidas en la zona de Cuyo durante la última dictadura cívico militar, entre los cuales se encuentra Marie-Anne.

Marie Anne ació en 1952 en Espartillar, un pueblo ubicado en el partido bonaerense de Saavedra. Era hija de dos emigrantes franceses, Alberto Erize y Françoise Tisseau, quienes se radicaron en Wanda, Misiones, adonde llegó cuando tenía dos años.

Luego, la familia se mudó a Buenos Aires. Vivieron en Boulogne, Ciudadela y por último en el barrio porteño de Belgrano. Ni bien terminó el secundario comenzó a trabajar como maestra jardinera en el Liceo francés Mermoz.

En 1969 realizó un viaje por Europa, donde conoció al cantautor catalán Joan Manuel Serrat y al guitarrista andaluz Paco De Lucía. En Argentina, comenzó a vincularse al mundo de la moda, y llegó a ser retratada en tapas de Gente y Siete Días,y en catálogos publicitarios.

Pero entendió que la vida no podía pasar simplemente por ese mundo de pasarelas, desfiles, vacaciones en Punta del Este o noches en Mau-Mau.

Por eso, comenzó a trabajar con los sectores laicos que se sumaron a la obra que desarrollaba el sacerdote Carlos Mujica en la Villa 31 de Retiro. También en la Villa de Bajo Belgrano, donde se desempeñó como maestra jardinera de los chicos del barrio.

Marie-Anne vivió una vida prolífica e intensa, donde se conjugaban los viajes, la moda y los primeros pasos de una militancia en un país que, a principios de los años ’70 comenzaba a vivir tiempos conflictivos.

“Las múltiples facetas de esta joven me parecieron fascinantes desde el primer momento: una activista social amante de la libertad, un día modelo, al siguiente, montonera. Sin olvidar, por supuesto, sus orígenes franceses. Siempre me ha gustado trabajar sobre destinos individuales que ayuden a comprender un país o una época”, señaló en diálogo con Tiempo Argentino el periodista francés Philippe Broussard, autor del libro “La Desaparecida de San Juan”.

Marie Anne estudió Antropología en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y trabajó como empleada administrativa en la aerolínea Austral. Al tiempo, comenzó a militar en la Juventud Peronista para luego sumarse a Montoneros.

En 1975, cuando la violencia política escalaba, la pareja de Marie-Anne, el dibujante Diego Rabanal, debió trasladarse a Mendoza para asumir la conducción de Montoneros. Ella dejó su trabajo en Austral y se radicó en esa provincia.

En febrero de 1976, días antes del golpe de Estado, Rabanal fue detenido y permaneció en diversas prisiones del país hasta 1984, cuando lo liberaron.

Tras la caída de su compañero, Marie Anne decidió refugiarse en San Juan, pese a que su cuñado y periodista de La Opinión, Rodolfo Rabanal, le aconsejó que viajara a Francia. Su compromiso militante de resistir a la dictadura pudo más que su sentido de autopreservación.

El secuestro y la desaparición

La mañana del 15 de octubre de 1976, Marie-Anne llevó su bicicleta a arreglar a un local comercial del centro de la ciudad de San Juan, ubicado en la intersección de las calles General Acha y Abraham Tapia.

La militante pagó y acordó que volvería luego a buscar la bici. Cuando se retiraba la abordó un hombre y ella intentó resistirse. El propietario del negocio, Domingo Palacio, intentó ayudarla, pero llegaron otros tres integrantes de la patota y se la llevaron.

Olivera era quien estaba a cargo del grupo de Tareas que la trasladó al centro clandestino de detención ilegal de La Marquesita, que funcionó en el Regimiento de Infantería de Montaña 22. La torturaron y, según testimonios, se cree que la ejecutaron el 22 de octubre. Un día antes, el domicilio de sus padres fue allanado por otra patota en Buenos Aires. Les dijeron que no la busquen, que ya estaba muerta.

Testigos en los juicios de lesa humanidad indicaron que Olivera y Eduardo Cardozo, otro militar genocida, se jactaban ante tropa y prisioneros de haber violado a “la francesita esa”.

La Embajada de Francia elevó, en enero de 1979, un reclamo ante el ministro de Interior, Albano Harguindeguy, para conocer el destino de Marie-Anne. “Murió en un enfrentamiento”, alegaron con falsedad los jerarcas de la dictadura.

Un camino de justicia que sigue abierto

En 2000, Olivera, viajó a Italia y al llegar, el exmilitar fue detenido acusado por el secuestro y la desaparición de la militante hija de ciudadanos franceses.

La nación gala había pedido su extradición. Tras permanecer 40 días en presión, Olivera recibió el beneficio de una liberación vigilada. La consiguió tras presentar un certificado de defunción de Erize.

Cuando se constató que se trataba de un documento adulterado, el exmilitar ya se había trasladado a Argentina, donde la vigencia de las leyes de impunidad y los indultos presidenciales de Menem impedían juzgarlo.

Recién en 2013, tras la derogación de esas normas, Olivera terminó sentenciado por delitos de lesa humanidad, pero se escapó en un traslado al Hospital Militar. Lo recapturaron en 2017, pero cuatro años más tarde le concedieron el beneficio de la prisión domiciliaria.

En 2024, realizó un festejo en su vivienda para celebrar el 50 aniversario de su matrimonio. El cantante Ramón Palito Ortega animó la fiesta con una actuación estelar en la que interpretó sus más grandes éxitos.

Hubo pedidos para que la domiciliaria del reo sea revocada, pero la Justicia Federal de San Juan se limitó solo a imponer condiciones más controladas para su detención.

El hijo del genocida es el sacerdote Javier Olivera Ravasi, quien en 2024 organizó una visita de legisladores de La Libertad Avanza al penal de Ezeiza, donde se entrevistaron con genocidas condenados, quienes les entregaron el borrador de un proyecto para amnistiar a los represores.

En tanto, Malatto, que permanece prófugo en Italia desde hace 15 años, está acusado ahora por la Justicia de ese país por la desaparición de Erize, entre otros casos. La familia de la modelo sigue una querella y mantiene en pie el reclamo de Memoria, Verdad y Justicia.

A fines de noviembre, la jueza de Roma, Marisa Mosetti, deberá resolver si el exmilitar es llevado a un proceso oral y público por los delitos que cometió en San Juan durante la última dictadura cívico militar.

“La búsqueda de la verdad es una lucha interminable para los allegados de las víctimas, y siento una profunda admiración por quienes continúan luchando. Gracias a su labor de memoria, tienen la valentía de confrontar al país con un pasado que una parte de la población parece negarse a ver. Esa es la gran lección que nos deja de un caso como el de Marie-Anne Erize”, puntualizó Boussard.

 Hace 50 años, era secuestrada en San Juan Marie-Anne Erize, quien supo ser chica de tapa e integrante de la Juventud Peronista. Su familia aún lucha por lograr Justicia.  

Vivir rápido, con intensidad y darlo todo por un proyecto colectivo. Conjugar la belleza con la solidaridad y el compromiso de entregarlo para alcanzar el anhelo de un pueblo liberado y un mundo más justo. Esos fueron los ideales que guiaron la joven existencia de Marie-Anne Erize, maestra jardinera, estudiante, trabajadora, modelo, chica de tapa y militante montonera, secuestrada hace 50 años en San Juan por un grupo de tareas del Ejército. Desde entonces, esta joven de 24 años, hija de franceses, permanece desaparecida, mientras su familia aún lucha para conseguir justicia.

Tras un largo recorrido judicial, siete represores fueron condenados en 2013 por este caso y otros delitos de lesa humanidad que se analizaron en la Mega Causa San Juan. Entre los sentenciados se encuentra el exmilitar Jorge Antonio Olivera, quien estuvo prófugo, fue recapturado y actualmente se encuentra bajo arresto domiciliario.

No obstante, en Italia, Carlos Malatto, otro militar que evadió durante años el requerimiento de los tribunales de Argentina, aguarda en Roma que una Corte local decida juzgarlo por delitos de lesa humanidad cometidos en perjuicio de ocho víctimas detenidas en la zona de Cuyo durante la última dictadura cívico militar, entre los cuales se encuentra Marie-Anne.

Marie Anne ació en 1952 en Espartillar, un pueblo ubicado en el partido bonaerense de Saavedra. Era hija de dos emigrantes franceses, Alberto Erize y Françoise Tisseau, quienes se radicaron en Wanda, Misiones, adonde llegó cuando tenía dos años.

Luego, la familia se mudó a Buenos Aires. Vivieron en Boulogne, Ciudadela y por último en el barrio porteño de Belgrano. Ni bien terminó el secundario comenzó a trabajar como maestra jardinera en el Liceo francés Mermoz.

En 1969 realizó un viaje por Europa, donde conoció al cantautor catalán Joan Manuel Serrat y al guitarrista andaluz Paco De Lucía. En Argentina, comenzó a vincularse al mundo de la moda, y llegó a ser retratada en tapas de Gente y Siete Días,y en catálogos publicitarios.

Pero entendió que la vida no podía pasar simplemente por ese mundo de pasarelas, desfiles, vacaciones en Punta del Este o noches en Mau-Mau.

Por eso, comenzó a trabajar con los sectores laicos que se sumaron a la obra que desarrollaba el sacerdote Carlos Mujica en la Villa 31 de Retiro. También en la Villa de Bajo Belgrano, donde se desempeñó como maestra jardinera de los chicos del barrio.

Marie-Anne vivió una vida prolífica e intensa, donde se conjugaban los viajes, la moda y los primeros pasos de una militancia en un país que, a principios de los años ’70 comenzaba a vivir tiempos conflictivos.

“Las múltiples facetas de esta joven me parecieron fascinantes desde el primer momento: una activista social amante de la libertad, un día modelo, al siguiente, montonera. Sin olvidar, por supuesto, sus orígenes franceses. Siempre me ha gustado trabajar sobre destinos individuales que ayuden a comprender un país o una época”, señaló en diálogo con Tiempo Argentino el periodista francés Philippe Broussard, autor del libro “La Desaparecida de San Juan”.

Marie Anne estudió Antropología en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y trabajó como empleada administrativa en la aerolínea Austral. Al tiempo, comenzó a militar en la Juventud Peronista para luego sumarse a Montoneros.

En 1975, cuando la violencia política escalaba, la pareja de Marie-Anne, el dibujante Diego Rabanal, debió trasladarse a Mendoza para asumir la conducción de Montoneros. Ella dejó su trabajo en Austral y se radicó en esa provincia.

En febrero de 1976, días antes del golpe de Estado, Rabanal fue detenido y permaneció en diversas prisiones del país hasta 1984, cuando lo liberaron.

Tras la caída de su compañero, Marie Anne decidió refugiarse en San Juan, pese a que su cuñado y periodista de La Opinión, Rodolfo Rabanal, le aconsejó que viajara a Francia. Su compromiso militante de resistir a la dictadura pudo más que su sentido de autopreservación.

El secuestro y la desaparición

La mañana del 15 de octubre de 1976, Marie-Anne llevó su bicicleta a arreglar a un local comercial del centro de la ciudad de San Juan, ubicado en la intersección de las calles General Acha y Abraham Tapia.

La militante pagó y acordó que volvería luego a buscar la bici. Cuando se retiraba la abordó un hombre y ella intentó resistirse. El propietario del negocio, Domingo Palacio, intentó ayudarla, pero llegaron otros tres integrantes de la patota y se la llevaron.

Olivera era quien estaba a cargo del grupo de Tareas que la trasladó al centro clandestino de detención ilegal de La Marquesita, que funcionó en el Regimiento de Infantería de Montaña 22. La torturaron y, según testimonios, se cree que la ejecutaron el 22 de octubre. Un día antes, el domicilio de sus padres fue allanado por otra patota en Buenos Aires. Les dijeron que no la busquen, que ya estaba muerta.

Testigos en los juicios de lesa humanidad indicaron que Olivera y Eduardo Cardozo, otro militar genocida, se jactaban ante tropa y prisioneros de haber violado a “la francesita esa”.

La Embajada de Francia elevó, en enero de 1979, un reclamo ante el ministro de Interior, Albano Harguindeguy, para conocer el destino de Marie-Anne. “Murió en un enfrentamiento”, alegaron con falsedad los jerarcas de la dictadura.

Un camino de justicia que sigue abierto

En 2000, Olivera, viajó a Italia y al llegar, el exmilitar fue detenido acusado por el secuestro y la desaparición de la militante hija de ciudadanos franceses.

La nación gala había pedido su extradición. Tras permanecer 40 días en presión, Olivera recibió el beneficio de una liberación vigilada. La consiguió tras presentar un certificado de defunción de Erize.

Cuando se constató que se trataba de un documento adulterado, el exmilitar ya se había trasladado a Argentina, donde la vigencia de las leyes de impunidad y los indultos presidenciales de Menem impedían juzgarlo.

Recién en 2013, tras la derogación de esas normas, Olivera terminó sentenciado por delitos de lesa humanidad, pero se escapó en un traslado al Hospital Militar. Lo recapturaron en 2017, pero cuatro años más tarde le concedieron el beneficio de la prisión domiciliaria.

En 2024, realizó un festejo en su vivienda para celebrar el 50 aniversario de su matrimonio. El cantante Ramón Palito Ortega animó la fiesta con una actuación estelar en la que interpretó sus más grandes éxitos.

Hubo pedidos para que la domiciliaria del reo sea revocada, pero la Justicia Federal de San Juan se limitó solo a imponer condiciones más controladas para su detención.

El hijo del genocida es el sacerdote Javier Olivera Ravasi, quien en 2024 organizó una visita de legisladores de La Libertad Avanza al penal de Ezeiza, donde se entrevistaron con genocidas condenados, quienes les entregaron el borrador de un proyecto para amnistiar a los represores.

En tanto, Malatto, que permanece prófugo en Italia desde hace 15 años, está acusado ahora por la Justicia de ese país por la desaparición de Erize, entre otros casos. La familia de la modelo sigue una querella y mantiene en pie el reclamo de Memoria, Verdad y Justicia.

A fines de noviembre, la jueza de Roma, Marisa Mosetti, deberá resolver si el exmilitar es llevado a un proceso oral y público por los delitos que cometió en San Juan durante la última dictadura cívico militar.

“La búsqueda de la verdad es una lucha interminable para los allegados de las víctimas, y siento una profunda admiración por quienes continúan luchando. Gracias a su labor de memoria, tienen la valentía de confrontar al país con un pasado que una parte de la población parece negarse a ver. Esa es la gran lección que nos deja de un caso como el de Marie-Anne Erize”, puntualizó Boussard.

 Política – Tiempo Argentino

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