En 1935, el minero soviético Aleksei Stajanov fue presentado como responsable de la extracción de 108 toneladas de carbón en un solo turno, lo que lo convirtió en uno de los trabajadores más célebres del siglo XX. Lo más importante, sin embargo, no fue cuánto había producido Stajanov. Lo central fue que su rendimiento excepcional se transformó en una norma social. Los demás trabajadores debían imitarlo, las cuotas debían elevarse y la productividad debía convertirse en una virtud del ciudadano socialista.
Casi un siglo más tarde, el canciller alemán Friedrich Merz volvió a situar la productividad en el centro del debate público, si bien lo hizo con un vocabulario y desde una tradición política completamente distintos. Esto no significa que Merz encarne un “stajanovismo capitalista”, lo que sería un exabrupto histórico. El stajanovismo perteneció a una economía planificada y respondió a la necesidad de una épica socialista de la industrialización. El actual canciller alemán, en cambio, gobierna una poderosa economía capitalista. No obstante, ambos casos comparten una misma operación discursiva: convertir el rendimiento laboral en el criterio para juzgar cuánto produce un trabajador, pero también –y sobre todo– su disposición a esforzarse y su compromiso con los objetivos económicos vigentes.
En la Euro Finance Week celebrada en Frankfurt entre el 17 y el 21 de noviembre de 2025, Merz afirmó que los alemanes tendrían que trabajar más tiempo y buscar un nuevo equilibrio entre vida laboral y jubilación. Planteó allí la “pensión activa”, vigente desde el 1 de enero de 2026, que permite a los jubilados seguir trabajando y ganar hasta 2.000 euros mensuales libres de impuestos. El gobierno de Merz impulsa además, a través de una comisión de expertos de su coalición de gobierno, otras reformas que plantean flexibilizar el tope legal de ocho horas diarias de trabajo y elevar paulatinamente la edad jubilatoria hasta los setenta años hacia fin de siglo.
El historiador norteamericano Lewis Siegelbaum propuso que el stajanovismo encarnaba una “política de la productividad”. Se trataba de un intento de reorganizar las relaciones sociales dentro de la industria soviética, por lo que no buscaba solamente elevar cifras. Algo similar ocurre hoy en día, cuando queda claro que la discusión sobre las 35 o 40 horas semanales de trabajo no constituye un problema meramente técnico, puesto que obliga a establecer distinciones entre cuánto tiempo trabaja una persona y cuánto produce durante ese tiempo. Detrás de esa diferencia aparece una disputa acerca de qué debe entenderse por productividad y quién tiene el poder de decidir cómo debe ser medida.

En este sentido, tanto Max Weber como Michel Foucault contribuyen a pensar el motivo por el cual esa disputa es tan profunda. Weber mostró el proceso histórico a través del cual la ética protestante convirtió el trabajo en un deber moral. Ya no se trabajaba solamente para garantizar la subsistencia, sino también porque el trabajo disciplinado podía convertirse en una fuente de valor y reconocimiento personal. Para Foucault, por su parte, el poder moderno no necesita vigilar todo el tiempo a cada individuo, ya que puede conseguir que los propios individuos incorporen las normas y se vigilen a sí mismos. De esta manera, ni la fábrica soviética estalinista ni la oficina contemporánea necesitan ejercer ese control exclusivamente mediante un capataz que vigile a cada trabajador. Basta con establecer una norma de rendimiento lo suficientemente fuerte para que los propios trabajadores incorporen parte de esa vigilancia. El stajanovista lo hacía ante el Estado socialista. El trabajador de hoy lo hace ante un tablero de métricas, rankings y aplicaciones de seguimiento. La estructura moral, condensada en la dignidad ligada a la capacidad de producir, es análoga en ambas circunstancias.
Carlos Marx había advertido que producir más no significaba necesariamente trabajar durante más tiempo. En El capital distinguió entre el aumento de la producción mediante la prolongación de la jornada y aquel conseguido mediante un aumento de la productividad dentro de la misma jornada. En consecuencia, la lucha histórica por la duración de la jornada no era para Marx una cuestión secundaria. Muy por el contrario, representaba un combate por determinar quién tenía derecho a disponer del tiempo del trabajador. Esta problemática sigue intacta en 2026.
Toda vez que se afirma que una sociedad necesita “trabajar más”, da la impresión de que se está formulando una proposición puramente económica, cuando en realidad se están poniendo en juego consideraciones de índole política. ¿Trabajar más horas para beneficio de quién? ¿Con qué salario? ¿Para producir qué? ¿Qué ocurre con el tiempo destinado al cuidado, la educación, la cultura, el descanso? En definitiva, además de ser una magnitud material, la productividad es también una categoría política que permite establecer normas sobre el comportamiento de los trabajadores.
Como parte del mundo capitalista en el que se inscribe, esta discusión no es ajena a la Argentina, donde el debate sobre la reforma laboral, la jornada de trabajo y la flexibilización reaparece siempre en los mismos términos con cada cambio de gobierno. Tanto la historia del stajanovismo como la actualidad alemana ponen en evidencia el hecho de que, si bien una sociedad puede producir más haciendo que sus trabajadores trabajen más horas, esto no significa que necesariamente se haya vuelto más productiva. Por este motivo, hacer descansar indefinidamente el crecimiento sobre la extensión de la jornada no puede ser una solución. Y es que el problema de fondo nunca es solo cuánto trabaja una sociedad, sino qué lugar le concede al trabajo dentro de una vida humana y quién tiene el poder de decidir cuándo esa vida es suficientemente “productiva”.
Detrás de la discusión sobre extensión de la jornada laboral aparece otra disputa: qué debe entenderse por productividad y quién tiene el poder de decidir cómo debe ser medida.
En 1935, el minero soviético Aleksei Stajanov fue presentado como responsable de la extracción de 108 toneladas de carbón en un solo turno, lo que lo convirtió en uno de los trabajadores más célebres del siglo XX. Lo más importante, sin embargo, no fue cuánto había producido Stajanov. Lo central fue que su rendimiento excepcional se transformó en una norma social. Los demás trabajadores debían imitarlo, las cuotas debían elevarse y la productividad debía convertirse en una virtud del ciudadano socialista.
Casi un siglo más tarde, el canciller alemán Friedrich Merz volvió a situar la productividad en el centro del debate público, si bien lo hizo con un vocabulario y desde una tradición política completamente distintos. Esto no significa que Merz encarne un “stajanovismo capitalista”, lo que sería un exabrupto histórico. El stajanovismo perteneció a una economía planificada y respondió a la necesidad de una épica socialista de la industrialización. El actual canciller alemán, en cambio, gobierna una poderosa economía capitalista. No obstante, ambos casos comparten una misma operación discursiva: convertir el rendimiento laboral en el criterio para juzgar cuánto produce un trabajador, pero también –y sobre todo– su disposición a esforzarse y su compromiso con los objetivos económicos vigentes.
En la Euro Finance Week celebrada en Frankfurt entre el 17 y el 21 de noviembre de 2025, Merz afirmó que los alemanes tendrían que trabajar más tiempo y buscar un nuevo equilibrio entre vida laboral y jubilación. Planteó allí la “pensión activa”, vigente desde el 1 de enero de 2026, que permite a los jubilados seguir trabajando y ganar hasta 2.000 euros mensuales libres de impuestos. El gobierno de Merz impulsa además, a través de una comisión de expertos de su coalición de gobierno, otras reformas que plantean flexibilizar el tope legal de ocho horas diarias de trabajo y elevar paulatinamente la edad jubilatoria hasta los setenta años hacia fin de siglo.
El historiador norteamericano Lewis Siegelbaum propuso que el stajanovismo encarnaba una “política de la productividad”. Se trataba de un intento de reorganizar las relaciones sociales dentro de la industria soviética, por lo que no buscaba solamente elevar cifras. Algo similar ocurre hoy en día, cuando queda claro que la discusión sobre las 35 o 40 horas semanales de trabajo no constituye un problema meramente técnico, puesto que obliga a establecer distinciones entre cuánto tiempo trabaja una persona y cuánto produce durante ese tiempo. Detrás de esa diferencia aparece una disputa acerca de qué debe entenderse por productividad y quién tiene el poder de decidir cómo debe ser medida.

En este sentido, tanto Max Weber como Michel Foucault contribuyen a pensar el motivo por el cual esa disputa es tan profunda. Weber mostró el proceso histórico a través del cual la ética protestante convirtió el trabajo en un deber moral. Ya no se trabajaba solamente para garantizar la subsistencia, sino también porque el trabajo disciplinado podía convertirse en una fuente de valor y reconocimiento personal. Para Foucault, por su parte, el poder moderno no necesita vigilar todo el tiempo a cada individuo, ya que puede conseguir que los propios individuos incorporen las normas y se vigilen a sí mismos. De esta manera, ni la fábrica soviética estalinista ni la oficina contemporánea necesitan ejercer ese control exclusivamente mediante un capataz que vigile a cada trabajador. Basta con establecer una norma de rendimiento lo suficientemente fuerte para que los propios trabajadores incorporen parte de esa vigilancia. El stajanovista lo hacía ante el Estado socialista. El trabajador de hoy lo hace ante un tablero de métricas, rankings y aplicaciones de seguimiento. La estructura moral, condensada en la dignidad ligada a la capacidad de producir, es análoga en ambas circunstancias.
Carlos Marx había advertido que producir más no significaba necesariamente trabajar durante más tiempo. En El capital distinguió entre el aumento de la producción mediante la prolongación de la jornada y aquel conseguido mediante un aumento de la productividad dentro de la misma jornada. En consecuencia, la lucha histórica por la duración de la jornada no era para Marx una cuestión secundaria. Muy por el contrario, representaba un combate por determinar quién tenía derecho a disponer del tiempo del trabajador. Esta problemática sigue intacta en 2026.
Toda vez que se afirma que una sociedad necesita “trabajar más”, da la impresión de que se está formulando una proposición puramente económica, cuando en realidad se están poniendo en juego consideraciones de índole política. ¿Trabajar más horas para beneficio de quién? ¿Con qué salario? ¿Para producir qué? ¿Qué ocurre con el tiempo destinado al cuidado, la educación, la cultura, el descanso? En definitiva, además de ser una magnitud material, la productividad es también una categoría política que permite establecer normas sobre el comportamiento de los trabajadores.
Como parte del mundo capitalista en el que se inscribe, esta discusión no es ajena a la Argentina, donde el debate sobre la reforma laboral, la jornada de trabajo y la flexibilización reaparece siempre en los mismos términos con cada cambio de gobierno. Tanto la historia del stajanovismo como la actualidad alemana ponen en evidencia el hecho de que, si bien una sociedad puede producir más haciendo que sus trabajadores trabajen más horas, esto no significa que necesariamente se haya vuelto más productiva. Por este motivo, hacer descansar indefinidamente el crecimiento sobre la extensión de la jornada no puede ser una solución. Y es que el problema de fondo nunca es solo cuánto trabaja una sociedad, sino qué lugar le concede al trabajo dentro de una vida humana y quién tiene el poder de decidir cuándo esa vida es suficientemente “productiva”.
Política – Tiempo Argentino