En un artículo anterior hicimos hincapié en la derrota de las dos estrategias destinadas a la toma del poder político para la instauración del socialismo en la Argentina en la década de 1970. La de la lucha armada y la del frente antiimperialista por la liberación nacional incorporando un sector de las fuerzas armadas. Una corporizada principalmente por los Montoneros y el ERP y la otra por el Partido Comunista y algunos aliados.
Antes del fin de la dictadura militar, los corolarios de esa derrota se empiezan a mostrar ya desde la gran manifestación, por reivindicaciones económicas y sociales, del 30 de marzo de 1982, que no fue convocada ni dirigida por ninguna de las fuerzas pro-socialistas derrotadas por la dictadura sino por la CGT peronista (de la calle Brasil) liderada por el peronismo ortodoxo de la mano de Saúl Ubaldini, sin ninguna consigna referida a la liberación nacional ni a la patria socialista sino por “paz pan y trabajo” y la vuelta al “estado de derecho”, es decir al statu quo de los gobiernos constitucionales que la izquierda revolucionaria peronista y no peronista de los 70 querían reemplazar por un gobierno socialista antiimperialista y de liberación nacional.

Luego se produce la incursión en las islas Malvinas por la dictadura militar y el pueblo argentino todo pasó a apoyar el evento, demostrando que el apoyo a la dictadura, que había derrotado los planes socialistas de la generación de los 70, era perfectamente posible ante un hecho que impactaba en los sentimientos patrióticos de la enorme masa de la población. La simpatía en la lucha por el socialismo, si es que la hubo alguna vez en grandes sectores del pueblo, había quedado definitivamente atrás.
Los Derechos Humanos no eran una reivindicación central ni principal de las organizaciones y partidos de izquierda revolucionarios de los 60-70. Su reclamo consistía principalmente en reivindicaciones políticas económicas y sociales, la liberación nacional el anti-imperialismo y el cambio de sistema capitalista por el socialismo. A cualquier militante por el socialismo y el comunismo de los años 70 le hubiera resultado al menos extraño que el corolario de todo ello iba a ser un juicio a los integrantes de la dictadura por la violaciones de los Derechos Humanos, realizado por un tribunal que era parte del “sistema de justicia burgués”.
Otra evidencia de la gran derrota de la izquierda peronista y no peronista de los 70 fueron las elecciones de 1983, en la que las dos fuerzas mayoritarias llevaban como candidatos por un lado a Ítalo Luder presidente provisional del Senado en la peor época de los asesinatos cometidos por la Triple A comandada por el ministro López Rega, presidente provisional entre septiembre y octubre de 1975 y firmante del decreto de aniquilación de la guerrilla, y, por otro a Raúl Alfonsín, cuya propuesta distaba mucho de cualquier cambio de sistema capitalista en tanto su campaña se basó en recitar el texto del preámbulo de la Constitución Nacional y en el latiguillo de que con la democracia (burguesa) “se come, se educa y se sana”. Entre los dos sumaron el 91,91 por ciento de los votos.

Ya a fines de los años ‘80 la caída del muro de Berlín y la implosión soviética (1990) terminaron de sepultar toda idea de posibilidad de socialismo en la Argentina (y en el mundo) y empezaron a aparecer las propuestas de planes económicos neoliberales que, finalmente, se concretaron con el triunfo de Carlos Menem. Además de indultar a los integrantes de las juntas militares, Menem dio continuación de plan económico de la dictadura llevado a cabo por uno de los economistas del gobierno militar, Domingo Cavallo, que privatizó las empresas del estado, hizo quebrar a un inmenso sector de las pequeñas y medianas empresas, hizo subir por primera vez en la historia moderna de Argentina la desocupación a los dos dígitos e hizo aparecer el oprobioso fenómeno que ya no iba a dejar de crecer en el país, de la marginalidad (Menem lo hizo).
Estaba ya definitivamente en claro la derrota final de cualquier propuesta por el socialismo o por el comunismo en el país, Las estrategias hacia el socialismo sostenidas durante el siglo pasado habían devenido en irrealizables e incluso no deseables.
Es en este momento en que las generaciones argentinas nacidas en democracia, o poco antes de que la dictadura terminara, empiezan a participar o a ser espectadores conscientes, de la dinámica política del país. Muchos de ellos adhirieron claramente al movimiento por los Derechos Humanos, que ya había alcanzado dimensiones considerables, algunos pocos se sumaron a grupos o partidos de izquierda no vinculados a los representantes de las dos estrategias principales de lucha por el socialismo de los años 70 y una parte, más que considerable, apoyó al propio menemismo que, a no olvidar, ganó cómodamente su reelección del año 1995.

En sus comienzos, en el gran movimiento de los Derechos Humanos (exceptuando una parte de las Madres de Plaza de Mayo), existió la tendencia a no identificar el pasado político de los desaparecidos, lo que había quedado claro en la redacción del documento “Nunca Más” de 1984. Aunque ello cambió posteriormente y en algunos casos de modo contundente.
Lo cierto es que sacando esta excepción de una parte importante de los movimientos por los Derechos Humanos, el sentimiento generalizado por un cambio radical del sistema económico social y político quedó sepultado. En la gran pueblada del año 2001, en la que de algún modo se volvió a expresar lo antisistémico, aunque confusamente, en el “que se vayan todos”, no surgieron fuerzas claramente identificadas con las reivindicaciones socialistas de los 70. Esto fue una muestra clara de que aquellas estrategias revolucionarias eran ya de imposible aplicación.
Los gobiernos kirchneristas del 2003 al 2015 fueron progresistas, con políticas económicas de algún modo neo keynesianas pero obviamente no socialistas en el sentido de los ‘70, pero si reivindicaron no solo los Derechos Humanos sino también a esa generación desde un cierto sentido ideológico.

Podría afirmarse que hoy es muy poco creíble (y con razón) un programa que plantee el socialismo y que no tenga como uno de los puntos centrales de su accionar, algo más que las (por otra parte indispensables) resistencias a las agresiones de la política neoliberal fuertemente autoritaria del gobierno de derecha.
Esta estrategia – a crearse por los propios pueblos en resistencia – por supuesto tiene como consecuencia directa el enfrentar las intenciones de los EEUU de reactualizar el papel de América latina como su “patio trasero” y al mundo como su espacio propio. Hoy, como lo ha sido siempre, la posición en términos de política internacional es fundamental para darle una identidad real a cualquier propuesta política que persiga la derrota del capitalismo y la implantación del socialismo a nivel nacional, regional y mundial.
Por otra parte, es evidente que sin un desarrollo en escala de la infraestructura e industrias que generen trabajo masivo es imposible recuperar la fuerza de la clase obrera y terminar con la exclusión social y la pobreza. Como dijera Deng Xiaoping inspirado en Zhou Enlai, no puede haber socialismo sin desarrollo de las fuerzas productivas.
Ese es un paso indispensable para encarar a la par la cuestión de la distribución del ingreso y ello no puede lograrse con planes de desarrollo que se cierren sobre la autosuficiencia nacional, del tipo de los que promulgara la CEPAL y las teorías de la dependencia de los años 50/60, con su ideario de la industrialización por sustitución de importaciones (ISI). Hoy la única posibilidad de establecer una sinergia para propulsar ese desarrollo infraestructural e industrial que aporte valor agregado a la producción nacional pareciera estar ligada a la profundización de la relación con la República Popular China y sus aliados. El capitalismo actual, financierista y parasitario, solo tiene para ofrecer mayor endeudamiento improductivo en dólares que son succionados inmediatamente con maniobras como el “carry trade” o de otro tipo (Macri”) y, en caso de impagos, cobrarse con la apropiación directa de los recursos naturales del país profundizando su primarización y manteniendo la situación social en el desastroso estado en que está o incluso agravándola. De ello es ejemplo desenfadado el gobierno actual.

El mejor homenaje a la generación de los ‘70 no es, por supuesto, repetir sus estrategias. Pero no basta con recordarlos como víctimas de una lucha pasada, ni alcanza con el castigo a sus genocidas. El homenaje real es la consecución y la realización de su ideario socialista (sea el de los autodenominados peronistas que luchaban por el socialismo nacional o el de la izquierda que perseguía el mismo objetivo). Ello no es fácil pero tampoco imposible si se acierta en la nueva estrategia nacional vinculada a la de todos los pueblos del mundo, que parece estar a la mano, en medio de la debacle de una crisis histórica del capitalismo y la aparición de alternativas que se agigantan cada día.
La movilzación de la CGT de Ubaldini y la guerra de Malvinas, con el retorno a la democracia en 1983, marcan esta parte de la historia argentina, donde las perspectivas de instauración del socialismo aparecen como imposibles. ¿Será asi?
En un artículo anterior hicimos hincapié en la derrota de las dos estrategias destinadas a la toma del poder político para la instauración del socialismo en la Argentina en la década de 1970. La de la lucha armada y la del frente antiimperialista por la liberación nacional incorporando un sector de las fuerzas armadas. Una corporizada principalmente por los Montoneros y el ERP y la otra por el Partido Comunista y algunos aliados.
Antes del fin de la dictadura militar, los corolarios de esa derrota se empiezan a mostrar ya desde la gran manifestación, por reivindicaciones económicas y sociales, del 30 de marzo de 1982, que no fue convocada ni dirigida por ninguna de las fuerzas pro-socialistas derrotadas por la dictadura sino por la CGT peronista (de la calle Brasil) liderada por el peronismo ortodoxo de la mano de Saúl Ubaldini, sin ninguna consigna referida a la liberación nacional ni a la patria socialista sino por “paz pan y trabajo” y la vuelta al “estado de derecho”, es decir al statu quo de los gobiernos constitucionales que la izquierda revolucionaria peronista y no peronista de los 70 querían reemplazar por un gobierno socialista antiimperialista y de liberación nacional.

Luego se produce la incursión en las islas Malvinas por la dictadura militar y el pueblo argentino todo pasó a apoyar el evento, demostrando que el apoyo a la dictadura, que había derrotado los planes socialistas de la generación de los 70, era perfectamente posible ante un hecho que impactaba en los sentimientos patrióticos de la enorme masa de la población. La simpatía en la lucha por el socialismo, si es que la hubo alguna vez en grandes sectores del pueblo, había quedado definitivamente atrás.
Los Derechos Humanos no eran una reivindicación central ni principal de las organizaciones y partidos de izquierda revolucionarios de los 60-70. Su reclamo consistía principalmente en reivindicaciones políticas económicas y sociales, la liberación nacional el anti-imperialismo y el cambio de sistema capitalista por el socialismo. A cualquier militante por el socialismo y el comunismo de los años 70 le hubiera resultado al menos extraño que el corolario de todo ello iba a ser un juicio a los integrantes de la dictadura por la violaciones de los Derechos Humanos, realizado por un tribunal que era parte del “sistema de justicia burgués”.
Otra evidencia de la gran derrota de la izquierda peronista y no peronista de los 70 fueron las elecciones de 1983, en la que las dos fuerzas mayoritarias llevaban como candidatos por un lado a Ítalo Luder presidente provisional del Senado en la peor época de los asesinatos cometidos por la Triple A comandada por el ministro López Rega, presidente provisional entre septiembre y octubre de 1975 y firmante del decreto de aniquilación de la guerrilla, y, por otro a Raúl Alfonsín, cuya propuesta distaba mucho de cualquier cambio de sistema capitalista en tanto su campaña se basó en recitar el texto del preámbulo de la Constitución Nacional y en el latiguillo de que con la democracia (burguesa) “se come, se educa y se sana”. Entre los dos sumaron el 91,91 por ciento de los votos.

Ya a fines de los años ‘80 la caída del muro de Berlín y la implosión soviética (1990) terminaron de sepultar toda idea de posibilidad de socialismo en la Argentina (y en el mundo) y empezaron a aparecer las propuestas de planes económicos neoliberales que, finalmente, se concretaron con el triunfo de Carlos Menem. Además de indultar a los integrantes de las juntas militares, Menem dio continuación de plan económico de la dictadura llevado a cabo por uno de los economistas del gobierno militar, Domingo Cavallo, que privatizó las empresas del estado, hizo quebrar a un inmenso sector de las pequeñas y medianas empresas, hizo subir por primera vez en la historia moderna de Argentina la desocupación a los dos dígitos e hizo aparecer el oprobioso fenómeno que ya no iba a dejar de crecer en el país, de la marginalidad (Menem lo hizo).
Estaba ya definitivamente en claro la derrota final de cualquier propuesta por el socialismo o por el comunismo en el país, Las estrategias hacia el socialismo sostenidas durante el siglo pasado habían devenido en irrealizables e incluso no deseables.
Es en este momento en que las generaciones argentinas nacidas en democracia, o poco antes de que la dictadura terminara, empiezan a participar o a ser espectadores conscientes, de la dinámica política del país. Muchos de ellos adhirieron claramente al movimiento por los Derechos Humanos, que ya había alcanzado dimensiones considerables, algunos pocos se sumaron a grupos o partidos de izquierda no vinculados a los representantes de las dos estrategias principales de lucha por el socialismo de los años 70 y una parte, más que considerable, apoyó al propio menemismo que, a no olvidar, ganó cómodamente su reelección del año 1995.

Foto: Archivo/Presidencia
En sus comienzos, en el gran movimiento de los Derechos Humanos (exceptuando una parte de las Madres de Plaza de Mayo), existió la tendencia a no identificar el pasado político de los desaparecidos, lo que había quedado claro en la redacción del documento “Nunca Más” de 1984. Aunque ello cambió posteriormente y en algunos casos de modo contundente.
Lo cierto es que sacando esta excepción de una parte importante de los movimientos por los Derechos Humanos, el sentimiento generalizado por un cambio radical del sistema económico social y político quedó sepultado. En la gran pueblada del año 2001, en la que de algún modo se volvió a expresar lo antisistémico, aunque confusamente, en el “que se vayan todos”, no surgieron fuerzas claramente identificadas con las reivindicaciones socialistas de los 70. Esto fue una muestra clara de que aquellas estrategias revolucionarias eran ya de imposible aplicación.
Los gobiernos kirchneristas del 2003 al 2015 fueron progresistas, con políticas económicas de algún modo neo keynesianas pero obviamente no socialistas en el sentido de los ‘70, pero si reivindicaron no solo los Derechos Humanos sino también a esa generación desde un cierto sentido ideológico.

Foto: ALI BURAFI AFP
Podría afirmarse que hoy es muy poco creíble (y con razón) un programa que plantee el socialismo y que no tenga como uno de los puntos centrales de su accionar, algo más que las (por otra parte indispensables) resistencias a las agresiones de la política neoliberal fuertemente autoritaria del gobierno de derecha.
Esta estrategia – a crearse por los propios pueblos en resistencia – por supuesto tiene como consecuencia directa el enfrentar las intenciones de los EEUU de reactualizar el papel de América latina como su “patio trasero” y al mundo como su espacio propio. Hoy, como lo ha sido siempre, la posición en términos de política internacional es fundamental para darle una identidad real a cualquier propuesta política que persiga la derrota del capitalismo y la implantación del socialismo a nivel nacional, regional y mundial.
Por otra parte, es evidente que sin un desarrollo en escala de la infraestructura e industrias que generen trabajo masivo es imposible recuperar la fuerza de la clase obrera y terminar con la exclusión social y la pobreza. Como dijera Deng Xiaoping inspirado en Zhou Enlai, no puede haber socialismo sin desarrollo de las fuerzas productivas.
Ese es un paso indispensable para encarar a la par la cuestión de la distribución del ingreso y ello no puede lograrse con planes de desarrollo que se cierren sobre la autosuficiencia nacional, del tipo de los que promulgara la CEPAL y las teorías de la dependencia de los años 50/60, con su ideario de la industrialización por sustitución de importaciones (ISI). Hoy la única posibilidad de establecer una sinergia para propulsar ese desarrollo infraestructural e industrial que aporte valor agregado a la producción nacional pareciera estar ligada a la profundización de la relación con la República Popular China y sus aliados. El capitalismo actual, financierista y parasitario, solo tiene para ofrecer mayor endeudamiento improductivo en dólares que son succionados inmediatamente con maniobras como el “carry trade” o de otro tipo (Macri”) y, en caso de impagos, cobrarse con la apropiación directa de los recursos naturales del país profundizando su primarización y manteniendo la situación social en el desastroso estado en que está o incluso agravándola. De ello es ejemplo desenfadado el gobierno actual.

El mejor homenaje a la generación de los ‘70 no es, por supuesto, repetir sus estrategias. Pero no basta con recordarlos como víctimas de una lucha pasada, ni alcanza con el castigo a sus genocidas. El homenaje real es la consecución y la realización de su ideario socialista (sea el de los autodenominados peronistas que luchaban por el socialismo nacional o el de la izquierda que perseguía el mismo objetivo). Ello no es fácil pero tampoco imposible si se acierta en la nueva estrategia nacional vinculada a la de todos los pueblos del mundo, que parece estar a la mano, en medio de la debacle de una crisis histórica del capitalismo y la aparición de alternativas que se agigantan cada día.
Política – Tiempo Argentino