Hace cuatro años, cuando se inició el conflicto entre Rusia y Ucrania, reflexioné en la agencia de noticias científicas de la Universidad Nacional de Quilmes sobre la vigencia de uno de los paradigmas de la comunicación audiovisual en los conflictos bélicos desde Malvinas hasta entonces: la manipulación, la desinformación y la espectacularización con un objetivo tradicional, “la batalla por el consenso social es tan importante como la posesión de los territorios y las misiones bélicas”.
Sin embargo, y aun cuando hayan pasado sólo cuatro años del comienzo de aquella guerra y aún no ha llegado su fin, la transformación tecnológica y las nuevas prácticas sociales invitan a revisar los viejos y nuevos paradigmas de cómo comunicar la guerra.
Algoritmos, videojuegos e IA: la nueva batalla por el relato en Medio Oriente
La guerra de Medio Oriente, intensificada desde octubre de 2023, no solo es una de las más cruentas en términos territoriales, poniendo especial énfasis en el genocidio en Palestina y el actual ataque a Irán coordinado entre Estados Unidos e Israel, sino que representa la culminación de un proceso de espectacularización de la violencia que ha evolucionado desde la radio y la televisión hasta la era de las redes sociales y la inteligencia artificial. Si Vietnam fue la primera guerra televisada y el Golfo la primera guerra «quirúrgica» de CNN, el actual conflicto es la primera guerra de transmisión algorítmica y en tiempo real.
Desde el anuncio del ataque a Irán, la catarata de imágenes sobre la guerra quedó fuera de control. A diferencia de la Guerra del Golfo, donde el Pentágono y la CNN construyeron la narrativa de una «Guerra Limpia» sin sangre en pantalla, el conflicto actual se caracteriza por una hiper presencia de la información de la guerra, considerando que hoy no es la televisión la principal vía de acceso a la información. Lo que antes pasaba por el filtro de un editor de noticias, hoy llega directamente al usuario a través de Telegram, TikTok o X, acostumbrado a una severa actualización de la pantalla o lo que llamamos scroll. Es decir, pasamos de la generalidad televisiva a la individualización en las redes sociales
La estrategia militar ahora incluye la producción de contenidos específicos, convirtiendo los bombardeos y las incursiones en piezas de propaganda diseñadas para viralizarse. Ya no se trata solo de informar, sino de capturar la atención en la «economía del click», donde la emocionalidad suele garantizar mayores views.
Cuando en Malvinas la información era manipulada por el comité militar en un tono triunfalista, «Vamos ganando», en el ataque a Irán y sus repercusiones económicas Donad Trump administra los tiempos emocionales como si midiera el rating, “la guerra terminará muy pronto”. Con ello busca influir en los mercados y la manipulación alcanza un nivel técnico superior.
Por un lado, una de las tecnologías estrellas de este tiempo, la Inteligencia Artificial, genera la creación de escenas de situaciones o víctimas inexistentes o animadas con el objetivo de incidir en el sentido de las audiencias. Sin ánimos tecnofóbicos y con un devenir aún incierto, esta novedad ha cambiado la veracidad de la información. La IA ha reconfigurado por completo la estructura de la información y la incidencia psicológica en la comunicación de la guerra.
Por otro lado, la descontextualización o información falsa. La necesidad de distribuir imágenes en tiempo real permanentemente, da pie a que se reciclen videos de videojuegos o de conflictos pasados presentándolos como hechos actuales para generar emocionalidad inmediata. La propia IA de Elon Musk, Grok, distribuyó viejas imágenes impactantes de Valencia, Glasgow o Los Ángeles como si fueran actuales en Medio Oriente. Ante la existencia de imágenes falsas tan perfectas o verosímiles, la audiencia empieza a dudar incluso de las pruebas reales de crímenes de guerra, diluyendo la verdad en medio de la incertidumbre.
Y finalmente la producción de contenidos para la segmentación de los algoritmos de las redes sociales, que tienden a mostrar a los usuarios solo aquello que refuerza sus prejuicios, eliminando cualquier posibilidad de análisis profundo o contexto histórico, aunque esto último no es nada nuevo.
Aun cuando hay temor por llamar a esta una guerra mundial, actualmente más de veinte países intervienen directamente, y los efectos económicos ya se advierten globales. Esta guerra sigue demostrando que la producción del sentido social sigue siendo tan importante como el derrame de misiles, droms y aviones de combate. En un mundo donde la televisión ha cedido terreno frente a la pantalla del celular, las estrategias de mentira, manipulación y morbo se han multiplicado. La veracidad está cada vez más a la deriva, y el desafío del espectador es hoy más que nunca distinguir entre la realidad dolorosa de la guerra y la construcción interesada de un relato diseñado para el impacto digital.
Para los interesados en la información como una herramienta que mejora la calidad de la vida, y para los periodistas que se esfuerzan por trazar un camino reflexivo basado en fuentes, éste escenario alerta sobre el riesgo de algo que escuchamos cada vez más: un cientificidio informativo.
Las estrategias militares desde siempre necesitaron de un relato conveniente para cada involucrado: la manipulación, la desinformación y la espectacularización. Lo que va de Vietnam, Malvinas e Irak a Ucrania, Gaza e Irán.
Hace cuatro años, cuando se inició el conflicto entre Rusia y Ucrania, reflexioné en la agencia de noticias científicas de la Universidad Nacional de Quilmes sobre la vigencia de uno de los paradigmas de la comunicación audiovisual en los conflictos bélicos desde Malvinas hasta entonces: la manipulación, la desinformación y la espectacularización con un objetivo tradicional, “la batalla por el consenso social es tan importante como la posesión de los territorios y las misiones bélicas”.
Sin embargo, y aun cuando hayan pasado sólo cuatro años del comienzo de aquella guerra y aún no ha llegado su fin, la transformación tecnológica y las nuevas prácticas sociales invitan a revisar los viejos y nuevos paradigmas de cómo comunicar la guerra.
La guerra de Medio Oriente, intensificada desde octubre de 2023, no solo es una de las más cruentas en términos territoriales, poniendo especial énfasis en el genocidio en Palestina y el actual ataque a Irán coordinado entre Estados Unidos e Israel, sino que representa la culminación de un proceso de espectacularización de la violencia que ha evolucionado desde la radio y la televisión hasta la era de las redes sociales y la inteligencia artificial. Si Vietnam fue la primera guerra televisada y el Golfo la primera guerra «quirúrgica» de CNN, el actual conflicto es la primera guerra de transmisión algorítmica y en tiempo real.
Desde el anuncio del ataque a Irán, la catarata de imágenes sobre la guerra quedó fuera de control. A diferencia de la Guerra del Golfo, donde el Pentágono y la CNN construyeron la narrativa de una «Guerra Limpia» sin sangre en pantalla, el conflicto actual se caracteriza por una hiper presencia de la información de la guerra, considerando que hoy no es la televisión la principal vía de acceso a la información. Lo que antes pasaba por el filtro de un editor de noticias, hoy llega directamente al usuario a través de Telegram, TikTok o X, acostumbrado a una severa actualización de la pantalla o lo que llamamos scroll. Es decir, pasamos de la generalidad televisiva a la individualización en las redes sociales
La estrategia militar ahora incluye la producción de contenidos específicos, convirtiendo los bombardeos y las incursiones en piezas de propaganda diseñadas para viralizarse. Ya no se trata solo de informar, sino de capturar la atención en la «economía del click», donde la emocionalidad suele garantizar mayores views.
Cuando en Malvinas la información era manipulada por el comité militar en un tono triunfalista, «Vamos ganando», en el ataque a Irán y sus repercusiones económicas Donad Trump administra los tiempos emocionales como si midiera el rating, “la guerra terminará muy pronto”. Con ello busca influir en los mercados y la manipulación alcanza un nivel técnico superior.
Por un lado, una de las tecnologías estrellas de este tiempo, la Inteligencia Artificial, genera la creación de escenas de situaciones o víctimas inexistentes o animadas con el objetivo de incidir en el sentido de las audiencias. Sin ánimos tecnofóbicos y con un devenir aún incierto, esta novedad ha cambiado la veracidad de la información. La IA ha reconfigurado por completo la estructura de la información y la incidencia psicológica en la comunicación de la guerra.
Por otro lado, la descontextualización o información falsa. La necesidad de distribuir imágenes en tiempo real permanentemente, da pie a que se reciclen videos de videojuegos o de conflictos pasados presentándolos como hechos actuales para generar emocionalidad inmediata. La propia IA de Elon Musk, Grok, distribuyó viejas imágenes impactantes de Valencia, Glasgow o Los Ángeles como si fueran actuales en Medio Oriente. Ante la existencia de imágenes falsas tan perfectas o verosímiles, la audiencia empieza a dudar incluso de las pruebas reales de crímenes de guerra, diluyendo la verdad en medio de la incertidumbre.
Y finalmente la producción de contenidos para la segmentación de los algoritmos de las redes sociales, que tienden a mostrar a los usuarios solo aquello que refuerza sus prejuicios, eliminando cualquier posibilidad de análisis profundo o contexto histórico, aunque esto último no es nada nuevo.
Aun cuando hay temor por llamar a esta una guerra mundial, actualmente más de veinte países intervienen directamente, y los efectos económicos ya se advierten globales. Esta guerra sigue demostrando que la producción del sentido social sigue siendo tan importante como el derrame de misiles, droms y aviones de combate. En un mundo donde la televisión ha cedido terreno frente a la pantalla del celular, las estrategias de mentira, manipulación y morbo se han multiplicado. La veracidad está cada vez más a la deriva, y el desafío del espectador es hoy más que nunca distinguir entre la realidad dolorosa de la guerra y la construcción interesada de un relato diseñado para el impacto digital.
Para los interesados en la información como una herramienta que mejora la calidad de la vida, y para los periodistas que se esfuerzan por trazar un camino reflexivo basado en fuentes, éste escenario alerta sobre el riesgo de algo que escuchamos cada vez más: un cientificidio informativo.
Mundo – Tiempo Argentino