Lo que queda del día

La larga fila de visitantes es una serpiente emplumada ante las puertas del museo. Los controles de seguridad demoran más de lo esperado para ingresar a un edificio de estilo minimalista y aun indiferente que ha museificado para siempre, y en el mismo lugar del crimen, al 11-S. Los turistas hacen cola cargados con sus bolsas de compras. Las llenaron en Century 21, el shopping —de diseño arquitectónico no muy diferente al del propio museo— ubicado en Cortlandt Street, a pasitos del Ground Zero, en el corazón del Distrito Financiero.

Hipsters de Japón, empresarios de la India y familias de América Latina matan el tiempo de espera comentando las proezas sin vértigo de los limpiavidrios sobre la alta fachada del One World Trade Center. Esta espejada mole es el tótem de la Gran Manzana. La tarea que tienen por delante estos hombres —migrantes latinos que arriesgan su vida en las alturas por un puñado de dólares— es titánica. Hace falta una paciencia infinita para que brille el rascacielos más alto de esta parte del planeta, erigido en el mismo predio donde se levantaban las Torres Gemelas. Desde la base hasta la punta de su antena espigada, la llamada Freedom Tower alcanza una altura de 1776 pies (541 metros), en numerológico homenaje al año de la independencia de los Estados Unidos.

El día que cambió todo

Cuartos de siglo después de los atentados, el Ground Zero del Bajo Manhattan ya no es un pozo abierto sino un engranaje perfectamente consolidado de la ciudad. Pasó el dolor inicial, pasaron las guerras en Medio Oriente, el barro político, la especulación inmobiliaria y hasta el estrépito de tormentas históricas. El museo, que abrió sus puertas en 2014, dejó de ser una novedad para convertirse en una institución omnipresente.

Ajeno a las polémicas que rodearon su construcción, junto a íconos como el Puente de Brooklyn o el Empire State, el Memorial es un must indiscutible de las guías turísticas. Sin embargo, no son pocas las voces que aún critican la mercantilización de un espacio donde casi 3000 personas perdieron la vida en el año 2001.

11 S lo que queda del día
11 de septiembre, el día que lo cambió todo
Foto: nyctourism

Vigilar y escanear

El guardia, rutinariamente con cara de pocos amigos, va dando las órdenes con la mecánica precisión de un autómata: “¡No avance!”. Para entrar al museo hay que sacarse todos los abrigos, el cinturón y los zapatos, y poner todo junto a los bolsos y el celular en la cinta de seguridad. “¡Espere, señor! Pase ahora”. Después hay que atravesar un detector de metales y, finalmente, la faena termina con el scanner manual —“¡Manos arriba!”— rozando los brazos y piernas de los visitantes.

En el Ground Zero, el dispositivo de seguridad luce como una instalación museística más. En los salones subterráneos, pero también en el espacio abierto del Memorial —dos grandes espejos de agua con cascadas (reflecting pools) que se hunden sobre las huellas de las Torres Gemelas—, los policías vigilan obsesivos cómo corretean unos chicos o cómo los visitantes se fotografían al borde del abismo de granito. La señalética invita a denunciar a sospechosos o cualquier objeto que vuele hacia las piscinas. Paradoja, o no tanto, en un espacio originariamente pensado para recordar a las víctimas y resucitar la libertad estadounidense post 11S. Una libertad rigurosamente vigilada.

En una entrevista célebre con la revista Salon, Hunter S. Thompson explicaba que Estados Unidos sufrió desde los atentados un ataque de nervios, y que las libertades civiles quedaron para siempre comprometidas. “La ilusión de seguridad en la que vivimos —aclaraba el autor de Miedo y asco en Las Vegas— es un desastre de proporciones inimaginables y forma parte de la espiral descendente de la estupidez que azota al país”. Una libertad custodiada por policías neuróticos y agentes privados que patrullan a sol y sombra el Bajo Manhattan. Tolerancia cero.

Lo que queda del día

Pasión de mutitudes

En este país tan didáctico, la devoción por los museos y monumentos esconde una batalla ideológica. En su libro Los nuevos museos: sus esplendores y miserias, Sergio Di Nucci explica cómo estas instituciones se han convertido en uno de los campos de batalla más belicosos de las llamadas “guerras culturales” entre progresistas y conservadores norteamericanos. La tesis había sido enunciada en 1974 por Hilton Kramer en The New York Times: “El museo se ha vuelto, cada vez más, uno de los campos de batalla cruciales en donde los problemas de la cultura democrática se ven o se verán decididos”.

Ese conflicto tuvo antecedentes memorables, como la controversia en Washington por los monumentos a la Guerra de Vietnam: desde el muro abstracto de Maya Lin hasta la posterior adición de estatuas realistas de soldados y enfermeras para complacer a distintos sectores políticos. La construcción del museo y el memorial en el Ground Zero añadió un capítulo más largo a esa saga. Un miniestado tapiado que funciona como una isla dentro de Manhattan. Un cementerio —donde aún se conservan bajo custodia restos biológicos no identificados de las víctimas— que convive con el comercio: una elegante cafetería y una tienda de recuerdos. El desequilibrio entre el “espacio de la memoria” y la “atracción turística” se ha naturalizado con los años, aunque la duda sobre la banalización del horror permanezca intacta.

Lo que queda del día
Foto: nyctourism

Puro diseño puro

Junto a las escaleras que llevan al primer ambiente, una pared con los nombres de los donantes nos recuerda que recordar sale caro. Un seleccionado de corporaciones: desde Bank of America hasta la Fundación Walt Disney, pasando por JP Morgan Chase, Deutsche Bank y los New York Yankees. Los recintos del museo son subterráneos. Sus principales salones se alojan a más de 20 metros de profundidad, justo debajo de las reflecting pools, diseñados por el estudio noruego Snøhetta y la firma neoyorquina Davis Brody Bond.

Una rampa de madera desciende a las salas mayores. Luego de una escueta cronología, el descenso es tomado por un ambiente opresivo. Fotos proyectadas sobre lienzos muestran el estupor y el espanto en rostros anónimos que miran hacia arriba, siempre hacia las alturas. En la última de las instantáneas, un hombre, casi de rodillas, se toma la cabeza y se tapa los ojos. Es insoportable seguir mirando.

Un grupo de curiosos se detiene junto a las ruinas de viejos escalones de hormigón. Paul, un empleado, susurra la historia de la escalera de Vesey Street, por la que escaparon decenas de oficinistas la mañana del ataque. Recuerda también a los que quedaron atrapados y a los bomberos que subieron para no volver. Paul confiesa que, tras tantos años, a veces se le complica narrar estas historias: la televisión y las pantallas fijaron una memoria selectiva de aquella mañana de septiembre. Una catástrofe mediatizada, contemplada en vivo por miles de millones de personas.

En las paredes se proyectan los afiches desesperados que pegaban los familiares en los días posteriores. En otro ambiente se evocan los rostros y las historias breves de las 2977 víctimas. También se muestran las fotos de los 19 secuestradores y un documental sobre la red Al Qaeda que resulta, acaso inevitablemente, tendencioso e incompleto. La salida está pegada a la tienda de merchandising: recuerdos, monedas conmemorativas, remeras con el escudo de la policía de Nueva York y gorras institucionales. Lleve nomás.

Lo que queda del día
Foto: nyctourism

Jaulas para pájaros

La última columna se yergue estoica en el centro del salón principal. Una ruina de acero noble, oxidada y grafiteada, rescatada entre los escombros. A sus espaldas, un muro de concreto la defiende del río Hudson. Cerca descansan los restos retorcidos de un camión de bomberos. Algunos ven en esa columna el símbolo de la resiliencia estadounidense; otros, el último vestigio de la arquitectura que sostenía a las torres.

Tiempo después de los atentados, el cronista Gay Talese recordó una conversación con los obreros que habían levantado las Torres Gemelas en los años sesenta. Cuando les preguntó qué sintieron al ver desplomarse el fruto de su trabajo en apenas un par de horas, la respuesta lo desarmó: la destrucción no les había causado la menor sorpresa.

“¿Cómo es posible?”, les preguntó Talese. Los obreros le explicaron que sabían que las torres eran frágiles por dentro, que estaban hechas para maximizar la rentabilidad del espacio de alquiler más que para perdurar como fortalezas inexpugnables; eran, en sus palabras, “jaulas para pájaros”. Cuando los aviones las impactaron, las atravesaron de lado a lado. Antes de ponerse el sol, se habían convertido en columnas de humo y ceniza.

A un cuarto de siglo de la tragedia, el Ground Zero ya no es una herida abierta en el mapa de Nueva York, sino un monumento de hormigón, vidrio y memoria administrada: la alegoría perfecta de cómo el siglo XXI aprendió a convivir con sus propios escombros.

 A 25 años del atentado a las Torres Gemelas, el National September 11 Memorial Museum en Manhattan es la síntesis de una época. De diseño minimalista, hipervigilado y atravesado por restos aún no identificados, funciona como cita obligada y campo de batalla cultural: la tensión irresoluble entre un sitio de duelo colectivo y la atracción turística de masa.  

La larga fila de visitantes es una serpiente emplumada ante las puertas del museo. Los controles de seguridad demoran más de lo esperado para ingresar a un edificio de estilo minimalista y aun indiferente que ha museificado para siempre, y en el mismo lugar del crimen, al 11-S. Los turistas hacen cola cargados con sus bolsas de compras. Las llenaron en Century 21, el shopping —de diseño arquitectónico no muy diferente al del propio museo— ubicado en Cortlandt Street, a pasitos del Ground Zero, en el corazón del Distrito Financiero.

Hipsters de Japón, empresarios de la India y familias de América Latina matan el tiempo de espera comentando las proezas sin vértigo de los limpiavidrios sobre la alta fachada del One World Trade Center. Esta espejada mole es el tótem de la Gran Manzana. La tarea que tienen por delante estos hombres —migrantes latinos que arriesgan su vida en las alturas por un puñado de dólares— es titánica. Hace falta una paciencia infinita para que brille el rascacielos más alto de esta parte del planeta, erigido en el mismo predio donde se levantaban las Torres Gemelas. Desde la base hasta la punta de su antena espigada, la llamada Freedom Tower alcanza una altura de 1776 pies (541 metros), en numerológico homenaje al año de la independencia de los Estados Unidos.

El día que cambió todo

Cuartos de siglo después de los atentados, el Ground Zero del Bajo Manhattan ya no es un pozo abierto sino un engranaje perfectamente consolidado de la ciudad. Pasó el dolor inicial, pasaron las guerras en Medio Oriente, el barro político, la especulación inmobiliaria y hasta el estrépito de tormentas históricas. El museo, que abrió sus puertas en 2014, dejó de ser una novedad para convertirse en una institución omnipresente.

Ajeno a las polémicas que rodearon su construcción, junto a íconos como el Puente de Brooklyn o el Empire State, el Memorial es un must indiscutible de las guías turísticas. Sin embargo, no son pocas las voces que aún critican la mercantilización de un espacio donde casi 3000 personas perdieron la vida en el año 2001.

11 S lo que queda del día
11 de septiembre, el día que lo cambió todo

Foto: nyctourism

Vigilar y escanear

El guardia, rutinariamente con cara de pocos amigos, va dando las órdenes con la mecánica precisión de un autómata: “¡No avance!”. Para entrar al museo hay que sacarse todos los abrigos, el cinturón y los zapatos, y poner todo junto a los bolsos y el celular en la cinta de seguridad. “¡Espere, señor! Pase ahora”. Después hay que atravesar un detector de metales y, finalmente, la faena termina con el scanner manual —“¡Manos arriba!”— rozando los brazos y piernas de los visitantes.

En el Ground Zero, el dispositivo de seguridad luce como una instalación museística más. En los salones subterráneos, pero también en el espacio abierto del Memorial —dos grandes espejos de agua con cascadas (reflecting pools) que se hunden sobre las huellas de las Torres Gemelas—, los policías vigilan obsesivos cómo corretean unos chicos o cómo los visitantes se fotografían al borde del abismo de granito. La señalética invita a denunciar a sospechosos o cualquier objeto que vuele hacia las piscinas. Paradoja, o no tanto, en un espacio originariamente pensado para recordar a las víctimas y resucitar la libertad estadounidense post 11S. Una libertad rigurosamente vigilada.

En una entrevista célebre con la revista Salon, Hunter S. Thompson explicaba que Estados Unidos sufrió desde los atentados un ataque de nervios, y que las libertades civiles quedaron para siempre comprometidas. “La ilusión de seguridad en la que vivimos —aclaraba el autor de Miedo y asco en Las Vegas— es un desastre de proporciones inimaginables y forma parte de la espiral descendente de la estupidez que azota al país”. Una libertad custodiada por policías neuróticos y agentes privados que patrullan a sol y sombra el Bajo Manhattan. Tolerancia cero.

Lo que queda del día

Pasión de mutitudes

En este país tan didáctico, la devoción por los museos y monumentos esconde una batalla ideológica. En su libro Los nuevos museos: sus esplendores y miserias, Sergio Di Nucci explica cómo estas instituciones se han convertido en uno de los campos de batalla más belicosos de las llamadas “guerras culturales” entre progresistas y conservadores norteamericanos. La tesis había sido enunciada en 1974 por Hilton Kramer en The New York Times: “El museo se ha vuelto, cada vez más, uno de los campos de batalla cruciales en donde los problemas de la cultura democrática se ven o se verán decididos”.

Ese conflicto tuvo antecedentes memorables, como la controversia en Washington por los monumentos a la Guerra de Vietnam: desde el muro abstracto de Maya Lin hasta la posterior adición de estatuas realistas de soldados y enfermeras para complacer a distintos sectores políticos. La construcción del museo y el memorial en el Ground Zero añadió un capítulo más largo a esa saga. Un miniestado tapiado que funciona como una isla dentro de Manhattan. Un cementerio —donde aún se conservan bajo custodia restos biológicos no identificados de las víctimas— que convive con el comercio: una elegante cafetería y una tienda de recuerdos. El desequilibrio entre el “espacio de la memoria” y la “atracción turística” se ha naturalizado con los años, aunque la duda sobre la banalización del horror permanezca intacta.

Lo que queda del día

Foto: nyctourism

Puro diseño puro

Junto a las escaleras que llevan al primer ambiente, una pared con los nombres de los donantes nos recuerda que recordar sale caro. Un seleccionado de corporaciones: desde Bank of America hasta la Fundación Walt Disney, pasando por JP Morgan Chase, Deutsche Bank y los New York Yankees. Los recintos del museo son subterráneos. Sus principales salones se alojan a más de 20 metros de profundidad, justo debajo de las reflecting pools, diseñados por el estudio noruego Snøhetta y la firma neoyorquina Davis Brody Bond.

Una rampa de madera desciende a las salas mayores. Luego de una escueta cronología, el descenso es tomado por un ambiente opresivo. Fotos proyectadas sobre lienzos muestran el estupor y el espanto en rostros anónimos que miran hacia arriba, siempre hacia las alturas. En la última de las instantáneas, un hombre, casi de rodillas, se toma la cabeza y se tapa los ojos. Es insoportable seguir mirando.

Un grupo de curiosos se detiene junto a las ruinas de viejos escalones de hormigón. Paul, un empleado, susurra la historia de la escalera de Vesey Street, por la que escaparon decenas de oficinistas la mañana del ataque. Recuerda también a los que quedaron atrapados y a los bomberos que subieron para no volver. Paul confiesa que, tras tantos años, a veces se le complica narrar estas historias: la televisión y las pantallas fijaron una memoria selectiva de aquella mañana de septiembre. Una catástrofe mediatizada, contemplada en vivo por miles de millones de personas.

En las paredes se proyectan los afiches desesperados que pegaban los familiares en los días posteriores. En otro ambiente se evocan los rostros y las historias breves de las 2977 víctimas. También se muestran las fotos de los 19 secuestradores y un documental sobre la red Al Qaeda que resulta, acaso inevitablemente, tendencioso e incompleto. La salida está pegada a la tienda de merchandising: recuerdos, monedas conmemorativas, remeras con el escudo de la policía de Nueva York y gorras institucionales. Lleve nomás.

Lo que queda del día

Foto: nyctourism

Jaulas para pájaros

La última columna se yergue estoica en el centro del salón principal. Una ruina de acero noble, oxidada y grafiteada, rescatada entre los escombros. A sus espaldas, un muro de concreto la defiende del río Hudson. Cerca descansan los restos retorcidos de un camión de bomberos. Algunos ven en esa columna el símbolo de la resiliencia estadounidense; otros, el último vestigio de la arquitectura que sostenía a las torres.

Tiempo después de los atentados, el cronista Gay Talese recordó una conversación con los obreros que habían levantado las Torres Gemelas en los años sesenta. Cuando les preguntó qué sintieron al ver desplomarse el fruto de su trabajo en apenas un par de horas, la respuesta lo desarmó: la destrucción no les había causado la menor sorpresa.

“¿Cómo es posible?”, les preguntó Talese. Los obreros le explicaron que sabían que las torres eran frágiles por dentro, que estaban hechas para maximizar la rentabilidad del espacio de alquiler más que para perdurar como fortalezas inexpugnables; eran, en sus palabras, “jaulas para pájaros”. Cuando los aviones las impactaron, las atravesaron de lado a lado. Antes de ponerse el sol, se habían convertido en columnas de humo y ceniza.

A un cuarto de siglo de la tragedia, el Ground Zero ya no es una herida abierta en el mapa de Nueva York, sino un monumento de hormigón, vidrio y memoria administrada: la alegoría perfecta de cómo el siglo XXI aprendió a convivir con sus propios escombros.

 Mundo – Tiempo Argentino

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