Ser y hacer
La relación entre ser y hacer es una de las preguntas más viejas de la filosofía y también una de las más útiles para marcar el rumbo futuro de quienes son y hacen.
En modo muy sintético el ser es lo que cada uno es por dentro, aunque nadie lo vea: la identidad, valores y propósitos. Lo que cada uno hace se exterioriza hacia afuera y es lo que ven los demás; son las acciones, tareas y resultados que cada uno genera.
Hoy vivimos en una cultura que mide todo por el hacer; si uno no produce o no logra nada, si no tiene resultados… parece que «no es».
Hay 3 formas de relacionar el ser y el hacer.
Una es pensar que “soy lo que hago» (los estudios, trabajos y logros); presenta el riesgo de sentir que ante un fracaso «no sos nada». La segunda es pensar que «hago según lo que soy»; su riesgo es quedarse en la pura intención, sin pasar nunca a la acción. La forma que parece más sana es asumir que el ser alimenta al hacer y que esos resultados refuerzan y moldean al ser.
El ser dirige lo que cada uno hace y lo que cada uno hace moldea y refuerza su ser. En síntesis el ser se construye haciendo.
El ser y el hacer nacional
Los conceptos son similares a los mencionados arriba para cada individuo, pero extrapolados al conjunto de los 47 millones de argentinos.
El ser nacional es la identidad que nos define aunque no estemos haciendo nada. Es el ADN cultural y no depende sólo de la economía. En una versión algo autocomplaciente y posiblemente mayoritaria pensamos que Argentina es una combinación de solidaridad en la crisis, ingenio, debate acérrimo, asado, fútbol, educación pública, mezclar todo y de la capacidad de caernos y volver a levantarnos.
Por su parte el hacer nacional son las acciones concretas que realizamos como país, incluyendo los políticos que elegimos, las leyes que creamos, la políticas que aplicamos, cómo producimos, cómo educamos, cómo nos tratamos, cómo nos relacionamos y comercializamos con el resto del mundo.

Igual que antes hay 3 formas de relacionar el ser y el hacer nacional. Si sólo “somos lo que hacemos» cualquier crisis nos hace caer la autoestima y nos hace pensar que Argentina no tiene arreglo. Si solo somos y no hacemos nos quedamos en el mero discurso o si sólo hacemos carecemos de un proyecto de nación. Como en lo individual, lo más sano es una continua realimentación entre el ser y el hacer que marque el rumbo al futuro argentino.
El ser nacional pasado
El ser nacional argentino pasó por múltiples etapas, algunas muy auspiciosas y otras que significaron grandes retrocesos.
Algunas de las etapas que nos hicieron avanzar como Nación fueron las guerras de la Independencia, en las que el ejército al mando de San Martín liberó a Chile y a Perú y en alianza con Bolívar contribuyó a las independencias de Ecuador y Colombia y que con las guerrillas de Güemes se defendió la frontera norte del avance español.
Estos haceres son una piedra fundamental de nuestro orgullo nacional: pocos países en el mundo, si hubo alguno, pueden mostrar cruzadas libertarias de países vecinos sin intenciones de anexión territorial o de sojuzgamiento de sus pueblos.
En sentido contrario, y aunque prefiramos no recordarlo, nos avergüenzan los 6 años de la Guerra de la Triple Alianza contra Paraguay que mantuvimos para evitar el desarrollo autónomo de su industria; fue la guerra más grande librada en Sudamérica y concluyó con el exterminio del 60% de la población masculina paraguaya.
Campaña del Desierto mediante generamos el genocidio de la mayor parte de la población indígena que la habitaba; también mantuvimos una sangrienta guerra civil que se extendió por décadas hasta completar la organización nacional; ya instalado el gobierno democrático de Hipólito Yrigoyen, dimos lugar a múltiples golpes de estado que condicionaron nuestra incipiente democracia.
Otras cuestiones refuerzan genuinamente el orgullo propio: entre ellas el establecimiento de la educación primaria laica, gratuita y obligatoria en 1884, apenas dos años después de Francia y varias décadas antes que hicieran lo propio México, Chile, Bolivia, Brasil y Perú; ese impulso educativo fue continuado con la gratuidad de la educación universitaria a partir de 1949.
También impulsamos un desarrollo industrial que fue capaz de producir locomotoras, trenes, automóviles de diseño propio; pudimos generar un sistema científico y tecnológico que fue capaz de brindar beneficios al resto de la humanidad y de diseñar y construir reactores nucleares medicinales y de potencia, generar isótopos de uso medicinal y de diseñar, construir y operar satélites geoestacionarios que hoy mantienen las comunicaciones en la totalidad de nuestro territorio.
Además del tango, el dulce de leche y el alfajor, aunque por momentos no lo tengamos presente, ese mismo desarrollo científico y tecnológico dio lugar a inventos argentinos que todavía hoy benefician a toda la humanidad.
Según el año de creación, el sistema de identificación desarrollado Juan Vucetich en 1891 permitió la primera identificación criminal mediante huellas dactilares y fue adoptado por Scotland Yard en 1901 y por el FBI en 1924 e incorporado a nuestras cédulas en 1904. El sistema de transfusión de sangre, inventado por Luis Agote en 1914, salvó y sigue salvando millones de vidas desde la 1ra Guerra Mundial y permitió la creación de bancos de sangre. La cirugía del by-pass coronario, creada y practicada por primera vez por René Favaloro en 1967 es el procedimiento cardiovascular más utilizado en el planeta, unas 800.000 operaciones al año, que junto a su perfeccionamiento de la técnica de circulación extracorpórea permitieron reducir la mortalidad cardíaca del 30% a menos del 5%. La birome, inventada en 1938 por Ladislao José Biro es usada en todo el planeta, al punto que hoy se fabrican unos 100.000 millones cada año; el test rápido y vacuna Dúo para del dengue, desarrollado por científicos del CONICET en 2016 es de alto impacto en América Latina.

No se pueden dejar de mencionar los 3 premios Nobel en ciencias que nos enorgullecen: Bernardo Houssay, fundador del CONICET y premio Nobel en Medicina en 1947 por el descubrimiento del rol de las hormonas de la hipófisis para regular el nivel de azúcar en sangre. Luis Federico Leloir, premio Nobel en Química 1970, descubrió los nucleótidos de azúcar y cómo el organismo produce lactosa y glucógeno, abriendo caminos para el tratamiento de enfermedades hereditarias. César Milstein, premio Nobel en Medicina 1984 por su desarrollo de técnicas de anticuerpos monoclonales, que permitió el desarrollo de diagnósticos de embarazo, cáncer y COVID y otros tratamientos.
Ninguna síntesis del hacer argentino puede prescindir de la creación y la actuación del peronismo y del anti-peronismo a partir de 1945 hasta la actualidad. Nacido de la creación de derechos laborales (vacaciones, aguinaldo, negociación salarial con participación sindical), en sus dos primeros gobiernos impulsó un fuerte desarrollo del empleo, de la industria y de la cultura nacional.
En paralelo a sus avances se fue generando una oposición acérrima que finalmente derivó en atentados terroristas y luego en los bombardeos a la Plaza de Mayo (caso único en el mundo de una fuerza aérea que bombardeó a su propio pueblo) y en el derrocamiento de Perón; que fue seguido por fusilamiento de los militares leales y de fusilamientos clandestinos de civiles en los basurales de José León Suárez.
Toda esa represión generó la denominada Resistencia Peronista de 18 años de duración, que en su etapa final incluyó el accionar guerrillero, y que concluyó con el regreso y una nueva presidencia de Perón.
A su muerte siguió la dictadura cívico militar con sus millares de exiliados, presos, torturados y nuestros 30.000 desaparecidos.
Todos estos haceres producidos a lo largo del tiempo, los buenos y los malos, los que nos enorgullecen y los que nos avergüenzan, dieron origen y modelaron lo que hasta hoy veníamos percibiendo como nuestro ser nacional, que además de las características que reconocemos con facilidad, también esconden los enfrentamientos y odios que aún hoy nos separan y que también nos caracterizan, aunque nos cueste reconocerlo.
El ser nacional en el presente
Desde hace 50 años el neoliberalismo, aparecido con la dictadura cívico militar, con su máxima de que cada uno es el único y exclusivo responsable de su propio destino, viene propiciando el endeudamiento con el FMI, sometiéndonos a sus políticas y horadando el contenido de lo bueno que hasta ahora integraba el ser nacional argentino.
En el presente, parte importante de nuestra población desmerece y llega al absurdo de negar el valor de la educación y de la salud pública, la importancia de la industria como impulsora del desarrollo y generadora de empleo, a la vez que admite y justifica la utilización de la justicia como herramienta de persecución social, económica y política.

Un retroceso que no solo habilita el desfinanciamiento educativo y la destrucción de la industria nacional y del sistema científico y tecnológico, sino que además da origen a la aparición de negacionismos irracionales, como el desconocimiento de la protección que brinda la vacunación; también habilita la compra extorsiva de voluntades de gobernadores y sus legisladores para eliminar derechos adquiridos, como es el caso de una reforma laboral totalmente contraria al interés de los trabajadores.
Un retroceso que actualmente ha permitido al actual gobierno al límite de proponer por ley la venta sin limitaciones del territorio nacional, tanto a particulares como a gobiernos extranjeros, así como para abandonar la tradicional política internacional de nuestro país de no alineamiento, para entregarnos, sin intervención del Congreso Nacional, a alianzas incondicionales con EE.UU. e Israel, que nos harían renunciar a la soberanía y retroceder al estado de una simple colonia.
El ser nacional hacia el futuro
Para corregir y mejorar este presente estado de las cosas no alcanza con declaraciones bien intencionadas y altisonantes sobre el ser nacional que seseamos: hace imprescindible que emprendamos haceres concretos que corrijan lo que hemos permitido que se desvíe.
Más aún, los próximos haceres que emprendamos deberían corregir aquellos aspectos de nuestro ser nacional que ya venían existiendo y no nos satisfacen, comenzando por el reemplazo de odios y enfrentamientos que nos obnubilan por mecanismos efectivos de diálogo y de generación de consensos basados fuertemente en el bien común.
Espero que estas breves reflexiones, aun mínimamente, contribuyan a esa construcción.
Hoy vivimos en una cultura que mide todo por el hacer; si uno no produce o no logra nada, si no tiene resultados… parece que «no es».
Ser y hacer
La relación entre ser y hacer es una de las preguntas más viejas de la filosofía y también una de las más útiles para marcar el rumbo futuro de quienes son y hacen.
En modo muy sintético el ser es lo que cada uno es por dentro, aunque nadie lo vea: la identidad, valores y propósitos. Lo que cada uno hace se exterioriza hacia afuera y es lo que ven los demás; son las acciones, tareas y resultados que cada uno genera.
Hoy vivimos en una cultura que mide todo por el hacer; si uno no produce o no logra nada, si no tiene resultados… parece que «no es».
Hay 3 formas de relacionar el ser y el hacer.
Una es pensar que “soy lo que hago» (los estudios, trabajos y logros); presenta el riesgo de sentir que ante un fracaso «no sos nada». La segunda es pensar que «hago según lo que soy»; su riesgo es quedarse en la pura intención, sin pasar nunca a la acción. La forma que parece más sana es asumir que el ser alimenta al hacer y que esos resultados refuerzan y moldean al ser.
El ser dirige lo que cada uno hace y lo que cada uno hace moldea y refuerza su ser. En síntesis el ser se construye haciendo.
El ser y el hacer nacional
Los conceptos son similares a los mencionados arriba para cada individuo, pero extrapolados al conjunto de los 47 millones de argentinos.
El ser nacional es la identidad que nos define aunque no estemos haciendo nada. Es el ADN cultural y no depende sólo de la economía. En una versión algo autocomplaciente y posiblemente mayoritaria pensamos que Argentina es una combinación de solidaridad en la crisis, ingenio, debate acérrimo, asado, fútbol, educación pública, mezclar todo y de la capacidad de caernos y volver a levantarnos.
Por su parte el hacer nacional son las acciones concretas que realizamos como país, incluyendo los políticos que elegimos, las leyes que creamos, la políticas que aplicamos, cómo producimos, cómo educamos, cómo nos tratamos, cómo nos relacionamos y comercializamos con el resto del mundo.

Igual que antes hay 3 formas de relacionar el ser y el hacer nacional. Si sólo “somos lo que hacemos» cualquier crisis nos hace caer la autoestima y nos hace pensar que Argentina no tiene arreglo. Si solo somos y no hacemos nos quedamos en el mero discurso o si sólo hacemos carecemos de un proyecto de nación. Como en lo individual, lo más sano es una continua realimentación entre el ser y el hacer que marque el rumbo al futuro argentino.
El ser nacional pasado
El ser nacional argentino pasó por múltiples etapas, algunas muy auspiciosas y otras que significaron grandes retrocesos.
Algunas de las etapas que nos hicieron avanzar como Nación fueron las guerras de la Independencia, en las que el ejército al mando de San Martín liberó a Chile y a Perú y en alianza con Bolívar contribuyó a las independencias de Ecuador y Colombia y que con las guerrillas de Güemes se defendió la frontera norte del avance español.
Estos haceres son una piedra fundamental de nuestro orgullo nacional: pocos países en el mundo, si hubo alguno, pueden mostrar cruzadas libertarias de países vecinos sin intenciones de anexión territorial o de sojuzgamiento de sus pueblos.
En sentido contrario, y aunque prefiramos no recordarlo, nos avergüenzan los 6 años de la Guerra de la Triple Alianza contra Paraguay que mantuvimos para evitar el desarrollo autónomo de su industria; fue la guerra más grande librada en Sudamérica y concluyó con el exterminio del 60% de la población masculina paraguaya.
Campaña del Desierto mediante generamos el genocidio de la mayor parte de la población indígena que la habitaba; también mantuvimos una sangrienta guerra civil que se extendió por décadas hasta completar la organización nacional; ya instalado el gobierno democrático de Hipólito Yrigoyen, dimos lugar a múltiples golpes de estado que condicionaron nuestra incipiente democracia.
Otras cuestiones refuerzan genuinamente el orgullo propio: entre ellas el establecimiento de la educación primaria laica, gratuita y obligatoria en 1884, apenas dos años después de Francia y varias décadas antes que hicieran lo propio México, Chile, Bolivia, Brasil y Perú; ese impulso educativo fue continuado con la gratuidad de la educación universitaria a partir de 1949.
También impulsamos un desarrollo industrial que fue capaz de producir locomotoras, trenes, automóviles de diseño propio; pudimos generar un sistema científico y tecnológico que fue capaz de brindar beneficios al resto de la humanidad y de diseñar y construir reactores nucleares medicinales y de potencia, generar isótopos de uso medicinal y de diseñar, construir y operar satélites geoestacionarios que hoy mantienen las comunicaciones en la totalidad de nuestro territorio.
Además del tango, el dulce de leche y el alfajor, aunque por momentos no lo tengamos presente, ese mismo desarrollo científico y tecnológico dio lugar a inventos argentinos que todavía hoy benefician a toda la humanidad.
Según el año de creación, el sistema de identificación desarrollado Juan Vucetich en 1891 permitió la primera identificación criminal mediante huellas dactilares y fue adoptado por Scotland Yard en 1901 y por el FBI en 1924 e incorporado a nuestras cédulas en 1904. El sistema de transfusión de sangre, inventado por Luis Agote en 1914, salvó y sigue salvando millones de vidas desde la 1ra Guerra Mundial y permitió la creación de bancos de sangre. La cirugía del by-pass coronario, creada y practicada por primera vez por René Favaloro en 1967 es el procedimiento cardiovascular más utilizado en el planeta, unas 800.000 operaciones al año, que junto a su perfeccionamiento de la técnica de circulación extracorpórea permitieron reducir la mortalidad cardíaca del 30% a menos del 5%. La birome, inventada en 1938 por Ladislao José Biro es usada en todo el planeta, al punto que hoy se fabrican unos 100.000 millones cada año; el test rápido y vacuna Dúo para del dengue, desarrollado por científicos del CONICET en 2016 es de alto impacto en América Latina.

No se pueden dejar de mencionar los 3 premios Nobel en ciencias que nos enorgullecen: Bernardo Houssay, fundador del CONICET y premio Nobel en Medicina en 1947 por el descubrimiento del rol de las hormonas de la hipófisis para regular el nivel de azúcar en sangre. Luis Federico Leloir, premio Nobel en Química 1970, descubrió los nucleótidos de azúcar y cómo el organismo produce lactosa y glucógeno, abriendo caminos para el tratamiento de enfermedades hereditarias. César Milstein, premio Nobel en Medicina 1984 por su desarrollo de técnicas de anticuerpos monoclonales, que permitió el desarrollo de diagnósticos de embarazo, cáncer y COVID y otros tratamientos.
Ninguna síntesis del hacer argentino puede prescindir de la creación y la actuación del peronismo y del anti-peronismo a partir de 1945 hasta la actualidad. Nacido de la creación de derechos laborales (vacaciones, aguinaldo, negociación salarial con participación sindical), en sus dos primeros gobiernos impulsó un fuerte desarrollo del empleo, de la industria y de la cultura nacional.
En paralelo a sus avances se fue generando una oposición acérrima que finalmente derivó en atentados terroristas y luego en los bombardeos a la Plaza de Mayo (caso único en el mundo de una fuerza aérea que bombardeó a su propio pueblo) y en el derrocamiento de Perón; que fue seguido por fusilamiento de los militares leales y de fusilamientos clandestinos de civiles en los basurales de José León Suárez.
Toda esa represión generó la denominada Resistencia Peronista de 18 años de duración, que en su etapa final incluyó el accionar guerrillero, y que concluyó con el regreso y una nueva presidencia de Perón.
A su muerte siguió la dictadura cívico militar con sus millares de exiliados, presos, torturados y nuestros 30.000 desaparecidos.
Todos estos haceres producidos a lo largo del tiempo, los buenos y los malos, los que nos enorgullecen y los que nos avergüenzan, dieron origen y modelaron lo que hasta hoy veníamos percibiendo como nuestro ser nacional, que además de las características que reconocemos con facilidad, también esconden los enfrentamientos y odios que aún hoy nos separan y que también nos caracterizan, aunque nos cueste reconocerlo.
El ser nacional en el presente
Desde hace 50 años el neoliberalismo, aparecido con la dictadura cívico militar, con su máxima de que cada uno es el único y exclusivo responsable de su propio destino, viene propiciando el endeudamiento con el FMI, sometiéndonos a sus políticas y horadando el contenido de lo bueno que hasta ahora integraba el ser nacional argentino.
En el presente, parte importante de nuestra población desmerece y llega al absurdo de negar el valor de la educación y de la salud pública, la importancia de la industria como impulsora del desarrollo y generadora de empleo, a la vez que admite y justifica la utilización de la justicia como herramienta de persecución social, económica y política.

Foto: Edgardo Gómez
@jedgardogomez
Un retroceso que no solo habilita el desfinanciamiento educativo y la destrucción de la industria nacional y del sistema científico y tecnológico, sino que además da origen a la aparición de negacionismos irracionales, como el desconocimiento de la protección que brinda la vacunación; también habilita la compra extorsiva de voluntades de gobernadores y sus legisladores para eliminar derechos adquiridos, como es el caso de una reforma laboral totalmente contraria al interés de los trabajadores.
Un retroceso que actualmente ha permitido al actual gobierno al límite de proponer por ley la venta sin limitaciones del territorio nacional, tanto a particulares como a gobiernos extranjeros, así como para abandonar la tradicional política internacional de nuestro país de no alineamiento, para entregarnos, sin intervención del Congreso Nacional, a alianzas incondicionales con EE.UU. e Israel, que nos harían renunciar a la soberanía y retroceder al estado de una simple colonia.
El ser nacional hacia el futuro
Para corregir y mejorar este presente estado de las cosas no alcanza con declaraciones bien intencionadas y altisonantes sobre el ser nacional que seseamos: hace imprescindible que emprendamos haceres concretos que corrijan lo que hemos permitido que se desvíe.
Más aún, los próximos haceres que emprendamos deberían corregir aquellos aspectos de nuestro ser nacional que ya venían existiendo y no nos satisfacen, comenzando por el reemplazo de odios y enfrentamientos que nos obnubilan por mecanismos efectivos de diálogo y de generación de consensos basados fuertemente en el bien común.
Espero que estas breves reflexiones, aun mínimamente, contribuyan a esa construcción.
Política – Tiempo Argentino