Un fantasma recorre los pasillos de las Naciones Unidas. Es el fantasma de la insignificancia. En efecto, desde la ciudad de Ginebra, a orillas del Lago Leman, hasta los rascacielos de Nueva York, surge la sombra fría de la Sociedad de las Naciones (SDN). Quizás por eso los funcionarios internacionales más avezados esquivan las corrientes de aire. Es que la mentada Sociedad existió desde 1919 hasta 1946. Ya nadie recuerda que se presentaba a veces como una Liga. Pero fue el intento idealista del entonces presidente estadounidense Woodrow Wilson para establecer un sistema internacional que preserve la paz entre las naciones civilizadas del mundo. Es decir blancas.
Luego de un disgusto, el Reino Unido y Francia aceptaron la propuesta del norteamericano, que después de todo les había financiado la victoria en la guerra. Y además estaban seguros de llevar al casto Wilson al burdel de la realidad, como si fueran dos vendedores de caballos rengos (la venta de autos usados no estaba mucho en boga por la época).
La Argentina fue invitada a participar de esa Sociedad de las Naciones. Hipólito Yrigoyen, primer presidente elegido con sufragio universal masculino, mandó a las sesiones inaugurales de tal Sociedad a Honorio Pueyrredón, ministro de relaciones exteriores, y a Marcelo T. de Alvear, que será luego presidente. Dos políticos con calle, cordón y vereda. La posición argentina fue clara: no debía discriminarse entre vencedores y vencidos en la guerra y todos los países debían tener igual acceso. Habida cuenta que la SDN le negó la entrada a la vencida Alemania, Argentina se fue de allí.
La década infame reinsertó la Argentina en la SDN, que ya era un club anglo-francés, incapaz de resolver otra cosa que los caprichos coloniales de imperios moribundos. Toda esa mediocridad será sepultada por la Segunda Guerra Mundial y la creación de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en 1945.

En esta semana asistimos a la apertura del octogésimo primer periodo de sesiones de la Asamblea General de la ONU. Y habida cuenta de las circunstancias, puede que sea el último que presenciemos bajo la actual configuración. Es que con el tiempo, las instituciones duran si pueden adaptarse a las épocas. Nada peor que un sistema que representa relaciones de fuerza pasadas, o que busca legitimar determinadas posiciones por encima del conjunto. Porque corre el riesgo de no rendir cuenta de los acontecimientos, y de pretender ser importante pasa a ser obsoleta. Cuando quedan expuestos los hilos del titiritero se termina la magia.
Cuando el secretario de Estado Marco Rubio afirma que Estados Unidos está por encima de las Naciones Unidas, significa que Estados Unidos solo acatará las decisiones que le sean favorables. Ninguna novedad en la práctica imperial, aunque dicho con el cinismo de quien presenta los vicios como virtudes, los errores como aciertos y los crímenes como justos tal vez no se dé cuenta que escribe la necrológica de la ONU.
Toda una injusticia, para una organización que ha sido más que complaciente con Washington. Así lo expresó Sergei Lavrov, ministro ruso de relaciones exteriores, durante la Asamblea General del año pasado. Observó que los puestos más importantes de la ONU, tales como secretario General, director del Departamento Político y de Consolidación de la Paz, director del Departamento de Mantenimiento de la Paz, director del Departamento de Asuntos Humanitarios y el director del Departamento de Seguridad son ocupados por personas de países miembros de la OTAN.
Hasta reconoció los esfuerzos de António Guterres para empujar reformas en la ONU, aunque lamentó que haya designado de manera inconsulta para esa tarea… a un británico. Guterres fracasa con todo éxito.
Todo este ajetreo superestructural sucede mientras en el mundo cunde la Inteligencia Artificial, los genocidios son trasmitidos en vivo y en directo, hambre y peste golpean diferentes pueblos, tal vez las verdades y únicas víctimas de un Occidente que observa cómo el poder, la tecnología y las ideas se le escapan, como en la playa una mano cerrada que solo aprieta arena. ¡Qué melancolía debe despertar una unipolaridad sin recursos para mantenerse!
De allí la evocación de la sombra terrible de la SDN. Como entonces vivimos tiempos históricos. Cosas que leíamos en los libros de historia ocurren ante nuestros ojos. Hay imperios que caen, otros permanecen, algunos surgen. Hay naciones que desaparecen, otras siguen sumisas. El “concierto de las naciones” naufraga en cacofonía generalizada. Sí, tal vez hayamos presenciado sin saberlo la última Asamblea General de las Naciones Unidas tal como la conocimos desde 1946. Todo pasa, salvo la insignificancia. «
Acechada por el fantasma de la irrelevancia que sepultó a la antigua Sociedad de las Naciones, la ONU atraviesa una crisis terminal impulsada por el cinismo imperial de Washington y una burocracia sometida a la OTAN.
Un fantasma recorre los pasillos de las Naciones Unidas. Es el fantasma de la insignificancia. En efecto, desde la ciudad de Ginebra, a orillas del Lago Leman, hasta los rascacielos de Nueva York, surge la sombra fría de la Sociedad de las Naciones (SDN). Quizás por eso los funcionarios internacionales más avezados esquivan las corrientes de aire. Es que la mentada Sociedad existió desde 1919 hasta 1946. Ya nadie recuerda que se presentaba a veces como una Liga. Pero fue el intento idealista del entonces presidente estadounidense Woodrow Wilson para establecer un sistema internacional que preserve la paz entre las naciones civilizadas del mundo. Es decir blancas.
Luego de un disgusto, el Reino Unido y Francia aceptaron la propuesta del norteamericano, que después de todo les había financiado la victoria en la guerra. Y además estaban seguros de llevar al casto Wilson al burdel de la realidad, como si fueran dos vendedores de caballos rengos (la venta de autos usados no estaba mucho en boga por la época).
La Argentina fue invitada a participar de esa Sociedad de las Naciones. Hipólito Yrigoyen, primer presidente elegido con sufragio universal masculino, mandó a las sesiones inaugurales de tal Sociedad a Honorio Pueyrredón, ministro de relaciones exteriores, y a Marcelo T. de Alvear, que será luego presidente. Dos políticos con calle, cordón y vereda. La posición argentina fue clara: no debía discriminarse entre vencedores y vencidos en la guerra y todos los países debían tener igual acceso. Habida cuenta que la SDN le negó la entrada a la vencida Alemania, Argentina se fue de allí.
La década infame reinsertó la Argentina en la SDN, que ya era un club anglo-francés, incapaz de resolver otra cosa que los caprichos coloniales de imperios moribundos. Toda esa mediocridad será sepultada por la Segunda Guerra Mundial y la creación de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en 1945.

En esta semana asistimos a la apertura del octogésimo primer periodo de sesiones de la Asamblea General de la ONU. Y habida cuenta de las circunstancias, puede que sea el último que presenciemos bajo la actual configuración. Es que con el tiempo, las instituciones duran si pueden adaptarse a las épocas. Nada peor que un sistema que representa relaciones de fuerza pasadas, o que busca legitimar determinadas posiciones por encima del conjunto. Porque corre el riesgo de no rendir cuenta de los acontecimientos, y de pretender ser importante pasa a ser obsoleta. Cuando quedan expuestos los hilos del titiritero se termina la magia.
Cuando el secretario de Estado Marco Rubio afirma que Estados Unidos está por encima de las Naciones Unidas, significa que Estados Unidos solo acatará las decisiones que le sean favorables. Ninguna novedad en la práctica imperial, aunque dicho con el cinismo de quien presenta los vicios como virtudes, los errores como aciertos y los crímenes como justos tal vez no se dé cuenta que escribe la necrológica de la ONU.
Toda una injusticia, para una organización que ha sido más que complaciente con Washington. Así lo expresó Sergei Lavrov, ministro ruso de relaciones exteriores, durante la Asamblea General del año pasado. Observó que los puestos más importantes de la ONU, tales como secretario General, director del Departamento Político y de Consolidación de la Paz, director del Departamento de Mantenimiento de la Paz, director del Departamento de Asuntos Humanitarios y el director del Departamento de Seguridad son ocupados por personas de países miembros de la OTAN.
Hasta reconoció los esfuerzos de António Guterres para empujar reformas en la ONU, aunque lamentó que haya designado de manera inconsulta para esa tarea… a un británico. Guterres fracasa con todo éxito.
Todo este ajetreo superestructural sucede mientras en el mundo cunde la Inteligencia Artificial, los genocidios son trasmitidos en vivo y en directo, hambre y peste golpean diferentes pueblos, tal vez las verdades y únicas víctimas de un Occidente que observa cómo el poder, la tecnología y las ideas se le escapan, como en la playa una mano cerrada que solo aprieta arena. ¡Qué melancolía debe despertar una unipolaridad sin recursos para mantenerse!
De allí la evocación de la sombra terrible de la SDN. Como entonces vivimos tiempos históricos. Cosas que leíamos en los libros de historia ocurren ante nuestros ojos. Hay imperios que caen, otros permanecen, algunos surgen. Hay naciones que desaparecen, otras siguen sumisas. El “concierto de las naciones” naufraga en cacofonía generalizada. Sí, tal vez hayamos presenciado sin saberlo la última Asamblea General de las Naciones Unidas tal como la conocimos desde 1946. Todo pasa, salvo la insignificancia. «
Mundo – Tiempo Argentino