En las 13 columnas anteriores, a lo largo de estos meses, se han hecho exactamente 31 propuestas de acción de gobierno.
El alcance ha sido muy variado.
Algunos fueron simples títulos recordatorios de asignaturas pendientes, como la necesidad de una nueva ley de entidades financieras u otra ley de inversión extranjera.
Otros, fueron señales estructurales de cambio en las relaciones de producción, como la propuesta de un fondo para financiar proyectos de alcance social, que prevea que los emprendimientos son planificados y operados en conjunto entre quienes aporten capital y quienes aporten trabajo, con una tutoría estatal.
Algunos de posible operatividad inmediata, como la creación de un consejo de precios y salarios o el uso del Fondo de Garantía de Sustentabilidad para mejorar la vida de los jubilados presentes y tener una política pública y concreta para hacer lo mismo con los jubilados futuros.
Otros, que implican una progresiva transformación del mapa productivo, al redefinir la producción sin fines de lucro y la necesidad de promover esta modalidad.
¿Qué tiene en común esta batería de iniciativas, que si se lee cruzada, al estilo de los tiempos modernos, donde se sobrevuela por la montaña informativa, puede confundir al más pintado?
En la base de todo está un derecho ciudadano básico: el derecho a transitar por una vida digna, en que a nadie le falte un techo, una comida digna, una oportunidad de trabajo; la posibilidad de planificar un futuro compartido, sin despojar ni ser despojado por otro. El derecho al bien común.
Como el neoliberalismo contradice cada letra de ese derecho, escondiendo la realidad detrás de supuestos mandamientos financieros o monetarios enteramente falsos, nuestra tarea no se centra en cuestionar su alevosa gestión de gobierno. No debemos demostrar que perjudica a las mayorías. Eso queda a cargo de un ejército de compañeros que han elegido como meta demostrar minuto a minuto lo obvio y contar con decimales como nuestra calidad de vida se deteriora día a día.
Estos críticos llegan a hacernos pensar que creen que es la gestión el problema; que si ellos se hicieran cargo, el horizonte popular sería de más calidad. Esto les permite no cuestionar los dogmas básicos del neoliberalismo, sino la inequidad en la manera de aplicarlos. Están equivocados, seriamente equivocados. Sirven, por lo tanto, para recordar hasta el cansancio que nos están embromando, pero poco -tal vez nada- para señalar un camino mejor.
Nuestra tarea, en cambio, busca destacar todos los senderos posibles que sean útiles, a partir de sostener la meta directa: cumplir con el derecho básico arriba enunciado.
Por lo tanto, nuestras propuestas apuntan a resolver en forma concreta los problemas en cualquier frente del tejido social. No creemos en ningún tipo de derrame, en que persigamos el aumento de alguna actividad, que genere ingresos en los ganadores de siempre y que luego pueda contagiar el bienestar para los hoy pobres.
Creemos por el contrario, en el trabajo para todos y todas. Creemos, con los mentores de la teoría monetaria moderna, que el Estado primero usa dinero, disponiendo de su poder soberano de emitir moneda y luego lo recupera a través de impuestos y con fines básicamente redistributivos. Esa es la secuencia real de cada día de la economía y por lo tanto es totalmente falso sostener que “no hay plata”, que primero hay que recaudar para luego financiar la discapacidad o la educación o el bacheo de pozos en las rutas. El flujo funciona al revés de lo que se nos cuenta y depende enteramente de la vocación del funcionario qué se hace con el dinero y a quien se aplica luego impuestos.
Creemos además que los programas de gobierno a través de misiones específicas con finalidad social, como el hambre cero de Brasil o la prosperidad compartida de Méjico, son la forma de acompañar a nuestro pueblo a una calidad de vida de jerarquía.
Estos conceptos que son abarcativos, pero son muy centrales y son apenas un puñado, aplicados a cada espacio de la realidad, permiten tomar iniciativas que no nos debemos sorprender si no tienen antecedentes. En todo caso, será la consecuencia elemental de pensar la comunidad con otra mirada, bien diferente de la salvaje competencia que levanta el neoliberalismo como necesaria.
En las columnas que se sucedan, que tendrán la periodicidad que los hechos a describir les marquen, pasaremos a describir escenarios que existan o estén en vías de concreción en el país o en la región; que encuadren dentro de lo que hemos llamado política del bien común.
Identificaremos actores, trataremos de destacar los logros y verificaremos si ha sido posible no dañar intereses genuinos. E invitaremos a imitarlos.
Hasta pronto.
En la base de todo está un derecho ciudadano básico: el derecho a transitar por una vida digna, en que a nadie le falte un techo, una comida digna, una oportunidad de trabajo; la posibilidad de planificar un futuro compartido, sin despojar ni ser despojado por otro. El derecho al bien común.
En las 13 columnas anteriores, a lo largo de estos meses, se han hecho exactamente 31 propuestas de acción de gobierno.
El alcance ha sido muy variado.
Algunos fueron simples títulos recordatorios de asignaturas pendientes, como la necesidad de una nueva ley de entidades financieras u otra ley de inversión extranjera.
Otros, fueron señales estructurales de cambio en las relaciones de producción, como la propuesta de un fondo para financiar proyectos de alcance social, que prevea que los emprendimientos son planificados y operados en conjunto entre quienes aporten capital y quienes aporten trabajo, con una tutoría estatal.
Algunos de posible operatividad inmediata, como la creación de un consejo de precios y salarios o el uso del Fondo de Garantía de Sustentabilidad para mejorar la vida de los jubilados presentes y tener una política pública y concreta para hacer lo mismo con los jubilados futuros.
Otros, que implican una progresiva transformación del mapa productivo, al redefinir la producción sin fines de lucro y la necesidad de promover esta modalidad.
¿Qué tiene en común esta batería de iniciativas, que si se lee cruzada, al estilo de los tiempos modernos, donde se sobrevuela por la montaña informativa, puede confundir al más pintado?
En la base de todo está un derecho ciudadano básico: el derecho a transitar por una vida digna, en que a nadie le falte un techo, una comida digna, una oportunidad de trabajo; la posibilidad de planificar un futuro compartido, sin despojar ni ser despojado por otro. El derecho al bien común.
Como el neoliberalismo contradice cada letra de ese derecho, escondiendo la realidad detrás de supuestos mandamientos financieros o monetarios enteramente falsos, nuestra tarea no se centra en cuestionar su alevosa gestión de gobierno. No debemos demostrar que perjudica a las mayorías. Eso queda a cargo de un ejército de compañeros que han elegido como meta demostrar minuto a minuto lo obvio y contar con decimales como nuestra calidad de vida se deteriora día a día.
Estos críticos llegan a hacernos pensar que creen que es la gestión el problema; que si ellos se hicieran cargo, el horizonte popular sería de más calidad. Esto les permite no cuestionar los dogmas básicos del neoliberalismo, sino la inequidad en la manera de aplicarlos. Están equivocados, seriamente equivocados. Sirven, por lo tanto, para recordar hasta el cansancio que nos están embromando, pero poco -tal vez nada- para señalar un camino mejor.
Nuestra tarea, en cambio, busca destacar todos los senderos posibles que sean útiles, a partir de sostener la meta directa: cumplir con el derecho básico arriba enunciado.
Por lo tanto, nuestras propuestas apuntan a resolver en forma concreta los problemas en cualquier frente del tejido social. No creemos en ningún tipo de derrame, en que persigamos el aumento de alguna actividad, que genere ingresos en los ganadores de siempre y que luego pueda contagiar el bienestar para los hoy pobres.
Creemos por el contrario, en el trabajo para todos y todas. Creemos, con los mentores de la teoría monetaria moderna, que el Estado primero usa dinero, disponiendo de su poder soberano de emitir moneda y luego lo recupera a través de impuestos y con fines básicamente redistributivos. Esa es la secuencia real de cada día de la economía y por lo tanto es totalmente falso sostener que “no hay plata”, que primero hay que recaudar para luego financiar la discapacidad o la educación o el bacheo de pozos en las rutas. El flujo funciona al revés de lo que se nos cuenta y depende enteramente de la vocación del funcionario qué se hace con el dinero y a quien se aplica luego impuestos.
Creemos además que los programas de gobierno a través de misiones específicas con finalidad social, como el hambre cero de Brasil o la prosperidad compartida de Méjico, son la forma de acompañar a nuestro pueblo a una calidad de vida de jerarquía.
Estos conceptos que son abarcativos, pero son muy centrales y son apenas un puñado, aplicados a cada espacio de la realidad, permiten tomar iniciativas que no nos debemos sorprender si no tienen antecedentes. En todo caso, será la consecuencia elemental de pensar la comunidad con otra mirada, bien diferente de la salvaje competencia que levanta el neoliberalismo como necesaria.
En las columnas que se sucedan, que tendrán la periodicidad que los hechos a describir les marquen, pasaremos a describir escenarios que existan o estén en vías de concreción en el país o en la región; que encuadren dentro de lo que hemos llamado política del bien común.
Identificaremos actores, trataremos de destacar los logros y verificaremos si ha sido posible no dañar intereses genuinos. E invitaremos a imitarlos.
Hasta pronto.
Política – Tiempo Argentino