Efecto Mariposa

Marzo de 2026: El Gobierno de Javier Milei propone una ley para que los extranjeros puedan comprar tierras sin límite en Argentina. Chau soberanía sobre recursos estratégicos. La aprobación en el Congreso parece inevitable gracias a la cadena de complicidades políticas de las que goza el presidente.

13 de julio: Ya estamos en el Mundial. Argentina e Inglaterra se van a enfrentar en las semifinales. La rivalidad no es solo deportiva. La FIFA prohíbe que los hinchas lleven símbolos de Malvinas a la cancha. El Gobierno de Milei acepta gustoso el veto. La ministra de Seguridad habla de manera despectiva del «mapita» de Malvinas.

14 de julio: El ángel de Maradona sobrevuela el partido con recuerdos de aquel 2-1 de México 86, el gol con la mano y el mejor gol de la historia de los mundiales. «Es solo un partido», repiten el técnico Lionel Scaloni y los jugadores para minar la presión, pero él, ellos, todos sabemos que es mucho más que un partido.

40 años después, Argentina vuelve a ganarles 2-1 a los invasores.

Y vuelve a pasar a una final de manera consecutiva.

La proeza deportiva es coronada de gloria por un evento totalmente inesperado: al terminar el partido, los jugadores muestran una manta con el lema: «Las Malvinas son argentinas». La incredulidad inicial (¿es fake? ¿es meme?) da paso al orgullo. Malvinas es un valor patrio, una herida sin cicatrizar, un reclamo irrenunciable por esos 649 combatientes muertos en la guerra de 1982, la mayoría jovencitos que la dictadura mandó sin preparación, ni equipamiento suficiente. Son mártires contra el colonialismo que las grandes potencias quieren perpetuar.

La improvisada bandera resume una certeza soberana. Un hincha la mete a escondidas a la cancha y la avienta a las tribunas cuando los jugadores ya celebran la victoria. Giovani Lo Celso, Lisandro Martínez y Cristian Romero la levantan, la enarbolan. Los jugadores se rebelan así a la prohibición de la FIFA en complicidad con sus fieles e intensos hinchas.

La imagen da la vuelta al mundo. «Malvinas» rompe récords de búsquedas en Google. Millones de personas se enteran de que, en pleno siglo XXI, Gran Bretaña tiene una colonia en el sur de América, que Thatcher ganó el conflicto cometiendo crímenes de guerra.

Milei admira a Thatcher. No le importan las Malvinas, ni la soberanía, ni el país. Le molesta el acto político de la Selección.

Por eso, lo que hacen los jugadores toma una dimensión política-opositora. Es una de las selecciones más queridas en la historia del fútbol argentino. El gobierno no se puede meter con ellos.

17 de julio: El insólito activismo de los jugadores obliga al gobierno y a sus aliados a suspender la sesión prevista en el Senado para aprobar la ley de extranjerización de las tierras.

La oleada nacionalista provocada por la Selección es imparable. Han pasado solo algunas horas del partido y un diseñador crea la tipografía «Malvinas Sans» y ya se venden camisetas que imitan una tela que ya se ha convertido en una pieza digna de museo. Una reliquia. Hay mantas/banderas en ventanas, balcones, fachadas en todo el país. El clima político en torno a la ley cambia de manera radical. Inglaterra protesta por la bandera malvinera. A nadie le importa.

En las semanas posteriores al partido, se multiplican las campañas contra la entrega de los recursos naturales. Ya no son solo los tradicionales y conocidos grupos militantes. A la selección se suma la abultada generación de estrellas argentinas de la música que tienen exitosas carreras internacionales: Lali, Tini, Nicki Nicole, Emilia, Cazzu, María Becerra, La Joaqui, Trueno, Milo J, Dillom, Catriel, L-Gante, Dante Spinetta y tanto más convocar a defender al país. El lema se reformula: «Las Malvinas son argentinas, y el resto del territorio, también». Lisandro Martínez, el querido «Licha», ratifica su rechazo. Es el único jugador de la Selección que aparece en el momento decisivo, pero basta y sobra.

5 de agosto: Un día antes de que la ley entreguista se vote en el Senado todo es tensión. Las previsiones de voto cambian minuto a minuto. Que si el gobierno gana, que si hay empate, que si pierde. Se prepara una marcha masiva en todo el país. Porque si algo saben hacer en Argentina, es organizarse, protestar y resistir. El gobierno primero miente y asegura que ya cambió el proyecto, pero al final tiene que retirar el capítulo que habilita la extranjerización de tierras y recursos naturales.

Milei y compañía enfrentan una dura derrota.

La presión social, impulsada de manera espontánea e invaluable por los jugadores, triunfa.

Bien podría ser una crónica de Eduardo Galeano o un cuento de Fontanarrosa que comienza en el momento en el que unos hinchas argentinos que tienen entradas para la semifinal rompen a la mitad una sábana de hotel, la colocan en el suelo, consiguen un fibrón y uno de ellos escribe con letras grandes: «Las Malvinas son argentinas», sin tener idea del vendaval político, nacional e internacional, que van a desatar.

 Bien podría ser una crónica de Galeano o un cuento de Fontanarrosa que comienza cuando hinchas argentinos rompen a la mitad una sábana de hotel, consiguen un fibrón y escriben con letras grandes: «Las Malvinas son argentinas».  

Marzo de 2026: El Gobierno de Javier Milei propone una ley para que los extranjeros puedan comprar tierras sin límite en Argentina. Chau soberanía sobre recursos estratégicos. La aprobación en el Congreso parece inevitable gracias a la cadena de complicidades políticas de las que goza el presidente.

13 de julio: Ya estamos en el Mundial. Argentina e Inglaterra se van a enfrentar en las semifinales. La rivalidad no es solo deportiva. La FIFA prohíbe que los hinchas lleven símbolos de Malvinas a la cancha. El Gobierno de Milei acepta gustoso el veto. La ministra de Seguridad habla de manera despectiva del «mapita» de Malvinas.

14 de julio: El ángel de Maradona sobrevuela el partido con recuerdos de aquel 2-1 de México 86, el gol con la mano y el mejor gol de la historia de los mundiales. «Es solo un partido», repiten el técnico Lionel Scaloni y los jugadores para minar la presión, pero él, ellos, todos sabemos que es mucho más que un partido.

40 años después, Argentina vuelve a ganarles 2-1 a los invasores.

Y vuelve a pasar a una final de manera consecutiva.

La proeza deportiva es coronada de gloria por un evento totalmente inesperado: al terminar el partido, los jugadores muestran una manta con el lema: «Las Malvinas son argentinas». La incredulidad inicial (¿es fake? ¿es meme?) da paso al orgullo. Malvinas es un valor patrio, una herida sin cicatrizar, un reclamo irrenunciable por esos 649 combatientes muertos en la guerra de 1982, la mayoría jovencitos que la dictadura mandó sin preparación, ni equipamiento suficiente. Son mártires contra el colonialismo que las grandes potencias quieren perpetuar.

La improvisada bandera resume una certeza soberana. Un hincha la mete a escondidas a la cancha y la avienta a las tribunas cuando los jugadores ya celebran la victoria. Giovani Lo Celso, Lisandro Martínez y Cristian Romero la levantan, la enarbolan. Los jugadores se rebelan así a la prohibición de la FIFA en complicidad con sus fieles e intensos hinchas.

La imagen da la vuelta al mundo. «Malvinas» rompe récords de búsquedas en Google. Millones de personas se enteran de que, en pleno siglo XXI, Gran Bretaña tiene una colonia en el sur de América, que Thatcher ganó el conflicto cometiendo crímenes de guerra.

Milei admira a Thatcher. No le importan las Malvinas, ni la soberanía, ni el país. Le molesta el acto político de la Selección.

Por eso, lo que hacen los jugadores toma una dimensión política-opositora. Es una de las selecciones más queridas en la historia del fútbol argentino. El gobierno no se puede meter con ellos.

17 de julio: El insólito activismo de los jugadores obliga al gobierno y a sus aliados a suspender la sesión prevista en el Senado para aprobar la ley de extranjerización de las tierras.

La oleada nacionalista provocada por la Selección es imparable. Han pasado solo algunas horas del partido y un diseñador crea la tipografía «Malvinas Sans» y ya se venden camisetas que imitan una tela que ya se ha convertido en una pieza digna de museo. Una reliquia. Hay mantas/banderas en ventanas, balcones, fachadas en todo el país. El clima político en torno a la ley cambia de manera radical. Inglaterra protesta por la bandera malvinera. A nadie le importa.

En las semanas posteriores al partido, se multiplican las campañas contra la entrega de los recursos naturales. Ya no son solo los tradicionales y conocidos grupos militantes. A la selección se suma la abultada generación de estrellas argentinas de la música que tienen exitosas carreras internacionales: Lali, Tini, Nicki Nicole, Emilia, Cazzu, María Becerra, La Joaqui, Trueno, Milo J, Dillom, Catriel, L-Gante, Dante Spinetta y tanto más convocar a defender al país. El lema se reformula: «Las Malvinas son argentinas, y el resto del territorio, también». Lisandro Martínez, el querido «Licha», ratifica su rechazo. Es el único jugador de la Selección que aparece en el momento decisivo, pero basta y sobra.

5 de agosto: Un día antes de que la ley entreguista se vote en el Senado todo es tensión. Las previsiones de voto cambian minuto a minuto. Que si el gobierno gana, que si hay empate, que si pierde. Se prepara una marcha masiva en todo el país. Porque si algo saben hacer en Argentina, es organizarse, protestar y resistir. El gobierno primero miente y asegura que ya cambió el proyecto, pero al final tiene que retirar el capítulo que habilita la extranjerización de tierras y recursos naturales.

Milei y compañía enfrentan una dura derrota.

La presión social, impulsada de manera espontánea e invaluable por los jugadores, triunfa.

Bien podría ser una crónica de Eduardo Galeano o un cuento de Fontanarrosa que comienza en el momento en el que unos hinchas argentinos que tienen entradas para la semifinal rompen a la mitad una sábana de hotel, la colocan en el suelo, consiguen un fibrón y uno de ellos escribe con letras grandes: «Las Malvinas son argentinas», sin tener idea del vendaval político, nacional e internacional, que van a desatar.

 Política – Tiempo Argentino

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