La sociedad israelí reconfirmó su postura sobre Palestina

Es el momento de admitir con honestidad que la sociedad israelí está enferma de racismo y que es nuestra obligación tratar esta enfermedad. 

Reuven Rivlin, expresidente de Israel

La sociedad israelí, expresada en las principales fuerzas políticas que concentraron la mayoría de los votos, reconfirmó su posición colectiva frente a la situación en Gaza y en Cisjordania. El mapa político sigue articulándose entre Benjamín Netanyahu, ejecutor material del plan de exterminio palestino y Gadi Eisenkot, responsable intelectual del diseño de la doctrina bélica en curso. Frente a este eje dominante se posiciona la representación árabe que, a través de referentes como Ahmad Tibi (Lista Conjunta), mostró la voluntad de negociar con la oposición para combatir la criminalidad que asola a sus comunidades y ponerle freno a la demolición de viviendas beduinas, intensificadas durante el gobierno de Netanyahu. La disputa electoral vuelve a evidenciar la constante de que en la agenda política de Israel la cuestión palestina no se discute.       

A tres años de la tragedia del 7 de octubre, más de 7,3 millones de electores israelíes acudieron a las urnas registrando una participación récord del 78 por ciento. La inédita participación no hizo más que ratificar la profunda fractura social del sionismo para controlar la mayoría de 120 bancas en juego y sellar un empate inamovible en el Parlamento (Knesset).  El bloque opositor de Gadi Eisenkot alcanzó 48 escaños, mientras que la coalición conservadora de Benjamín Netanyahu obtuvo 53. La pérdida del liderazgo del primer ministro, cuya lista individual (Likud) cayó de 32 a 24 bancas, responde a la suma de responsabilidades por las fallas de seguridad, el estancamiento en la liberación de los rehenes, los juicios de corrupción y las disputas por la exención militar a los judíos ultraortodoxos.

El resultado confirmó que la sociedad política israelí volvió a ratificar su consenso respecto a la situación de genocidio en curso en la Franja de Gaza, y en la oferta sionista, Netanyahu y Eisenkot se reparten la preferencia del electorado. En la agenda política dominada por estas fuerzas, la catástrofe humana del pueblo palestino no tiene espacio en el debate.

El próximo gobierno heredará una sociedad fragmentada y un escenario exterior hostil. El gobierno de Netanyahu atraviesa un severo aislamiento diplomático derivado de la devastación en Gaza y la violencia aplicada por colonos usurpadores en Cisjordania. El histórico respaldo de la opinión pública en EE UU se erosionó fuertemente, al tiempo que socios estratégicos en Europa e instituciones internacionales multiplican sanciones y emiten duras acusaciones por violaciones recurrentes a los Derechos Humanos.

Este deterioro internacional alcanzó su punto más crítico con la solicitud de una orden de detención emitida por la Corte Penal Internacional contra Netanyahu por presuntos crímenes de guerra y de lesa humanidad, un precedente inédito que limita la representatividad exterior del país. El cerco judicial de la Corte condicionaría de forma directa el margen de maniobra diplomático de cualquier administración futura.

Frente a esta asfixia global, el escenario político ofrece dos enfoques contrapuestos. Por un lado, el bloque de Eisenkot promete una estrategia de recomposición diplomática destinada a reconstruir las alianzas con las potencias occidentales y, por otro, la supervivencia de Netanyahu depende de su atrincheramiento y resistencia.

El actual primer ministro califica la presión mundial como un intento de vulnerar la seguridad nacional y busca contrarrestar las críticas europeas mediante la narrativa de la amenaza de Irán y el alineamiento con líderes aliados como Trump o Milei. Todo esto apoyado por un despliegue sin precedentes de desinformación digital y redes de bots orientadas a “lavar” su imagen.

La sorpresa de la contienda fue la irrupción del electorado árabe (21% de la población) que alcanzó una representación récord de 19 escaños sumando a la Lista Conjunta y Ra’am. Estas fuerzas, movilizadas por la necesidad de detener el delito en sus municipios y frenar las acciones agresivas de Itamar Ben Gvir, ministro de seguridad, se convierten en el árbitro indispensable, para alcanzar la mayoría de 61 bancas.

Mientras Mansour Abbas (Ra’am) manifestó su aspiración de negociar e ingresar al Gabinete, Ahmad Tibi y Yousef Jabareen, de la Lista Conjunta, se mostraron proclives a facilitar un gobierno alternativo desde afuera o vía abstención, exigiendo frenar las demoliciones de viviendas beduinas y combatir la delincuencia. Ambas posturas colocan a la oposición en un dilema paralizante. Eisenkot, Bennett y Lieberman prometieron no pactar con partidos árabes y fijaron duras condiciones, chocando con la posición de Yair Golan de trabajar con todos los socios. De este modo, un gobierno minoritario respaldado por los  árabes nacería bajo una extrema fragilidad parlamentaria. Si las negociaciones fracasaran, el país iría nuevamente a las urnas en 90 días, reviviendo el estancamiento de 2019-2022. En ese lapso, ante la caída de la bolsa de Tel Aviv y la depreciación del séquel, Netanyahu permanecerá atrincherado como primer ministro interino, carente de autoridad para reformas de fondo, pero protegido por la inercia de su cargo. Así, perpetuará un empantanamiento que le dará tiempo para reorientar su futuro personal,  en un contexto donde gobernar un Estado en crisis será casi imposible.

 Si bien Netanyahu tiene mayoría de apoyos parlamentarios, el sector de Eisenkot busca destronarlo.  

Es el momento de admitir con honestidad que la sociedad israelí está enferma de racismo y que es nuestra obligación tratar esta enfermedad. 

Reuven Rivlin, expresidente de Israel

La sociedad israelí, expresada en las principales fuerzas políticas que concentraron la mayoría de los votos, reconfirmó su posición colectiva frente a la situación en Gaza y en Cisjordania. El mapa político sigue articulándose entre Benjamín Netanyahu, ejecutor material del plan de exterminio palestino y Gadi Eisenkot, responsable intelectual del diseño de la doctrina bélica en curso. Frente a este eje dominante se posiciona la representación árabe que, a través de referentes como Ahmad Tibi (Lista Conjunta), mostró la voluntad de negociar con la oposición para combatir la criminalidad que asola a sus comunidades y ponerle freno a la demolición de viviendas beduinas, intensificadas durante el gobierno de Netanyahu. La disputa electoral vuelve a evidenciar la constante de que en la agenda política de Israel la cuestión palestina no se discute.       

A tres años de la tragedia del 7 de octubre, más de 7,3 millones de electores israelíes acudieron a las urnas registrando una participación récord del 78 por ciento. La inédita participación no hizo más que ratificar la profunda fractura social del sionismo para controlar la mayoría de 120 bancas en juego y sellar un empate inamovible en el Parlamento (Knesset).  El bloque opositor de Gadi Eisenkot alcanzó 48 escaños, mientras que la coalición conservadora de Benjamín Netanyahu obtuvo 53. La pérdida del liderazgo del primer ministro, cuya lista individual (Likud) cayó de 32 a 24 bancas, responde a la suma de responsabilidades por las fallas de seguridad, el estancamiento en la liberación de los rehenes, los juicios de corrupción y las disputas por la exención militar a los judíos ultraortodoxos.

El resultado confirmó que la sociedad política israelí volvió a ratificar su consenso respecto a la situación de genocidio en curso en la Franja de Gaza, y en la oferta sionista, Netanyahu y Eisenkot se reparten la preferencia del electorado. En la agenda política dominada por estas fuerzas, la catástrofe humana del pueblo palestino no tiene espacio en el debate.

El próximo gobierno heredará una sociedad fragmentada y un escenario exterior hostil. El gobierno de Netanyahu atraviesa un severo aislamiento diplomático derivado de la devastación en Gaza y la violencia aplicada por colonos usurpadores en Cisjordania. El histórico respaldo de la opinión pública en EE UU se erosionó fuertemente, al tiempo que socios estratégicos en Europa e instituciones internacionales multiplican sanciones y emiten duras acusaciones por violaciones recurrentes a los Derechos Humanos.

Este deterioro internacional alcanzó su punto más crítico con la solicitud de una orden de detención emitida por la Corte Penal Internacional contra Netanyahu por presuntos crímenes de guerra y de lesa humanidad, un precedente inédito que limita la representatividad exterior del país. El cerco judicial de la Corte condicionaría de forma directa el margen de maniobra diplomático de cualquier administración futura.

Frente a esta asfixia global, el escenario político ofrece dos enfoques contrapuestos. Por un lado, el bloque de Eisenkot promete una estrategia de recomposición diplomática destinada a reconstruir las alianzas con las potencias occidentales y, por otro, la supervivencia de Netanyahu depende de su atrincheramiento y resistencia.

El actual primer ministro califica la presión mundial como un intento de vulnerar la seguridad nacional y busca contrarrestar las críticas europeas mediante la narrativa de la amenaza de Irán y el alineamiento con líderes aliados como Trump o Milei. Todo esto apoyado por un despliegue sin precedentes de desinformación digital y redes de bots orientadas a “lavar” su imagen.

La sorpresa de la contienda fue la irrupción del electorado árabe (21% de la población) que alcanzó una representación récord de 19 escaños sumando a la Lista Conjunta y Ra’am. Estas fuerzas, movilizadas por la necesidad de detener el delito en sus municipios y frenar las acciones agresivas de Itamar Ben Gvir, ministro de seguridad, se convierten en el árbitro indispensable, para alcanzar la mayoría de 61 bancas.

Mientras Mansour Abbas (Ra’am) manifestó su aspiración de negociar e ingresar al Gabinete, Ahmad Tibi y Yousef Jabareen, de la Lista Conjunta, se mostraron proclives a facilitar un gobierno alternativo desde afuera o vía abstención, exigiendo frenar las demoliciones de viviendas beduinas y combatir la delincuencia. Ambas posturas colocan a la oposición en un dilema paralizante. Eisenkot, Bennett y Lieberman prometieron no pactar con partidos árabes y fijaron duras condiciones, chocando con la posición de Yair Golan de trabajar con todos los socios. De este modo, un gobierno minoritario respaldado por los  árabes nacería bajo una extrema fragilidad parlamentaria. Si las negociaciones fracasaran, el país iría nuevamente a las urnas en 90 días, reviviendo el estancamiento de 2019-2022. En ese lapso, ante la caída de la bolsa de Tel Aviv y la depreciación del séquel, Netanyahu permanecerá atrincherado como primer ministro interino, carente de autoridad para reformas de fondo, pero protegido por la inercia de su cargo. Así, perpetuará un empantanamiento que le dará tiempo para reorientar su futuro personal,  en un contexto donde gobernar un Estado en crisis será casi imposible.

 Mundo – Tiempo Argentino

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