Máscaras blancas

Entre la persecución policial y la estigmatización, el mito de la Argentina blanca resurge como una herida narcisista que todavía no logramos sanar. Entre la persecución policial y la estigmatización, el mito de la Argentina blanca resurge como una herida narcisista que todavía no logramos sanar.  

Entre la persecución policial a migrantes y la estigmatización de los barrios populares, el mito de la «Argentina blanca» o de «los argentinos venimos de los barcos» resuena otra vez. Un análisis sobre cómo la desigualdad heredada y el desprecio por el fenotipo originario exponen el trauma de una sociedad que se niega a reconocer su propio rostro.

Estamos asistiendo desde hace un tiempo a un nuevo ensañamientopor parte del Estado para con los inmigrantes, sobre todo los de países limítrofes. La policía pide documentos a personas que, por su aspecto físico, son «sospechosas» de ser inmigrantes ilegales, exigiéndoles demostrar lo contrario. Entre muchos casos, fue viral el relatado por el actor Oski Guzmán

  • En sintonía, desde el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires también hubo manifestacionesestigmatizantes contra las personas que viven en barrios populares.
  • A fines de 2023, tres policías fueron condenados a cadena perpetua en Rosario por el asesinato de Lucas Gonzalez. El caso fue calificado como homicidio por «odio racial».
  • Lucrecia Martel estrenó este año el documental Nuestra Tierra. A través del juicio por el asesinato de Javier Chocobar, dirigente de la comunidad Chuschagasta, podemos ver el racismo que es histórico y estructural en las provincias del norte argentino.

Acontecimientos como éstos reviven constantemente la discusión sobre la discriminación en nuestro país porque ponen en evidencia que hay algo que no hemos saldado aún. Nos invitan a repensar qué es el racismo en nuestro país y cómo es posible que todavía exista.

El color de la riqueza

Desde un punto de vista científico, no existen razas humanas. El concepto de raza es un invento para tratar de darle cierta legitimidad y apariencia de racionalidad a un acto por completo ilegítimo e irracional. En su origen, esa ficción sirvió para justificar un nuevo orden: a partir de la conquista de América, se produjo una división internacional del trabajo bajo un criterio racial. Esto generó una desigual distribución de la riqueza y de la tierra que perdura hasta nuestros días. El color de la piel, así como los bienes y la tierra, son hereditarios.

En gran parte de nuestro continente —y nuestro país no es la excepción—, las personas social y económicamente vulneradas tienen en su mayoría rostros con rasgos locales, mientras que los más pudientes y poderosos tienen por lo general el fenotipo europeo. Basta con mirar dentro de las cárceles a lo largo y ancho del país. En efecto, la distribución inicial de la riqueza, la poca mezcla entre clases y la condición hereditaria del capital dan como resultado una división social que suele coincidir con una división fenotípica, reforzando el prejuicio de una supuesta superioridad.

Los inmigrantes limítrofes que tienen rasgos originarios no son tratados de la misma manera que los blancos o europeos. Podemos mencionar el maltrato hacia bolivianos, peruanos y paraguayos, pero el síntoma más claro de nuestro racismo es que los argentinos con esos mismos rasgos son calificados despectivamente como «bolivianos» o «paraguayos», negando así que ese fenotipo es parte constitutiva de nuestro propio país. 

En buena parte de nuestra sociedad, hay una autopercepción de lo argentino como país blanco, culto, «civilizado», poblado por hijos de inmigrantes europeos. Y esta autopercepción es transversal, no es exclusiva de una clase social en particular ni de las personas con fenotipo europeo. Es un resabio de la colonización o la continuidad de la misma por otros medios, lo que muchos sociólogos contemporáneos llaman colonialidad.

Fagocitación: la seducción de la barbarie

El filósofo argentino Rodolfo Kusch contribuyó a pensar la identidad argentina y latinoamericana desde una perspectiva inédita. La dicotomía «civilización y barbarie» que Sarmiento instaló desde el subtítulo del Facundo explicaba la realidad desde las categorías antropológicas de su época. Kusch, en América Profunda, actualiza este diagnóstico: nos dice que nuestra «mente mestiza» —de la cual participamos blancos y pardos— es hija de dos extremos. Por un lado, el afán de «ser» o «ser alguien» (modalidad cultural de la Europa burguesa); por el otro, el «estar» o «estar aquí» (modalidad profunda de la cultura precolombina).

Simulamos ser individuos racionales, ciudadanos de países supuestamente civilizados, pero en el fondo somos el resultado de lo que Kusch llama fagocitación: una deformación del «ser» por parte del «estar». Todo lo que se intenta trasplantar termina por deformarse, y en esa deformación reside lo auténtico.

El fútbol es un buen ejemplo. Es un invento inglés, pero acá no se vive ni se juega igual. El término «cancha», que proviene del quechua, expresa mejor que ninguno cómo concebimos ese espacio sagrado. Hemos adoptado un juego ajeno, lo hemos deformado y, a diferencia de otros ámbitos, allí hemos logrado la integridad. De hecho, la rivalidad más grande de nuestro fútbol se da entre dos clubes que representan simbólicamente los extremos de nuestra mente mestiza: de un lado, se afirman la pulcritud, la riqueza y una supuesta belleza técnica; del otro, la afirmación de lo popular, del carnaval, del «hedor», en suma, de la «barbarie».

El trauma de la civilización

Esta deformación se da en el arte, en la política, en la economía y en todo ámbito cada vez que se pretende imponer un modelo exterior sobre una realidad que no es tenida en cuenta. El problema es que no siempre logramos esa integración y oscilamos entre ambos extremos, teniendo que empezar siempre desde cero.

Algunos todavía anhelan que seamos como esos lugares pulcros del primer mundo, pero siempre hay una masa dispuesta a deformar nuestros planes, simplemente porque no son los suyos ni los tienen en cuenta. Del mismo modo en que lo reprimido por nuestro aparato psíquico retorna en forma de trauma, aquello que negamos y reprimimos como sociedad no desaparece: seguirá generando traumas hasta que logremos nuestra integridad.

La ciudad es, por excelencia, el símbolo de la civilización, mientras que las villas (hoy barrios populares) son el símbolo de lo que la civilización no incluyó en sus planes. Todo aquello que frustra el afán de «ser alguien» nos recuerda que simplemente «estamos aquí» y que no somos eso que pretendemos. El rostro del villero es el rostro del indígena, del boliviano, del paraguayo, del correntino. En suma, es el rostro de nuestro pueblo por más que nos pese a quienes somos sectores medios acomodados, pero en el fondo, desubicados.

Reconocer que ese otro al que queremos civilizar o exterminar en realidad forma parte de lo más profundo de nuestra identidad, produce una herida narcisista. Ante esa posibilidad, el desprecio y la discriminación no son más que un mecanismo de defensa para restaurar la fragil seguridad que sostenemos detrás de nuestros anhelos de ser alguien.

 El Economista