El Estrecho de Magallanes es de soberanía chilena simplemente porque, según los libros, fue Chile quien tomó posesión efectiva de ese paso interoceánico en 1843, lo que luego fue ratificado por la Argentina en sendos tratados internacionales (1881 y 1984). Se consigna que Juan Williams, al mando de la goleta Ancud, fundó el fuerte Bulnes con la bandera trasandina. En 1848 se fundó la colonia de Punta Arenas, y desde ese momento hubo una población chilena permanente en la zona.
Tal estado de situación se vio sacudido en enero, cuando el jefe del Servicio de Hidrografía Naval argentino, Hernán Montero, afirmó que la boca del Estrecho es argentina. Y en las últimas semanas, por el jefe de la Fuerza Aérea, Gustavo Valverde, quien también cuestionó la soberanía del paso austral. El presidente chileno, el ultraderechista José Antonio Kast, envió una nota de protesta, y el ministro de Defensa argentino, Carlos Presti, bajó las tensiones al calificar lo sucedido como una «confusión” y una “desprolijidad». Finalmente, la breve visita a Chile de Javier Milei contribuyó a calmar las aguas, siempre proclives a embravecer.
Este revival de tensiones podría deberse a que el alcalde de Punta Arenas, Claudio Radonich, anunció un acuerdo comercial con las autoridades británicas de las Islas Malvinas, para trasladar mercadería (desde alimentos hasta materiales para la construcción, gas licuado y repuestos) desde noviembre, a cargo de la naviera Easter Island. De hecho, está previsto que una delegación kelper viaje a Punta Arenas a fines de este mes, para rubricar lo acordado.
Así, se sumaría una nueva ruta a la de Montevideo, que demanda nada menos que un recorrido de 2 mil kilómetros. En este caso, estaría mucho más cerca y resultaría más asequible. El convenio puede recuperar la economía de Magallanes pero, a la vez, revivir el litigio fronterizo, toda vez que el recorrido supone atravesar el Mar Argentino.
El giro “nacionalista” de Milei
Esta intención de establecer una ruta comercial chileno-kelper coincide inquietantemente con el giro copernicano de Milei, difundido por cadena nacional. El Presidente anunció sanciones a las empresas petroleras que operen en las Malvinas, y que se retomarán las obras para la construcción de una base “integral” en Tierra del Fuego. Todo esto luego de haber autorizado, apenas una semana atrás, a un buque británico a recalar en el puerto de Ushuaia. Queda claro que la política sobre Malvinas se volvió por lo menos desconcertante bajo la gestión libertaria, en vísperas de las elecciones presidenciales del año próximo, en las que Milei ya anunció que buscará su reelección.
La sombra de los Estados Unidos de Trump
Todo esto ocurre con el “telón de fondo de la disputa geoestratégica por los pasos interoceánicos, por la Antártida, y la pretensión de Estados Unidos de afirmarse desde Groenlandia hasta Tierra del Fuego”, advierte a Tiempo Argentino el doctor en Historia (UBA), Leandro Morgenfeld. “Magallanes y el Canal de Beagle pasan a ser pasos estratégicos, junto al avance de la OTAN en las Malvinas, para proyectarse sobre la Antártida; no es más que la vieja Doctrina Monroe, de afirmarse Estados Unidos territorialmente”, consideró.
El historiador apuntó que esta injerencia ocurre con “dos gobiernos afines ideológicamente” a los EEUU “como lo son los de Kast y Milei”, y mientras Trump “está buscando una mayor participación del Reino Unido en el Estrecho de Ormuz”.
El estrecho en cuestión debe su nombre al portugués Fernando de Magallanes, quien lideró la expedición española que atravesó este paso en 1520. El navegante lo bautizó como Estrecho de Todos los Santos, ya que su flota terminó de cruzarlo el 1 de noviembre, día en que la Iglesia Católica celebra precisamente el Día de Todos los Santos. Luego, cartógrafos y la Corona española comenzaron a llamarlo Estrecho de Magallanes.
El paso bioceánico es “totalmente navegable” por lo que funciona como un paso marítimo natural que conecta el océano Atlántico con el océano Pacífico. Sin embargo, se advierte que es peligroso debido a sus fuertes vientos que superan los 100 km/h, corrientes marinas impredecibles, pasajes angostos y un clima extremo y cambiante.
Según los tratados firmados, el canal situado entre la Patagonia chilena y la isla Grande de Tierra del Fuego, se encuentra bajo la jurisdicción de Chile, pero es de “libre navegación”: el tránsito por sus 570 kilómetros está garantizado para los buques de todas las banderas, “en cualquier momento y circunstancia”. Magallanes además es casi el paso obligado entre ambos océanos, ya que el de cabo de Hornos resulta mucho más peligroso.
La Dirección General del Territorio Marítimo y de Marina Mercante de Chile (DIRECTEMAR) es la que controla a las naves que cruzan por el Estrecho y la que, desde noviembre, podrá tener el rol clave de autorizar una polémica ruta comercial hacia un archipiélago -ahora- reclamado enfáticamente por el gobierno argentino.
El paso interoceánico se convirtió en un punto estratégico en el actual escenario geopolítico. Pertenece a Chile desde 1843 y hoy aparece como un enclave en disputa a partir del acuerdo del alcalde de Punta Arenas con las autoridades británicas de las Islas Malvinas.
El Estrecho de Magallanes es de soberanía chilena simplemente porque, según los libros, fue Chile quien tomó posesión efectiva de ese paso interoceánico en 1843, lo que luego fue ratificado por la Argentina en sendos tratados internacionales (1881 y 1984). Se consigna que Juan Williams, al mando de la goleta Ancud, fundó el fuerte Bulnes con la bandera trasandina. En 1848 se fundó la colonia de Punta Arenas, y desde ese momento hubo una población chilena permanente en la zona.
Tal estado de situación se vio sacudido en enero, cuando el jefe del Servicio de Hidrografía Naval argentino, Hernán Montero, afirmó que la boca del Estrecho es argentina. Y en las últimas semanas, por el jefe de la Fuerza Aérea, Gustavo Valverde, quien también cuestionó la soberanía del paso austral. El presidente chileno, el ultraderechista José Antonio Kast, envió una nota de protesta, y el ministro de Defensa argentino, Carlos Presti, bajó las tensiones al calificar lo sucedido como una «confusión” y una “desprolijidad». Finalmente, la breve visita a Chile de Javier Milei contribuyó a calmar las aguas, siempre proclives a embravecer.
Este revival de tensiones podría deberse a que el alcalde de Punta Arenas, Claudio Radonich, anunció un acuerdo comercial con las autoridades británicas de las Islas Malvinas, para trasladar mercadería (desde alimentos hasta materiales para la construcción, gas licuado y repuestos) desde noviembre, a cargo de la naviera Easter Island. De hecho, está previsto que una delegación kelper viaje a Punta Arenas a fines de este mes, para rubricar lo acordado.
Así, se sumaría una nueva ruta a la de Montevideo, que demanda nada menos que un recorrido de 2 mil kilómetros. En este caso, estaría mucho más cerca y resultaría más asequible. El convenio puede recuperar la economía de Magallanes pero, a la vez, revivir el litigio fronterizo, toda vez que el recorrido supone atravesar el Mar Argentino.
El giro “nacionalista” de Milei
Esta intención de establecer una ruta comercial chileno-kelper coincide inquietantemente con el giro copernicano de Milei, difundido por cadena nacional. El Presidente anunció sanciones a las empresas petroleras que operen en las Malvinas, y que se retomarán las obras para la construcción de una base “integral” en Tierra del Fuego. Todo esto luego de haber autorizado, apenas una semana atrás, a un buque británico a recalar en el puerto de Ushuaia. Queda claro que la política sobre Malvinas se volvió por lo menos desconcertante bajo la gestión libertaria, en vísperas de las elecciones presidenciales del año próximo, en las que Milei ya anunció que buscará su reelección.
La sombra de los Estados Unidos de Trump
Todo esto ocurre con el “telón de fondo de la disputa geoestratégica por los pasos interoceánicos, por la Antártida, y la pretensión de Estados Unidos de afirmarse desde Groenlandia hasta Tierra del Fuego”, advierte a Tiempo Argentino el doctor en Historia (UBA), Leandro Morgenfeld. “Magallanes y el Canal de Beagle pasan a ser pasos estratégicos, junto al avance de la OTAN en las Malvinas, para proyectarse sobre la Antártida; no es más que la vieja Doctrina Monroe, de afirmarse Estados Unidos territorialmente”, consideró.
El historiador apuntó que esta injerencia ocurre con “dos gobiernos afines ideológicamente” a los EEUU “como lo son los de Kast y Milei”, y mientras Trump “está buscando una mayor participación del Reino Unido en el Estrecho de Ormuz”.
El estrecho en cuestión debe su nombre al portugués Fernando de Magallanes, quien lideró la expedición española que atravesó este paso en 1520. El navegante lo bautizó como Estrecho de Todos los Santos, ya que su flota terminó de cruzarlo el 1 de noviembre, día en que la Iglesia Católica celebra precisamente el Día de Todos los Santos. Luego, cartógrafos y la Corona española comenzaron a llamarlo Estrecho de Magallanes.
El paso bioceánico es “totalmente navegable” por lo que funciona como un paso marítimo natural que conecta el océano Atlántico con el océano Pacífico. Sin embargo, se advierte que es peligroso debido a sus fuertes vientos que superan los 100 km/h, corrientes marinas impredecibles, pasajes angostos y un clima extremo y cambiante.
Según los tratados firmados, el canal situado entre la Patagonia chilena y la isla Grande de Tierra del Fuego, se encuentra bajo la jurisdicción de Chile, pero es de “libre navegación”: el tránsito por sus 570 kilómetros está garantizado para los buques de todas las banderas, “en cualquier momento y circunstancia”. Magallanes además es casi el paso obligado entre ambos océanos, ya que el de cabo de Hornos resulta mucho más peligroso.
La Dirección General del Territorio Marítimo y de Marina Mercante de Chile (DIRECTEMAR) es la que controla a las naves que cruzan por el Estrecho y la que, desde noviembre, podrá tener el rol clave de autorizar una polémica ruta comercial hacia un archipiélago -ahora- reclamado enfáticamente por el gobierno argentino.
Política – Tiempo Argentino