La abstención electoral en Brasil alcanzó este domingo el 21,08 % en la primera vuelta de las elecciones presidenciales, dejando a más de 33,4 millones de ciudadanos fuera de las urnas. Este récord de inasistencia, el más alto registrado en el país desde 1998, marcó una jornada sumamente polarizada en la que el senador derechista Flávio Bolsonaro se posicionó a la cabeza con un 47,1 % frente al 45,07 % del actual mandatario, Luiz Inácio Lula da Silva, obligando a definir la presidencia en un decisivo balotaje el próximo 25 de octubre.

Los analistas y el propio comando de campaña oficialista ven en la masiva abstención una ventana de oportunidad única para remontar el resultado. «El juego va a comenzar; estamos en la prórroga», afirmó el presidente Lula, cuya estrategia inmediata apunta de forma directa a seducir, convencer y movilizar a la inmensa porción de brasileños que optó por no asistir a sus centros de votación en esta primera etapa.

Expertos en demografía electoral coinciden en que los históricos índices de abstención en Brasil golpean de forma desproporcionada a las familias de menores ingresos, a los trabajadores informales y a las comunidades rurales apartadas, sectores que representan el núcleo histórico de apoyo de la izquierda brasileña.

El destino político de Brasil durante las próximas tres semanas no dependerá únicamente de los debates o las alianzas partidarias tradicionales, sino de la capacidad del oficialismo para despertar a este gigante dormido de 33 millones de ausentes. Si la campaña de Lula logra remover los obstáculos que alejaron de las urnas a los brasileños más humildes, el balotaje del 25 de octubre seguirá siendo una esperanza.