Eduardo Sincofsky: “Las iglesias evangélicas ocupan el lugar que deja el Estado y la derecha brasileña supo aprovecharlo”

El consultor y analista político argentino, residente desde hace más de 20 años en Brasil. Un profundo conocedor de la realidad política de ambos países y a la vez un estudioso del lugar que ocupan las iglesias evangélicas en ese contexto y su relación con los partidos, en especial con el bolsonarismo, así como la influencia de los pastores en los sectores populares y las dificultades del progresismo para imaginar un futuro después de Lula.

-¿Qué parecidos encontrás entre la situación política de Brasil y la de Argentina?

—En ambos países se construyó un “polo anti”: el antikirchnerismo en Argentina y el antipetismo en Brasil. Pero entre los que rechazan al Partido de los Trabajadores hay diferencias. Algunos lo hacen automáticamente; otros cuestionan que no ofrezca propuestas de futuro. Se preguntan cómo enfrentar los cambios tecnológicos y la inteligencia artificial, o cómo generar empleos que permitan salir de los planes sociales. Brasil, a diferencia de Argentina, tiene una mayor estabilidad macroeconómica y consensos más amplios sobre algunas variables económicas.

Eduardo Sincofsky: “Las iglesias evangélicas ocupan el lugar que deja el Estado y la derecha brasileña supo aprovecharlo”
El consultor y analista político argentino Eduardo Sincofsky reside hace 20 años en Brasil.

-¿Cómo se explica el crecimiento de las distintas  iglesias evangélicas y su fuerte identificación con los Bolsonaro?

-El cambio fue enorme: los evangélicos pasaron de ser una minoría a representar más de una cuarta parte de la población. En 2018, Jair Bolsonaro obtuvo alrededor del 69% del voto evangélico. Pero no se entiende ese respaldo mirando solamente las campañas. Las iglesias llegan a lugares donde el Estado muchas veces está ausente: ayudan, contienen y generan pertenencia. Ese vínculo puede transformarse en apoyo político. Bolsonaro, además, conectó con su defensa de la familia tradicional y lo que en Brasil se llama la “pauta de costumbres”.

-¿Cómo funciona esa contención en la vida cotidiana de la población?

-Las iglesias son redes de solidaridad. En un grupo focal, una mujer que vendía tortas caseras contó que el pastor pedía desde el púlpito que le compraran para ayudarla como “hermana” de la comunidad. Es un ejemplo muy concreto: no se trata solamente de asistir al culto. La iglesia ayuda a resolver problemas económicos y construye relaciones de confianza. En ese sentido, cumple funciones parecidas a las organizaciones sociales o de base en los barrios.

-¿De qué manera se pasa de esa solidaridad a una identificación política con la derecha y con la ultra derecha?

-No es automático. Pero si una institución te acompaña cuando tenés problemas, sus referentes adquieren autoridad. Eso no significa que todos voten lo que dice un pastor. El bolsonarismo, sin embargo, logró convertir temas morales en asuntos electorales: la familia tradicional, la oposición a ciertos derechos de las minorías o la supuesta amenaza a los valores religiosos. Así, cuestiones de la vida privada entran en la disputa política.

-¿Hasta dónde pueden intervenir los pastores en las decisiones electorales?

—Hay casos muy directos. En Río de Janeiro, un pastor expresó su apoyo a Flávio Bolsonaro durante una actividad religiosa. También hay intervenciones más indirectas. Un pastor utilizó el pasaje bíblico según el cual Dios trabajó seis días y descansó el séptimo para cuestionar un cambio en el régimen laboral de seis días de trabajo por uno de descanso. Una discusión sobre derechos laborales termina planteada en términos religiosos. Y está la idea de la “guerra espiritual”, que presenta una elección como una disputa entre el bien y el mal.

-¿Los fieles siguen esas orientaciones o deciden por su cuenta?

—El electorado evangélico no es homogéneo. Hay quienes escuchan a sus pastores y quienes votan según sus propias preocupaciones: la economía, el empleo o la vida cotidiana. Lo que sí tienen las iglesias es una enorme capacidad para movilizar. En los últimos días de una campaña pueden activar redes, circular mensajes y promover una suerte de “revolución silenciosa”. Esas estructuras funcionan todo el año, no aparecen únicamente para las elecciones.

-¿Por qué considerás que la derecha comprendió mejor que la izquierda a esas comunidades?

—Porque entendió su importancia territorial y construyó un discurso que conecta con ciertas preocupaciones de sus integrantes. El progresismo suele tener dificultades para acercarse sin reducir a los evangélicos a sus posiciones conservadoras. Una iglesia también es un lugar de encuentro, de ayuda mutua y de construcción de identidad. Si se ignora eso, es difícil comprender su influencia y disputar políticamente esos espacios.

-Lula tuvo una relación histórica con los sectores populares. ¿Perdió parte de ese apoyo?

-Probablemente haya sido porque las identidades políticas no son permanentes. Haber representado a los trabajadores no garantiza conservar sus votos. Las iglesias ampliaron su presencia territorial y el bolsonarismo tendió puentes con ellas. Además, algunos electores cuestionan que el PT no muestre un proyecto convincente sobre el futuro: qué oportunidades tendrán sus hijos, cómo cambiará el trabajo y cómo pasar de la asistencia al empleo. Son preguntas que desbordan las divisiones clásicas entre izquierda y derecha.

-¿El progresismo puede recuperar parte del voto evangélico?

—Por supuesto que sí, pero, claramente debe entender mejor a esas comunidades. No alcanza con discutir valores religiosos: también importan el trabajo, los ingresos y las redes de solidaridad. Sería un error suponer que todos los evangélicos son bolsonaristas. Es un universo diverso y hay sectores que no se identifican necesariamente con la derecha. El desafío es dialogar con ellos sin desconocer sus creencias ni sus necesidades concretas.

-¿Qué futuro tiene el progresismo brasileño después de Lula, en caso de que se pierdan las elecciones , por consiguiente, el gobierno del país?

-Siempre se plenteó que ese es uno de los grandes desafíos del PT. Lula tiene carisma, popularidad, capacidad de comunicación y una historia que lo conecta con millones. Pero esa fortaleza generó una enorme dependencia de su figura. Fernando Haddad, por ejemplo, posee mucha preparación técnica, aunque no tiene la misma llegada popular. Todavía no aparece un liderazgo capaz de reemplazarlo. En un escenario polarizado, esa dificultad puede ser decisiva. «

 Es argentino pero vive en São Paulo desde principios de siglo. Psicólogo y analista político, un profundo conocedor de las realidades de ambas naciones. «El crecimiento del evangelismo modificó el mapa político del Brasil», advierte.  

El consultor y analista político argentino, residente desde hace más de 20 años en Brasil. Un profundo conocedor de la realidad política de ambos países y a la vez un estudioso del lugar que ocupan las iglesias evangélicas en ese contexto y su relación con los partidos, en especial con el bolsonarismo, así como la influencia de los pastores en los sectores populares y las dificultades del progresismo para imaginar un futuro después de Lula.

-¿Qué parecidos encontrás entre la situación política de Brasil y la de Argentina?

—En ambos países se construyó un “polo anti”: el antikirchnerismo en Argentina y el antipetismo en Brasil. Pero entre los que rechazan al Partido de los Trabajadores hay diferencias. Algunos lo hacen automáticamente; otros cuestionan que no ofrezca propuestas de futuro. Se preguntan cómo enfrentar los cambios tecnológicos y la inteligencia artificial, o cómo generar empleos que permitan salir de los planes sociales. Brasil, a diferencia de Argentina, tiene una mayor estabilidad macroeconómica y consensos más amplios sobre algunas variables económicas.

Eduardo Sincofsky: “Las iglesias evangélicas ocupan el lugar que deja el Estado y la derecha brasileña supo aprovecharlo”
El consultor y analista político argentino Eduardo Sincofsky reside hace 20 años en Brasil.

-¿Cómo se explica el crecimiento de las distintas  iglesias evangélicas y su fuerte identificación con los Bolsonaro?

-El cambio fue enorme: los evangélicos pasaron de ser una minoría a representar más de una cuarta parte de la población. En 2018, Jair Bolsonaro obtuvo alrededor del 69% del voto evangélico. Pero no se entiende ese respaldo mirando solamente las campañas. Las iglesias llegan a lugares donde el Estado muchas veces está ausente: ayudan, contienen y generan pertenencia. Ese vínculo puede transformarse en apoyo político. Bolsonaro, además, conectó con su defensa de la familia tradicional y lo que en Brasil se llama la “pauta de costumbres”.

-¿Cómo funciona esa contención en la vida cotidiana de la población?

-Las iglesias son redes de solidaridad. En un grupo focal, una mujer que vendía tortas caseras contó que el pastor pedía desde el púlpito que le compraran para ayudarla como “hermana” de la comunidad. Es un ejemplo muy concreto: no se trata solamente de asistir al culto. La iglesia ayuda a resolver problemas económicos y construye relaciones de confianza. En ese sentido, cumple funciones parecidas a las organizaciones sociales o de base en los barrios.

-¿De qué manera se pasa de esa solidaridad a una identificación política con la derecha y con la ultra derecha?

-No es automático. Pero si una institución te acompaña cuando tenés problemas, sus referentes adquieren autoridad. Eso no significa que todos voten lo que dice un pastor. El bolsonarismo, sin embargo, logró convertir temas morales en asuntos electorales: la familia tradicional, la oposición a ciertos derechos de las minorías o la supuesta amenaza a los valores religiosos. Así, cuestiones de la vida privada entran en la disputa política.

-¿Hasta dónde pueden intervenir los pastores en las decisiones electorales?

—Hay casos muy directos. En Río de Janeiro, un pastor expresó su apoyo a Flávio Bolsonaro durante una actividad religiosa. También hay intervenciones más indirectas. Un pastor utilizó el pasaje bíblico según el cual Dios trabajó seis días y descansó el séptimo para cuestionar un cambio en el régimen laboral de seis días de trabajo por uno de descanso. Una discusión sobre derechos laborales termina planteada en términos religiosos. Y está la idea de la “guerra espiritual”, que presenta una elección como una disputa entre el bien y el mal.

-¿Los fieles siguen esas orientaciones o deciden por su cuenta?

—El electorado evangélico no es homogéneo. Hay quienes escuchan a sus pastores y quienes votan según sus propias preocupaciones: la economía, el empleo o la vida cotidiana. Lo que sí tienen las iglesias es una enorme capacidad para movilizar. En los últimos días de una campaña pueden activar redes, circular mensajes y promover una suerte de “revolución silenciosa”. Esas estructuras funcionan todo el año, no aparecen únicamente para las elecciones.

-¿Por qué considerás que la derecha comprendió mejor que la izquierda a esas comunidades?

—Porque entendió su importancia territorial y construyó un discurso que conecta con ciertas preocupaciones de sus integrantes. El progresismo suele tener dificultades para acercarse sin reducir a los evangélicos a sus posiciones conservadoras. Una iglesia también es un lugar de encuentro, de ayuda mutua y de construcción de identidad. Si se ignora eso, es difícil comprender su influencia y disputar políticamente esos espacios.

-Lula tuvo una relación histórica con los sectores populares. ¿Perdió parte de ese apoyo?

-Probablemente haya sido porque las identidades políticas no son permanentes. Haber representado a los trabajadores no garantiza conservar sus votos. Las iglesias ampliaron su presencia territorial y el bolsonarismo tendió puentes con ellas. Además, algunos electores cuestionan que el PT no muestre un proyecto convincente sobre el futuro: qué oportunidades tendrán sus hijos, cómo cambiará el trabajo y cómo pasar de la asistencia al empleo. Son preguntas que desbordan las divisiones clásicas entre izquierda y derecha.

-¿El progresismo puede recuperar parte del voto evangélico?

—Por supuesto que sí, pero, claramente debe entender mejor a esas comunidades. No alcanza con discutir valores religiosos: también importan el trabajo, los ingresos y las redes de solidaridad. Sería un error suponer que todos los evangélicos son bolsonaristas. Es un universo diverso y hay sectores que no se identifican necesariamente con la derecha. El desafío es dialogar con ellos sin desconocer sus creencias ni sus necesidades concretas.

-¿Qué futuro tiene el progresismo brasileño después de Lula, en caso de que se pierdan las elecciones , por consiguiente, el gobierno del país?

-Siempre se plenteó que ese es uno de los grandes desafíos del PT. Lula tiene carisma, popularidad, capacidad de comunicación y una historia que lo conecta con millones. Pero esa fortaleza generó una enorme dependencia de su figura. Fernando Haddad, por ejemplo, posee mucha preparación técnica, aunque no tiene la misma llegada popular. Todavía no aparece un liderazgo capaz de reemplazarlo. En un escenario polarizado, esa dificultad puede ser decisiva. «

 Mundo – Tiempo Argentino

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