Lo objetivo y lo subjetivo

En columnas anteriores he sostenido que para salir de este marasmo, debemos renunciar a intentar administrar el neoliberalismo a favor de las mayorías.

He dicho que, en lugar de lo anterior, debemos transformar el Estado buscando que la meta central sea el bien común, en todos los frentes. También he recomendado definir proyectos que encuadren los intereses de grandes sectores, como los jubilados, los discapacitados, los pobres, la generación de energías renovables, el fruto de extraer recursos no renovables.

Antes de seguir con ejemplos y propuestas sectoriales, conviene profundizar el análisis de las condiciones en que llegamos a este desafío. Como también he señalado y nunca será suficiente reiterar, sin mucha mayor participación popular en la concepción y en la ejecución de los nuevos caminos, nada será viable.

¿Por qué un jubilado o un pobre pondrán atención para participar en un uso adecuado del Fondo de Garantía de Sustentabilidad o en un programa de producción local de alimentos?

Todos los postergados y humillados de este país han sido adoctrinados durante más de medio siglo para que asuman que su destino lo determinan “las fuerzas del mercado”, ente abstracto que con la misma fuerza de la ley de gravedad, definiría quiénes pueden creer en un futuro mejor y quiénes, en cambio, deben resignarse a que su dañada realidad presente se convierta en permanente.

Esa presión ideológica ha sido acompañada por una práctica de los partidos con vocación popular, que han confundido la responsabilidad de representar a sus votantes, al ejercer su cargo como si recibieran una delegación de tareas, en que el votante nunca vuelve a ser convocado hasta la próxima elección. En el interín, todos debemos esperar y confiar en que nuestros elegidos se ocupen.

Por lo tanto, los ciudadanos están solos. Solos y esperando que decidan por ellos las benditas fuerzas del mercado y/o los dirigentes políticos en quienes han delegado sus peticiones. Es de esa condición que deben emerger si es que han de participar en la construcción de un nuevo tejido social, que ponga al bien común como prioridad irrenunciable y administre los conflictos en consecuencia.

¿Cómo se construye participación a partir de tal estado de cosas?

Lo objetivo y lo subjetivo
Foto: Permer / Argentina.gob.ar

A mi criterio, con acciones que tengan que ver con la vida cotidiana de los compatriotas interpelados. Acciones que apunten a mejorar cómo se accede a los alimentos, la energía, el transporte, el cuidado familiar, cada una de las cuestiones que ocupan la mente de personas tensionadas por el día a día.

De poco sirve hacer una crónica de los daños causados por la derecha, apelando a reacciones que se basarían en una ideología consolidada y disponible.

Tampoco sirve hacer eje en valores genéricos, que deberían estar esperando que alguien nos recuerde que existen, para salir a defenderlos.

Menos que menos, intentar explicar que el ajuste fiscal o la inflación nula, caballitos de batalla de la derecha, podrían ser alcanzados sin sufrimiento popular, lo cual implicaría admitir que aquellas son las metas prioritarias, solo que se las gestiona mal.

En cambio, explicar a los compatriotas, en cada rincón del país, cómo se puede asegurar que todos coman y dispongan del resto de los bienes y servicios básicos, con acciones locales o regionales, identificando dónde están lo bloqueos actuales y cómo se pueden eliminar, es la manera de construir escenarios deseados; generar participación para lograrlos; movilizar, en suma.

De un modo u otro, buscar que lo que hoy hacemos para subsistir, pasemos a hacerlo de manera diferente, consiguiendo en la transición ser más dueños de nuestro propio futuro.

Liberar la subjetividad sería una buena consigna, si no tuviera ese tufillo snob.

De eso se trata, en verdad, de liberarnos de la manipulación, que para los más jóvenes, abarca toda su vida, en que se busca que no nos creamos con poder, o con capacidad, ni siquiera con derecho, a querer vivir de un modo en que tengamos participación en las decisiones cotidianas que tomemos.

Por esto es importante para el neoliberalismo que el salario real o la distribución del ingreso sean variables que no se miden de forma directa, asociadas a un programa específico de políticas públicas. Por el contrario, se consideran variables derivadas de otras alejadas de nuestro conocimiento directo e inmediato, como el déficit fiscal o la balanza de pagos, tal que si éstos tuvieran valores favorables generarían como derrame nuestro bienestar.

O sea: nuestro bienestar depende de nosotros solo de manera indirecta; no podemos hacer gran cosa por él y por lo tanto, no hay reclamo, ni propuesta popular, ni participación, sea ordenada o tumultuosa, que pueda cambiar la cuestión. Eso nos dicen. Ese es lisa y llanamente el objetivo de la manipulación.

Después de décadas de esta prédica agobiante, un grupo de consumo que nos ahorra intermediarios, nos muestra que algo podemos hacer. Si después nos animamos a vincular ese grupo a productores hortícolas y forjar un acuerdo para que obtengan hortalizas para nosotros, habremos dado otro paso.

Lo mismo, si hacemos una cooperativa de vivienda.

O si hacemos un acuerdo con cooperativas de cuidado para lograr una capacitación continua de sus integrantes y construir correas de transmisión con quienes necesitan sus servicios.

O si juntamos recursos en una cooperadora escolar para poner paneles solares en el techo de la escuela.

O verificamos que los alimentos que se brindan en la escuela son de calidad y precio conveniente, sin ir al embudo de los intermediarios y los monopolios.

La unión hace la fuerza, se decía hace siglos. Ahora puede hacer la fuerza para cambiar la subjetividad colectiva, ayudándonos a descubrir el valor de la cooperación, de la voluntad de ser partícipes de nuestro día de mañana.

Hasta pronto.

 La transformación del Estado no implica administrar el neoliberalismo a favor de las mayorías. Es preferible buscar una meta común que garantice mayor participación popular en la concepción y la ejecución de los nuevos caminos.  

En columnas anteriores he sostenido que para salir de este marasmo, debemos renunciar a intentar administrar el neoliberalismo a favor de las mayorías.

He dicho que, en lugar de lo anterior, debemos transformar el Estado buscando que la meta central sea el bien común, en todos los frentes. También he recomendado definir proyectos que encuadren los intereses de grandes sectores, como los jubilados, los discapacitados, los pobres, la generación de energías renovables, el fruto de extraer recursos no renovables.

Antes de seguir con ejemplos y propuestas sectoriales, conviene profundizar el análisis de las condiciones en que llegamos a este desafío. Como también he señalado y nunca será suficiente reiterar, sin mucha mayor participación popular en la concepción y en la ejecución de los nuevos caminos, nada será viable.

¿Por qué un jubilado o un pobre pondrán atención para participar en un uso adecuado del Fondo de Garantía de Sustentabilidad o en un programa de producción local de alimentos?

Todos los postergados y humillados de este país han sido adoctrinados durante más de medio siglo para que asuman que su destino lo determinan “las fuerzas del mercado”, ente abstracto que con la misma fuerza de la ley de gravedad, definiría quiénes pueden creer en un futuro mejor y quiénes, en cambio, deben resignarse a que su dañada realidad presente se convierta en permanente.

Esa presión ideológica ha sido acompañada por una práctica de los partidos con vocación popular, que han confundido la responsabilidad de representar a sus votantes, al ejercer su cargo como si recibieran una delegación de tareas, en que el votante nunca vuelve a ser convocado hasta la próxima elección. En el interín, todos debemos esperar y confiar en que nuestros elegidos se ocupen.

Por lo tanto, los ciudadanos están solos. Solos y esperando que decidan por ellos las benditas fuerzas del mercado y/o los dirigentes políticos en quienes han delegado sus peticiones. Es de esa condición que deben emerger si es que han de participar en la construcción de un nuevo tejido social, que ponga al bien común como prioridad irrenunciable y administre los conflictos en consecuencia.

¿Cómo se construye participación a partir de tal estado de cosas?

Lo objetivo y lo subjetivo

Foto: Permer / Argentina.gob.ar

A mi criterio, con acciones que tengan que ver con la vida cotidiana de los compatriotas interpelados. Acciones que apunten a mejorar cómo se accede a los alimentos, la energía, el transporte, el cuidado familiar, cada una de las cuestiones que ocupan la mente de personas tensionadas por el día a día.

De poco sirve hacer una crónica de los daños causados por la derecha, apelando a reacciones que se basarían en una ideología consolidada y disponible.

Tampoco sirve hacer eje en valores genéricos, que deberían estar esperando que alguien nos recuerde que existen, para salir a defenderlos.

Menos que menos, intentar explicar que el ajuste fiscal o la inflación nula, caballitos de batalla de la derecha, podrían ser alcanzados sin sufrimiento popular, lo cual implicaría admitir que aquellas son las metas prioritarias, solo que se las gestiona mal.

En cambio, explicar a los compatriotas, en cada rincón del país, cómo se puede asegurar que todos coman y dispongan del resto de los bienes y servicios básicos, con acciones locales o regionales, identificando dónde están lo bloqueos actuales y cómo se pueden eliminar, es la manera de construir escenarios deseados; generar participación para lograrlos; movilizar, en suma.

De un modo u otro, buscar que lo que hoy hacemos para subsistir, pasemos a hacerlo de manera diferente, consiguiendo en la transición ser más dueños de nuestro propio futuro.

Liberar la subjetividad sería una buena consigna, si no tuviera ese tufillo snob.

De eso se trata, en verdad, de liberarnos de la manipulación, que para los más jóvenes, abarca toda su vida, en que se busca que no nos creamos con poder, o con capacidad, ni siquiera con derecho, a querer vivir de un modo en que tengamos participación en las decisiones cotidianas que tomemos.

Por esto es importante para el neoliberalismo que el salario real o la distribución del ingreso sean variables que no se miden de forma directa, asociadas a un programa específico de políticas públicas. Por el contrario, se consideran variables derivadas de otras alejadas de nuestro conocimiento directo e inmediato, como el déficit fiscal o la balanza de pagos, tal que si éstos tuvieran valores favorables generarían como derrame nuestro bienestar.

O sea: nuestro bienestar depende de nosotros solo de manera indirecta; no podemos hacer gran cosa por él y por lo tanto, no hay reclamo, ni propuesta popular, ni participación, sea ordenada o tumultuosa, que pueda cambiar la cuestión. Eso nos dicen. Ese es lisa y llanamente el objetivo de la manipulación.

Después de décadas de esta prédica agobiante, un grupo de consumo que nos ahorra intermediarios, nos muestra que algo podemos hacer. Si después nos animamos a vincular ese grupo a productores hortícolas y forjar un acuerdo para que obtengan hortalizas para nosotros, habremos dado otro paso.

Lo mismo, si hacemos una cooperativa de vivienda.

O si hacemos un acuerdo con cooperativas de cuidado para lograr una capacitación continua de sus integrantes y construir correas de transmisión con quienes necesitan sus servicios.

O si juntamos recursos en una cooperadora escolar para poner paneles solares en el techo de la escuela.

O verificamos que los alimentos que se brindan en la escuela son de calidad y precio conveniente, sin ir al embudo de los intermediarios y los monopolios.

La unión hace la fuerza, se decía hace siglos. Ahora puede hacer la fuerza para cambiar la subjetividad colectiva, ayudándonos a descubrir el valor de la cooperación, de la voluntad de ser partícipes de nuestro día de mañana.

Hasta pronto.

 Política – Tiempo Argentino

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