En una inusual combinación de diplomacia informal y controvertido sentido del humor, Donald Trump sintetizó en una frase el tenor de su relación con la docena de presidentes latinoamericanos a los que invitó a Miami para el lanzamiento del denominado “Escudo de las Américas”, una coalición militar para erradicar los carteles de la droga y los grupos terroristas en el hemisferio occidental. «No voy a estudiar su maldito idioma porque no tengo tiempo», les dijo el mandatario republicano. La declaración se viralizó en segundos, pero quizás lo más revelador fue la reacción de los líderes de derecha presentes: lejos de manifestarse ofendidos, celebraron lo que la prensa internacional calificó como insulto.
El gesto político sirve como introducción para analizar el encuentro realizado el 7 de marzo en el Trump National Doral, un complejo de golf y resorts del presidente estadounidense. Observadores internacionales señalaron que el evento no fue otra cosa que un acto de subordinación política, en el que líderes de la región afines a Washington se limitaron a recibir lineamientos unilaterales, posar para una fotografía oficial y recibir una lapicera como obsequio conmemorativo.
La cumbre congregó a doce países – Argentina, Bolivia, Chile, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Guyana, Honduras, Panamá, Paraguay y Trinidad y Tobago -. Las ausencias, sin embargo, hablan por sí solas: Brasil, México y Colombia no fueron invitados. Según sus autoridades, la decisión respondió a que la cita no estaba diseñada para acordar una cooperación genuina en seguridad, sino para refrendar un alineamiento ideológico con escaso margen para el disenso.

El “Escudo de las Américas” fue presentado como un complemento de la denominada “Estrategia de Seguridad Nacional”, implementada desde fines de 2025. La iniciativa fue descrita explícitamente como un «corolario Trump a la Doctrina Monroe», aquella histórica proclama de 1823 que estableció la pretensión hegemónica de “América para los estadounidenses”. Difícil ser más explícito.
En este contexto, el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, calificó la cumbre en Florida como «reaccionaria y neocolonial», y advirtió que comprometía a los gobiernos asistentes a «aceptar el uso letal de fuerza militar estadounidense para resolver problemas internos». También señaló que la iniciativa contravenía la Proclama de América Latina y el Caribe como Zona de Paz, constituía un retroceso en el proceso de autonomía regional y buscaba desvincular a la región de su pertenencia estructural al Sur Global.
Su par colombiano, Gustavo Petro, adoptó un tono escéptico y observó que si el objetivo del encuentro era coordinar la lucha regional contra el narcotráfico – como formalmente anunció Trump -, su país «tiene la mayor de las experiencias, ya que ha construido una coordinación de seguridad con 75 policías del mundo, entre ellas la de EE.UU.».
El analista chino Wang Youming sintetizó el sentido de la cumbre al sostener que, «presentada como una coalición contra el narcotráfico, fue una reunión de presidentes ideológicamente alineados para reforzar el control sobre lo que Washington considera su territorio estratégico, además de legitimar futuras intervenciones”.
La historia reciente da la razón a Wang. En enero, Trump ordenó una acción militar contra Venezuela para detener, al margen de procedimientos legales internacionales, al presidente Nicolás Maduro bajo supuestos cargos de narcotráfico. El propio mandatario estadounidense relativizó posteriormente esa justificación al explicar que su objetivo real había sido controlar el flujo del petróleo venezolano. «Somos esclavos de nuestras palabras», advierten desde Cuba, país que ha sido blanco de nuevas amenazas por parte del presidente estadounidense.
En sintonía con su jefe, el secretario de Estado Marco Rubio tampoco empleó eufemismos durante su participación en la Conferencia de Seguridad de Múnich en febrero. Para el principal colaborador de Trump, el nuevo rumbo de EE.UU. no solo constituye un «refuerzo de la Doctrina Monroe», sino que reivindica aquella “edad de oro” de la expansión imperial europea, período que la historiografía contemporánea reconoce como una etapa de violencia colonial y explotación.
Más allá de las declaraciones públicas, analistas internacionales señalaron que el conflicto en Irán llevó a Trump a omitir referencias a China durante la cumbre de Miami, a pesar de sus conocidas intenciones de limitar las relaciones entre el país asiático y América Latina y el Caribe, región que Washington considera su área de influencia prioritaria. El silencio, en este caso, también fue un mensaje.
China, por su parte, no calló. El canciller Wang Yi aprovechó el escenario de las Dos Sesiones para reiterar la posición de Beijing: «El camino de los países de América Latina debe ser elegido por su gente, y la elección de amigos debe ser hecha por los propios países. Nunca nos involucramos en planes geopolíticos ni pedimos a otros que tomen partido. La cooperación entre China y ALC no apunta contra terceros ni debe ser interferida por terceros».
La disyuntiva para América Latina es antigua pero vuelve a plantearse entre soberanía o subordinación. Los doce gobiernos que asistieron optaron por lo segundo: a cambio de una instancia protocolar, apoyaron un documento que transforma la lucha contra el narcotráfico en un marco de acción que podría facilitar la intervención estadounidense. La alternativa de una mayor autonomía se perfila desde las ausencias – Brasil, México, Colombia – y desde la posición de China y otros actores internacionales.
El discurso de Rubio en Múnich evocó la Conferencia de Berlín de 1884, donde las potencias europeas delinearon el reparto de África sin participación africana. Décadas después, la cumbre de Florida intentó algo similar al definir orientaciones para la región con la participación únicamente de gobiernos afines a los intereses de Washington.
El «Escudo de las Américas» parece diseñado para preservar la hegemonía estadounidense, lo que expone a la región a una potencial injerencia externa y a un alineamiento político que limita su margen de maniobra internacional. Mientras tanto, el sistema internacional contemporáneo tiende hacia una configuración multipolar, y los países emergentes siguen peleando por ampliar su participación en las decisiones globales.
Observadores internacionales señalaron que el evento no fue otra cosa que un acto de subordinación política, en el que líderes de la región afines a Washington se limitaron a recibir lineamientos unilaterales
En una inusual combinación de diplomacia informal y controvertido sentido del humor, Donald Trump sintetizó en una frase el tenor de su relación con la docena de presidentes latinoamericanos a los que invitó a Miami para el lanzamiento del denominado “Escudo de las Américas”, una coalición militar para erradicar los carteles de la droga y los grupos terroristas en el hemisferio occidental. «No voy a estudiar su maldito idioma porque no tengo tiempo», les dijo el mandatario republicano. La declaración se viralizó en segundos, pero quizás lo más revelador fue la reacción de los líderes de derecha presentes: lejos de manifestarse ofendidos, celebraron lo que la prensa internacional calificó como insulto.
El gesto político sirve como introducción para analizar el encuentro realizado el 7 de marzo en el Trump National Doral, un complejo de golf y resorts del presidente estadounidense. Observadores internacionales señalaron que el evento no fue otra cosa que un acto de subordinación política, en el que líderes de la región afines a Washington se limitaron a recibir lineamientos unilaterales, posar para una fotografía oficial y recibir una lapicera como obsequio conmemorativo.
La cumbre congregó a doce países – Argentina, Bolivia, Chile, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Guyana, Honduras, Panamá, Paraguay y Trinidad y Tobago -. Las ausencias, sin embargo, hablan por sí solas: Brasil, México y Colombia no fueron invitados. Según sus autoridades, la decisión respondió a que la cita no estaba diseñada para acordar una cooperación genuina en seguridad, sino para refrendar un alineamiento ideológico con escaso margen para el disenso.

El “Escudo de las Américas” fue presentado como un complemento de la denominada “Estrategia de Seguridad Nacional”, implementada desde fines de 2025. La iniciativa fue descrita explícitamente como un «corolario Trump a la Doctrina Monroe», aquella histórica proclama de 1823 que estableció la pretensión hegemónica de “América para los estadounidenses”. Difícil ser más explícito.
En este contexto, el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, calificó la cumbre en Florida como «reaccionaria y neocolonial», y advirtió que comprometía a los gobiernos asistentes a «aceptar el uso letal de fuerza militar estadounidense para resolver problemas internos». También señaló que la iniciativa contravenía la Proclama de América Latina y el Caribe como Zona de Paz, constituía un retroceso en el proceso de autonomía regional y buscaba desvincular a la región de su pertenencia estructural al Sur Global.
Su par colombiano, Gustavo Petro, adoptó un tono escéptico y observó que si el objetivo del encuentro era coordinar la lucha regional contra el narcotráfico – como formalmente anunció Trump -, su país «tiene la mayor de las experiencias, ya que ha construido una coordinación de seguridad con 75 policías del mundo, entre ellas la de EE.UU.».
El analista chino Wang Youming sintetizó el sentido de la cumbre al sostener que, «presentada como una coalición contra el narcotráfico, fue una reunión de presidentes ideológicamente alineados para reforzar el control sobre lo que Washington considera su territorio estratégico, además de legitimar futuras intervenciones”.
La historia reciente da la razón a Wang. En enero, Trump ordenó una acción militar contra Venezuela para detener, al margen de procedimientos legales internacionales, al presidente Nicolás Maduro bajo supuestos cargos de narcotráfico. El propio mandatario estadounidense relativizó posteriormente esa justificación al explicar que su objetivo real había sido controlar el flujo del petróleo venezolano. «Somos esclavos de nuestras palabras», advierten desde Cuba, país que ha sido blanco de nuevas amenazas por parte del presidente estadounidense.
En sintonía con su jefe, el secretario de Estado Marco Rubio tampoco empleó eufemismos durante su participación en la Conferencia de Seguridad de Múnich en febrero. Para el principal colaborador de Trump, el nuevo rumbo de EE.UU. no solo constituye un «refuerzo de la Doctrina Monroe», sino que reivindica aquella “edad de oro” de la expansión imperial europea, período que la historiografía contemporánea reconoce como una etapa de violencia colonial y explotación.
Más allá de las declaraciones públicas, analistas internacionales señalaron que el conflicto en Irán llevó a Trump a omitir referencias a China durante la cumbre de Miami, a pesar de sus conocidas intenciones de limitar las relaciones entre el país asiático y América Latina y el Caribe, región que Washington considera su área de influencia prioritaria. El silencio, en este caso, también fue un mensaje.
China, por su parte, no calló. El canciller Wang Yi aprovechó el escenario de las Dos Sesiones para reiterar la posición de Beijing: «El camino de los países de América Latina debe ser elegido por su gente, y la elección de amigos debe ser hecha por los propios países. Nunca nos involucramos en planes geopolíticos ni pedimos a otros que tomen partido. La cooperación entre China y ALC no apunta contra terceros ni debe ser interferida por terceros».
La disyuntiva para América Latina es antigua pero vuelve a plantearse entre soberanía o subordinación. Los doce gobiernos que asistieron optaron por lo segundo: a cambio de una instancia protocolar, apoyaron un documento que transforma la lucha contra el narcotráfico en un marco de acción que podría facilitar la intervención estadounidense. La alternativa de una mayor autonomía se perfila desde las ausencias – Brasil, México, Colombia – y desde la posición de China y otros actores internacionales.
El discurso de Rubio en Múnich evocó la Conferencia de Berlín de 1884, donde las potencias europeas delinearon el reparto de África sin participación africana. Décadas después, la cumbre de Florida intentó algo similar al definir orientaciones para la región con la participación únicamente de gobiernos afines a los intereses de Washington.
El «Escudo de las Américas» parece diseñado para preservar la hegemonía estadounidense, lo que expone a la región a una potencial injerencia externa y a un alineamiento político que limita su margen de maniobra internacional. Mientras tanto, el sistema internacional contemporáneo tiende hacia una configuración multipolar, y los países emergentes siguen peleando por ampliar su participación en las decisiones globales.
Mundo – Tiempo Argentino