En agosto de 2026, la consultora Sustantiva publicó un informe que procesó 350 mil posteos de más de setenta cuentas oficialistas entre octubre de 2023 y julio de 2026, y encontró que el tuit típico de Javier Milei rinde hoy un 62% menos que al principio de su gestión, con visualizaciones que cayeron de 447 mil a 93 mil. El dato no es un capricho estadístico: es la radiografía de un gobierno que construyó buena parte de su poder real sobre la capacidad de fijar, en cuestión de minutos, de qué se habla en la Argentina, y que llegó al debate por la Ley de Tierras justo cuando esa capacidad empezaba a resquebrajarse.
El informe
Los números no son aislados. Según el mismo estudio, mientras el presidente perdía terreno, el resto del gabinete retrocedía un 23% y los llamados «voceros militantes» se mantenían relativamente estables, una señal de que el desgaste no es parejo sino que golpea con particular dureza a la figura presidencial. La consultora QSocial, que monitorea la conversación digital de manera independiente, agrega otra capa al mismo fenómeno: la actividad de Milei en Facebook cayó 79% y en X un 59%, mientras que en TikTok directamente dejó de publicar en su cuenta oficial. En Instagram, las interacciones (me gusta, comentarios, compartidos) pasaron de 6 millones en enero a 1.110.000 en junio, y la proporción de comentarios pasó de 80% positivos a 80% negativos en el mismo período. Un liderazgo que «nació en las redes sociales» -la definición es del propio Milei, que en marzo de 2024 le dijo a Radio Mitre «yo he nacido en las redes sociales»- empezó a mostrar signos de agotamiento justo en el terreno que eligió como propio.
Esto importa porque la Ley de Tierras no llegó en cualquier momento. Llegó cuando la maquinaria que durante dos años había logrado imponer agenda con un tuit -desplazar escándalos, instalar consignas, convertir un meme en política pública- empieza a perder tracción. La discusión sobre derogar la Ley 26.737, que limita la extranjerización de tierra rural, activó algo que ningún trending topic oficial pudo neutralizar a tiempo: la pregunta sobre quién es el dueño del territorio. El resultado fue un gobierno corriendo detrás de una conversación que no había armado.

Frente a este desgaste, seguramente La Libertad Avanza no se quedé de brazos cruzados. Tiene, desde noviembre de 2024, una fundación diseñada específicamente para sostener la «batalla cultural»: La Fundación Faro Impulsada por Karina Milei y el asesor Santiago Caputo, con oficinas a pocas cuadras de la Casa Rosada y dirección ejecutiva del politólogo Agustín Laje. En su lanzamiento, con entradas a 25 mil dólares el cubierto, Milei resumió la apuesta con una frase que hoy suena distinta a la luz de los números de Sustantiva: «las ideas ganan guerras y pueden cambiar el curso de la historia».
Según la investigación de Chequeado basada en la Biblioteca de Anuncios de Meta, Faro gastó más de 135 millones de pesos en publicidad política sólo en los últimos tres meses, y más de 1.238 millones desde marzo de 2025, con piezas centradas en migración, «agenda LGBT», feminismo y peronismo. Su patrimonio, de acuerdo con la misma investigación, se multiplicó 350 veces entre 2023 y 2024.
Ahí aparece el patrón que se repite en cada think tank de nueva derecha de la región, de Chile a Estados Unidos: cuando el carisma personal empieza a rendir menos, se lo reemplaza por presupuesto. La ideología, cuando pierde tracción orgánica, se compra por metro cuadrado de pantalla.
El otro dispositivo a analizar es menos visible en los balances pero es igual de real. Puertas adentro del mileísmo se lo conoce como «Ministerio de Trolls»: un espacio de coordinación que articula cuentas, hashtags y campañas de instalación con vínculos documentados hacia figuras como Daniel «El Gordo Dan» Parisini, el diputado Martín Menem y la propia Karina Milei. De ese mismo ecosistema surgió la agrupación Las Fuerzas del Cielo, presentada por sus propios integrantes como el «brazo armado» digital del oficialismo. La lógica es simple: si la cuenta presidencial pierde peso propio, que la sostenga una red de cientos de nodos que la replican al mismo tiempo.
El mecanismo tiene, además, un correlato regional que no debería sorprender a esta altura: es el mismo del que se sirvió Donald Trump en 2016 y el que hoy sostiene a figuras como Nick Fuentes en Estados Unidos, con la diferencia de que en Argentina el bloque libertario todavía logra retener a buena parte de su influencia adentro del propio ecosistema, según advirtió la consultora Sustantiva: quienes rompen con La Libertad Avanza, como el diputado Ramiro Marra, no logran convertirse en polos de influencia alternativos y ven caer su tracción hasta un 62%, el mismo número, aunque por motivos distintos, que exhibe hoy el propio presidente. Salir del ecosistema, advierte la propia consultora, cuesta caro.
El ecosistema digital libertario no depende de una sola voz que lo ordene de arriba hacia abajo: convive con múltiples nodos autónomos -Parisini en Carajo, el legislador bonaerense Agustín Romo en X, el joven Iñaki Gutiérrez en TikTok- cada uno con capital simbólico propio, construido por fuera del aparato oficial. Es un diseño resiliente frente a los intentos de censura externa, pero también un diseño que le complica al propio gobierno disciplinar cuando necesita tener alineada a la tropa digital.
Esa misma dispersión explica por qué el streaming crítico -espacios como los que analizó Sustantiva bajo la etiqueta de «canales opositores»- logró en 2026 lo que ningún partido tradicional había conseguido en dos años: disputarle al oficialismo el clima emocional de la conversación pública. Un poder construido en red es más difícil de tumbar, pero también más difícil de conducir.
Lo que exhibió la Ley de Tierras, en definitiva, no es un error de comunicación ni un tropiezo coyuntural: es la evidencia de que un modelo de poder que tercerizó su legitimidad en el rendimiento de un algoritmo queda expuesto exactamente cuando ese algoritmo deja de acompañarlo. La fundación que compra pauta, el grupo de WhatsApp que multiplica hashtags y el enjambre de influencers que sostiene el clima emocional son, en el fondo, tres versiones del mismo intento: reemplazar con estructura lo que antes sobraba como carisma espontáneo.
Ese reemplazo puede funcionar durante un tiempo, incluso para comprar semanas de tregua. Pero cuando el tema que se filtra en la conversación pública toca algo tan material como la tierra -quién la tiene, quién la vende, quién decide sobre ella-, ninguna pauta digital alcanza para simular una cercanía con la vida cotidiana que, según muestran las propias mediciones del oficialismo, hace meses que no existe.

Un informe muestra que el presidente está perdiendo peso en el territorio digital, un entorno que en el construyó parte de su poder. La actividad de Milei en FB cayó 79%, en X un 59% y TikTok directamente dejó de publicar. ¿Qué activó la discusión sobre quiénes son los dueños de la tierra?
En agosto de 2026, la consultora Sustantiva publicó un informe que procesó 350 mil posteos de más de setenta cuentas oficialistas entre octubre de 2023 y julio de 2026, y encontró que el tuit típico de Javier Milei rinde hoy un 62% menos que al principio de su gestión, con visualizaciones que cayeron de 447 mil a 93 mil. El dato no es un capricho estadístico: es la radiografía de un gobierno que construyó buena parte de su poder real sobre la capacidad de fijar, en cuestión de minutos, de qué se habla en la Argentina, y que llegó al debate por la Ley de Tierras justo cuando esa capacidad empezaba a resquebrajarse.
Los números no son aislados. Según el mismo estudio, mientras el presidente perdía terreno, el resto del gabinete retrocedía un 23% y los llamados «voceros militantes» se mantenían relativamente estables, una señal de que el desgaste no es parejo sino que golpea con particular dureza a la figura presidencial. La consultora QSocial, que monitorea la conversación digital de manera independiente, agrega otra capa al mismo fenómeno: la actividad de Milei en Facebook cayó 79% y en X un 59%, mientras que en TikTok directamente dejó de publicar en su cuenta oficial. En Instagram, las interacciones (me gusta, comentarios, compartidos) pasaron de 6 millones en enero a 1.110.000 en junio, y la proporción de comentarios pasó de 80% positivos a 80% negativos en el mismo período. Un liderazgo que «nació en las redes sociales» -la definición es del propio Milei, que en marzo de 2024 le dijo a Radio Mitre «yo he nacido en las redes sociales»- empezó a mostrar signos de agotamiento justo en el terreno que eligió como propio.
Esto importa porque la Ley de Tierras no llegó en cualquier momento. Llegó cuando la maquinaria que durante dos años había logrado imponer agenda con un tuit -desplazar escándalos, instalar consignas, convertir un meme en política pública- empieza a perder tracción. La discusión sobre derogar la Ley 26.737, que limita la extranjerización de tierra rural, activó algo que ningún trending topic oficial pudo neutralizar a tiempo: la pregunta sobre quién es el dueño del territorio. El resultado fue un gobierno corriendo detrás de una conversación que no había armado.

Foto: Diego Martinez
@ildieco_diegomartinezph
Frente a este desgaste, seguramente La Libertad Avanza no se quedé de brazos cruzados. Tiene, desde noviembre de 2024, una fundación diseñada específicamente para sostener la «batalla cultural»: La Fundación Faro Impulsada por Karina Milei y el asesor Santiago Caputo, con oficinas a pocas cuadras de la Casa Rosada y dirección ejecutiva del politólogo Agustín Laje. En su lanzamiento, con entradas a 25 mil dólares el cubierto, Milei resumió la apuesta con una frase que hoy suena distinta a la luz de los números de Sustantiva: «las ideas ganan guerras y pueden cambiar el curso de la historia».
Según la investigación de Chequeado basada en la Biblioteca de Anuncios de Meta, Faro gastó más de 135 millones de pesos en publicidad política sólo en los últimos tres meses, y más de 1.238 millones desde marzo de 2025, con piezas centradas en migración, «agenda LGBT», feminismo y peronismo. Su patrimonio, de acuerdo con la misma investigación, se multiplicó 350 veces entre 2023 y 2024.
Ahí aparece el patrón que se repite en cada think tank de nueva derecha de la región, de Chile a Estados Unidos: cuando el carisma personal empieza a rendir menos, se lo reemplaza por presupuesto. La ideología, cuando pierde tracción orgánica, se compra por metro cuadrado de pantalla.
El otro dispositivo a analizar es menos visible en los balances pero es igual de real. Puertas adentro del mileísmo se lo conoce como «Ministerio de Trolls»: un espacio de coordinación que articula cuentas, hashtags y campañas de instalación con vínculos documentados hacia figuras como Daniel «El Gordo Dan» Parisini, el diputado Martín Menem y la propia Karina Milei. De ese mismo ecosistema surgió la agrupación Las Fuerzas del Cielo, presentada por sus propios integrantes como el «brazo armado» digital del oficialismo. La lógica es simple: si la cuenta presidencial pierde peso propio, que la sostenga una red de cientos de nodos que la replican al mismo tiempo.
El mecanismo tiene, además, un correlato regional que no debería sorprender a esta altura: es el mismo del que se sirvió Donald Trump en 2016 y el que hoy sostiene a figuras como Nick Fuentes en Estados Unidos, con la diferencia de que en Argentina el bloque libertario todavía logra retener a buena parte de su influencia adentro del propio ecosistema, según advirtió la consultora Sustantiva: quienes rompen con La Libertad Avanza, como el diputado Ramiro Marra, no logran convertirse en polos de influencia alternativos y ven caer su tracción hasta un 62%, el mismo número, aunque por motivos distintos, que exhibe hoy el propio presidente. Salir del ecosistema, advierte la propia consultora, cuesta caro.
El ecosistema digital libertario no depende de una sola voz que lo ordene de arriba hacia abajo: convive con múltiples nodos autónomos -Parisini en Carajo, el legislador bonaerense Agustín Romo en X, el joven Iñaki Gutiérrez en TikTok- cada uno con capital simbólico propio, construido por fuera del aparato oficial. Es un diseño resiliente frente a los intentos de censura externa, pero también un diseño que le complica al propio gobierno disciplinar cuando necesita tener alineada a la tropa digital.
Esa misma dispersión explica por qué el streaming crítico -espacios como los que analizó Sustantiva bajo la etiqueta de «canales opositores»- logró en 2026 lo que ningún partido tradicional había conseguido en dos años: disputarle al oficialismo el clima emocional de la conversación pública. Un poder construido en red es más difícil de tumbar, pero también más difícil de conducir.
Lo que exhibió la Ley de Tierras, en definitiva, no es un error de comunicación ni un tropiezo coyuntural: es la evidencia de que un modelo de poder que tercerizó su legitimidad en el rendimiento de un algoritmo queda expuesto exactamente cuando ese algoritmo deja de acompañarlo. La fundación que compra pauta, el grupo de WhatsApp que multiplica hashtags y el enjambre de influencers que sostiene el clima emocional son, en el fondo, tres versiones del mismo intento: reemplazar con estructura lo que antes sobraba como carisma espontáneo.
Ese reemplazo puede funcionar durante un tiempo, incluso para comprar semanas de tregua. Pero cuando el tema que se filtra en la conversación pública toca algo tan material como la tierra -quién la tiene, quién la vende, quién decide sobre ella-, ninguna pauta digital alcanza para simular una cercanía con la vida cotidiana que, según muestran las propias mediciones del oficialismo, hace meses que no existe.

Foto: Antonio Becerra
Política – Tiempo Argentino