Los debates que no dimos ni damos

En esta Argentina de pasado y presente tan turbulentos, estamos discutiendo política alrededor de la honestidad o de la popularidad de quienes tienen visibilidad en el ámbito, sin revisar las controversias conceptuales que definen nuestra capacidad de avanzar hacia el bien común.

Esto nos hace mucho mal, desde hace tiempo. Traslada la elección de nuestros representantes a encuestas de imagen personal, como si todo fuera cuestión de personas aisladas y además como si las encuestas surgieran del conocimiento personal, siendo que son fruto de la presencia mediática del candidato.

He querido hoy hacer una breve reseña de grandes temas que deberíamos discutir, sea porque ignoramos su importancia o porque la presión cultural de la derecha ha conseguido que se adopten creencias equivocadas al respecto. Vamos de lo general a lo sectorial.

  1. Por qué es importante no ser una colonia.

Hace más de 500 años que la expansión colonial de los países más poderosos busca extraer recursos de otro lugar para fortalecer a la metrópoli.

El concepto base no ha cambiado, desde el oro y la plata de Potosí para España, pasando por las carnes argentinas para las carnicerías inglesas o el petróleo de Vaca Muerta para Estados Unidos. Si toda la estrategia productiva se diseña en función de los intereses de uno solo de los países involucrados, el otro es una colonia.

Los siglos han confirmado lo obvio. El que produce y exporta masivamente, dentro de un escenario hegemonizado por el que importa, pierde sus recursos naturales, no agrega más que un mínimo valor local, no retiene ganancias ni capital para invertir de forma independiente. No hay forma de disfrazar tal subordinación, ni con toda la tecnología informática del mundo.

  1. Por qué es nociva la inversión extranjera indiscriminada.

La inversión extranjera nunca ha superado el 20% del total durante el último medio siglo. Sin embargo, parte de nuestra derrota cultural es que nos han martillado que es imprescindible y hasta que es la única manera de crecer.

Sin embargo, su capacidad positiva es centralmente el aporte de tecnología que permite la colocación internacional de bienes, que por otra parte debe ser articulada detrás del interés general, evitando que se deje de agregar posible valor local. Eso se contrapone con el giro de utilidades que resta inversión local,o la aplicación a comprar empresas nacionales que funcionaban bien, o los servicios comerciales, en que desde supermercados hasta bancos son innecesariamente de propiedad extranjera.

Todo esto debe ser reglamentado.

3.El sistema financiero

Hace 50 años se dictó una ley de inversiones financieras siniestra que nunca fue modificada ni intentó serlo. Formando parte de una ola de avance hegemónico de las finanzas en el mundo se dio una libertad al capital de cualquier origen que hace que hoy los bancos nacionales, que eran fuertes, están acosados por una lógica que los va reduciendo a su mínima expresión, salvo el Banco Provincia de Buenos Aires. Todo el sistema debe ser repensado y transformado con urgencia, si es que queremos librarnos de una dependencia que es simplemente usura.

4. El control de la inflación

En este punto la victoria cultural de la derecha ha sido casi completa. Han sido capaces de convencer a muchos, hasta a los más pobres, que la causa de la inflación es el exceso de moneda en manos de los consumidores, que presionaría sobre una oferta insuficiente de bienes. Ese catecismo lo aplican aún cuando exista más de un 30% de pobreza y un ingreso per cápita con fuerte caída.

Es muy perverso.

La única inflación monetaria posible se da cuando existe pleno empleo y los salarios reales tienden a subir más que la productividad. En ese caso, puede aparecer presión de demanda sobre oferta estancada y en lugar de aumentar la producción, aumentan los precios. Nada que ver con la realidad argentina de hoy ni de ayer.

Necesitamos que los buenos economistas – que los hay – se dejen de joder con sus temores a sacar los pies del plato y expliquen que son los sectores concentrados los que motorizan la inflación y cómo se los debería controlar.

5. El trabajo para todos

El mundo central viene debatiendo hace décadas la diferencia entre ingreso universal y el trabajo para todos, como salidas para reducir con fuerza la pobreza.

Nadie ha tomado el guante en Argentina. Cada tanto se reivindica el ingreso universal, sin advertir que en un país con inercia inflacionaria, esa “solución” sería rápidamente cooptada por quienes se benefician con la inflación y la fogonean.

Nunca se ha formulado al menos un borrador sensato de trabajo para todos, monitoreado por el Estado.

6. La innovación tecnológica

La aplicación de la ciencia y la tecnología en todos los órdenes de la vida es claramente un factor clave para el bien común. Sin embargo, en la producción de bienes y servicios eso no es un hecho que se dé automáticamente. Allí, la innovación apunta a aumentar la productividad y si los frutos de esa mejora no se reparten con equidad, puede contribuir a aumentar la concentración en favor de los que más tienen. Tal encrucijada se ha dado en varios momentos históricos y se da hoy con fuerza en relación a la inteligencia artificial, que puede perjudicar a grandes sectores de la ciudadanía. No discutimos ni encauzamos esto adecuadamente.

7. La economía popular

La organización de los excluidos de la producción por el neoliberalismo se plasmó en los últimos 25 años, pero quedó a cargo de los propios excluidos, que buscaron fortalecerse definiendo una identidad propia – “la economía popular” – que incluso es materia frecuente de estudio en universidades y ámbitos científicos, que creen así ayudar a los que sufren. Sin embargo, casi sin excepciones – la única podría ser en parte la economía del cuidado – se han pensado como apéndices proveedores de bienes y servicios a segmentos del neoliberalismo, en condiciones de clara subordinación y baja retribución.

Es necesario repensar todo el tratamiento porque efectivamente es posible y necesario proponer un plan distintivo para los excluidos, pero este plan debe apuntar a soluciones eficientes para atender necesidades básicas, con participación de los que tienen las necesidades. La economía del bien común entra en colisión con la lógica de estos años de los que han propugnado la economía popular y debemos entender por qué.

8- La asistencia social como factor de desarrollo

La debilidad de análisis del escenario anterior lleva a omitir el potencial de desarrollo que implica generar bases productivas locales para atender la alimentación escolar; el déficit de vivienda; la indumentaria; el cuidado de niños, enfermos o ancianos; la recreación comunitaria. En todos estos casos y más debemos dejar de pensar en cómo entregar los bienes finales para pasar a conseguir que sea el propio tejido social el que implemente soluciones, lo cual llevará no solo a cambiar la naturaleza de la inversión pública sino también a generar patrimonio en lugares donde solo había demandas de subsistencia. Otro debate pendiente.

Podría seguir con temas productivos, educativos, de organización de la salud, de toma de decisiones en el sector público. El punto a asumir es que no solo se requiere programa operativos serios y meditados, sino junto con eso un pueblo que a través de la reflexión colectiva vaya desembarazándose de los dogmas neoliberales y construya ideas comunes que sustentan el bien común.

Hasta pronto.

 Una breve reseña de grandes temas que los argentinos deberíamos discutir, sea porque ignoramos su importancia o porque la presión cultural de la derecha ha conseguido que se adopten creencias equivocadas al respecto.  

En esta Argentina de pasado y presente tan turbulentos, estamos discutiendo política alrededor de la honestidad o de la popularidad de quienes tienen visibilidad en el ámbito, sin revisar las controversias conceptuales que definen nuestra capacidad de avanzar hacia el bien común.

Esto nos hace mucho mal, desde hace tiempo. Traslada la elección de nuestros representantes a encuestas de imagen personal, como si todo fuera cuestión de personas aisladas y además como si las encuestas surgieran del conocimiento personal, siendo que son fruto de la presencia mediática del candidato.

He querido hoy hacer una breve reseña de grandes temas que deberíamos discutir, sea porque ignoramos su importancia o porque la presión cultural de la derecha ha conseguido que se adopten creencias equivocadas al respecto. Vamos de lo general a lo sectorial.

  1. Por qué es importante no ser una colonia.

Hace más de 500 años que la expansión colonial de los países más poderosos busca extraer recursos de otro lugar para fortalecer a la metrópoli.

El concepto base no ha cambiado, desde el oro y la plata de Potosí para España, pasando por las carnes argentinas para las carnicerías inglesas o el petróleo de Vaca Muerta para Estados Unidos. Si toda la estrategia productiva se diseña en función de los intereses de uno solo de los países involucrados, el otro es una colonia.

Los siglos han confirmado lo obvio. El que produce y exporta masivamente, dentro de un escenario hegemonizado por el que importa, pierde sus recursos naturales, no agrega más que un mínimo valor local, no retiene ganancias ni capital para invertir de forma independiente. No hay forma de disfrazar tal subordinación, ni con toda la tecnología informática del mundo.

  1. Por qué es nociva la inversión extranjera indiscriminada.

La inversión extranjera nunca ha superado el 20% del total durante el último medio siglo. Sin embargo, parte de nuestra derrota cultural es que nos han martillado que es imprescindible y hasta que es la única manera de crecer.

Sin embargo, su capacidad positiva es centralmente el aporte de tecnología que permite la colocación internacional de bienes, que por otra parte debe ser articulada detrás del interés general, evitando que se deje de agregar posible valor local. Eso se contrapone con el giro de utilidades que resta inversión local,o la aplicación a comprar empresas nacionales que funcionaban bien, o los servicios comerciales, en que desde supermercados hasta bancos son innecesariamente de propiedad extranjera.

Todo esto debe ser reglamentado.

3.El sistema financiero

Hace 50 años se dictó una ley de inversiones financieras siniestra que nunca fue modificada ni intentó serlo. Formando parte de una ola de avance hegemónico de las finanzas en el mundo se dio una libertad al capital de cualquier origen que hace que hoy los bancos nacionales, que eran fuertes, están acosados por una lógica que los va reduciendo a su mínima expresión, salvo el Banco Provincia de Buenos Aires. Todo el sistema debe ser repensado y transformado con urgencia, si es que queremos librarnos de una dependencia que es simplemente usura.

4. El control de la inflación

En este punto la victoria cultural de la derecha ha sido casi completa. Han sido capaces de convencer a muchos, hasta a los más pobres, que la causa de la inflación es el exceso de moneda en manos de los consumidores, que presionaría sobre una oferta insuficiente de bienes. Ese catecismo lo aplican aún cuando exista más de un 30% de pobreza y un ingreso per cápita con fuerte caída.

Es muy perverso.

La única inflación monetaria posible se da cuando existe pleno empleo y los salarios reales tienden a subir más que la productividad. En ese caso, puede aparecer presión de demanda sobre oferta estancada y en lugar de aumentar la producción, aumentan los precios. Nada que ver con la realidad argentina de hoy ni de ayer.

Necesitamos que los buenos economistas – que los hay – se dejen de joder con sus temores a sacar los pies del plato y expliquen que son los sectores concentrados los que motorizan la inflación y cómo se los debería controlar.

5. El trabajo para todos

El mundo central viene debatiendo hace décadas la diferencia entre ingreso universal y el trabajo para todos, como salidas para reducir con fuerza la pobreza.

Nadie ha tomado el guante en Argentina. Cada tanto se reivindica el ingreso universal, sin advertir que en un país con inercia inflacionaria, esa “solución” sería rápidamente cooptada por quienes se benefician con la inflación y la fogonean.

Nunca se ha formulado al menos un borrador sensato de trabajo para todos, monitoreado por el Estado.

6. La innovación tecnológica

La aplicación de la ciencia y la tecnología en todos los órdenes de la vida es claramente un factor clave para el bien común. Sin embargo, en la producción de bienes y servicios eso no es un hecho que se dé automáticamente. Allí, la innovación apunta a aumentar la productividad y si los frutos de esa mejora no se reparten con equidad, puede contribuir a aumentar la concentración en favor de los que más tienen. Tal encrucijada se ha dado en varios momentos históricos y se da hoy con fuerza en relación a la inteligencia artificial, que puede perjudicar a grandes sectores de la ciudadanía. No discutimos ni encauzamos esto adecuadamente.

7. La economía popular

La organización de los excluidos de la producción por el neoliberalismo se plasmó en los últimos 25 años, pero quedó a cargo de los propios excluidos, que buscaron fortalecerse definiendo una identidad propia – “la economía popular” – que incluso es materia frecuente de estudio en universidades y ámbitos científicos, que creen así ayudar a los que sufren. Sin embargo, casi sin excepciones – la única podría ser en parte la economía del cuidado – se han pensado como apéndices proveedores de bienes y servicios a segmentos del neoliberalismo, en condiciones de clara subordinación y baja retribución.

Es necesario repensar todo el tratamiento porque efectivamente es posible y necesario proponer un plan distintivo para los excluidos, pero este plan debe apuntar a soluciones eficientes para atender necesidades básicas, con participación de los que tienen las necesidades. La economía del bien común entra en colisión con la lógica de estos años de los que han propugnado la economía popular y debemos entender por qué.

8- La asistencia social como factor de desarrollo

La debilidad de análisis del escenario anterior lleva a omitir el potencial de desarrollo que implica generar bases productivas locales para atender la alimentación escolar; el déficit de vivienda; la indumentaria; el cuidado de niños, enfermos o ancianos; la recreación comunitaria. En todos estos casos y más debemos dejar de pensar en cómo entregar los bienes finales para pasar a conseguir que sea el propio tejido social el que implemente soluciones, lo cual llevará no solo a cambiar la naturaleza de la inversión pública sino también a generar patrimonio en lugares donde solo había demandas de subsistencia. Otro debate pendiente.

Podría seguir con temas productivos, educativos, de organización de la salud, de toma de decisiones en el sector público. El punto a asumir es que no solo se requiere programa operativos serios y meditados, sino junto con eso un pueblo que a través de la reflexión colectiva vaya desembarazándose de los dogmas neoliberales y construya ideas comunes que sustentan el bien común.

Hasta pronto.

 Política – Tiempo Argentino

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