No es cuento: Jorge Luis Borges dio una charla en el Colegio Ward

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El 14 de junio de 1986 murió en Ginebra, Suiza, Jorge Luis Borges. Estaba enfermo y había decidido alejarse de su Buenos Aires querido, quizá, para evitar el culto a la necrofilia, tan proclive en estas pampas. Había vuelto, en viaje final, a la ciudad europea que lo recibió de adolescente junto a su familia.

A 40 años de su fallecimiento, hay actos y homenajes por todos lados. Su figura es una efigie del anciano de bastón y mirada acuosa, como un prócer. Pero hay otro Borges, cotidiano, cercano y en contacto con la gente que ha dejado un sinfín de anécdotas, frases y situaciones.

Es el Borges de caminatas por la ciudad, conversaciones con peatones ocasionales o el hombre que recibe un saludo de un chofer de taxis. Entre esas historias, existe una que tiene que ver con la Zona Oeste del Gran Buenos Aires y se ubica en el tradicional Colegio Ward de Villa Sarmiento, en el partido de Morón.

Borges en la biblioteca

El escritor visitó el Ward el 5 de septiembre de 1985 invitado por Pedro Urcola, que era el director del colegio en ese momento. Cuenta Juan Carlos Dido en su artículo “La última conferencia de Borges” que el colegio aparece referenciado en “El evangelio según san Marcos”, que forma parte de “El informe de Brodie”: “Borges adjudica al protagonista haber estudiado en el ‘colegio inglés de Ramos Mejía’. Ese dato coincide con el perfil del Ward. Por cuestiones de cercanía catastral, se ubica al colegio en la localidad vecina. Y fue un punto de anclaje directo para sumar interés a la visita.

Según recopiló Dido en los archivos de la institución, en la que asumió la Dirección entre 1994 y 2001, Borges pidió como condición que su presencia se mantuviera en el mayor anonimato posible para que no se enterasen los periodistas. En un principio la charla iba a ser inglés, pero hubo “un revuelo que obligó a democratizar la presencia del escritor y Borges habló en castellano en la biblioteca del colegio”.

Pedidos del visitante

Una mesa, un sillón con brazos y almohada fueron las simples exigencias del disertante. Y un vaso de agua. “Antes de comenzar pidió un vaso de agua que le pareció pequeño, por lo que requirió que se lo cambiaran por otro más grande. La persona encargada, algo molesta por el reclamo, le trajo entonces un vaso enorme y lo colocó ostensiblemente sobre la mesa. Borges no bebió un sorbo; el vaso quedó intacto”, rememoró Dido en su artículo.

Terminada la charla, llegó el momento del almuerzo en el comedor estudiantil. Al ingresar al recinto recibió un aluvión de aplausos de los alumnos presentes. El autor de “Ficciones” agradeció el afecto que siempre le brinda la gente de una manera tan generosa que “quizá no merezca”. Borges, siempre frugal, comió “puré de papa, zapallo, zanahoria y tomó un vaso de pomelo”.

Dido, exdocente de la Universidad Nacional de La Matanza (UNLaM), se tomó el trabajo de transcribir la conversación de Borges, que quedó guardada en un casete en los archivos.  A continuación, citamos algunos párrafos textuales.

Su relación con la escritura: “Yo no escribo para nadie. Escribo por la necesidad de hacerlo. Trabajo el texto y procuro que lo trabajoso no se note. Quiero que todo parezca espontáneo. Mis amigos saben que no tienen que hablar de lo que yo escribo. De (Adolfo) Bioy Casares tengo un libro espléndido, “El sueño de los héroes”. Tenemos un pacto táctico: yo publico un libro y no se lo mando; él publica un libro y no me lo manda”.

La creación literaria: Yo siento, a veces, que algo está por ocurrir. Entonces, trato de esperar asiduamente que llegue ese algo, que será después un soneto, un cuento, una metáfora, una fábula. De alguna parte recibo ese algo. Trato de ser digno de ese honor y procuro intervenir lo menos posible en lo que escribo”.

El placer de escribir: “Muchos escritores dicen que escribir es un sufrimiento. No es mi caso. Escribir es un alivio. (…) Yo siempre estoy escribiendo lo mismo. Siempre tengo aquellos temas del laberinto, tengo pesadillas todas las noches, estoy perdido. Luego el tigre me ha atraído siempre. Cuando yo era chico me demoraba horas y horas en el jardín zoológico, mirándolo”.  

Sobre Dios: “He tratado de creer en un Dios personal. (…) He tratado de creer en Dios, pero no he podido hasta ahora. Es una incapacidad mía. Pero, creo, eso sí, en un propósito ético, quizás estético e intelectual también, para este mundo”.

Sobre la muerte: “Yo no temo a la muerte. No le temo ni me entristece. Cuando estoy triste pienso: cómo puedo estar triste si me espera esa gran aventura que es la muerte”.

Terminada la visita, según el pódcast Expediente W “La conferencia olvidada” realizado por alumnos del Colegio Ward, el escritor fue llevado en auto hasta su casa de la calle Maipú por el bibliotecario Jorge Vaccari y la profesora Elda Salinas. Ambos recordaron que Borges en el trayecto les expresó con entusiamo: “Qué lindo día”. Ellos pensaron que se refería al tiempo e hicieron un comentario al respecto. “No, digo, ¡qué lindo día pasamos!”, aclaró el escritor.

Fotos gentileza: Juan Carlos Dido y Colegio Ward.

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 Se la considera la última conferencia que del autor de “El Aleph”, pocos meses antes de su muerte. En esta nota, Juan Carlos Dido, exdirectivo del establecimiento educativo de Villa Sarmiento, cuenta detalles de la visita.
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El 14 de junio de 1986 murió en Ginebra, Suiza, Jorge Luis Borges. Estaba enfermo y había decidido alejarse de su Buenos Aires querido, quizá, para evitar el culto a la necrofilia, tan proclive en estas pampas. Había vuelto, en viaje final, a la ciudad europea que lo recibió de adolescente junto a su familia.

A 40 años de su fallecimiento, hay actos y homenajes por todos lados. Su figura es una efigie del anciano de bastón y mirada acuosa, como un prócer. Pero hay otro Borges, cotidiano, cercano y en contacto con la gente que ha dejado un sinfín de anécdotas, frases y situaciones.

Es el Borges de caminatas por la ciudad, conversaciones con peatones ocasionales o el hombre que recibe un saludo de un chofer de taxis. Entre esas historias, existe una que tiene que ver con la Zona Oeste del Gran Buenos Aires y se ubica en el tradicional Colegio Ward de Villa Sarmiento, en el partido de Morón.

Borges en la biblioteca

El escritor visitó el Ward el 5 de septiembre de 1985 invitado por Pedro Urcola, que era el director del colegio en ese momento. Cuenta Juan Carlos Dido en su artículo “La última conferencia de Borges” que el colegio aparece referenciado en “El evangelio según san Marcos”, que forma parte de “El informe de Brodie”: “Borges adjudica al protagonista haber estudiado en el ‘colegio inglés de Ramos Mejía’. Ese dato coincide con el perfil del Ward. Por cuestiones de cercanía catastral, se ubica al colegio en la localidad vecina. Y fue un punto de anclaje directo para sumar interés a la visita.

Según recopiló Dido en los archivos de la institución, en la que asumió la Dirección entre 1994 y 2001, Borges pidió como condición que su presencia se mantuviera en el mayor anonimato posible para que no se enterasen los periodistas. En un principio la charla iba a ser inglés, pero hubo “un revuelo que obligó a democratizar la presencia del escritor y Borges habló en castellano en la biblioteca del colegio”.

Pedidos del visitante

Una mesa, un sillón con brazos y almohada fueron las simples exigencias del disertante. Y un vaso de agua. “Antes de comenzar pidió un vaso de agua que le pareció pequeño, por lo que requirió que se lo cambiaran por otro más grande. La persona encargada, algo molesta por el reclamo, le trajo entonces un vaso enorme y lo colocó ostensiblemente sobre la mesa. Borges no bebió un sorbo; el vaso quedó intacto”, rememoró Dido en su artículo.

Terminada la charla, llegó el momento del almuerzo en el comedor estudiantil. Al ingresar al recinto recibió un aluvión de aplausos de los alumnos presentes. El autor de “Ficciones” agradeció el afecto que siempre le brinda la gente de una manera tan generosa que “quizá no merezca”. Borges, siempre frugal, comió “puré de papa, zapallo, zanahoria y tomó un vaso de pomelo”.

Dido, exdocente de la Universidad Nacional de La Matanza (UNLaM), se tomó el trabajo de transcribir la conversación de Borges, que quedó guardada en un casete en los archivos.  A continuación, citamos algunos párrafos textuales.

Su relación con la escritura: “Yo no escribo para nadie. Escribo por la necesidad de hacerlo. Trabajo el texto y procuro que lo trabajoso no se note. Quiero que todo parezca espontáneo. Mis amigos saben que no tienen que hablar de lo que yo escribo. De (Adolfo) Bioy Casares tengo un libro espléndido, “El sueño de los héroes”. Tenemos un pacto táctico: yo publico un libro y no se lo mando; él publica un libro y no me lo manda”.

La creación literaria: Yo siento, a veces, que algo está por ocurrir. Entonces, trato de esperar asiduamente que llegue ese algo, que será después un soneto, un cuento, una metáfora, una fábula. De alguna parte recibo ese algo. Trato de ser digno de ese honor y procuro intervenir lo menos posible en lo que escribo”.

El placer de escribir: “Muchos escritores dicen que escribir es un sufrimiento. No es mi caso. Escribir es un alivio. (…) Yo siempre estoy escribiendo lo mismo. Siempre tengo aquellos temas del laberinto, tengo pesadillas todas las noches, estoy perdido. Luego el tigre me ha atraído siempre. Cuando yo era chico me demoraba horas y horas en el jardín zoológico, mirándolo”.  

Sobre Dios: “He tratado de creer en un Dios personal. (…) He tratado de creer en Dios, pero no he podido hasta ahora. Es una incapacidad mía. Pero, creo, eso sí, en un propósito ético, quizás estético e intelectual también, para este mundo”.

Sobre la muerte: “Yo no temo a la muerte. No le temo ni me entristece. Cuando estoy triste pienso: cómo puedo estar triste si me espera esa gran aventura que es la muerte”.

Terminada la visita, según el pódcast Expediente W “La conferencia olvidada” realizado por alumnos del Colegio Ward, el escritor fue llevado en auto hasta su casa de la calle Maipú por el bibliotecario Jorge Vaccari y la profesora Elda Salinas. Ambos recordaron que Borges en el trayecto les expresó con entusiamo: “Qué lindo día”. Ellos pensaron que se refería al tiempo e hicieron un comentario al respecto. “No, digo, ¡qué lindo día pasamos!”, aclaró el escritor.

Fotos gentileza: Juan Carlos Dido y Colegio Ward.

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 Cultura – El1

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